Naxxar tampoco estaba en los planes iniciales pero nos venía de paso para nuestro regreso a Mdina.
Naxxar es uno de los asentamientos más antiguos de Malta, con presencia humana documentada desde miles de años atrás, como demuestran las cuevas de Tal‑Qattara y San Brinkaw, los restos megalíticos de la Edad del Bronce en Tal‑Qadi y Qaliet Marku, los cart ruts que atraviesan la zona desde Salina hasta it‑Targa y las tumbas púnicas y catacumbas halladas en distintos puntos del término municipal.
La tradición local sostiene que los habitantes de Naxxar fueron de los primeros en auxiliar a San Pablo tras su naufragio en Malta y también de los primeros en convertirse al cristianismo, lo que explica el lema histórico del pueblo, Prior Credidi (“los primeros en creer”).
El origen del nombre es complejo. Algunas teorías lo relacionan con Nassar o Nasra (“conversión al cristianismo”), otras con Nsara o Nazaroei (“los que siguen las enseñanzas de Cristo”), y otras con la raíz hebrea nazar, “elegido” o “consagrado”, posiblemente en contraposición al asentamiento árabe cercano llamado Hal Muselmiet, “el pueblo de los musulmanes” .
Durante la Edad Media, Naxxar ya era un núcleo consolidado y su parroquia, fundada en el siglo XIII, es una de las más antiguas de Malta, lo que confirma la importancia temprana del asentamiento en la organización religiosa de la isla
La economía tradicional fue agrícola, destacando el cultivo del algodón, que vivió un periodo de gran prosperidad a finales del siglo XVIII. La caída del sector en el siglo XIX provocó pobreza. Sin embargo, la llegada de familias acomodadas como los marqueses Bugeja y Scicluna revitalizó el pueblo y estimuló un notable desarrollo artesanal, especialmente en carpintería y herrería, que alcanzó un auténtico auge a principios del siglo XX .
En el ámbito defensivo, la zona también tuvo relevancia estratégica, con torres y estructuras vinculadas a la vigilancia del territorio durante la época de los Caballeros de San Juan.
Desde La Valetta se llega con el autobús 202.
Muy cerca de la parada del autobús vemos la iglesia. Justo al lado encontramos lo que nos ha llevado hasta allí. El Palazzo Parisio es un palacio del siglo XX construido sobre un edificio mucho más antiguo. En su origen, el lugar albergaba un pabellón de caza levantado en 1733 por el Gran Maestre António Manoel de Vilhena, que después pasó a manos de la Orden de San Juan y más tarde a la familia Parisio, que lo utilizó como residencia de verano y, finalmente, como residencia permanente de Paolo Parisio Muscati.

En 1798, durante la ocupación francesa, el edificio se utilizó brevemente como cuartel militar. Más tarde, en 1856, pasó a la familia Micallef, que lo alquiló a los jesuitas para convertirlo en un colegio en 1880.
El gran cambio llegó en 1898, cuando el edificio fue adquirido por el marqués Giuseppe Scicluna, un banquero maltés. Él transformó completamente la propiedad entre 1900 y 1907, dándole la apariencia actual. El palacio combina dos estilos muy distintos. Las fachadas exteriores son Art Nouveau, diseñadas por el arquitecto Annibale Lupi. En cambio, los lujosos interiores son de estilo barroco siciliano, creados por un equipo de arquitectos, escultores y pintores italianos dirigidos por Carlo Sada.

