Después de comer, volvimos al minibús para deshacer parte del camino hecho y dirigirnos a Beng Mealea, que está a unos 16 kilómetros del aeropuerto de Siem Reap y a unos 50 kilómetros de la propia ciudad. Por eso, si los horarios combinan, es posible intentar ver Beng Mealea a la llegada o antes de marcharse de Angkor, que fue al fin y al cabo lo que hicieron nuestras compis valencianas.

Por el camino, seguí explayándome con mi colección de fotos sobre la vida cotidiana en el campo y las aldeas por las que pasábamos. Y también me fijé en el paisaje, con su contraste del verde brillante de la vegetación y el azul profundo del cielo. No alcanzo a imaginar el tono de verde que puede llegar a alcanzar esta vegetación en época de lluvias. Al contrario que en Vietnam, en Camboya sí que disfrutamos de cielos intensamente azules, sobre todo por las mañanas, ya que por según avanzaba el día iban apareciendo algunas nubes, aunque no cayó ni una gota en todo el viaje.



Antes de llegar a Beng Mealea, nos detuvimos para contemplar una antigua cantera, situada junto a un río, donde se veían perfectamente los cortes artificiales realizados en las piedras.

Beng Mealea.
Como ya he mencionado, este templo se encuentra a unos 50 kilómetros de Siem Reap, en un entorno selvático que lo hace particularmente misterioso. En la actualidad, la carretera de acceso no presenta especiales dificultades, aunque la distancia y el calor aconsejan más utilizar un coche que un tuk tuk. Pero eso depende de cada cual.


He leído diferentes versiones sobre si entra o no en el abono de Angkor. Pues sí, entra desde el 1 de enero de 2020. Nosotras lo utilizamos y, de hecho, se menciona en el plano general que te dan a la oficina de venta de tickets. Así que ojo si contratáis alguna excursión o traslado hasta allí. Que no se os olvide el abono de Angkor porque el precio de la entrada individual al templo es de 10 dólares.


No se sabe mucho del origen de este templo, aunque por su estilo similar al de Angkor Wat, del que quizás fuese un prototipo, se supone que se construyó a mediados del siglo XII, bajo el reinado de Suryavarman II. Está rodeado por un gran foso y se hizo de arenisca, con relieves y dinteles muy interesantes aunque más sencillos que sus coetáneos del núcleo de Angkor. Otra suposición es que pudo ser el centro de una ciudad importante en la ruta hacia Siam (Tailandia). Se limpió de minas en la primera mitad de este siglo, aun así se recomienda no salirse de los recorridos establecidos por motivos de seguridad.


Ya desde el mismo acceso se percibe que es un sitio diferente, donde los árboles rodean el sendero que conduce al templo, con largas lianas que se retuercen sobre sí mismas, abrazando restos de piedras negras que asoman por todas partes. Vimos niños jugando y bañándose en un pequeño lago con las aguas sembradas de nenúfares. El paisaje era de lo más bucólico. No en vano, el nombre Beng Mealea significa “estanque de lotos”.


Aunque vimos más que en Koh Ker, nos cruzamos con muy pocos turistas. Quizás influyó que por la tarde acude menos gente. El templo apenas está restaurado. La intención era dejarlo más o menos tal cual fue descubierto para que los visitantes conozcan cómo son los templos devorados por la selva a la vez que convierten su recorrido en una pequeña aventura.


Y casi lo consigues, pues llega un momento en que te apetece evadirte, dejas volar tu imaginación y juegas a sentirte como Indiana Jones en el templo perdido. Una gozada.

Hay un itinerario establecido, contrario a las agujas del reloj, que debe respetarse. Nos llamaron la atención porque nos habíamos metido sin darnos cuenta por el otro lado. Ya en el primer vistazo te sorprendes porque no se trata de que las ramas entren por las puertas y salgan por las ventanas, o que las inmensas raíces de árboles gigantescos tomen los muros como particulares macetas, sino por la sensación de caos absoluto que percibes a tu alrededor.

Todo está por los suelos, puertas, ventanas, dinteles… Grupos de columnas aparecen semienterrados entre enormes montones de piedras que irrumpen por donde menos te lo esperas. Y, de pronto, un muro extrañamente intacto te saluda, su tono gris teñido de verde por el musgo y con las ramas de los árboles brindándose como improvisado tejado.


El interior se recorre a través de una pasarela y varias escaleras que ofrecen unas panorámicas sorprendentes: Troncos de árboles elevándose desde el fondo de lo que parece una antigua galería interior... Pero… ¿qué es esto? Pues sencillamente cientos de años de abandono y colonización de la piedra por la selva.


