Nos levantamos temprano con un día nublado de nuevo, pero menos frío (estaríamos a 5ºC). Tras desayunar en el hotel y cargar el Fiat con el equipaje, pusimos rumbo al norte por la ya referida RN-3, rodeados de frondosos bosques, hasta llegar al Paso Garilbadi, un lugar con un mirador (parada obligatoria) desde donde se ve el precioso lago Escondido y los valles circundantes. Atravesamos Tolhuin (pueblo feúcho y sin atractivos) y ya la brújula se orientó decididamente hacia el norte.
[align=center]PASO GARIBALDI Y LAGO ESCONDIDO

Volvimos a echar gasolina en la conocida gasolinera de San Sebastián para salir de Argentina y llegar a la frontera chilena, donde de nuevo tuvimos algo de historia. En el viaje de ida, en ningún paso fronterizo nos habían pedido la tarjeta del coche (una especie de permiso de circulación), por lo que no sabíamos ni que llevábamos dicha tarjeta. Pero ahora, los aduaneros chilenos se empeñaron en que la mostrásemos. En nuestra ignorancia (no tuvimos excusa, ya lo sé) les dijimos que no disponíamos de tal documento y ellos, empeñados en qué sin él, no podíamos entrar a Chile. No sirvió que insistiéramos en que en el viaje de ida ningún aduanero nos pidió dicha tarjeta y prueba de ello eran los sellos de las aduanas chilenas estampados, hacía solo 3 días, en el permiso transfronterizo del Fiat. Al final, medio se convencieron de que, efectivamente, si sus compañeros habían sellado aquello y nos habían dejado entrar y salir de Chile, la cosa no debería estar tan mal.
Medio convencidos los aduaneros volvimos al coche para superar la barrera y entrar en Chile. Pero alguna bombilla debió encenderse en nuestras cabezas, ya que nos pusimos a mirar por todo el coche y ¡efectivamente! al fondo de la guantera, había una carterita de plástico de color negro (por eso ni la habíamos visto), donde ¡voilá! apareció una tarjeta con la identidad del Fiat. Entre avergonzados y chistosos por tan inesperada aparición, volvimos nuestros pasos al mostrador donde estaba el aduanero que casi nos declaró la guerra, para enseñarle la tarjetita. El problema es que ahora había una cola enorme de personas (dos autobuses) intentando entrar a Chile. Tuvimos que pedir perdón y, literalmente, colarnos hasta que llegamos al funcionario al que le pusimos delante la tarjeta del coche y casi conseguimos que se relajara un tanto, lo que sin duda agradecerían todos los que estaban esperando su turno.
De nuevo otros 170 km de estepas, ora verdosas, ora pardas, con sus guanacos (además de los atropellados, también había muchos cadáveres enganchados en las alambradas que separan los campos de la carretera), sus vientos y poco más. Una grandeza que no resultaba monótona dadas las preciosas latitudes por las que corríamos.
Vuelta a subir al transbordador de la Austral Broom en el Cruce Bahía Azul y de nuevo surcando las aguas, hoy mucho más tranquilas y luminosas (teníamos un sol radiante que arrancaba chispas a la bruñida superficie del Estrecho de Magallanes) que nos permitieron vislumbrar bastantes marsopas y delfines que nadaban velozmente junto al ferri.

Descenso en el Faro de Punta Delgada y, siempre al norte, llegamos al cruce con la N-255, donde esta vez giramos a la izquierda, enfilando hacia el oeste y recorriendo los casi 200 km que nos separaban de Punta Arenas. Esta vez no tendríamos que salir de Chile (todavía) y volver a entrar a Argentina. Una aduana menos.
Hacia las 4 de la tarde llegamos a Punta Arenas, una ciudad de unos 150.000 habitantes, pero muy extensa porque no tiene edificios altos y mucho extrarradio. Nuestro Nokia nos llevó sin problemas hasta nuestro alojamiento para la etapa de hoy, un apartamento en uno de los barrios tranquilos de la ciudad, alejado del centro y donde todo eran pequeñas casas de una o dos alturas. El Kran (reservado en Booking) era una parcela donde, tras la casa de los dueños (una señora simpática pero que no nos admitió euros ni tarjeta para el pago) había otro edificio de dos plantas, con un apartamentito arriba y otro abajo (el nuestro) y un espacio (mínimo) para dejar dos coches. Puerta de entrada a una cocina-estar muy pequeña (el sofá clic-clac no servía para mucho) pero limpia y completa, al lado un baño igualmente minúsculo con una ducha de cabina (aceptable de fuerza y toallas) y luego un dormitorio de tamaño medio, con una cama grande (colchón así-así, bien de sábanas pero sin edredón, aunque no hizo frío por la noche), un armario, una TV, suelo de tarima y poco más. Bueno, solo era para una noche. El wifi bien y el sueño normal.

Tuvimos que salir hacia un centro comercial ubicado en las afueras donde encontramos dos casas de cambio y estudiamos la posibilidad de volver para cenar, cosa que no conseguimos pues el centro comercial cerraba, incomprensiblemente, a las 8 de la tarde (y también los numerosos restaurantes que había dentro). Volvimos al apartamento, le pagamos a la señora 38.000 pesos chilenos y volvimos a salir para ver un poco la ciudad.
La Plaza de Armas es el centro neurálgico de Punta Arenas. Un bonito jardín (con su monumento a Magallanes) rodeado por palacetes muy bonitos (unos hoteles, otros restaurantes y otros edificios oficiales) y en una esquina, la catedral, que no pudimos ver porque estaba cerrada. Aquí se aparca con monedas (es muy barato), pero ya estábamos fuera de horario. Aprovechamos para hacer fotos, comprar algún recuerdo y buscar un lugar para cenar a gusto, ya que, con el viaje, habíamos malcomido.


No hubo manera, pues o estaba todo lleno o reservado (hoy era viernes) o nuestro vestuario no era el más adecuado (un par de sitios eran de muchas campanillas y nosotros íbamos de zapatillas y anorak). Llegamos hasta La Costanera, una especie de paseo marítimo pensado más para los coches que para los peatones, donde el viento no aconsejaba estar mucho por allí. Tampoco encontramos lugares adecuados para cenar, por lo que solo nos quedaba (eran ya más de las 8 y media) intentar encontrar alguna pizzería o similar, cosa que conseguimos ya casi de noche junto al supermercado Unimarc en la Avenida España. El local (con aparcamiento) se llama «Papa John» y es una franquicia chilena. Tenía comedor en el piso de arriba (muy tranquilo para ser viernes) y encargamos una pizza grande y bebidas. La empleada nos dijo que aprovecháramos la oferta del día, ya que por el mismo precio nos daba un refresco de 1,5 litros y unos palitos de queso y ajo. Pues bueno, bienvenida sea la oferta.
El problema es que la pizza (que estaba muy buena) era enorme (8 porciones), pero es que los «palitos» eran una decena, medían 30 cm cada uno y eran gruesos como porras madrileñas. Antes de empezar a comer ofrecimos a los de al lado, pero declinaron la invitación, así que tuvimos que pelearnos con aquel montón de masa hasta que ya no pudimos más.

Ahítos de pizza y palitos, volvimos a nuestro apartamento, donde pudimos dormir bastante bien.[/align]