Nos levantamos temprano en un día soleado que se irá complicando conforme vaya transcurriendo la mañana. Salimos a desayunar a la cafetería Crem que tiene un concierto con el b&b, y que te permitía tomar un café o cappuccino y cualquier cosa entre un amplio surtido de bollería. Todo muy bueno, la verdad. No necesitamos más. Prefiero este sistema que un desayuno a veces con poca gracia de algunos de los b&b en los que hemos estado (zumos baratos, café malo y bollería industrial).
Sobre las 9 de la mañana salimos en dirección a Otranto, a ver su fortaleza.

Peter Berling era un escritor, actor y experto culinario alemán (si veis una foto de él entenderéis lo de experto culinario) que escribió la saga de libros Los hijos del Grial compuesta por cinco volúmenes maravillosos que recomiendo leer. Pues bien, en ellos aparece con mucha frecuencia la fortaleza templaria de Otranto y toda clase de intrigas que suceden en él. Y como cuando leo siempre imagino estar algún día en uno de estos lugares que la literatura te ofrece, es por lo que aprovechamos para acercarnos y echarle un vistazo.
La verdad es que me llevé una pequeña decepción ya que no fue nunca una fortaleza templaria. La construyeron los aragoneses allá por el siglo XV por orden del Rey Fernando I de Aragón, y parece ser que tampoco partieron de allí las naves de los cruzados para llegar a Tierra Santa, como se menciona en las novelas, pero me da igual, hemos estado allí, en el lugar en el que siempre he querido estar.

Aparte de la fortaleza, Otranto ofrece un bonito paseo por su puerto y la visita a la Catedral de Santa María Anunciada con su cripta y su curioso osario expuesto al público. En la vida habíamos visto tantos huesos juntos. Empezaba a hacer frio y un poco de viento por lo que decidimos subir a nuestro coche y continuar la ruta marcada de hoy.

Desde Otranto, costeando por el talón de la bota llegamos a Porto Tricase, que pertenece a la población de Tricase que se encuentra a unos pocos kilómetros al interior. Este núcleo portuario es una delicia, con sus barquitas, su paseo marítimo, pequeño pero encantador y los niños bañándose en las aguas del puerto como si estuvieran en una piscina. El marco visual parece como transportado a los años ’70. Como era tan bonito y acogedor decidimos comer aquí, y no nos equivocamos.

Entramos a comer en el restaurante Porto Vecchio con vistas al puerto. El frio había desaparecido y relucía el sol. Qué maravilla. Nos acomodamos en la terraza y pedimos pasta frutti di mare y pez espada con gambas y brocheta de calamar, con vino café y mi copita de Amaro (bebida típica italiana, no sabría decir a qué se parece), pero está muy bueno. El precio no recuerdo, pero barato. Así que, con la felicidad que da el comer bien, nos dirigimos a nuestro siguiente destino con ese puntito de alegría que te da el licorcito.

Santa María de Leuca es la punta más al sur del “tacón de la bota” donde se juntan el mar Adriático y el mar Jónico. Nada más por este motivo hay que estar aquí. Agarras el mapa, lo miras y dices: madre de Dios dónde estoy¡¡¡ una maravilla para aquellos que quieren estar en sitios únicos y decir: yo he estado aquí, en este puntito del mapa. Eso por sí solo ya merece un viaje.
La Basílica de Santa María de Leuca se encuentra en un promontorio junto a su imponente Faro blanco desde el que se divisa su marina a unos pocos kilómetros más abajo, con su puerto y paseo marítimo, sus restaurantes y sus casas veraniegas.

Es hora de regresar a Lecce, no es tarde, pero una horita de camino tenemos y más por estas carreteras del sur de Italia dejadas de la mano de Dios. Señales verticales hay pocas, las horizontales ni se ven de lo desgastadas que están, y en los Stop impera la ley del más fuerte, pero no hay ningún problema, es un caos organizado.
Llegamos a Lecce sobre las 19 horas, aparcamos y dimos una vuelta por la ciudad buscando algún sitio para cenar. Uno vinos y unas bruchettas lo arreglaron. Para rematar el día, y antes de ir a dormir, no hay nada mejor que una buena tarrina de helado de Stratacciella. Mañana será otro día.