Viaje de catorce días por el Yukón (Canadá) y Haines (Alaska) realizado en agosto de 2026, centrado en el senderismo y la observación de fauna. El itinerario incluye diversas rutas de montaña, destacando una travesía de cuatro días con mochila por el Cottonwood Trail y la subida al Mount Ripinski, caminatas marcadas por el esfuerzo físico habitual y la lluvia frecuente. Gran parte del recorrido se dedica a buscar y observar animales, logrando ver de cerca osos grizzly pescando salmones, además de alces, castores y águilas calvas. En conjunto, es el relato del día a día de una ruta por la naturaleza norteamericana, equilibrando el atractivo de los paisajes boreales con las incomodidades prácticas, físicas y logísticas propias de la acampada. Autor:YmyrFecha creación:⭐ Puntos: 0 (0 Votos)
Esta vez no fui yo quien eligió las fechas: las decidió el trabajo. Sabía que el viaje con mi sobrino tendría que encajar en la segunda quincena de agosto y que, en otras circunstancias, aquella imposición habría sido un estorbo. Sin embargo, terminó por poner las cosas en su sitio. Había un lugar al que llevaba tiempo queriendo volver y el calendario, por una vez, jugaba a mi favor: Haines, en Alaska.
Había estado allí en 2019 con mi mujer, durante un viaje que también nos llevó al Yukon. La propietaria del alojamiento en el que nos quedamos me había explicado cuál era, a su juicio, la mejor época para ver osos: la última semana de agosto y las tres primeras de septiembre. En aquella primera visita ya había visto algunos junto al río Chilkoot, pero esta vez quería aumentar las probabilidades y no dejarlo tanto a la suerte. Cuando comprobé que las fechas impuestas por el trabajo coincidían con esa ventana, la decisión quedó tomada. Las empresas de excursiones de la zona venían a confirmar lo mismo: el salmón empieza a remontar el río a finales de julio, los osos se acercan a la orilla para alimentarse y las mejores oportunidades de encontrarlos llegan desde mediados de agosto hasta finales de septiembre. Fijé el viaje entre el 18 y el 31 de agosto: catorce días, vuelos incluidos. Además, había una posibilidad que no figuraba en ningún itinerario, un regalo incierto de la latitud y del calendario: ver la aurora boreal. En Whitehorse, su temporada comienza a finales de agosto, cuando las noches recuperan la oscuridad.
Quise dedicar los días previos a Alaska a saldar otra cuenta pendiente: el Yukon. En 2019 me había dejado una sensación agridulce; el viaje estaba mal preparado y apenas había encontrado información. Esta vez, con aquella experiencia ya aprendida, puse la mirada en el Kluane National Park and Reserve, en el extremo suroccidental del territorio, unos 150 kilómetros al oeste de Whitehorse. Allí se extiende un mundo de hielo y roca de alrededor de 22.000 km², donde se alza el Mount Logan, con sus 5.959 metros, la montaña más alta de Canadá. El parque, además, es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 1979.
Sobre el papel fui trazando varias rutas, sin pensar en ellas como opciones excluyentes. Quería empezar con una caminata de un día por Sheep Creek: diez kilómetros que suben por la ladera de Sheep Mountain y ofrecen la posibilidad de ver ovejas de Dall y grizzlys. Después vendría la Slims River West y, más adelante, el Cottonwood Trail. Este último supera los ochenta kilómetros y suele recorrerse en cuatro días y tres noches; Parks Canada lo describe como el sendero más largo del parque: 85 kilómetros y dos pasos alpinos. Tenía, eso sí, una complicación práctica: el trazado forma una herradura, así que el final queda lejos del punto de partida.
Slims River West es la ruta más conocida. Desde el inicio hay 22,5 kilómetros hasta Canada Creek, donde se encuentra un camping primitivo; desde allí, una ruta sin sendero de otros diez kilómetros sube a Observation Mountain y permite contemplar el glaciar Kaskawulsh. El inconveniente es que se trata de un recorrido de ida y vuelta, justo el tipo de marcha que menos me atrae. Calculaba dedicar unos siete días al trekking entre Slims River West y Cottonwood. Como alternativa tenía guardada la Donjek Route, una travesía salvaje y sin sendero que había visto completar incluso en cinco días. Yo calculaba que necesitaría unos siete. La contemplaba como sustituta por un motivo concreto: Parks Canada ya había cerrado Slims River West y el Cottonwood Trail en otras ocasiones por la excesiva presencia de osos.
