Era sábado, día habitual de partida de los viajes básicos de una semana que incluyen crucero y El Cairo, aunque no nuestro caso. Antes de salir para el aeropuerto, me puse en contacto por whatsapp con Ahmed Camel para concretar la excursión del día siguiente a Abydos y Dendera. Quedamos en que nos recogería a las siete de la mañana en la puerta de nuestro hotel.
El vuelo de EgyptAir estaba previsto para las 14:20. Cuando llegamos a Barajas, nos quedamos con los ojos a cuadros al ver nada menos que cuatro vuelos a Luxor de aerolíneas diferentes en la franja horaria de la mañana. Grupos de españoles de todas las edades invadían la Terminal 1 rumbo a Egipto. ¡Qué barbaridad! Embarcamos con 40 minutos de retraso y estuvimos dentro del avión casi una hora más sin poder movernos y pasando mucho calor (la tripulación tuvo que pasar agua), hasta que la Torre de Control autorizó el despegue. Al final, salimos con casi dos horas de retraso.

El vuelo transcurrió sin incidencias. El avión, que iba a tope de españoles, no nos pareció demasiado incómodo, con un hueco aceptable entre las filas de los asientos; la comida tampoco estuvo mal teniendo en cuenta lo que se estila hoy en día. No nos gustaron las pantallas de entretenimiento ni su contenido. Durante el viaje, nos entregaron la tarjeta de ingreso en el país para cumplimentar con datos básicos: número de vuelo, procedencia, nombre, apellidos, número de pasaporte, fecha y lugar de nacimiento y una dirección en Egipto (vale el nombre del primer alojamiento).


Llegamos a Luxor sobre las nueve de la noche, la misma hora que en España, dado que el cambio al horario de verano en Egipto no se realizaría hasta el 24 de abril. Nos coincidiría allí, por tanto. De momento, amanecía a las seis y cuarto y anochecía en torno a las seis y media.

En la terminal, antes de pasar el control de policía, estaban los guías locales con sus cartelitos esperando a sus respectivos clientes. Enseguida localizamos al que portaba el letrero de nuestra agencia. Vimos con sorpresa que el grueso de turistas se repartía entre las distintas agencias, mientras que en la nuestra solo éramos cuatro personas, nosotros dos y otra pareja. En una pared, leímos que el precio del visado era de 30 dólares (y digo era porque mientras escribo el diario estoy leyendo de todo, incluso que es gratis). El guía pegó el visado en nuestro pasaporte y nos condujo al control policial, donde entregamos también la tarjeta de ingreso. Tardamos poco en el trámite pese a la gran cantidad de compatriotas dedicados a la misma tarea. Antes de eso, se nos ocurrió aceptar la tarjeta telefónica que nos ofreció el guía, supuestamente de 30 GB, por 20 euros. Me pareció cara respecto a lo que he pagado otras veces en otros sitios, pero decidimos cogerla, ya que a mi marido le gusta ver vídeos y oír música, así que necesita bastantes datos. Fue un error, por no calificarlo con la palabra correcta, pues la tarjeta se agotó antes de consumir 8 Gb. Si tenéis ocasión, compradla por vuestra cuenta. Yo, que necesito pocos datos, preferí seguir con DIGI, mi compañía, que cobra en Egipto 1,5 euros por cada GB. Funcionó perfectamente.

Tras recoger la maleta, salimos a la calle, donde nos esperaba el conductor. Seguía la sorpresa: mientras un número ingente de grupos se apiñaban en autobuses, nosotros dos subimos a un coche solitos (la otra pareja de nuestra agencia fue directa al crucero en otro vehículo también privado) para el traslado al Hotel Steigenberger Nile Palace Luxor. Allí nos recibió otro agente que nos hizo el check-in y nos comentó algunas cosas. En ningún momento trató de vendernos excursiones, ni siquiera se refirió a ellas, haciendo caso a lo que habíamos advertido en la agencia de Madrid de que no nos interesaba ninguna. Por el camino, nos recibió la magnífica estampa del Templo de Luxor iluminado. ¡Qué recuerdos! Cuando le comentamos que habíamos estado allí quince años antes, el conductor nos dijo que había un nuevo paseo de la Corniche. Vale, pues habría que explorarlo.


El Hotel Steigenberger Nile Palace Luxor (hay otro de la misma cadena un poco más alejado del centro) es un complejo relativamente grande, cuenta con piscina, jardines y restaurantes. Está situado frente al Nilo, a un cuarto de hora a pie del Templo de Luxor. La habitación nos pareció amplia y cómoda, con aire acondicionado, nevera, terraza con vistas al Nilo (en primera planta, eso sí) y cuarto de baño sin otra pega que la ducha fija, algo que a las señoras nos resulta bastante incómodo para utilizarla sin que se nos moje el pelo. Aparte de dos botellitas de agua de medio litro, había servicio gratuito de café y té, albornoces y zapatillas; también, wifi gratis, que funcionó bien. Por supuesto, todo estaba limpísimo.


Estábamos cansados y para cenar tomamos solo unas galletas. Al día siguiente nos tocaba madrugar bastante.