En el día de hoy teníamos idea de acercarnos hasta la entrada del Gran Cañon que visitariamos al día siguiente, y que mejor manera que hacerlo por un tramo de la ruta 66.
Buscando información de qué puntos visitar descubrimos que había unos petroglifos en las afueras de Laughlin (eso es lo que nos gusta a nosotras, la típica atracción turística poco conocida, poco visitada y de la cual desconocíamos su existencia hasta unas horas antes). El lugar se llama cañón Grapevine, tiene más de 700 petroglifos, datados entre el 1100 y 1900 antes de Cristo y se desconoce qué pueblo fue su creador. Tiene un aparcamiento al cuál se llega por un camino de tierra bastante bien acondicionado y una posterior caminata de aproximadamente 500 metros (este último camino no está muy bien señalizado pero simplemente hay que seguir el cauce seco del río hasta llegar a las primeras rocas).
Una vez finalizada la visita nos dirigimos a Oatman, nuestra primera parada dentro de la ruta 66, no sin antes quedar sorprendidos con la vista desde la carretera del skyline de Laughlin y sus gigantescos casinos. Llegamos a Oatman a través de un camino de tierra que nos recomendó Google, eso sí muy vistoso
.
Oatman fue fundado en 1915, cuando se encontró una mina de oro que rápidamente atrajo población al pueblo el cual fue creciendo para posteriormente quedar abandonado tras el cierre de la mina durante la Segunda Guerra Mundial. La principal atracción del pueblo son los burros que campan a sus anchas por la calle principal. Decir que nosotras solo vimos una pareja de burros que parecían bastante mansos... aunque el macho se enfadó un poco cuando tocamos a su chica
. El pueblo en sí tiene encanto, con sus casitas antiguas y la entrada a la antigua mina, pero la cantidad de coches aparcados en la calle principal afean un poco el paisaje. Personalmente no me entusiasmó...poco burros y mucho coche!.
Desde ahí continuamos por un tramo muy bonito de la ruta que primero entre montañas y después por una gran planicie nos llevó hasta Kingman, otro pueblo mítico de la ruta 66. Como muchos pueblos de la zona nació con la llegada del ferrocarril, de hecho fue nombrado Kingman en honor al ingeniero que diseñó el recorrido del tren por estas tierras. A la entrada del pueblo se encuentra una
gigantesca locomotora Santa Fe que llegó a ser la mas grande de su época y que fue donada a Kingman tras jubilarse tras más de 30 años de servicio. Muy cerca de allí se encuentra el mítico restaurante Mr Dz que, con su decoración y colores chillones te transporta a otra época. Nosotras comimos allí, sin saber de la fama del lugar. La comida contundente, rica y para nada cara. Continuamos la ruta no sin antes hacernos un montón de fotos con los míticos coches antiguos y carteles de la ruta 66 que había por el pueblo. Y de paso aprovechamos para repostar y comprobar cómo cambia el precio de la gasolina de un estado a otro (mucho más barato en Arizona que en California).
La siguiente parada fue Hackberry, una tienda-museo al pie de la carretera, llena coches, carteles, surtidores de gasolina,...y todo tipo de antigüedades relacionadas con la ruta.
La última parada del día fue Seligman, pueblo cuyo nombre hace honor al banquero que financió el paso del ferrocarril por esta zona. Otra curiosidad del pueblo es que sirvió de inspiración a la película Cars, de la cual hay varias referencias por sus calles. También cuenta con un decorado muy logrado que imita a un pueblo del antiguo oeste, con cárcel incluida.
Ya que varios de los pueblos que visitamos hoy están relacionados con el ferrocarril, decir que la ruta que hicimos discurre en gran parte paralela a las vías por lo que pudimos comprobar que continúa siendo una ruta muy importante, al menos para el transporte de mercancías, ya que cada 10-15 minutos veíamos pasar trenes larguísimos cargados de contenedores.
Decidimos dormir en Williams, pueblo también situado en la ruta 66, y uno de los más cercanos al Gran Cañón, que nos recibió con unas temperaturas gélidas (en este viaje estamos aprendiendo que en el desierto puede hacer bastante frío).
Buscando información de qué puntos visitar descubrimos que había unos petroglifos en las afueras de Laughlin (eso es lo que nos gusta a nosotras, la típica atracción turística poco conocida, poco visitada y de la cual desconocíamos su existencia hasta unas horas antes). El lugar se llama cañón Grapevine, tiene más de 700 petroglifos, datados entre el 1100 y 1900 antes de Cristo y se desconoce qué pueblo fue su creador. Tiene un aparcamiento al cuál se llega por un camino de tierra bastante bien acondicionado y una posterior caminata de aproximadamente 500 metros (este último camino no está muy bien señalizado pero simplemente hay que seguir el cauce seco del río hasta llegar a las primeras rocas).