Compré los billetes de Air Canada a mediados de diciembre. Después reservé con Budget un coche para recoger en el aeropuerto: un Dodge Durango o similar, por algo menos de mil dólares canadienses, un precio que entonces me pareció bastante razonable. El seguro de viaje volvió a ser de IATI. Para la primera y la última noche elegí The Airport Chalet, un alojamiento que ya conocía de 2019, situado al otro lado de la carretera del aeropuerto de Whitehorse. El vuelo de ida aterrizaba pasada las diez de la noche, cuando ni siquiera era posible recoger el coche, así que tendría que esperar hasta la mañana. El de vuelta salía a las cinco de la madrugada del domingo 30, con llegada a Madrid el día 31; tampoco tenía sentido conservar el vehículo hasta el último instante. Lo recogería el miércoles 19 a las diez de la mañana y lo devolvería el sábado 29 a las nueve de la noche: diez días y once horas de alquiler, aunque me cobrarían once, porque así lo cuentan los calendarios de las compañías.
El alojamiento sería, casi siempre, una tienda de campaña y una buena dosis de improvisación. En Kluane solo reservé una noche: la del 22, la noche entre las dos rutas mochileras, en el camping de Kathleen Lake, uno de los pocos de la zona que permitía asegurar una parcela con antelación. Las reservables eran las numeradas del 20 al 39; las diecinueve primeras se adjudicaban por orden de llegada. El camping queda junto a la Haines Highway, a 26 kilómetros al sur de Haines Junction. En los demás campings funcionaba la norma de siempre: llegar antes que los demás y escoger sitio. No me preocupaba demasiado. Eran lugares apartados y confiaba en que encontraríamos espacio.
Haines, en cambio, planteaba más dudas. No sabía cuánta gente habría y no quería llegar de noche, a última hora, para descubrir que no quedaba una parcela libre. Por eso reservé tres noches —las del 26, 27 y 28— en Salmon Run, un camping privado situado en la milla 6,5 de Lutak Road. No era barato, pero su ubicación compensaba el precio. Al final de esa misma carretera se encuentra el camping público de Chilkoot Lake; también funcionaba por orden de llegada, de modo que lo descarté. El antiguo nombre del pueblo, Deishú, significa «el final del camino», una expresión que no parece exagerada. Durante la fiebre del oro, la Dalton Trail partía de allí hacia el interior, y su trazado sigue, más o menos, el de la Haines Highway, que conduce hasta Haines Junction, a 237 kilómetros.
Todo aquello cuadraba sobre el papel. El papel, como suele ocurrir, lo soporta todo. Mi espalda, en cambio, llevaba meses negándose a colaborar. El dolor me había impedido salir a caminar por mi cuenta y entrenar las piernas como hacía habitualmente. Como no remitía ni con fisioterapia ni con ejercicio, terminé pasando por varias intervenciones: una rizólisis, una infiltración discal y, cuando el dolor ya no me dejaba dormir, una tercera intervención poco antes de viajar a Kruger. Ninguna salió del todo bien. En Sudáfrica, adonde fui con mi mujer por tercera vez a aquel parque, los primeros días fueron una auténtica locura de dolor. Incluso antes de salir nos planteamos cancelar el viaje, pese a tenerlo todo pagado. Fue el médico que me había intervenido quien me animó a no renunciar y a viajar con la medicación. Aun así, iba con bastante miedo; y, antes incluso de partir, una parte de mí ya estaba pensando en el Yukon.
A una semana de la salida, el plan recibió otro golpe. Parks Canada cerró el valle del Ä’äy Chù, el valle de Slims River, después de que un lobo joven y solitario comenzara a seguir a los excursionistas por la zona de Canada Creek con un comportamiento muy poco natural. El cierre, vigente desde el 14 de agosto, afectaba a Sheep Creek, a Slims River West y a otros senderos del valle. Justamente las dos primeras piezas de mi itinerario —la excursión de un día y la ruta de Slims— quedaban fuera de juego. Ya no podríamos hacerlas. Y, con la espalda en el estado en que estaba, empezaba a sospechar que, de todos modos, tampoco habría podido afrontarlas.
Tuve que rehacer el comienzo del viaje. Reservé dos noches en Wolf Creek Campground, un camping del gobierno del Yukon situado unos quince kilómetros al sur de Whitehorse, después de la primera noche en The Airport Chalet. La idea era recorrer algunos senderos por los alrededores de Whitehorse y dejar que las circunstancias fueran dictando el siguiente paso. Lo primero que debía comprobar era cómo respondía mi espalda.
