Comienza nuestro séptimo día de aventura un poquito madrugador pero no nos costó mucho ya que el día anterior había sido tranquilo.
Desayunamos en el hotel y aunque no estaba incluido pudimos comer nuestras cosas en un saloncito que tenían con vistas al río muy cuco decorado. Había café para tomar eso sí.
Terminamos el desayuno y ponemos rumbo a Chiang Rai. Tenemos un trayecto de algo menos de tres horas y ¡nos apetece volver a ver templos!
Llegamos sobre las 11.30 h. al templo blanco, nuestra primera parada. Nos cubrimos bien los hombros y las rodillas y nos adentramos en aquella maravilla. Pasamos un buen rato haciendo fotos y también resguardados ya que comenzó a llover. Nos dio pena no poder verlo con el Sol incidiendo en sus paredes blancas pero el tiempo es algo que no podemos controlar así que nos conformamos con que, al menos, la lluvia ha sido fina y durante un ratito nada más.

Cuando salimos del templo blanco nos vamos directos a comer. Encontramos un restaurante local en frente de donde estábamos y allí paramos. Una vez terminamos de comer decidimos poner rumbo al templo azul.
Este templo nos gustó algo menos a los adultos pero a mis hijos les encantó verlo todo con ese colorido. Aparcamos el coche en el interior, dimos una vuelta, hicimos fotos y nos fuimos al hotel.

Llegamos pronto al hotel (sobre las 15.00 h) y aún nos quedaba tarde libre pero el tiempo estaba regulero (chispeaba, salía el Sol…). Como había reservado un hotel con piscina (Hue Chan Thip) decidimos ponernos los bañadores y bajar un ratito al “charco”. Para mis hijos fue un subidón ya que llevábamos ya muchos días allí y ellos ya necesitaban algo más de ocio para cargarles las pilas.
La piscina del hotel es un charco calentorro sin ningún glamour pero a nosotros nos vino fenomenal en ese momento. El agua estaba calentorra, mi marido se fue a por unas cervezas y nos las tomamos allí mientras los niños jugaban.
Una vez terminamos la merienda y nos pegamos una ducha decidimos salir a dar un paseo por la ciudad. Visitamos un par de templos y vimos el famoso reloj. De ahí nos fuimos al Night Market. Nuestro primer night market. Mis hijos lo recuerdan como algo maravilloso. Música en directo y poder elegir entre un montón de opciones diferentes para comer.
El camino de vuelta al hotel fue algo durillo ya que no es que estuviera cerca precisamente, pero llegamos y caimos en manos de Morfeo rápidamente.