El vestíbulo es un espacio amplio y alto, revestido de mármol claro. El suelo combina mármoles pulidos en patrones geométricos. Las paredes están decoradas con pilastras y molduras de estilo barroco siciliano, con relieves vegetales y detalles dorados. Allí hay un mostrador donde adquirimos la entrada y nos dan información en español para ir siguiendo la visita.
Seguimos hasta la majestuosa escalera que tenemos detrás. Los escalones están tallados en mármol italiano importado expresamente para el palacio, con una veta suave que refleja la luz que entra desde las ventanas. La barandilla de hierro forjado, realizada por artesanos malteses siguiendo diseños italianos, combina curvas elegantes y motivos vegetales. El pasamanos es de madera oscura. Pero lo más relevante es el mármol de la pared. Es mármol italiano de alta calidad, procedente de canteras del sur de Italia, que el marqués Giuseppe Scicluna eligió personalmente durante sus viajes. Parece que Scicluna quiso reproducir en Malta la estética de los palacios sicilianos y napolitanos que admiraba, y por eso encargó bloques enteros de mármol que fueron enviados por barco y trabajados por un equipo de artesanos italianos dirigidos por Carlo Sada. El mármol se cortó y pulió en Malta, y se instaló con una técnica que imita el scagliola barroco: grandes placas perfectamente ajustadas que crean la ilusión de un muro continuo, sin juntas visibles.
Pero no todo fue tan sencillo. Los bloques viajaban por barco hacia Malta, pero uno de los cargamentos —el más valioso, destinado precisamente al revestimiento de la escalera y de las paredes del vestíbulo— sufrió un accidente en el mar. El barco no llegó a naufragar por completo, pero se partió parcialmente y parte de la carga cayó al agua, quedando dañada o perdida. El mármol recuperado llegó a Malta con fracturas, manchas de sal y desperfectos que lo hacían inutilizable para el acabado perfecto que Scicluna quería. El marqués, que podía permitírselo, volvió a encargar un nuevo cargamento, esta vez aún más caro, y pidió que se seleccionaran piezas de veta más cálida y uniforme. Ese segundo envío es el que hoy reviste la escalera y las paredes.
Nada más subir los escalones, el espacio se abre en un gran distribuidor que funciona como eje de la planta. La luz entra desde ventanas altas y cae sobre el mármol claro del suelo. Las paredes están revestidas con el mismo mármol italiano de la escalera, pero aquí se combina con paneles decorativos, molduras y espejos que multiplican la luz y amplían visualmente el espacio. A ambos lados se abren puertas altas, con marcos ornamentados y herrajes de bronce, que conducen a los salones principales. El distribuidor está decorado con bustos clásicos, jarrones italianos y lámparas.
Hay una puerta que no conduce a ninguna estancia real. Está diseñada con el mismo marco ornamentado, la misma altura y los mismos herrajes que las puertas auténticas, pero detrás solo hay un muro. Su función es escenográfica: equilibra la simetría del espacio, crea la ilusión de un corredor más amplio y mantiene la armonía visual entre los accesos a los salones principales. En los palacios barrocos y neobarrocos italianos —que Scicluna admiraba profundamente— era habitual incluir puertas falsas para mantener la proporción perfecta de un salón o un vestíbulo, y aquí se sigue exactamente esa tradición.
En el Salón Rojo el color no es casual: el marqués Scicluna quiso que esta sala evocara los salones de recepción de los palacios sicilianos, donde el rojo simbolizaba prestigio, hospitalidad y estatus. El mobiliario es de estilo italiano tardobarroco, con sofás tapizados, sillas de madera tallada y mesas con incrustaciones que muestran la artesanía que el marqués importó de Italia. El techo está decorado con un fresco de inspiración clásica, rodeado de molduras doradas que captan la luz de las lámparas de cristal. En las paredes cuelgan retratos de familia y pequeñas pinturas italianas del siglo XIX, que refuerzan la atmósfera doméstica y aristocrática del espacio. Es una sala de recepción, pensada para conversar.
El Salón de Baile es una estancia larga, alta y completamente revestida de dorados, espejos y estucos. El techo está cubierto por un fresco central rodeado de molduras rococó, y las paredes alternan espejos franceses con paneles ornamentales que crean una sensación de amplitud casi infinita. Este salón fue concebido por el marqués Scicluna como el corazón del palacio, el lugar donde se celebraban recepciones, bailes y eventos sociales que debían demostrar el estatus y la sofisticación de la familia. Todo en él está pensado para impresionar.

