Nuestro crucero por el Lago Nasser en noviembre de 2010.
Además de ver templos muy poco visitados por los turistas, la principal motivación de hacer este crucero fue disfrutar de Abu Simbel de una forma más relajada que las típicas excursiones en las que se madruga un montón y se pasa un montón de horas en la carretera para permanecer apenas hora y media frente a los templos. De este modo, llegaríamos en barco, contemplando el amanecer sobre los templos, pasaríamos el día completo allí y, además, veríamos la puesta de sol y el espectáculo nocturno.


Al gigantesco embalse generado por la Presa Alta o Gran Presa de Asuán se le dio el nombre de Lago Nasser en honor de Gamal Abdel Nasser Hussein, militar, estadista y uno de los principales líderes árabes de su época, que presidió Egipto entre 1954 y 1970, año de su fallecimiento. Con 16 kilómetros de ancho máximo, 480 kilómetros de longitud, una superficie de 5.248 kilómetros cuadrados y 31,4 metros de profundidad media, que alcanza los 180 en el punto más hondo, es el octavo lago mayor del mundo por superficie (el primero artificial) y el cuarto por volumen de agua, pues puede llegar a acumular hasta 157 kilómetros cúbicos.
Lago Nasser en Google Maps.


Aunque la presa se terminó en 1970, comenzó a llenarse ya en 1964, si bien no alcanzó su plena capacidad hasta 1976. El proyecto y, sobre todo, el inicio de su construcción encendieron todas las alarmas entre los arqueólogos del planeta entero, pues Abu Simbel y varias docenas de templos más corrían el peligro de ser tragados por las aguas. En una operación de rescate sin precedentes patrocinada por la Unesco, veinticuatro de aquellos templos fueron localizados, excavados, desmontados en bloques y trasladados a ubicaciones más seguras, mientras otros se cedieron a países que habían colaborado en el rescate, entre ellos España. Así el Templo de Debod se instaló en un parque de Madrid, situado en la antigua montaña del Príncipe Pio. Todos estos templos están declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1979 formando parte del Museo al Aire Libre de Nubia y Asuán, que integra los monumentos del antiguo Egipto en la región de Nubia, desde Asuán a la frontera sudanesa.
Templo de Kalabsha desde la Gran Presa.


En este crucero surcamos las aguas del gran embalse y tuvimos la oportunidad de contemplar algunos sitios arqueológicos de la Baja Nubia, la mayor parte rescatados de las aguas, que permanecieron fuera de las vías de comunicación e inaccesibles a los viajeros durante años, hasta que comenzó a operar el crucero. Y es que no se podía llegar de otro modo que no fuese el barco, ya que por motivos de seguridad las rutas por pista o carretera estaban cerradas al tráfico privado de extranjeros, circulando únicamente los comboyes oficiales turísticos con destino a Abu Simbel. En la actualidad sé que la situación ha cambiado respecto a Abu Simbel, pero ignoro si se puede llegar por carretera al resto de templos. Todas las visitas que hicimos durante este crucero fueron guiadas y con escolta de soldados armados, si bien mientras en algunos templos apenas advertimos su presencia, en otros los llevábamos muy cerca y no nos perdían de vista. Y es que la amenaza de los atentados terroristas contra el turismo continuaba presente en Egipto en aquella época, aunque de forma menos acusada que en años anteriores. En la actualidad, este asunto está mucho más controlado.

El plan de la travesía siempre es el mismo, ya que los puntos interesantes que hay que ver en el trayecto son los que son y no hay más. Por entonces (ahora también), las rutas eran desde Asuán a Abu Simbel (cinco días) y desde Abu Simbel a Asuán (cuatro días). Y en este aspecto creo que es muy importante la elección, pues uno de los momentos estelares es la llegada a Abu Simbel en barco, con lo cual, la mejor opción sin duda es la que va de Asuán a Abu Simbel y no al contrario. Fue la que escogimos nosotros y no nos arrepentimos.


Situación de los enclaves de los diferentes templos nubios. El mapa Google Maps sirve únicamente como referencia porque los recorridos por carretera que se señalan en aquella época no se podían hacer.




