La mañana amaneció fría, con dos o tres grados y esa luz tímida que tienen los días en los que el verano parece haberse olvidado de llegar. Nos levantamos poco antes de las ocho, algo más tarde de lo habitual, y desayunamos medio congelados. Después desmontamos la tienda y empezamos a llenar las mochilas con todo lo necesario para cuatro días de backpacking.
Una mochila de esas pesa por lo que lleva dentro, pero también por las dudas que uno carga junto a la comida, la ropa y el equipo. No sabíamos si llegaríamos a completar los cuatro días. A aquellas horas, mi confianza en mis propias fuerzas era escasa y mi pronóstico, bastante pesimista: estaba convencido de que terminaríamos dando media vuelta y regresando por nuestros pasos.
El trailhead, el punto de partida del sendero, estaba a menos de medio kilómetro del camping, en el aparcamiento de Kathleen Lake desde el que arrancan dos rutas. Una era la Cottonwood Trail, nuestro objetivo; la otra, la King’s Throne, el «trono del rey», una de las excursiones más famosas del Parque Nacional y Reserva de Kluane. Dejamos allí el coche y echamos a andar pasadas las diez y media.
Una mochila de esas pesa por lo que lleva dentro, pero también por las dudas que uno carga junto a la comida, la ropa y el equipo. No sabíamos si llegaríamos a completar los cuatro días. A aquellas horas, mi confianza en mis propias fuerzas era escasa y mi pronóstico, bastante pesimista: estaba convencido de que terminaríamos dando media vuelta y regresando por nuestros pasos.
El trailhead, el punto de partida del sendero, estaba a menos de medio kilómetro del camping, en el aparcamiento de Kathleen Lake desde el que arrancan dos rutas. Una era la Cottonwood Trail, nuestro objetivo; la otra, la King’s Throne, el «trono del rey», una de las excursiones más famosas del Parque Nacional y Reserva de Kluane. Dejamos allí el coche y echamos a andar pasadas las diez y media.

Los primeros pasos fueron casi una tregua. El camino, ancho y cómodo, seguía una antigua pista minera entre abetos y álamos balsámicos. No había grandes vistas, apenas alguna montaña que asomaba a lo lejos, pero el terreno permitía avanzar sin demasiado esfuerzo. Bastante teníamos con las mochilas como para pedirle más al sendero.
A unos dos kilómetros, un poste señalaba la bifurcación. A la izquierda, el camino de King’s Throne se empinaba ladera arriba sin ninguna intención de ponernos las cosas fáciles. Desde donde estábamos se distinguía el sendero trepando por la montaña, con un desnivel de 548 metros hasta alcanzar el circo que forma el asiento del supuesto trono. La excursión completa suma diez kilómetros entre ida y vuelta, aunque todo el desnivel se concentraba en algo menos de 3 kilómetros.
Lo miramos desde abajo y nos salió del alma:
—Madre mía. Menos mal que no vamos ahí.
Nosotros giramos a la derecha, hacia la Cottonwood Trail.
A unos dos kilómetros, un poste señalaba la bifurcación. A la izquierda, el camino de King’s Throne se empinaba ladera arriba sin ninguna intención de ponernos las cosas fáciles. Desde donde estábamos se distinguía el sendero trepando por la montaña, con un desnivel de 548 metros hasta alcanzar el circo que forma el asiento del supuesto trono. La excursión completa suma diez kilómetros entre ida y vuelta, aunque todo el desnivel se concentraba en algo menos de 3 kilómetros.
Lo miramos desde abajo y nos salió del alma:
—Madre mía. Menos mal que no vamos ahí.
Nosotros giramos a la derecha, hacia la Cottonwood Trail.

