Era el momento del almuerzo y fuimos a un restaurante, en las proximidades de la Plaza de la Libertad, donde empezamos a conocer no solo la gastronomía georgiana, sino también el significado de su tradicional hospitalidad, que se resume en la idea de que en la mesa nunca puede faltar comida en abundancia, especialmente si se recibe a un invitado. ¡Y menuda abundancia! Pero antes de entrar en materia, una breve introducción.
Gastronomía típica georgiana.
Por la posición geográfica del país, su cocina combina influencias europeas y asiaticas, con un uso generoso de verduras (berenjenas, tomates, pimientos, pepino…), frutos secos (nueces, sobre todo), ajo, quesos, hierbas aromáticas (en especial, el cilantro, para mi desesperación) y especias. Para recordar y escribir los nombres (excepto el khachapuri, que no se me olvida), he tenido que consultar a la IA. Espero no equivocarme yo al trascribirlos ni la IA con las menciones. Añadiré y mostraré platos conforme vaya contando lo que fuimos probando en los diferentes restaurantes.

Entrantes destacados son el vadrijani Nigvzit (berenjenas fritas o a la parrilla, rellenas de pasta de nueces, ajo y especias, coronadas con granos de granada), el lobio (estofado espeso de alubias rojas con hierbas, servido en vasija de barro), el pkhali (bolitas a base de espinacas, remolacha o berenjenas picadas mezcladas con pasta de nueces y ajo) y el inevitable ajapsandali (pisto de berenjenas, pimientos, tomates, cebolla y cilantro).


Como platos principales, cabe citar el mtavadi (brochetas de carne de cerdo o cordero marinadas), el shkmeruli (pollo asado con salsa de ajo y leche o nata), el satsivi (pollo o pavo con una salsa espesa y fría a base de nueces y especias) y el kharcho (sopa picante con trozos de ternera, arroz, tomate, cilantro y nueces trituradas).

Sin embargo, los platos más emblemáticos son el Khinkali (unos saquitos de masa rellenos de carne picada y caldo; también los probamos rellenos de queso), que tiene su propia forma de comerse (ya lo contaré); y, sobre todo, el khachapuri (pan horneado relleno de queso, aunque hay otras variedades, como el famoso khachapuri de Adjaria, con una yema de huevo en el centro). El pan suele ser plano y de maiz. Por supuesto, no puede faltar un buen vino.

Para nuestro bautizo de comida georgiana, nos pusieron un menú degustación con los siete platos que podéis ver en la foto, entre los que destaco el ajapsandali, el lobio, el vadrijani Nigvzit, el mtavadi y el shkmeruli. Aparte de mi odio por el cilantro, todo estaba muy rico (algunas cosas un poquito picantes, eso sí) y quedamos saciados. ¡Madre mía, qué banquete! Y solo fue el inicio. No podíamos sospechar lo que nos esperaba en adelante

Catedral de la Santísima Trinidad (Sameba en georgiano).
Tras el atracón de la comida, mi amiga y yo teníamos la tarde libre, puesto que nosotras no fuimos a una excursión opcional en barco por el río, que queríamos hacer por nuestra cuenta en otro momento. El cielo se nublaba deprisa y amenazaba una inminente tormenta, algo lógico con el bochorno que hacía. No obstante, decidimos acercarnos a la Catedral nueva de Tiflis, que está frente a la fortaleza Narikala pero al otro lado del río. Desde el Puente Metekhi, las cuestas son considerables y Google Maps nos guió primero por la calle Hamlet Gonashvili (muchas casas bien rehabilitadas con sus icónicos balcones y patios interiores) y luego por Konstantine Eristavi (con mercadillos de frutas y verduras, y tiendas para gente local). Allí empezó a llover con fuerza. El paraguas no servía de mucho y nos metimos en un portal. Cuando paró un poco, decidimos seguir, pues estábamos cerca y pensamos que podríamos refugiarnos dentro del templo.


La Catedral de la Santísima Trinidad puede ser nueva (se terminó en 2004) y carecer de historia, pero impresiona verla tanto de lejos como de cerca, con su enorme estampa y su cúpula dorada. Se halla en la cima de la colina de Elia, en el barrio de Aviabari. Construida para conmemorar el segundo milenio del nacimiento de Cristo y los 1500 años de la independencia de la iglesia ortodoxa georgiana, sus 105 metros de altura (incluyendo la cruz de 7,5 metros, bañada en oro) la convierten en la tercera catedral ortodoxa más grande del mundo. Su arquitectura combina los estilos de los templos georgianos de distintas épocas con toques bizantinos. El acceso es gratuito y el horario va desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche. Nos pusimos un pañuelo en la cabeza y entramos por la portada de una fachada lateral.

La Iglesia principal tiene unas enormes dimensiones y cuenta con numerosos iconos y pinturas. Vimos sacerdotes que, suponemos, estaban con una Misa, aunque no había feligreses. Al parecer, lo hacen de continuo. Yo había leído que no se pueden tomar fotos dentro, pero los que estábamos allí hicimos todas las que quisimos sin ninguna pega y bajo la mirada de los curas (sin flash, claro está). No salieron demasiado bien por la oscuridad y el reflejo de los cristales que protegen pinturas e iconos.




En el exterior, frente a la fachada principal, hay una plaza con capacidad de hasta 15.000 fieles. Una gran escalinata comunica con los Jardines, que cuentan con una torre campanario exenta, que es la residencia patriarcal. Esta zona es muy bonita y brinda unas panorámicas estupendas, con la icónica antena de televisión y el parque Mtatsminda, al fondo.




Empezó a llover de nuevo y decidimos bajar por el camino más corto hacia el río; pero eso no quería decir que fuese el más fácil y nos vimos descendiendo por callejuelas adoquinadas y sin aceras, hasta que salimos junto a la estatua de Nikolov Baratashvili y la calle del Arte. Cruzamos el Puente Baratashvili por arriba (ignorábamos que hay una pasarela inferior cubierta, que descubrimos en otro momento) y vimos las estatuas de bronce en las barandillas, pero al llegar al final fuimos incapaces de sortear los coches y dimos la vuelta. El diluvio arreciaba y las calles parecían ríos. Volvimos al hotel, casi empapadas. Al cabo de un rato, la lluvia cesó.


Pasarela peatonal en el Puente Barastashvili

Tuvimos la cena en un restaurante (In the shadow of Metekhi) que cuenta con una preciosa terraza sobre el río, desde donde vimos unas vistas nocturnas espléndidas. También presenciamos un pequeño espectáculo de música y bailes tradicionales. La cena fue tan opípara como la comida, bueno, casi más, pues al inevitable pisto ajapsandali, se unió una especie de ensaladilla aderezada con curry (supongo), unos rollitos rellenos de carne picada, las bolitas de espinaca pkhali, champiñones a la plancha (también muy típicos), pinchos a la brasa de ternera, cerdo y pollo, y un surtido de postres con varias tartas. Pero lo más interesante fue probar nuestro primer khachapuri, relleno de queso.



Después, para bajar la tremenda cena, nos acercamos caminando desde el hotel hasta el Dedaena Park, que está a unos cinco minutos a pie, cruzando el puente, al otro lado del río. Está iluminado, tiene varias esculturas y había gente local de paseo por la zona.



