El Casco Antiguo (Barrio de Kala).
Siempre a pie, nos adentramos en el laberinto de calles del casco antiguo, muy concurridas a esa hora de la mañana y por las que gusta perderse. Según nos comentó la guía local, el país recibe unos ocho millones de turistas al año, lo que supone más del doble de la población georgiana.


Antes de continuar con el recorrido, fuimos a cambiar algo de dinero en una de las muchas oficinas de cambio que hay en el centro. Obtuvimos un buen tipo sin comisión: 2,99 laris por 1 euro. Fue muy rápido, solo nos pidieron el pasaporte. Tras caminar otro poco, llegamos a la Gran Sinagoga, cuyo interior pasamos a ver. Data de finales del siglo XIX y es el templo judío más grande del país. De ladrillo rojo, combina elementos eclécticos, neorrománicos y neomudéjares. Tiene dos plantas con salas de oración diferentes que lucen bonitas decoraciones. Merece la pena echar un vistazo. Permiten hacer fotos dentro.



Llegamos a la Catedral de Sioni, cuyo nombre se refiere al Monte Sion de Jerusalén. Fue el templo principal de la iglesia ortodoxa georgiana hasta principios del siglo XXI, cuando se consagró la nueva Catedral. Aunque su origen se remonta al siglo VI, el templo actual data del siglo XIII, si bien sufrió muchas alteraciones porteriormente. En el patio, hay un campanario independiente de la iglesia.



La fachada constituye un buen ejemplo del estilo de las iglesias medievales georgianas, pero, para no variar, estaba parcialmente cubierta por andamios y lonas. El interior, bastante oscuro, pudimos verlo y hacer fotos sin problemas. Hay copias de frescos antiguos y de iconos, cuyos valiosos originales se custodian en museos.



Continuamos surcando unas calles en las que seguían apareciendo contrastes: casas decrépitas junto a otras espléndidamente restauradas, fachadas salpicadas con arte urbano, esculturas variadas, balcones con rejas que parecían encaje de bolillos, sin que faltasen algunos escombros entre un sinfín de tiendas de recuerdos y terrazas de bares y restaurantes. Bordeamos antiguos caravasares (posadas fortificadas de la época de la Ruta de la Seda), uno de ellos es actualmente el Museo de Historia de la Ciudad y otro, un hotel de cinco estrellas. De la calle Sioni, pasamos a la calle Erekle II, peatonal y repleta de terrazas de bares y restaurantes. Por todos sitios había algo llamativo que ver, ya fuese bonito o no tanto.




Más adelante, a la derecha, se sale a una pequeña bocacalle que conecta con el vanguardista Puente de la Paz, una gran pasarela peatonal sobre el río Kurá, de 150 metros de longitud, construida en acero y vidrio. Comunica el casco viejo con el Parque Rike y ofrece unas vistas estupendas de la Fortaleza Narikala, la Iglesia Metheki y el Palacio Presidencial.

Obra del arquitecto italiano Michele de Lucchi y del diseñador de iluminación francés Philippe Martinaud, el Puente de la Paz tiene 10.000 bombillas LED intermitentes que al encenderse por la noche emiten un mensaje en código Morse con los elementos químicos de la tabla periódica que componen el cuerpo humano, a modo de himno universal a la vida y la concordia entre las naciones, haciendo honor a su nombre. De día resulta espectacular, pero de noche me lo pareció aún más. Y, en perspectiva, gana contemplándolo desde otros puentes o desde el río.



Volviendo al casco antiguo, llegamos a la encantadora Basílica Anchiskhati, la iglesia más antigua de Tiflis, cuyo origen se remonta al siglo VI; desde entonces ha sobrevevido a invasiones árabes, persas y otomanas, así como a la dominación soviética. Se trata de una basílica de tres naves con influencias paleocristianas.




Se accede gratuitamente al interior, que es oscuro y está decorado con frescos del siglo XVII. En 1675, recibió un famoso icono de Cristo del siglo XII de la localidad de Anchi, que le dio su nombre a la basílica (Anchiskhati significa “icono de Anchi”) y que ahora se expone en el Museo de Arte de Georgia. Hay una réplica en la iglesia.


El calor se había convertido en un bochorno agobiante, cuando aparecimos en uno de los puntos más fotografiados de Tiflis, la famosa Torre del Reloj, obra del titiritero georgiano Rezo Gabriadze. Terminada en 2010, está construida con cientos de piezas, azulejos y ladrillos procedentes de edificios abandonados de la ciudad. Su estructura inclinada y fantasiosa, propia de un cuento de hadas, está adosada a un Teatro de Marionetas. Cada hora en punto, un angel mecánico sale de la parte superior y golpea una campana con un martillo; a las 12:00 y a las 19:00, una pantalla metálica ofrece un pequeño espectáculo.


A través de calles y plazas en las que atrajeron mi atención algunas curiosidades, seguimos hacia la Plaza de la Libertad, la más importante de Tiflis, escenario de grandes momentos históricos para el país, como la proclamación de su primera independencia en 1918, y que ha ido variando su nombre dependiendo de quién ejerciera el poder. En su centro, se sitúa una columna de 35 metros de altura con una escultura dorada de San Jorge que sustituyó en 1991 a otra de Lenin.




Esta plaza supone un punto estratégico para los visitantes, pues en ella confluyen las calles que conectan el casco antiguo con la zona de museos, los parques y el río. Entre otros edificios, destaca el del Ayuntamiento, de estilo neo-morisco. Además de una estación de metro, hay pasos subterráneos para cruzar de un lado a otro. De aquí sale también la Avenida Rustaveli, con una longitud de kilómetro y medio, en la que están el Parlamento, el Teatro de la Ópera y Ballet, el Teatro Rustaveli o el Museo Nacional de Georgia. Lamentablemente nos la encontramos semi-destruida por unas obras de renovación; resultaba prácticamente imposible caminar por lo que parecía un campo de minas. No me imgino cómo se las apañan las personas que viven allí. En la adyacente calle Alexander Pushkin, hay un conjunto de casas con bonitos balcones de estilo georgiano, algunas rehabilitadas y otras, no.

