Desde Noto a la isla de Ortigia (Siracusa) apenas hay 40 kilómetros, que tardamos una media hora en recorrer. Dejamos el bus en el parking del puerto y mientras caminábamos hacia el centro empezamos a percibir la fuerza de un sol extraño entre las nubes, un calor exagerado y una multitud no menos agobiante, yendo y viniendo. A lo lejos, en un muelle, pude divisar al menos un crucero. Fuimos directamente a almorzar. De haber sabido lo que pasaría luego, hubiese pasado de la comida. Pero no lo sabía
.

En Ortigia, teníamos visita con una guía local, a la que conocimos en la Piazza Emanuele Pancali, muy cerca de donde se encuentran los restos del Templo de Apolo. Entretanto aproveché también para fotografiar los mapas turísticos de unos paneles informativos que vi por allí con la idea de que me ayudaran a moverme por la zona durante el tiempo libre.


Según los restos arqueológicos encontrados, se sabe que la isla de Ortigia estuvo poblada desde el siglo XIV a.C., aunque la gran Siracusa la fundaron en el siglo VIII a.C. los corintios, quienes empujaron a los primitivos pobladores, los sículos, hacia los montes del interior, en torno a Noto. A partir de entonces, los colonos griegos impulsaron su desarrollo comercial y político hasta convertir a Siracusa en el centro de irrigación helenística más importante de toda Sicilia, chocando frecuentemente sus intereses con los de los cartagineses.

Creció mucho en extensión, proliferando los palacios, las casas nobles y los templos; gozaba de grandes puertos que facilitaban el comercio y fue dotada de murallas, cuyo bastión más imponente era el Castillo de Eurialo, ejemplo de enclave defensivo en la antigüedad. Pese a ser aliados, Roma tomó Siracusa militarmente, si bien los conquistadores no solo mantuvieron sus privilegios sino que incluso incrementaron su prestigio en el Mediterráneo. Los bizantinos la convirtieron en capital de la provincia de Thema (Sicilia, Calabria y Salento), núcleo del futuro Reino de Sicilia. La aparición de los árabes cambió las cosas y, tras su ocupación en el año 877, la ciudad fue incendiada y sus habitantes masacrados. Olvidada durante siglos, no volvió a resurgir hasta que Federico II Staufen construyó allí una de sus numerosas residencias privadas en la isla, el Castillo Maniace.

Sus buenos puertos ayudaron a su recuperación comercial, pero también despertaron la codicia de turcos, franceses y bereberes, por lo que tuvo que ser contundentemente fortificada. Arrasada por el terremoto de 1693, se reconstruyó en el siglo XVIII con casas y palacios de estilo barroco, muchos de los cuales aún se conservan en las calles que hoy recorren los turistas. Tras perder importancia durante el siglo XIX respecto a ciudades como Catania y Messina, resurgió en el siglo XX, al expandirse territorialmente tras ser derribadas las fortificaciones y convertirse en un gran centro de excavaciones arqueológicas.

El "remojado" paseo por Ortigia.
Nos las prometíamos muy felices en cuanto a conocer la histórica Siracusa, situada en la Isla de Ortigua, hoy en día unida a Sicilia por dos puentes, el Umbertino y el de Santa Lucia. En sus reducidas dimensiones, 2 kilómetros de largo por 1 de ancho, alberga la nada desdeñable cifra de más de un centenar de monumentos de las diferentes civilizaciones que pasaron por allí.



Para abrir boca, nada mejor que los restos del Templo de Apolo (Apollonion), que está considerado el templo dórico más antiguo de Sicilia, pues data de principios del siglo VI a.C.

Con 58,10 metros de largo por 24,5 de ancho, poseía 17 columnas laterales y 6 frontales. A lo largo de los siglos sufrió transformaciones y sirvió para diversos usos, como iglesia cristiana, mezquita, basílica medieval y cuartel en el siglo XVI.

Luego atravesamos callejuelas repletas de gente, sobre cuyas cabezas podía divisar bonitas fachadas e historiados balcones de conservación diversa, en los que tampoco faltaban las macetas que recuerdan la leyenda de la Testa di Moro.







Llegamos a la Piazza dei Duomo, en la que además de la Catedral se encuentran el Palazzo Beneventano del Bosco, el Palazzo Bonanno Toscano y la Iglesia de Santa Lucía, que estaba cerrada.

De pronto, empezaron a caer unas gotas y la visita a Ortigia comenzó a torcerse irremediablemente. Ante el cielo negro negrísimo que teníamos encima, la guía local propuso con muy buen criterio acercarnos a uno de los símbolos de la ciudad, la Fuente Aretusa, antes de que empezase a diluviar, y aprovechar luego para ver el interior de la Catedral, pues estaríamos a cubierto. En realidad, solo cuatro o cinco del grupo secundamos la idea y la acompañamos hasta allí a través de nuevas e intrincadas callejuelas con muchas casas de ventanas geminadas y elaboradas rejas, y aceras repletas de restaurantes en cuyas terrazas un tropel de gente saboreaba mariscadas de aspecto variopinto y precio desconocido.