Empezamos también a buscar trekkings de una sola noche. Uno era el Auriol Trail, en Kluane: una ruta relativamente corta, de 18 kilómetros, con un pequeño camping mochilero justo a mitad del recorrido. El otro quedaba de camino a Haines: la excursión hasta la lengua del Samuel Glacier, ya en la Columbia Británica. Eran unos veinte kilómetros entre ida y vuelta, con la posibilidad de acampar donde uno quisiera. No habíamos tomado ninguna decisión. Antes había que saber qué permitiría mi espalda y qué nos depararía el tiempo, porque la meteorología también podía trastocar cualquier plan. Salí hacia el Yukon sin haber entrenado y con la espalda todavía cargada de molestias. El viaje, que sobre el mapa parecía tan claro, volvía a estar abierto.
Día 18/08/2026
Los viajes largos empiezan siempre un poco antes de lo que marca el calendario. El mío empezó la tarde anterior, con la carretera de Almería a Jaén por delante. Pasé la noche en casa de mi hermana y allí recogí a mi sobrino.
Nos levantamos hacia las seis para estar en marcha a las siete: de Jaén a Madrid hay algo más de tres horas de coche, y al aeropuerto conviene llegar con dos horas y media o tres de antelación, por si surge algún imprevisto. El avión salía a las doce y cuarenta y cinco, de modo que el plan cuadraba con holgura. Aun así, en estas ocasiones se conduce con un pellizco de temor: basta un contratiempo en la carretera para que el viaje se estropee antes de empezar. No lo hubo. Dejamos el coche en el parking de larga estancia, pasamos todos los controles con rapidez y el primer vuelo nos llevó de Madrid a Montreal.
En Montreal esperamos algo más de dos horas y media antes de volar a Vancouver. Allí la escala fue apenas un respiro, menos de una hora, y enseguida embarcamos en el vuelo definitivo a Whitehorse. Aterrizamos hacia las diez y media de la noche, hora local. El Yukon mantiene durante todo el año el mismo huso, UTC−7, y no cambia la hora; en agosto, nueve horas menos que en España. Habían pasado casi diecinueve desde que despegamos de Madrid.
Quedaba el último trámite de todo viaje de este tipo: esperar, casi rezando, a que las maletas hubieran llegado con nosotros. Ahí viajaba nuestra casa. Aparecieron. Con ellas ya a cuestas salimos del aeropuerto y cruzamos hacia el hotel, el Airport Chalet, que queda al otro lado de la carretera.
El check-in fue breve, como corresponde a esa hora. La habitación resultó muy amplia, con dos camas grandes, de las americanas, y hasta una pequeña cocina que no llegamos a estrenar. Dejamos las cosas donde pudimos y nos acostamos. Así se cerró el primer día.
El jet lag nos arrancó de la cama poco después de las cinco. Al otro lado de la ventana, el día empezaba a desperezarse. Aprovechamos la pequeña cocina de la habitación para preparar café; me hice uno bien cargado, aunque pronto quedó claro que aquella taza no bastaría para sostenernos durante toda la mañana. Antes de las siete bajamos a comprobar si el bar del hotel podía ofrecernos algo más consistente. Lo encontramos cerrado. Dimos una vuelta por los alrededores para matar el tiempo y, a las siete en punto, regresamos al Airport Chalet para desayunar. No recuerdo qué comimos, y no seré yo quien lo invente.
Aún faltaba una hora y media para recoger el coche. Eran las ocho y media, y el hotel, como tantos otros, tenía a disposición de los huéspedes un buen surtido de folletos sobre actividades en la zona. Entre las revistas de Whitehorse y del Yukon apareció el nombre de Up North Adventures, una empresa local que organizaba recorridos en canoa y kayak por el río Yukon. Con la espalda como la tenía, la idea de dejarnos llevar por la corriente parecía una alternativa mucho más sensata que echar a andar durante horas. Por ahora, no era más que una idea.
Después, entre aplicaciones y previsiones meteorológicas, encontré un sendero corto que conducía a un estanque junto al hotel: Paddy’s Pond. Decidimos acercarnos.
Echamos a andar sin prisa. No habíamos avanzado mucho cuando una liebre cruzó ante nosotros, como si quisiera darnos la bienvenida. Poco después, el camino se convirtió en una sucesión de charcos y terreno encharcado, hasta que no nos quedó más remedio que dar media vuelta. Consultamos el mapa, descubrimos que había otra entrada, que además era la principal, y fuimos caminando hasta ella.