Hay grandes espejos franceses que cubren las paredes, creando la sensación de un espacio más grande de lo que es realmente. Entre los espejos se intercalan paneles de estuco rococó: guirnaldas, roleos, flores, cintas y motivos vegetales. Hay varios motivos que evocan directamente a los Grandes Maestres de la Orden de San Juan. El marqués Scicluna, que admiraba la herencia de los Caballeros, quiso integrar estos símbolos en el corazón del palacio para dotarlo de una dimensión histórica y patriótica. Hay bustos de figuras clave de la Orden de San Juan, representados con armaduras, capas ceremoniales o atributos militares. Son ocho pero no están identificados. Seguramente serían los más famosos. También hay motivos heráldicos de la Orden de San Juan, especialmente la Cruz de Malta de ocho puntas, integrada en cartelas, remates y elementos ornamentales que coronan los nichos donde se sitúan los bustos de los Grandes Maestres.
También aparece el escudo de la familia Scicluna, discretamente integrado en la decoración.
Otra estancia importante es el comedor. La pieza central es una mesa larga, de madera noble, con patas talladas y superficie pulida, que servía para hacer banquetes familiares. A su alrededor hay sillas italianas de respaldo alto, tapizadas en tonos cálidos —crema, verde oliva o burdeos— que armonizan con la paleta del palacio. Sobre la mesa hay vajilla fina, cubertería plateada y centros florales discretos, siguiendo la estética aristocrática de principios del siglo XX.
Las paredes están revestidas con paneles decorativos y molduras neobarrocas, más sobrias que las del Salón de Baile pero igualmente refinadas.
El palacio incluye una capilla privada de la familia Scicluna.
La Sala Pompeyana es una de las estancias más singulares del Palazzo Parisio. Es una habitación íntima, doméstica, revestida con un rojo profundo que recuerda a las casas de Pompeya. Las paredes están decoradas con paneles clásicos, figuras mitológicas y cenefas geométricas. Era una pequeña sala de conversación.
También se visitan dos habitaciones. En una de las habitaciones privadas se expone un vestido de novia de la familia Scicluna, de los años 80.
La Sala de Billar ocupa una estancia rectangular, situada justo después del Salón de Baile. Es un espacio pensado para el ocio privado y la sociabilidad doméstica, más relajado que las salas ceremoniales pero aún dentro del ámbito representativo del palacio. En el centro domina la mesa de billar, de madera oscura y tapete verde, iluminada por una lámpara suspendida que concentra la luz sobre la superficie de juego y deja el resto de la sala en una penumbra suave. Las paredes están revestidas con paneles de madera y molduras sobrias. El mobiliario es funcional: un par de butacas tapizadas, una consola lateral para apoyar copas o accesorios, y un soporte para los tacos de billar. Esta sala servía como punto de encuentro informal, un lugar donde la familia y los invitados podían conversar, jugar y retirarse del ceremonial público sin abandonar la elegancia del piso noble.
Antes de irnos de la planta noble salimos a la galería de amplias cristaleras, que dejan pasar la luz pero protegen del viento.
Volvemos a bajar y atravesamos la sala del piano.
La bodega se encuentra en la planta inferior del palacio, integrada en la zona de servicio. Es un espacio de piedra, fresco y estable, diseñado para conservar vino y provisiones en condiciones constantes de temperatura y humedad. Las paredes, de mampostería gruesa, mantienen el ambiente naturalmente fresco incluso en verano. Allí están los WC.
Finalmente se visita el bonito jardín.

El palacio alberga hoy un restaurante y también se celebran bodas.
La Iglesia Parroquial de Naxxar, dedicada a la Natividad de la Virgen María, domina la plaza que se abre frente al Palazzo Parisio. Es un edificio barroco maltés del siglo XVII, ampliado en el XVIII, con una fachada simétrica de piedra dorada, dos campanarios gemelos y un frontón central que recoge la luz de la plaza con una claridad casi teatral. El interior sigue el modelo basilical: nave amplia, capillas laterales y una cúpula que eleva la luz hacia el crucero. La decoración combina mármoles policromos, retablos italianos y estucos que reflejan la influencia romana en la arquitectura religiosa maltesa.

El altar mayor es el punto central de la iglesia: una estructura de mármol claro y colores suaves que enmarca el gran retablo dedicado a la Virgen. Se eleva ligeramente sobre el resto del templo y está flanqueado por columnas y detalles decorativos.
