Al día siguiente, ya por la tarde, tras sufrir un tremendo atasco a la vuelta de Miskheta, salimos a toda prisa del hotel para ir por nuestra cuenta al Museo Nacional, que está en la Avenida Rustaveli. Cruzando el puente Saarbrueken, pasamos junto al Mercado del Puente Seco, un mercadillo de pulgas muy frecuentado.

Luego pasamos Mshrali Bridge, desde donde se ven unas casas de estilo tradicional muy chulas, y bordeamos el Parque Girgi Leonidze, rodeado de elegantes edificios, en su mayor parte bien rehabilitados; aunque tampoco faltan las sorpresas a la vuelta de algunas esquinas.



Museo Nacional de Georgia.
Aparte de las prisas para llegar con tiempo suficiente para ver lo que queríamos, tuvimos que hacer auténticos malabarismos pedestres por las obras: en un lugar tan visitado, parece mentira que no hubiese ni una mala pasarela peatonal. Otra sorpresa fue el horario: en internet figura que el Museo abre de martes a domingo de 10:00 a 18:00, con la última entrada a las 17:30. Pues a las 16:55, la taquillera no quería vendernos las entradas con el argumento de que no podríamos ver nada porque las salas cierran a las cinco y media. Al final, la convencí, pero algunos compañeros que llegaron diez minutos más tarde ya no pudieron pasar. El precio para adultos es de 40 laris (14 euros). Para acelerar, fuimos directamente a la planta sótano, donde están las salas que más nos interesaban: el Tesoro de Cólquida y los Iconos del Arte Cristiano Medieval.

El Tesoro de Cólquida es la joya del museo. Se compone de una colección de joyas de oro y orfebrería pre-cristiana, con diademas, collares y pendientes de más de 2.500 años de antigüedad, en las que se puede apreciar una técnica perfecta, increíble para la época. Además, se pueden ver máscaras de oro y otros hallazgos de la Edad de Bronce. Una maravilla.


Este tesoro enlaza directamente con la mítica historia de Jasón, los Argonautas y el vellocino de oro, que era la piel de un carnero con pelaje de oro puro. Jason reunió a los argonautas, héroes de Grecia, como Hércules y Orfeo, para viajar a Cólquida y conseguir el vellocino de oro, prueba que le pidió Pelias para entregar a Jason el trono que había arrebatado a su hermano Esón. Tras superar tremendos peligros en su viaje por mares desconocidos a bordo de su nave Argo, llegaron a Cólquida, donde su rey Eetes impuso tareas mortales a Jasón. La hechicera Medea, hija del rey, se enamoró de Jasón y le ayudó a robar el vellocino, que estaba custodiado por un dragón. Ambos huyeron a Grecia con el vellocino. Allí, Medea utilizó en vano su poder contra Pelias, quien desterró a ambos a Corinto. Tras vivir felices un tiempo, Jasón traicionó a Medea, casándose con Glauce, la hija del rey Creonte de Corinto. Medea se vengó de la manera más cruel: le envió a Glauce un vestido de novia y una corona malditos que la quemaron viva cuando se los puso; además, mató a los hijos que había tenido con Jasón, quien pasó el resto de su vida vagando como un mendigo. Murió al caerle en la cabeza una viga podrida de su nave, Argo. Medea huyó a Atenas, donde se casó con el rey Egeo; tuvieron un hijo, Medo. Para asegurar el trono a su hijo, quiso envenenar a Teseo, hijo secreto de Egeo, pero fracasó y tuvo que huir a Asia en su carro alado junto a Medo, que daría nombre a la región de los Medos en Persia.


A continuación, pasamos a la sala acorazada del Arte Cristiano Medieval, con impresionantes iconos religiosos en oro y plata, numerosos manuscritos y esmaltes bizantinos. Nos gustó mucho esta exposición. Allí no está permitido hacer fotos. También pudimos visitar las salas de Historia y Arqueología, desde el siglo VIII a.C. hasta el siglo IV d.C. Destacan las vasijas de cerámica relacionadas con la ancestral cultura del vino en Georgia. Otra sala muy interesante es la dedicada a la Evolución Humana, con los Homínidos de Dmanisi, cuya antigüedad se estima en un millón ochocientos mil años. Se nos hizo tarde para subir a la última planta del edificio, donde se ubica la exposición sobre la Ocupación Soviética; tampoco nos importó demasiado, pues no era el motivo principal de nuestro interés por el museo.


Recorriendo otras zonas del casco antiguo.
Desde el Museo fuimos a la Plaza de la Libertad y seguimos por la calle Kote Afkhazi, estrecha pero muy animada. La tarde era estupenda y en el centro había bastante gente, pero sin masificaciones.

Paseo en barco por el río Kurá.
Salimos junto al Puente Metekhi, lo cruzamos y nos dirigimos al embarcadero de donde zarpan los barquitos que realizan paseos por el río. Duran media hora y el precio, 30 laris (10 euros) por persona.



No es que sea una actividad imprescindible en Tiflis, pero resulta agradable y supone otra forma de ver la ciudad, con perspectivas diferentes de algunos de sus monumentos y lugares emblemáticos. Especialmente bonitas son las vistas de los puentes y de las casas que se asoman al rio, colgadas de los acantilados. También acertamos con la hora, al atardecer. Vimos una puesta de sol muy chula desde el barquito.





Caminando despacio por la orilla del río, pasamos junto al vanguardista edificio de la Casa de Justicia o Salón de Servicios Públicos, donde los ciudadanos realizan trámites legales. Tiene grandes techos curvos de color blanco con forma de setas o pétalos sobre vidrio. Ya era de noche cuando volvimos al hotel, que se encuentra en el barrio histórico de Chugureti, muy interesante por su ambiente bohemio y mezcla cultural. Hay zonas peatonales, tiendas y restaurantes. Muestra también el contraste de sus edificios, muchos de elegante estilo neoclásico, algunos rehabilitados y otros en un estado de conservación bastante lamentable. Me quedo con lo bonito.


Cenamos en un restaurante/bodega en la Plaza de la Libertad. Aparte del habitual pisto de berenjenas y pimientos, nos pusieron una ensalada de pollo tipo césar, la sopa kharcho (con ternera, arroz y tomate), rollitos de pasta rellenos de carne picada de cerdo y pollo, el inevitable khachapuri relleno de queso y una espectacular tarta de bizcocho y frutas en homenaje a una compañera que cumplía años. Luego aparecieron con una bola de helado que casi todo el mundo rechazó. A partir de entonces, tomé nota de moderarme, y mucho, a la hora de cenar.