Una vez finalizada la visita nos dirigimos a Oatman, nuestra primera parada dentro de la ruta 66, no sin antes quedar sorprendidos con la vista desde la carretera del skyline de Laughlin y sus gigantescos casinos. Llegamos a Oatman a través de un camino de tierra que nos recomendó Google, eso sí muy vistoso
Oatman fue fundado en 1915, cuando se encontró una mina de oro que rápidamente atrajo población al pueblo el cual fue creciendo para posteriormente quedar abandonado tras el cierre de la mina durante la Segunda Guerra Mundial. La principal atracción del pueblo son los burros que campan a sus anchas por la calle principal. Decir que nosotras solo vimos una pareja de burros que parecían bastante mansos... aunque el macho se enfadó un poco cuando tocamos a su chica
. El pueblo en sí tiene encanto, con sus casitas antiguas y la entrada a la antigua mina, pero la cantidad de coches aparcados en la calle principal afean un poco el paisaje. Personalmente no me entusiasmó...poco burros y mucho coche!.

Desde ahí continuamos por un tramo muy bonito de la ruta que primero entre montañas y después por una gran planicie nos llevó hasta Kingman, otro pueblo mítico de la ruta 66. Como muchos pueblos de la zona nació con la llegada del ferrocarril, de hecho fue nombrado Kingman en honor al ingeniero que diseñó el recorrido del tren por estas tierras. A la entrada del pueblo se encuentra una
gigantesca locomotora Santa Fe que llegó a ser la mas grande de su época y que fue donada a Kingman tras jubilarse tras más de 30 años de servicio. Muy cerca de allí se encuentra el mítico restaurante Mr Dz que, con su decoración y colores chillones te transporta a otra época. Nosotras comimos allí, sin saber de la fama del lugar. La comida contundente, rica y para nada cara. Continuamos la ruta no sin antes hacernos un montón de fotos con los míticos coches antiguos y carteles de la ruta 66 que había por el pueblo. Y de paso aprovechamos para repostar y comprobar cómo cambia el precio de la gasolina de un estado a otro (mucho más barato en Arizona que en California).

La siguiente parada fue Hackberry, una tienda-museo al pie de la carretera, llena coches, carteles, surtidores de gasolina,...y todo tipo de antigüedades relacionadas con la ruta.

La última parada del día fue Seligman, pueblo cuyo nombre hace honor al banquero que financió el paso del ferrocarril por esta zona. Otra curiosidad del pueblo es que sirvió de inspiración a la película Cars, de la cual hay varias referencias por sus calles. También cuenta con un decorado muy logrado que imita a un pueblo del antiguo oeste, con cárcel incluida.
Ya que varios de los pueblos que visitamos hoy están relacionados con el ferrocarril, decir que la ruta que hicimos discurre en gran parte paralela a las vías por lo que pudimos comprobar que continúa siendo una ruta muy importante, al menos para el transporte de mercancías, ya que cada 10-15 minutos veíamos pasar trenes larguísimos cargados de contenedores.
Decidimos dormir en Williams, pueblo también situado en la ruta 66, y uno de los más cercanos al Gran Cañón, que nos recibió con unas temperaturas gélidas (en este viaje estamos aprendiendo que en el desierto puede hacer bastante frío).