La Fuente de Aretusa representa al personaje mitológico griego de Aretusa, ninfa a la que la diosa Artemisa convirtió en manantial subterráneo para librarla de los deseos carnales del río Alfeo, que la perseguía desde que ella se bañó en él. Y aquí, en Ortigia, se une el manantial al río Ciane, que debe su nombre al color azul de sus aguas, en las que crecen papiros de modo espontáneo, algo único en Europa.

Desafortunadamente, mientras mirábamos la fuente, escuchando su leyenda, comenzó a abrirse el cielo: rayos, centellas, truenos y una nueva tromba de agua, aunque esta vez en pleno día para fastidiarnos la visita de Ortigia. Quizás fue peor para los de las mariscadas al aire libre, que tuvieron que salir huyendo de sus mesas. ¡Madre mía, qué lío se organizó!

A toda prisa, retrocedimos a la Piazza dei Duomo para visitar la Catedral, cuya fachada principal está protegida por las esculturas de San Pedro y San Pablo, uno en cada lado.

Catedral de la Natividad de María de Siracusa.
Este templo refleja la historia de Siracusa, un compendio de las civilizaciones que lo utilizaron, adecuándolo para sus respectivos cultos, algo que no es nuevo pero que se aprecia particularmente bien en esta Catedral. El acceso turístico es de pago. Se permite hacer fotos sin flash.

Aquí, en el punto más alto de Ortigia, se edificó el Templo de Atenea, en el siglo VII a.C., aunque fue modificado después. Se transformó en iglesia con la llegada del Cristianismo y pasó a convertirse en mezquita en tiempos de la dominación musulmana. En 1093, los normandos la consagraron de nuevo al culto cristiano, introduciendo su estilo románico distintivo, aunque las obras para ampliar el edificio como Catedral no empezaron hasta 1552.
Fotos de paneles explicativos en la Catedral: plano de la transformación del templo griego en iglesia y plano de la Catedral actualmente.



Aún estaba en obras la fachada, cuando fue derribada por el terremoto de 1693, por lo que fue el mismo arquitecto, Andrea Palma, quien acometió su reconstrucción en estilo rococó (barroco tardío), utilizándose mármol, granito y piedra caliza para las esculturas. Debido a la lluvia, apenas pude tomar fotos completas de la fachada.

Del exterior, también me llamó la atención la fachada lateral izquierda, que no parece la de un templo sino la de una fortaleza con sus almenas y todo, una herencia de la época normanda. Por la derecha, la Catedral está adosada al Palacio Episcopal.

El interior mantiene la planta rectangular del primitivo templo griego, si bien en el siglo VII se reconvirtió en una iglesia de tres naves, cerrando los espacios entre las columnas y sacando la nave central del interior del antiguo templo, según se aprecia en el plano de arriba.


En el curso de una restauración llevada a cabo en 1925, quedaron al descubierto partes del templo griego, pudiéndose contemplar en la actualidad las columnas dóricas originales embebidas en los muros. El aspecto es muy peculiar. Merece la pena verlo.


Por lo demás, presenta una rica decoración con estucos, pinturas al fresco, mármoles y un suntuoso Altar Mayor barroco. Se conservan también una pila bautismal del siglo XIII, mosaicos normandos, así como pinturas y esculturas de varias épocas.


Debido a la lluvia, que no cesaba, tuvimos mucho tiempo para verlo y reverlo todo. Pero, al parecer, todo el mundo tuvo la misma idea y el templo estaba a rebosar de personas que entraban y no salían, lo que produjo una situación tensa con los encargados y vigilantes de la Catedral, que empezaron a exigir a la gente que se marchase una vez visto el interior.

Llegó un momento en que no tuvimos más remedio que irnos porque el asunto se estaba convirtiendo casi en un problema de seguridad; y a pesar de los paraguas e impermeables que compramos a los vendedores callejeros (hicieron el negocio del siglo esa tarde), resultaba imposible no calarse hasta los huesos. ¡Qué manera de caer agua, por favor!

Como en tales condiciones era inútil seguir viendo nada, se decidió regresar al autobús, aunque todavía quedaban varios lugares pendientes de la visita guiada y el recorrido libre. Una vez dentro, mientras intentábamos secarnos -incluso cambiándose de ropa y calzado quienes llevaban repuesto-, hubo un “divertido” intercambio de opiniones sobre lo que hacer a continuación. Pero eso lo cuento en la etapa siguiente.