La Cottonwood es una ruta de bucle parcial de unos 85 kilómetros que va cambiando de carácter a lo largo del recorrido. Combina antiguas pistas mineras, tramos por los que pueden circular vehículos todoterreno y senderos estrechos, de esos de traza única —single-track— por los que apenas cabe una persona. La primera dificultad llegó enseguida: un repecho de menos de cien metros que nos sirvió de bienvenida a la parte más salvaje de la ruta.
Superada la subida, el camino se tendió sobre la ladera y comenzó a bordear Kathleen Lake. El lago se extendía muy por debajo de nosotros, enorme, ocupando buena parte del paisaje. Al principio avanzamos sin demasiados problemas, pero el sendero se fue estrechando y la inclinación convirtió algunos tramos en un ejercicio de equilibrio. La vegetación invadía el camino y teníamos que apartarla con los brazos, que pronto acabaron llenos de arañazos. El suelo tampoco inspiraba demasiada confianza.
Después llegaron los canchales, uno detrás de otro. El cielo estaba cubierto y la temperatura había subido un poco, unas condiciones casi perfectas para caminar con una mochila pesada. El problema era el terreno. En algunos puntos, la ladera caía con bastante brusquedad y la tierra se deshacía bajo las suelas. Avanzábamos pegados a la pendiente, agarrándonos con las manos cuando hacía falta, intentando no pensar demasiado en lo que teníamos cuesta abajo.
Superada la subida, el camino se tendió sobre la ladera y comenzó a bordear Kathleen Lake. El lago se extendía muy por debajo de nosotros, enorme, ocupando buena parte del paisaje. Al principio avanzamos sin demasiados problemas, pero el sendero se fue estrechando y la inclinación convirtió algunos tramos en un ejercicio de equilibrio. La vegetación invadía el camino y teníamos que apartarla con los brazos, que pronto acabaron llenos de arañazos. El suelo tampoco inspiraba demasiada confianza.
Después llegaron los canchales, uno detrás de otro. El cielo estaba cubierto y la temperatura había subido un poco, unas condiciones casi perfectas para caminar con una mochila pesada. El problema era el terreno. En algunos puntos, la ladera caía con bastante brusquedad y la tierra se deshacía bajo las suelas. Avanzábamos pegados a la pendiente, agarrándonos con las manos cuando hacía falta, intentando no pensar demasiado en lo que teníamos cuesta abajo.

Tras un par de horas de marcha, hicimos una parada de verdad en uno de los canchales más grandes. Desde allí, el paisaje se abría y podíamos contemplar buena parte del lago y el valle que lo rodeaba.

Aquellas tierras son Dän Keyi, «la tierra de nuestra gente», el territorio tradicional de los Southern Tutchone. Para ellos, Kathleen Lake es Mät’àtäna Mǟn, «el lago con algo congelado dentro». El nombre hace referencia a una rareza natural: el kokanee, una variedad de salmón rojo que quedó atrapada en agua dulce cuando el glaciar Lowell interrumpió repetidamente la conexión con el mar a través del río Alsek.
Hay lagos que uno contempla desde un mirador y luego deja atrás. Kathleen, en cambio, era de los que había que rodear. La ruta nos obligaba a seguir su orilla durante buena parte de la jornada hasta acercarnos a Louise Lake. En cierto modo, el día iba a ser una larga conversación con aquel lago, unas veces de frente y otras con él muy por debajo de nuestros pies.
Fue también durante ese tramo cuando empecé a notar mis propios problemas. Se me estaba formando una ampolla en el dedo gordo de un pie. Con cada bajada y cada paso sobre las piedras sueltas de los canchales, la molestia se hacía más evidente. Llevábamos pocas horas y mi cuerpo ya empezaba a presentar sus quejas.
Hay lagos que uno contempla desde un mirador y luego deja atrás. Kathleen, en cambio, era de los que había que rodear. La ruta nos obligaba a seguir su orilla durante buena parte de la jornada hasta acercarnos a Louise Lake. En cierto modo, el día iba a ser una larga conversación con aquel lago, unas veces de frente y otras con él muy por debajo de nuestros pies.
Fue también durante ese tramo cuando empecé a notar mis propios problemas. Se me estaba formando una ampolla en el dedo gordo de un pie. Con cada bajada y cada paso sobre las piedras sueltas de los canchales, la molestia se hacía más evidente. Llevábamos pocas horas y mi cuerpo ya empezaba a presentar sus quejas.

