Después de varios días navegando por la costa ártica llegábamos finalmente a Tromsø.
A medida que el barco se acercaba a la ciudad, el paisaje empezaba a cambiar. Seguíamos muy por encima del Círculo Polar Ártico, pero Tromsø transmitía una sensación completamente distinta a la de Kirkenes o los pequeños puertos que habíamos ido encontrando durante la travesía.
Aquí había movimiento.
Había tráfico, universidades, hoteles, restaurantes y una actividad que no habíamos visto desde que abandonamos Oslo.
No es casualidad que Tromsø sea conocida como la capital del Ártico.

La ciudad ocupa una isla rodeada de montañas y fiordos, un emplazamiento espectacular que explica por qué se ha convertido en uno de los destinos más populares del norte de Noruega.
Aunque en invierno es famosa por las auroras boreales, nosotros la visitábamos en pleno agosto, con días larguísimos y una luz que parecía negarse a desaparecer.
Lo primero que llama la atención al llegar es su ubicación.
Pocas ciudades de este tamaño pueden presumir de encontrarse tan al norte y, al mismo tiempo, ofrecer una vida urbana tan completa.

El centro se recorre fácilmente a pie.
Las calles combinan edificios modernos con antiguas casas de madera y un ambiente sorprendentemente animado para encontrarse a más de 350 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico.
Uno de los edificios más conocidos de la ciudad es la Catedral del Ártico.
Situada al otro lado del puente principal, su silueta triangular se ha convertido en uno de los símbolos de Tromsø.

Aunque técnicamente no es una catedral, el edificio destaca por su arquitectura moderna y por el enorme vitral que preside su fachada principal.
Desde el exterior recuerda casi a una montaña de hielo emergiendo junto al fiordo.
La vista desde los alrededores también permite contemplar uno de los elementos más característicos de la ciudad: el gran puente que conecta la isla con el continente.

Otra de las visitas imprescindibles es subir al monte Storsteinen utilizando el teleférico Fjellheisen.
En apenas unos minutos se gana altura suficiente para contemplar una de las panorámicas más espectaculares del norte de Noruega.

Desde arriba la ciudad aparece rodeada de agua, montañas y pequeños islotes que se extienden hasta donde alcanza la vista.
Es uno de esos lugares donde uno entiende perfectamente por qué tanta gente queda fascinada por los paisajes noruegos.
Nosotros tuvimos además la suerte de disfrutar de una meteorología excelente.
El cielo estaba prácticamente despejado y la visibilidad permitía contemplar kilómetros y kilómetros de montañas.

Tras varios días recorriendo zonas remotas del norte, Tromsø representaba también una pequeña vuelta a la civilización.
Era agradable pasear sin prisas, sentarse en una terraza, recorrer sus calles comerciales y observar la vida cotidiana de una ciudad que, pese a su ubicación extrema, funciona con absoluta normalidad.
Quizá esa sea una de las cosas que más nos sorprendieron.
Tromsø no da la sensación de ser un lugar aislado en el fin del mundo.
Más bien parece una ciudad moderna que, por casualidad, ha decidido instalarse en pleno Ártico.
Al día siguiente abandonaríamos Tromsø para dirigirnos hacia uno de los lugares más esperados del viaje.
Las islas Lofoten nos estaban esperando.