Por la segunda entrada sí conseguimos internarnos en un bosque bastante bonito. El sendero estaba desierto y el cielo, cubierto de nubes. No voy a disimularlo: caminábamos con cierto acojone. Aún no habíamos comprado bear spray, el spray antiosos, y un cartel al comienzo de la ruta advertía de que aquellos parajes podían ser frecuentados por osos. No ocurrió nada, aunque unas aves que tomé por ptarmigans —lagópodos emparentados con las perdices— nos dieron un pequeño sobresalto. También podrían haber sido spruce grouse, otra gallinácea propia de estos bosques.
Alcanzamos el estanque y encontramos unas cuantas aves acuáticas. Quizá fueran loons, colimbos; quizá, sencillamente, patos. No nos entretuvimos demasiado y emprendimos el regreso por otro sendero, porque en aquella zona los caminos se cruzaban en todas direcciones. Apenas habíamos recorrido dos kilómetros, pero el paseo ya nos había regalado una liebre, las aves del bosque y las del estanque. Y aún faltaba algo.
Justo cuando llegábamos de nuevo al comienzo apareció un zorro. Era un animal precioso, y le hicimos unas cuantas fotografías. Con tan poco recorrido habíamos visto más fauna de la que cabía esperar. Regresamos al hotel contentos, con la sensación de que el Yukon empezaba a mostrarnos sus cartas.
Volvimos al hotel y cruzamos la carretera hacia el aeropuerto. La oficina de alquiler ya estaba abierta, así que empezamos con los trámites. Fue entonces cuando apareció el primer contratiempo: querían cobrarnos 36 dólares diarios por el seguro de colisión, el de siempre, el que cubre parte de los daños en caso de accidente. Yo tenía entendido que, al reservar desde Budget España, el seguro estaba incluido. Se lo expliqué, pero allí sostenían que no.
La wifi del aeropuerto no funcionaba. Regresamos al hotel, donde sí había conexión, y me puse a rebuscar en la reserva con la esperanza de encontrar una prueba que zanjara la discusión. No encontré absolutamente nada. Al final volvimos a la oficina y recogimos el coche pagando los 36 dólares canadienses diarios. Incluso con aquel seguro seguía habiendo una franquicia, aunque al menos era asumible.
Había reservado el vehículo por menos de mil dólares canadienses, una cifra que, en un territorio como el Yukon, donde todo parece costar un poco más, me había parecido una buena oportunidad. Pero al sumar el seguro y otro cargo de entre cien y ciento cincuenta dólares por cruzar la frontera —les había dicho que viajaríamos a Alaska—, la cuenta se disparó hasta rozar los 1.600 dólares.
El Dodge Durango «o similar» que figuraba en la reserva terminó siendo un Ford Explorer: un SUV enorme, de siete plazas, muy bien equipado y con pocos kilómetros. Creo recordar que rondaba los 35.000. No era exactamente lo que habíamos contratado sobre el papel, pero teníamos coche. Y, a partir de ahí, empezaba el viaje de verdad.
Salimos hacia Whitehorse mientras la lluvia empezaba a caer. Nuestra primera parada fue Canadian Tire, donde compramos dos sprays antiosos, uno para cada uno. Como casi todo lo que se compra para una aventura en lugares remotos, no eran baratos: unos cincuenta o sesenta dólares cada uno. Añadimos gas para el hornillo, una mini pala, chocolate en polvo, un bote de frutos secos con miel, café instantáneo y un paquete descomunal de cincuenta chocolatinas individuales. Una barbaridad, sí, pero en el monte siempre parece mejor llevar de más que echar algo en falta.
Después fuimos al Save-On-Foods para completar las provisiones. El carro se llenó de agua, Gatorade, Pringles, pan, una especie de salchichón, queso, bacon y varias latas. Tardamos un buen rato en hacer la compra. Con cada pasillo, la lista crecía y el viaje iba dejando de ser una idea para convertirse en algo tangible.
Aún no nos dirigimos al camping. Nos adentramos un poco más en el pueblo para visitar la tienda de Up North Adventures y preguntar por la excursión en canoa del día siguiente. Queríamos salir a las nueve de la mañana, porque la previsión anunciaba lluvia a partir del mediodía. A esa hora ya no quedaban plazas; a la una, en cambio, sí. No le dimos muchas vueltas: reservamos un recorrido de unos veinte kilómetros por el río Yukon, sin guía. Con guía costaba doscientos dólares más, y no nos pareció necesario pagar ese extra.
