Regreso.
La vuelta la hicimos con Air Baltic, igual que la ida, sin incidencias y en hora. Como no había vuelos directos a Madrid desde Tallin, fuimos primero en avión desde la capital estonia hasta Riga, y desde allí, a Barajas. Salimos temprano, la mañana era espléndida y muy clara, con lo cual a través de la ventanilla del avión pude contemplar unas muy bonitas vistas de Tallin: el puerto, la bahía y el Golfo de Finlandia. Aparte de las zonas modernas, que parecían muy extensas desde el aire, también se apreciaba perfectamente el casco viejo y las fortificaciones, con sus torres y sus murallas. Aunque las fotos no me salieron tan nítidas como lo que veía al natural, pongo alguna como curiosidad, así como otras que muestran los paisajes sumamente verdes que íbamos recorriendo y las playas arenosas bordeadas por unos inmensos bosques.





La escala en Riga fue de unas tres horas, durante las cuales nos entretuvimos, entre otras cosas, comprobando que nuestra maleta subía al avión, pues la identificamos perfectamente en la cinta transportadora. Era la primera vez que teníamos la seguridad de que no nos iban a perder el equipaje
Y, por cierto, de nuevo nos llevaría el avión sin logotipos, de un color blanco inmaculado.



Conclusiones.
La conclusión principal es que el viaje nos gustó, vimos sitios interesantes y, en general, nos libramos de los cuarenta grados del agosto español, aunque también tuvimos lo nuestro por allí, sobre todo en Helsinki: ¡qué calor! En general, nos hizo buen tiempo. De veinticinco a treinta grados de día y entre quince y diecisiete por la noche. Hubo algunas tormentas, casi siempre de noche, solo nos pilló una de tarde, el único momento en que abrimos el paraguas.
De este entreñable personaje de Riga no he contado la historia. Bueno, no lo voy a contar todo...



Las tres capitales bálticas merecen una visita, no en vano sus cascos históricos son Patrimonio de la Humanidad. Para mí, Vilnius fue una grata sorpresa, quizás porque no esperaba demasiado. Riga me encantó. No tiene el toque medieval y de cuento de Tallin, pero me pareció hermosa y señorial, sobre todo los edificios Art Nouveau, que me parecieron fantásticos. Y Tallin... En fin, qué decir de Tallin, solo que en cierta forma convierte en realidad los relatos de nuestra niñez. Quizás tiene más mérito porque conserva más construcciones originales que las otras dos capitales, las cuales, debido a guerras y conflictos, sufrieron bastante devastación en su patrimonio. Sin embargo, lo están restaurando bien y da gusto verlo.

Respecto al momento, en verano sin duda hay muchos más turistas, pero también tiene la enorme ventaja de un clima agradable y, sobre todo, de las horas de luz, pues en agosto amanece antes de las seis y anochece pasadas las nueve, mientras que en enero, por ejemplo, a las cuatro de la tarde ya es de noche. En fin, que parece una tontería, pero como mínimo son cinco horas más en un solo día para ver lugares, lo que supone nada menos que 35 en un periodo de, pongamos, una semana.

En cuanto a los precios, son parecidos a los de España, quizás algo más bajos o un poco más altos dependiendo de lo turístico que sea el sitio. Y no es de extrañar, porque está todo a tope, especialmente Tallin, que se ha convertido en un destino de moda últimamente. Claro que también depende, pues el gentío mengua bastante al alejarse un poco de los sitios "críticos". La foto de más abajo está tomanda casi a la misma hora, a cien metros de la Plaza del Ayuntamiento, la de arriba.


Si no se conoce, la excursión a Helsinki es casi obligada siempre que se disponga al menos de un día libre completo para recorrer tranquilamente Tallin, mucho más interesante y bonita que la capital finlandesa, sin pretender desmerecerla. Además, está el gasto del ferry. Otra opción recomendable sería entrar o salir por Helsinki hacia o desde Tallin. En fin, todo depende de las conexiones aéreas y del coste. En cualquier caso, si se quiere prescindir de algún destino, Letonia y Estonia tendrían prioridad.

Sobre el tema de la seguridad, ningún problema. Por lo que se refiere a la guerra entre Rusia y Ucrania, tampoco se puede decir que no se percibe nada especial. En las tres Repúblicas Bálticas nos hemos encontrado con idéntico panorama: un apoyo absoluto y visible a Ucrania, con banderas de ese país ondeando por todas partes, en casas particulares y edificios oficiales, incluso mediante ofrendas y recordatorios en plena calle. Sin embargo, también es cierto que una parte de la población de esos tres países, que llega a superar el treinta por ciento, es de origen ruso, lo que genera una tensión que existe, aunque se trate de ocultar. Pero son cuestiones internas que no afectan a los visitantes extranjeros.

Sobre la gastronomía, además de comida internacional, probamos varias especialidades de los tres países, que tampoco cuentan con demasiada variedad gastronómica: carne roja y caza con patatas, verduras y champiñones, sopas de verduras, sopas frías de remolacha, arenques, salmones y truchas, crema agria para acompañar los platos, tartas de queso, empanadillas de cordero... En Lituania, son muy típicas las contundentes empanadillas de patata, rellenas de carne, queso o setas (cepelinai) y también el repollo relleno. Abundan las frambuesas, los arándanos, las fresas y, en general, vimos todo tipo de frutas en los mercados. El pan suele ser de centeno. También hay gran variedad de cervezas artesanales y de licores caseros. Naturalmente, se puede beber tranquilamente el agua del grifo. Algo que me llamó mucho la atención fue que en los restaurantes sirven el agua en jarras con naranja, limón o hierbas aromáticas dentro. Muy curioso.


Y nada más. Animaos los que no conocéis las capitales bálticas. Son muy chulas y fáciles de visitar, incluso si solo se quiere utilizar el transporte público, según me han comentado. Por mi parte, quizás vuelva algún día; no lo sé.