El itinerario fue el siguiente, según el folleto que todavía conservo. A este respecto, he intentado no equivocarme al transcribir en el diario el nombre de los diferentes lugares y templos que visitamos, pero los he encontrado escritos con grafías diferentes, así que espero no haber metido demasiado la pata al mencionarlos.
- 1er. Día. Embarco en Asuán. Noche a bordo.
- 2º Día: Templos de Kalabsha, Qertassi y Beit el Bali. Navegación rumbo a Wadi el Seboua. Noche a bordo.
- 3er. Día: Templos de Wadi el Seboua, Dakka y Maharrakka. Navegación. Templos de Amada y Derr. Tumba de Penut. Navegación. Kasr Ibrim. Noche a bordo.
- 4º Día. Llegada a Abu Simbel. Desembarco. Templos de Ramses II y Nefertari. Acceso libre todo el día. Espectáculo nocturno de luz y sonido. Noche a bordo.
- 5º Día. Traslado por carretera desde Abu Simbel hasta Asuán. [/align]
Por razones obligadas por el vuelo y el plan del viaje, habíamos terminado el crucero por el Nilo en Luxor. Así que tras visitar el Valle de los Reyes a primerísima hora, después del almuerzo un taxi nos llevó hasta Asuán, lugar desde donde parte el crucero por el Lago Nasser. Fue un viaje largo y pesado, de 180 kilómetros y casi tres horas de duración, por una carretera paralela al Nilo pero entre desierto y pueblos remotos, que nos ofreció una perspectiva muy diferente a la de la fantástica travesía en barco que se realiza entre ambas ciudades a bordo del Crucero del Nilo.
Orillas del Lago Nasser.



Ya en Asuán, para alcanzar el lugar de amarre del barco, en el lado sur de la presa, tuvimos que atravesar un control de policía al entrar en la zona de los muelles, donde nos aguardaba nuestro barco, el Nubian Sea, uno de los pocos que realizaban el recorrido (creo que actualmente son menos todavía y el Nubian Sea es uno de los que subsisten), todo lo contrario que los que hacían el Crucero del Nilo, que eran decenas por aquella época. Lo elegimos porque tenía un precio y una categoría intermedios entre los que nos ofrecían, pero ciertamente era más viejo y, pese a estar catalogado como de “lujo”, quedaba muy lejos en cuanto a confort y aspecto del flamante “Opera”, en el que tanto habíamos disfrutado los días anteriores. Bien es cierto que nos vimos compensados por otros detalles, como el menor número de personas a bordo, la cómoda cubierta, la amabilidad de la tripulación, que se desvivió por agradarnos, y la estupenda relación que trabamos con otros compañeros de viaje.

A la llegada nos acomodaron en nuestro camarote, mucho menos lujoso que el del crucero anterior y en el que enseguida echamos en falta su fantástica terraza, sustituida por una ventana alargada y estrecha, que no nos permitiría contemplar demasiado el horizonte. Sin embargo, reconozco que rezumaba cierto toque “romántico” en el sentido más decimonónico de la palabra; además, estuvimos cómodos y cada día, al volver de las excursiones, no nos faltaron sobre las camas las típicas manualidades formadas con colchas o toallas por parte del personal que arreglaba los camarotes, todos hombres. Creo que ninguno de ellos nos entendía ni jota, pero en cuanto nos veían aparecer no dejaban de repetir “buenos días”, “bienvenidos” y “gracias” con una sonrisa de oreja a oreja.
Contraste entre los camarotes del Nubian Sea y del Opera.








