Una de las actividades imprescindibles en Estambul –y lo digo a toro pasado- es hacer un crucero por el Bósforo. El que cada cual elija, porque hay múltiples opciones, a todas las horas y de todos los precios, desde trasbordadores locales, ferris, barcos turísticos, yates… Mil formas. Se recomienda un barco al atardecer para ver la puesta de sol, pero en nuestro caso, con el tiempo horrible que teníamos y sin expectativas de demasiada mejora, tal detalle era intrascendente, pues el cielo permanecería cubierto sí o sí. Ese hecho añadido a la incertidumbre sobre lo que ocurriría con los transportes públicos por causa de las manifestaciones del primero de mayo y a que nos alojábamos bastante lejos del centro, nos llevó a desechar la idea de ir por nuestra cuenta, y decidimos unirnos al grupo en un barco alquilado para una excursión privada.


Partimos desde el Puerto de Eminönü y salimos hacia el Bósforo, pasando por debajo del Puente de Galata. Las vistas hacia los dos lados eran preciosas, pues había buena visibilidad pese a la tarde plomiza.


Subí a la cubierta superior para hacer fotos y contemplar mejor el panorama. Por fortuna no llovía, ni tampoco hacía un viento excesivo, aunque la brisa venía helada y casi se me congelaban las manos. Pasé mucho frío, pero preferí permanecer en el exterior, observándolo todo. No todos los días se “navega” por Estambul.

Al contrario que en cruceros de otros lugares, donde la costa se ve muy lejana o lo que se distingue no es demasiado significativo, aquí podía contemplar Estambul casi al completo, jugando a identificar sus monumentos y edificios, muchos de los cuales se rendían magníficos ante el zoom de la cámara, con perspectivas mejores que estando al lado mismo. Por eso merece tanto la pena hacer uno de estos recorridos en barco. Lástima que el cielo estuviese tan nublado… Otro plus fue que nos explicasen cuáles eran los lugares y los edificios que íbamos viendo, así como sus historias y sus anécdotas. Aunque fue muy interesante, ni mucho menos me quedé con todo lo que se decía.



Dejamos a la derecha el Mar de Mármara y continuamos por el Bósforo, viendo a nuestra izquierda los muelles de Karakoy, el paseo marítimo de Galataport, el Museo Nacional de Pintura, la zona de Beksitas, la Universidad de Galatasaray…





Además, el Palacio Dolmabahce, que mandó construir el sultán Abdul Mecit en 1856, de una opulencia extravagante que contrasta con la época de decadencia en que había entrado el Imperio Otomano, y que tuvo que financiarse con créditos de bancos extranjeros. Por diversas razones, al final no tuvimos tiempo para visitar su interior, pero sí que divisamos muy bien la fachada que da al mar. Otro contraste es la perspectiva que se ve desde la otra orilla, con los modernos rascacielos sobresaliendo por encima del palacio y de las casas del barrio donde se encuentra.



A continuación, surgen suntuosos edificios, convertidos actualmente en hoteles de súper lujo, como el Four Seasons o el impresionante Ciragan Palace.


Se contempla bien el barrio residencial de Ortakoy, con su conocido mercado, sus tiendas y sus terrazas. Ahí destaca la Mezquita de Mecidiye, que fue construida en 1855 por el arquitecto del Palacio Dolmabahçe.


Superamos el Puente Colgante del Bósforo, de 1973, que enlaza las zonas europea y asiática. Mide 1.074 metros de longitud y su altura máxima es de 63 metros.



Continuamos viendo otros barrios y edificios que ya no sabría identificar hasta que dimos la vuelta para hacer el recorrido por la otra orilla, oteando muy buenas panorámicas de la zona asiática, con sus antiguos palacios, como el que ahora ocupa la Escuela Militar, la Mezquita Hasip Pasa Yalisi, el Palacio Beylerbeyi (barroco, de mediados del siglo XIX, una parte de cuya fachada estaba tapada por restauración), las casas de colores…





Asimismo, me llamó mucho la atención emergiendo sobre los edificios la estampa de la enorme Mezquita de Camlica y sus seis minaretes. Inaugurada en 2016, es una de más grandes del mundo, ya que puede albergar hasta 37.500 fieles.

Pasado el paseo marítimo de Uskudar, lugar muy concurrido para ver la puesta de sol, apareció sobre un islote la Torre de Leandro. Construida en el siglo XVIII, fue punto de referencia en el Bósforo y sirvió de lugar de cuarentena durante las epidemias de cólera, de faro, de control de aduanas… También se la conoce como Torre de la Doncella, debido a una leyenda que afirma que allí fue confinada una princesa condenada a morir por la picadura de una serpiente. Se puede visitar, pero no me pareció demasiado interesante.



De nuevo navegando por el Cuerno de Oro, se tiene una vista privilegiada del Palacio de Topkapi, las murallas, las residencias militares, la Mezquita Nueva, la Mezquita de Rustem Pasa y la Mezquita de Suleymaniye.


Un rato después, volvimos a pasar bajo el Puente de Galata, el Puente de Halic Kopruso (por donde cruza el metro) y el Puente de Ataturk. Después divisamos el Colegio Griego de Ferner, un enorme edificio de ladrillo de color rojo que destaca inmenso por encima de las bonitas casas de colores del barrio de Balat, la Iglesia de San Esteban de los Búlgaros y muchos otros sitios que no me atrevo a identificar.



Finalmente, nos bajamos en el embarcadero que hay junto al enorme Puente del Cuerno de Oro que utilizan los miles de vehículos que circulan a diario por las carreteras de circunvalación de la ciudad.


Me pareció muy interesante el crucero, una actividad imprescindible en Estambul, al menos en mi opinión. Aunque no disfrutamos de una climatología perfecta (por fortuna no llovía), disfruté mucho del recorrido. Incluso puede ser una forma de divisar algunos lugares de Estambul que quizás no se puedan visitar si no se dispone de demasiado tiempo en la ciudad. Con un buen zoom en la cámara de fotos, puedes confeccionar un buen inventario de muchos de los exteriores más destacados.

Teníamos pensado quedarnos a cenar en el centro, pero el mal tiempo y la incertidumbre sobre los transportes públicos, casi nos obligó a volver al hotel, donde nos pusieron para cenar crema de garbanzos, pollo con arroz blanco y un pastelito turco. También apareció de nuevo la enorme ensalada de la noche anterior, con el condimento o la hierba que tan poca gracia me hacía.