Si el caos está presente por todas partes, existen zonas donde se percibe total y absoluto. Parece que hubiera habido un terremoto de enorme magnitud. Me pregunté qué aspecto tendría todo esto en un día lluvioso, con el cielo negro. Madre mía, no sé. ¿Y esas patas o pies o lo que sean que aparecen de pronto por ahí?


Samuel nos comentó que algo han ido arreglando, incluso abriendo algunos recovecos nuevos para facilitar la exploración por los visitantes, que antes tenían más complicado moverse. Más que nada para evitar que alguna de esas moles de piedra llegue a derrumbarse sobre alguien.


Otro aspecto a considerar es la ingente labor de los restauradores, pues algo similar a esto es lo que tienen que afrontar los arqueólogos cuando se trata de recomponer un templo perdido, una especie de rompecabezas con piezas de toneladas de peso que hay que mover y clasificar antes de colocarlas en el que fue su sitio, a menudo sin saber dónde estaba ese sitio porque no existen planos ni registros. Tremendo. ¿Quién se imagina encajando todo este lio?



Estas cosas me encantan, así que disfruté un montón y no sé ni cuántas fotos saqué. Pero tampoco quiero ponerme pesada, así que prefiero dejarlo aquí.


Quizás alguien se pregunte si merece la pena llegar hasta aquí cuando ya se ha visto Ta Prohm. Para mí, sí, indiscutiblemente. Pero es una opinión personal.
Desde el templo, fuimos directamente al aeropuerto, donde nos despedimos de nuestras compis valencianas. Fue un verdadero placer compartir este viaje con vosotras. Ojalá pudiéramos coincidir en alguna otra ocasión. María Jesús y Sofía, os envío un abrazo enorme.


Ya camino de Siem Reap, como siempre pendiente de todo, Samuel nos preguntó qué teníamos pensado para cenar. Cuando le dijimos que quizás tomásemos algo en el aeropuerto, nos respondió que ni hablar: allí, no, caro y malo. Así que nos llevó a un supermercado donde pudimos comprar un buen surtido de sándwiches, postres y bebidas.

De nuevo en el parking del que había sido nuestro hotel, nos despedimos de Samuel, un buen guía y una excelente persona, pues incluso estuvo en contacto con nosotras hasta cerciorarse de que habíamos llegado bien a España; también nos felicitó la Navidad y el año nuevo por el grupo de Wathsapp. En fin, si hasta nos duplicó en una foto...
Un abrazo, Samuel.


Otra muestra de lo majos que son los camboyanos la tuvimos en el hotel, donde cubrieron nuestras maletas con una red para que nadie las tocara. Pudimos cargar los móviles, utilizar los baños y los lugares comunes sin problema alguno. Incluso nos ofrecieron usar la piscina y un cuarto de baño para cambiarnos y ducharnos. No lo hicimos porque no nos dio tiempo. Cuando nos sentamos en un banco del jardín para cenar los sándwiches que traíamos del supermercado, un empleado dio la luz y puso en marcha el ventilador sin que se lo pidiésemos. Todo un detalle teniendo en cuenta que allí solo estábamos nosotras. A las nueve, vino un taxi grande para recogernos y llevarnos al aeropuerto. Entonces pudimos pasear un rato por la terminal, que es muy chula.


El vuelo de Emirates Airlines hacia Dubai salió en hora. Lo malo fue la parada técnica que hizo en Bangkok, durante la cual no pudimos salir del avión, bueno, casi ni movernos del asiento, porque nada más bajarse los viajeros que iban a ese destino, la mayoría por cierto, apareció un ejército de limpiadores y asistentes, para dejar el avión listo para los siguientes pasajeros. Escalas he hecho muchísimas, pero una parada de hora y media sin bajarme del avión, fue la primera vez, y, sinceramente, lo más incómodo y peor de todo el viaje. Ya en Dubai, siete horas de escala, que se nos hicieron menos eternas de lo que suponíamos porque la terminal es tan enorme que solo recorrerla caminando ya te llevaba un buen rato, además disponen de muchos asientos de descanso que se agradecen un montón. El skyline de la ciudad es bastante chulo; los precios, un disparate.


El vuelo a Madrid, puntual. Por lo demás, más de lo mismo. La comida y el entretenimiento similares a los de la ida, así que no me repito y dejo las conclusiones de todo el viaje para la etapa siguiente.