Como suele ser habitual en los cruceros, y en éste con más motivo porque no hubiésemos encontrado lugar alguno en donde comer, el régimen era de pensión completa, aunque no había bufet libre sino un menú, servido directamente por los camareros en las mesas; lo que no me acuerdo es si era posible elegir entre diferentes platos. A la hora de cenar nos asignaron una mesa, que debimos mantener durante todo el trayecto, compartida con otras ocho personas que hablaban nuestro idioma: una pareja de Madrid, como nosotros, unos recién casados argentinos en viaje de luna de miel y cuatro catalanas de edades variadas. Recuerdo que, no sé muy bien el motivo, los primeros momentos fueron algo tensos entre nosotros, pero al final del viaje casi se nos saltaron las lágrimas al separarnos. Quizás fue porque en el crucero del Nilo nos encontramos con muchos españoles, mientras que en éste apenas éramos una quincena, que no tardamos en formar una pequeña pero apretada piña. Todos hicimos muy buenas migas y lo pasamos fenomenal durante aquellas horas vespertinas de charla y juegos de mesa en cubierta, admirando unos bellísimos atardeceres; y sobre todo después de la cena, cuando nos sentábamos a esperar que llegase la hora mágica de contemplar las estrellas, de las que nunca vi tantas ni tan brillantes. Pero a eso iré después. De momento, en mi narración, ya es hora de iniciar el crucero.

Segundo día de crucero y primero de visitas fuera de la motonave.
El guía en lengua castellana que nos asignaron se llamaba (bueno, espero que se siga llamando) Omar y nos hizo pasar muy buenos ratos. Pese a que al principio podía parecer algo arisco, era porque nos costó un poco de tiempo entender su gesto imperturbable combinado con un implacable humor sardónico; en cuanto le cogimos el hilo, nos reíamos a carcajadas con sus enrevesadas (iba a escribir diabólicas, pero me contengo) ocurrencias. También influyó el hecho de que nuestro grupo (al contrario que el de habla inglesa, integrado por bastante más gente) era reducido, unas quince personas, todos nos llevábamos muy bien y en ningún momento nos sentimos formar parte de un tour impersonal y masificado, obligado a verlo todo deprisa y corriendo. En ese sentido, el crucero en su conjunto y las visitas que hicimos estuvieron muy bien. En cualquier caso, excepto Abu Simbel, el número total de visitantes en estos monumentos era muy pequeño en comparación con los de otras zonas de Egipto por aquella época.
Templo de Wadi el Seboua y su entorno en el Lago Nasser.
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rAmanecimos en el mismo sitio donde estábamos amarrados la noche anterior, si bien durante el desayuno el barco inició una breve travesía hasta alcanzar el lugar donde se ubica el templo cuya silueta habíamos contemplado desde la Presa durante nuestra primera excursión a Asuán. Por lo que he leído, estos templos son accesibles en excursión de media jornada desde Asuán.
Situación del templo de Kalabsha según Google Maps.


Nos disponíamos a visitar New Kalabsha, donde se reubicaron para su salvación de las aguas cuatro templos que originariamente estaban situados en un radio de 50 kilómetros al sur de la Alta Presa, en la Baja Nubia. Debido a la variación en el nivel del agua, este lugar se convierte a menudo en una isla, como era el caso.

Nuestro guía nos dio todo tipo de explicaciones tanto en exteriores como en interiores. Luego nos dejó bastante tiempo libre para recorrer la isla a nuestro aire. El paseo resultó muy agradable, pues las panorámicas eran francamente bonitas, tanto de los templos como de Asuán.


Templo de Kalabsha.
Se empezó a construir en torno al año 30 a.C., ya durante la dominación romana, sobre un santuario anterior, del que se hallaron estructuras de tiempos de Amenofis II y Tolomeo IX. De estilo tolemaico, pese a quedar inacabado, se considera el más bello y grandioso templo de la arquitectura egipcia en Nubia aparte de Abu Simbel. Fue consagrado a Marut o Meruel, nombre nubio del dios egipcio Horus, también conocido como Mendulis entre los griegos. Con unas dimensiones de 76 metros de largo por 22 de ancho, está formado por un pilono, al que se llega tras ascender a través de una calzada situada al borde del agua, un atrio con pórticos en los tres lados, una sala hipóstila con doce columnas, dos vestíbulos y el santuario.




Cuenta con numerosos relieves, en los que se representa a Amenofis II y también a Augusto, vestido de faraón, ofreciendo presentes a los dioses; también contiene inscripciones referidas a Silki, el rey de los nubios, celebrando su victoria sobre los pueblos del desierto en el siglo V a.C. En definitiva, un templo muy bonito e interesante.



