De nuevo nos levantamos muy temprano para tomar el tren desde la estación de Ercolano para recorrer una distancia muy corta hasta Nápoles. El trayecto es breve, por lo que tenemos prácticamente todo el día para visitar la ciudad. Hoy es un día de nubes y claros, espero que no nos llueva. Tenemos que aprovechar el día al máximo, el tren de vuelta sale a las 19 horas.

La primera visita desde la estación Central la hacemos a la Catedral y a la Cripta de San Gennaro para visitar posteriormente el Battistero di San Giovanni in Fonte. Estas visitas las hicimos en primer lugar para evitar aglomeraciones, y así fue. Vistos estos monumentos religiosos emprendimos el pateo por las calles y plazas de Nápoles repletas de gente y motos por todas partes, una mezcla de bullicio y caos. Parece que estás en el siglo pasado: ropa colgada de los balcones, cestas de la comprar subiendo y bajando por las fachadas para evitar tener que subir o bajar las escaleras de los edificios sin ascensor, bolsas de basura amontonadas en las calles a modo de contendor, altares en muchas de las calles de la ciudad, incluido uno a Maradona, murales de todo tipo, etc.

Pues bien, callejeando nos topamos con la capilla de San Severo donde se encuentra la escultura del Cristo Velado, dicen que una de las mejores piezas escultóricas del mundo. Para los más interesados el precio de la entrada es de 12 € los adultos con reducciones según las distintas edades (menos de 9 años gratuito). Normalmente hay que guardar una larga cola. Se encuentra en la vía de Francesco de Sanctis, 19-21.
Ayudados del plano de Nápoles continuamos el recorrido por sus calles hasta la Piazza dei Plebiscito, pasando por la puerta del Palacio Real, el Quartieri Spagnoli (barrio español) para llegar a la Piazza del Gesù Nuovo donde se encuentra la Iglesia de la Trinità Maggiore y el obelisco a la virgen de la Inmaculada. ¿Qué tiene de interesante esta plaza? Pues la fachada de la iglesia. Antiguamente fue el Palazzo Sanseverino. Esta fachada se caracteriza por su curioso “almohadillado”, compuesto por una especie de pequeñas pirámides que sobresalen. Puede ser de las cosas más interesantes que pudimos ver a nivel arquitectónico en Nápoles. A continuación, nos dirigimos hacia la zona del puerto para buscar algún sitio donde comer y acabamos en la Trattoria O’Tabbaccar que se encontraba junto a otros restaurantes en un lugar muy bonito y acogedor rodeado de barquitos de recreo y de pescadores, amarrados todos junto a los restaurantes, y a los pies del impresionante Castel dell‘Ovo. Pedimos una ensalada caprese, una fritura de pescado y un plato de gnocchi con tomate y albahaca que te mueres, vino de la casa y café. Todo estaba estupendo y a un buen precio, todo muy napolitano, con su mantelito de tela a cuadros blancos y rojos como tiene que ser.

El día se estaba poniendo cada vez más negro y nos quedaban por ver algunas cosas, entre ellas el Museo Arqueológico, la Galería Príncipe y el Castel dell‘Ovo (del huevo). Así que, nos pusimos en marcha al Castel dell‘Ovo que lo teníamos al lado. Desde las murallas del castillo y sus terrazas se puede disfrutar de una vista espectacular de la bahía de Nápoles. Es un lugar perfecto para hacer unas buenas fotos sobre un panorama único de la ciudad.

Se nos estaba haciendo un poco tarde por lo que descartamos la visita al Museo Arqueológico y nos dirigimos a la Galería Príncipe. Se trata de una galería comercial de finales del siglo XIX al estilo de la Galería Vittorio Emanuele II de Milán, pero más modesta, y que está situada entre la Academia de Bellas Artes y el Museo Nacional de Arqueología, en el Casco Histórico de la ciudad. Tampoco hay que perdérsela cuando se viene a Nápoles.


Se acercaba la hora de regreso a Ercolano y estaba empezando a oscurecer. Habíamos exprimido al máximo el día en Nápoles y nos habíamos quedado con ganas de más. Llegamos a la estación central y nos dirigimos al andén del tren que nos llevaría de vuelta al Hotel. Subimos, y al cabo de unos diez o quince minutos de trayecto nos dimos cuenta que nos habíamos equivocado, íbamos en dirección contraria, por dios!!! Bajamos en la primera parada que hizo el tren. No sé decir donde, pero aquello era lo más parecido a un apeadero o a una estación de esas que salen en las películas americanas del Bronx. No había nadie a quien preguntar ni ventanilla a la que acudir para sacar el billete de vuelta a Nápoles. Desesperados por la situación apareció un hombre de mediana edad en el andén de enfrente. Le llamé y le dije angustiado que cómo podíamos volver a Nápoles. Menos mal que con esta gente te defiendes con gestos y palabras básicas, y lo que nos vino a decir es que pasáramos a su andén y que nos acompañaría de vuelta a Nápoles. Llegó un convoy y nos dijo que subiéramos con él. Íbamos como niños que no se quieren separar de sus padres. Nos sentamos y estuvimos hablando un rato de futbol. El hombre iba a ver un partido del Nápoles. Nos despedimos de él muy agradecidos con un ¡¡¡Amunt València!!! Él levantó el puño aire en señal de despedida.
Inmediatamente nos dirigimos bien informados al andén en dirección a Sorrento para tomar el tren que nos dejaría, esta vez sí, en Ercolano.
A partir de aquí no me acuerdo lo que pasó, entre el estrés de todo el día por Nápoles (que no deja de ser una aventura) y el estrés del tren de vuelta, acabamos rotos. Lo mejor que podíamos hacer era irnos al hotel a descansar.