Seguimos con nuestra ruta hacia el este de Islandia. Pero antes hicimos una visita que se nos había quedado pendiente en los alrededores del lago Myvatn: la gruta Grjótagjá. Esta cueva se hizo famosa por ser escenario de Juego de Tronos, representando ese lugar calentito más allá del muro donde Jon Nieve se pone cariñoso con una de las salvajes. Más allá de esto, el lugar es bastante pintoresco. Se trata de una cueva a la que se accede por una pequeña abertura en la roca, en cuyo interior hay agua caliente, de un color azul muy transparente. Lo primero que llama la atención es el vapor que hay en la superficie del agua, lo que da una idea de la temperatura. El sitio parece irreal, sobre todo si tienes la suerte de disfrutarlo sin mucha gente. Porque lo cierto es que es muy pequeño y el acceso no es bueno, así que si hay mucha gente debe ser un horror.

Después dimos un paseo por encima de la cueva, donde puede verse una gran grieta en el suelo, de la que emana calor. Islandia está viva.
Una vez concluida esta visita, nos fuimos hacia el este. Teníamos bastantes kilómetros hasta nuestra siguiente parada, el cañón Studlagil. Pero nos entretuvimos por el camino, cuando nos encontramos un reno y paramos para fotografiarlo.

El cañón Studlagil es una atracción relativamente reciente en Islandia, y puedo decir que es uno de los lugares más bellos que visitamos. Se trata de un estrecho cañón formado por columnas de basalto de 30 metros de altura. Hasta 2009 estuvo sumergido en el agua, y solo emergió con la construcción de una central hidroeléctrica. Y hasta 2017 no se empezó a publicitar su visita.
Hay varias maneras de visitar este cañón de basalto. La más sencilla es desde el lado oeste, conduciendo por la pista de tierra en buen estado que sale de carretera 923 hasta un mirador. Sin embargo, esta vista no es la más espectacular del cañón.
La vista más espectacular y la posibilidad de bajar al cañón están en el lado este. Para ello hay que dejar el coche en un aparcamiento junto a un puente, cruzarlo y caminar unos 5 kilómetros hasta el cañón. O bien cruzar el puente con el coche y seguir 2 kilómetros más por un camino en mal estado (mejor si llevas un 4x4), por lo que solo tendrás que caminar 3 kilómetros.
Nosotros escogimos esta última opción, a pesar de que nuestro coche no era 4x4, porque yo llevaba una pequeña rozadura, y vi de primera mano que el camino era realmente malo. Pero con cuidado y algún que otro susto, llegamos bien. Junto a este segundo aparcamiento hay una preciosa cascada con columnas de basalto, para ir abriendo boca.

El camino se hizo muy ameno, y pudimos ver muchas de las preciosas ovejas islandesas por el camino.

Según nos acercábamos fuimos viendo las columnas de basalto en el río, que llevaba un agua verde turquesa de color increíble. Las columnas eran de todas las formas, con una inclinación, con otra, retorcidas…


Llegamos a la parte estrecha del cañón, y allí cerca nos sentamos sobre una columna y abrimos unas cervezas mientras disfrutábamos de las vistas y el solecito en la cara. Mirábamos a un lado y era increíble, pero para el otro lado la vista no se quedaba atrás, ¡qué maravilla de lugar!


Bajamos al cañón, con cuidado y la ayuda de una cuerda, y allí te sientes pequeñita entre esas altas columnas. Al final hay una cascada. Después subimos a la parte de arriba para seguir disfrutando de vistas.


Descubrí este cañón por las redes sociales, y no llevaba muchas expectativas. Pensaba que sería el típico lugar instagrameable pero que tendría poco más que la foto. Pero nada más lejos de la realidad. Es un lugar para disfrutarlo, sobre todo si es en un día soleado como nos tocó a nosotros.
De vuelta al aparcamiento, y seguimos nuestro camino. Pero no tardamos en parar, ya que justo después de incorporarnos a la N1 está la cascada Rjúkandifoss. Fue una parada breve, ya que el aparcamiento está en la misma carretera y solo hay que caminar unos metros para ver la cascada.

Seguimos hasta Egilsstaðir, donde nos alojamos en el Lyngás Guesthouse. Dejamos las cosas en el alojamiento y, como aún era temprano, fuimos hasta Seyðisfjörður, un pequeño pueblo situado en el fiordo del mismo nombre.
El trayecto para llegar es muy bonito, con vistas de Egilsstaðir desde lo alto del puerto, y después del fiordo a la bajada. Antes de llegar, hay una cascada muy bonita, Dufufoss, donde merece la pena parar.

Seyðisfjörður está considerado el pueblo más bonito de Islandia. Yo no diría tanto, porque el pueblo en sí no tiene mucho salvo un precioso arcoíris que recorre la calle que lleva hasta la iglesia. Lo que sí resulta espectacular es su ubicación a orillas del fiordo, con las montañas y las casas reflejándose en el agua.


Para esa noche había una buena previsión de actividad de auroras boreales. Pero según volvíamos a Egilsstaðir el cielo se fue nublando y así se quedó toda la noche. Así que no hubo auroras.