Descendimos casi hasta la orilla. Allí las vistas eran preciosas y caminamos un rato junto al agua antes de internarnos de nuevo en el bosque. Después de unas tres horas de marcha llegamos al primer arroyo, Goat Creek.



Para cruzarlo nos quitamos las zapatillas, nos pusimos las chanclas y vadeamos el agua. En la orilla encontramos unas astas de alce, abandonadas por su antiguo dueño, con las que estuvimos jugueteando un rato. No todos los días se encuentra uno semejante recuerdo en mitad de la montaña.
Goat Creek había tenido un campamento, pero hoy está cerrado de forma permanente debido a la frecuente actividad de los osos. Una decisión que se entiende perfectamente en cuanto uno empieza a conocer estos lugares. Por muy bonito que sea el paisaje, aquí no somos nosotros quienes ponemos las condiciones.
Goat Creek había tenido un campamento, pero hoy está cerrado de forma permanente debido a la frecuente actividad de los osos. Una decisión que se entiende perfectamente en cuanto uno empieza a conocer estos lugares. Por muy bonito que sea el paisaje, aquí no somos nosotros quienes ponemos las condiciones.

Poco después nos encontramos con uno de los tramos más complicados de la jornada. Un desprendimiento de tierra había arrasado el sendero y obligaba a seguir un desvío abierto directamente ladera arriba. La pendiente era brutal y el terreno estaba sembrado de árboles caídos. En algunos puntos tuvimos que pasar prácticamente arrastrándonos por el suelo, buscando huecos entre los troncos y tratando de no engancharnos con las ramas.
La subida tendría medio kilómetro, quizá algo más, pero se nos hizo interminable. El cansancio y las mochilas convertían cada paso en un pequeño esfuerzo. Al menos, alguien había marcado la ruta con cintas naranjas atadas a las ramas, como un rastro de migas de pan para evitar que los excursionistas acabáramos perdidos entre los árboles.
Aquello era un auténtico camino de cabras.
Una vez arriba, todavía faltaba bajar. Todo lo que habíamos ganado en altura tuvimos que devolverlo metro a metro por la otra vertiente. Con el rodeo, habíamos añadido ya más de un kilómetro al recorrido original. Al menos, desde aquel punto podíamos ver Louise Lake y contemplar la extensión que aún nos quedaba por recorrer antes de terminar de rodear Kathleen.
La subida tendría medio kilómetro, quizá algo más, pero se nos hizo interminable. El cansancio y las mochilas convertían cada paso en un pequeño esfuerzo. Al menos, alguien había marcado la ruta con cintas naranjas atadas a las ramas, como un rastro de migas de pan para evitar que los excursionistas acabáramos perdidos entre los árboles.
Aquello era un auténtico camino de cabras.
Una vez arriba, todavía faltaba bajar. Todo lo que habíamos ganado en altura tuvimos que devolverlo metro a metro por la otra vertiente. Con el rodeo, habíamos añadido ya más de un kilómetro al recorrido original. Al menos, desde aquel punto podíamos ver Louise Lake y contemplar la extensión que aún nos quedaba por recorrer antes de terminar de rodear Kathleen.
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A eso de las tres y media habíamos cruzado también Unnamed Creek, el primero de los campamentos autorizados de la ruta. Sin embargo, no encontramos ningún otro lugar que nos pareciera adecuado para detenernos a comer, así que terminamos sentándonos en mitad del camino. Para entonces, el sendero se había convertido claramente en una antigua pista minera. Sacamos las sillas plegables y nos preparamos unos noodles.
Comimos con un ojo puesto en el paisaje y el otro en el bosque. Yo miraba hacia un lado y mi sobrino hacia el otro. Una pista rodeada de árboles puede parecer un lugar tranquilo, pero también es uno de esos sitios en los que nunca sabes qué animal puede aparecer de pronto.
En verano, el soapberry —Shepherdia canadensis— abunda en la zona comprendida entre Kathleen Lake y Cottonwood Meadows. Sus bayas son una fuente importante de alimento para los osos. Por eso, a lo largo de ese tramo, solo está permitido acampar en los lugares expresamente designados. No se trata de una formalidad burocrática: la restricción responde a la presencia de animales que pueden sentirse atraídos por la comida y por cualquier olor que llevemos encima.
Comimos con un ojo puesto en el paisaje y el otro en el bosque. Yo miraba hacia un lado y mi sobrino hacia el otro. Una pista rodeada de árboles puede parecer un lugar tranquilo, pero también es uno de esos sitios en los que nunca sabes qué animal puede aparecer de pronto.
En verano, el soapberry —Shepherdia canadensis— abunda en la zona comprendida entre Kathleen Lake y Cottonwood Meadows. Sus bayas son una fuente importante de alimento para los osos. Por eso, a lo largo de ese tramo, solo está permitido acampar en los lugares expresamente designados. No se trata de una formalidad burocrática: la restricción responde a la presencia de animales que pueden sentirse atraídos por la comida y por cualquier olor que llevemos encima.