Templo o Quiosco de Qertassi o Kertassi.
Construido en la época Tolemaica, este pequeño templo, más bien un quiosco, está dedicado a la diosa Isis. Lo forman cuatro columnas que se conservan íntegras y las dos de la entrada principal están presididas por la cabeza de la diosa Hathor. Pese a su reducido tamaño, resulta de lo más fotogénico, a lo cual colabora su emplazamiento.


Templo de Gerf Hussein.
Originariamente se encontraba ubicado a 90 kilómetros al sur de Asuán. Lo mandó construir Seteu, virrey de Nibia, para Ramses II y estaba dedicado al dios Ptah-Tenen, protector de los ejércitos del faraón. Parcialmente excavado en la roca, su estructura interior era similar a la de Abu Simbel. Desafortunadamente, en gran parte quedó sumergido en las aguas tras la construcción de la Gran Presa, pues solamente se pudieron trasladar los elementos no excavados, que son los que pudimos ver en la isla de New Kalabsha.




Templo de Beit el Wali.
En árabe, el nombre significa “casa del hombre santo o del gobernador”, este templo rupestre se remonta a la XIX Dinastía. Dedicado a Amón-Ra, fue el primer templo que Ramses II construyó en esta región en lo que se piensa que fue una forma de reafirmar el control egipcio sobre Nubia. Consta de un atrio, un vestíbulo y un pequeño santuario. Sus paredes muestran relieves de corte militar y narran las victorias obtenidas por el faraón sobre pueblos asiáticos, libios y nubios. Al igual que otros templos, fue utilizado posteriormente como iglesia.




En el interior de los templos se permitía sacar fotos sin flash, con lo cual no desaprovechamos la ocasión. Aunque quedaron mejor o peor, esas imágenes siempre me ayudan a recordar aquellos lugares.





Desde la parte alta del templo de Kalabsha pudimos contemplar también algunas panorámicas de la zona de Asuán en torno a la presa y el inconfundible Edificio de la Amistad Egipcio-Soviética, erigido por los egipcios como agradecimiento a la ayuda y financiación que les prestó la URSS para su construcción. Su estructura singular domina el paisaje.

De regreso al barco, divisamos unas bonitas panorámicas de los templos que acabábamos de visitar. Tras encontrarnos un gracioso barquito sobre la cama, almorzamos e iniciamos la navegación rumbo a Wadi el Seboua.


Pese a hacer calor, que aumentaba según nos dirigíamos más al sur, la temperatura era agradable al atardecer y, mientras tomaba el consabido té con pastas, me gustaba mucho permanecer en cubierta, contemplando unas orillas a veces lejanas y casi siempre desérticas, muy diferentes de las riberas verdes y llenas de vida que tanto había disfrutado en el crucero por el Nilo. A las cinco y media ya era de noche, pero antes de que reinara la oscuridad no podía dejar de explayarme con la espectacular puesta de sol que tenía delante (qué manía la de mi marido de sacarme fotos "torcidas"
)


Concluida la cena, asistimos a un pequeño espectáculo preparado por la tripulación y, luego, salimos a cubierta para continuar el rito iniciado la noche anterior de charlas y juegos de mesa con nuestros compañeros de habla española. Ya muy de noche, cuando el cielo estaba negro, el barco nos sorprendió dejándonos completamente sin luz artificial pero no a oscuras. ¿Qué pasaba? Enseguida nos dimos cuenta: teníamos miles de estrellas sobre nuestras cabezas. Corrimos a las tumbonas y nos echamos para contemplar el firmamento. En medio de la nada, a cien kilómetros de la civilización, el cielo se había convertido en un espectáculo inenarrable. Nunca lo había visto así ni lo he vuelto a ver, ni siquiera en pleno desierto. Fue algo especial y maravilloso. Lástima que no disponga de imágenes de aquello porque mi cámara no lo permitía. Así que me conformaré con poner unas que tomé del atardecer.


