Después de las complicaciones de la ladera, la pista minera se agradecía muchísimo. Volver a caminar sobre un terreno continuo y más o menos uniforme era casi un lujo. El bosque se cerraba a ratos sobre el camino y luego volvía a abrirse. Mientras tanto, Kathleen Lake quedaba cada vez más atrás, reducido poco a poco a un recuerdo de todo lo que habíamos recorrido.


Llegamos a Victoria Creek hacia las cinco y media de la tarde. Llevábamos 17,4 kilómetros en las piernas y, por hoy, habíamos terminado.
Victoria Creek era un punto importante del recorrido. No solo porque allí íbamos a pasar la noche, sino porque era el último lugar donde podíamos acampar durante bastantes kilómetros. Entre Victoria Creek y Cottonwood Meadows se extiende un tramo de entre 18 y 20 kilómetros en el que está prohibido montar la tienda. Había que aprovechar, por tanto, aquella última oportunidad.
Además, el arroyo alberga el vadeo más serio de toda la ruta. El caudal suele ser más bajo por la mañana, después de las noches frías, así que era un paso que debíamos tener en cuenta para el día siguiente.
Lo primero que hicimos fue dejar el bear canister, el recipiente rígido para guardar la comida y mantenerla a salvo de los osos, junto con el Ursack, nuestra bolsa resistente a estos animales. Los dejamos a unos cien metros del lugar donde acabaríamos plantando la tienda. Después recorrimos el cauce, un amplio abanico aluvial de gravas y pequeños brazos de agua, buscando un punto adecuado para pasar la noche.
Al final encontramos una zona protegida por unos abetos, a unos treinta metros del arroyo. Sabíamos que Victoria Creek podía darnos problemas al día siguiente, pero en aquel momento no llevaba tanta agua como para preocuparnos demasiado. Nos pareció un buen lugar para acampar y no teníamos intención de seguir caminando más.
Victoria Creek era un punto importante del recorrido. No solo porque allí íbamos a pasar la noche, sino porque era el último lugar donde podíamos acampar durante bastantes kilómetros. Entre Victoria Creek y Cottonwood Meadows se extiende un tramo de entre 18 y 20 kilómetros en el que está prohibido montar la tienda. Había que aprovechar, por tanto, aquella última oportunidad.
Además, el arroyo alberga el vadeo más serio de toda la ruta. El caudal suele ser más bajo por la mañana, después de las noches frías, así que era un paso que debíamos tener en cuenta para el día siguiente.
Lo primero que hicimos fue dejar el bear canister, el recipiente rígido para guardar la comida y mantenerla a salvo de los osos, junto con el Ursack, nuestra bolsa resistente a estos animales. Los dejamos a unos cien metros del lugar donde acabaríamos plantando la tienda. Después recorrimos el cauce, un amplio abanico aluvial de gravas y pequeños brazos de agua, buscando un punto adecuado para pasar la noche.
Al final encontramos una zona protegida por unos abetos, a unos treinta metros del arroyo. Sabíamos que Victoria Creek podía darnos problemas al día siguiente, pero en aquel momento no llevaba tanta agua como para preocuparnos demasiado. Nos pareció un buen lugar para acampar y no teníamos intención de seguir caminando más.

Fuimos a buscar agua y, hacia las seis, empezó a llover.
Nos refugiamos en la tienda para descansar mientras la lluvia golpeaba la tela. Al poco rato, incluso nos quedamos adormilados. Hay algo curioso en pasar una tarde así, metido en una tienda en mitad de un valle: el mundo exterior sigue siendo inmenso, imprevisible y, a veces, hostil, pero uno se recoge bajo esa pequeña cubierta y de pronto tiene la sensación de que todo le pertenece. El universo entero parece caber en dos metros por uno y medio.
Entre las nueve y media y las diez comprobamos que la lluvia había cesado. Salimos y fuimos a recuperar el bear canistery el Ursack para preparar la cena. Volvimos a recurrir a la comida liofilizada, que nos estaba dando bastante buen resultado, y la acompañamos con unos sobres de atún. La verdad es que el Gulash estaba muy bueno y la pasta con salmón tampoco estaba nada mal.
Eran las diez de la noche y todavía quedaba bastante luz. Esa luz larga del norte que se resiste a desaparecer y hace que uno pierda un poco la noción de la hora, como si el día se empeñara en prolongarse más allá de lo razonable.
Cenamos tranquilamente y recogimos todo. Después nos metimos en la tienda para dormir. Nos esperaban todavía muchos kilómetros de Cottonwood Trail, pero habíamos superado la primera jornada de la travesía: 17,4 kilómetros de laderas, canchales, vegetación que arañaba las piernas y un desvío que nos obligó a trepar entre árboles caídos.
La espalda había aguantado, aunque la ampolla del pie empezaba a hacerse notar. Y, por el momento, seguíamos adelante. Mañana tocaría cruzar Victoria Creek y continuar hacia el interior de una ruta que, cada vez más, nos iba poniendo a prueba.
Nos refugiamos en la tienda para descansar mientras la lluvia golpeaba la tela. Al poco rato, incluso nos quedamos adormilados. Hay algo curioso en pasar una tarde así, metido en una tienda en mitad de un valle: el mundo exterior sigue siendo inmenso, imprevisible y, a veces, hostil, pero uno se recoge bajo esa pequeña cubierta y de pronto tiene la sensación de que todo le pertenece. El universo entero parece caber en dos metros por uno y medio.
Entre las nueve y media y las diez comprobamos que la lluvia había cesado. Salimos y fuimos a recuperar el bear canistery el Ursack para preparar la cena. Volvimos a recurrir a la comida liofilizada, que nos estaba dando bastante buen resultado, y la acompañamos con unos sobres de atún. La verdad es que el Gulash estaba muy bueno y la pasta con salmón tampoco estaba nada mal.
Eran las diez de la noche y todavía quedaba bastante luz. Esa luz larga del norte que se resiste a desaparecer y hace que uno pierda un poco la noción de la hora, como si el día se empeñara en prolongarse más allá de lo razonable.
Cenamos tranquilamente y recogimos todo. Después nos metimos en la tienda para dormir. Nos esperaban todavía muchos kilómetros de Cottonwood Trail, pero habíamos superado la primera jornada de la travesía: 17,4 kilómetros de laderas, canchales, vegetación que arañaba las piernas y un desvío que nos obligó a trepar entre árboles caídos.
La espalda había aguantado, aunque la ampolla del pie empezaba a hacerse notar. Y, por el momento, seguíamos adelante. Mañana tocaría cruzar Victoria Creek y continuar hacia el interior de una ruta que, cada vez más, nos iba poniendo a prueba.