Con las compras hechas y la excursión reservada, pusimos rumbo a nuestro primer campamento: Wolf Creek Campground. Llegamos sin problemas y nos asignaron la parcela número 5, nada más cruzar el puente sobre el arroyo. Era amplia, con mesa y anillo de fuego. La lluvia había cesado, así que aprovechamos para montar la tienda.
Eran las dos cuando nos sentamos a comer. No lo hicimos en la parcela, sino en una zona de mesas cubiertas junto al arroyo, donde todo seguía seco. A finales del verano, aquel curso de agua es una zona de desove del salmón chinook. Junto a la entrada del camping había incluso una pequeña escalera para peces, acompañada de paneles que explicaban la migración de los salmones. Hasta en los lugares más modestos, el paisaje parecía venir con su propia lección de historia natural.
Después de comer salimos a recorrer el Wolf Creek Trail, que arranca en el propio camping y sigue el curso del arroyo hasta su desembocadura en el río Yukon. Era un sendero bastante llano, encerrado en un bosque espeso donde las ardillas aparecían por todas partes. Algunos árboles estaban roídos en la base; por la forma de las marcas, apostaría a que eran obra de castores.
La espalda no tardó en recordarme que seguía allí. Apenas habíamos recorrido un kilómetro y ya notaba molestias. Mis esperanzas de hacer travesías con mochila y rutas largas empezaban a desvanecerse. Sin embargo, ocurrió algo curioso: hacia el tercer o cuarto kilómetro empecé a encontrarme mejor. No era una victoria definitiva, pero bastó para devolverme algo de ánimo.
Nos cruzamos con un par de personas, no más. Y entonces apareció el río Yukon: ancho, imponente, de un azul intenso, con Grey Mountain —la Montaña Gris— al fondo. La mañana lluviosa había dado paso a una tarde agradable; incluso el sol apretaba. El último tramo del sendero estaba mucho más acondicionado, con asientos y accesos adaptados para personas con movilidad reducida.
En total debimos de caminar unos cinco kilómetros y medio. No fue una gran hazaña, pero sí una primera prueba. Volvimos al coche bastante contentos: la espalda había protestado, aunque no tanto como temía, y el río nos había ofrecido una bienvenida magnífica.
Entre una cosa y otra, se nos ocurrió buscar otro sendero por la zona, entre Whitehorse y el camping. Así dimos con el Hidden Lakes Loop, una ruta circular de unos 5 kilómetros. Los comentarios que había leído en AllTrails hablaban bien de la ruta, y llegamos hacia las siete de la tarde, una hora que, según decían, podía ser buena para observar fauna.
Los Hidden Lakes son lagos de tipo kettle, formados cuando los bloques de hielo muerto que quedaron enterrados al retirarse los glaciares acabaron derritiéndose y dejaron depresiones en el terreno. Para los habitantes de Whitehorse son un lugar muy querido. Empezamos el circuito en sentido contrario a las agujas del reloj. El sendero nos gustó muchísimo y la luz de última hora lo volvía aún más atractivo. No tenía ninguna dificultad reseñable, salvo alguna subida sencilla. Pero la verdadera sorpresa estaba en el agua.
Castores. Yo no había visto uno en mi vida.
Ocurrió en el segundo lago. Oímos un chapoteo, abandonamos el camino y nos acercamos a la orilla. Primero vimos la onda que se abría sobre el agua; después, de pronto, al animal. Di un bote de alegría. Fue apoteósico. Nos quedamos allí haciendo fotos y vídeos, siguiéndolo como pudimos campo a través, hasta que nos dimos por satisfechos y regresamos al sendero.
En otro de los lagos apareció un segundo castor. El éxito de la excursión era ya absoluto.
La única persona con la que nos cruzamos fue un muchacho muy majo, sentado en un banco en la parte alta del sendero y disfrutando de los rayos de sol. Nos quedamos hablando un rato y nos recomendó algunas rutas cercanas a Whitehorse. Después continuamos por el bosque, alejándonos de los lagos, hasta llegar a un claro enorme. En una franja del terreno, los árboles aparecían roídos por completo en la base.
—Mira qué claro han hecho ahí los castores —le dije a mi sobrino—. Además, parece reciente.
Y justo entonces apareció un castor enorme, caminando entre los roídos árboles. Nos quedamos clavados en el sitio, flipando, observándolo mientras avanzaba. No sé cuánto tiempo estuvimos allí, pero fue uno de esos encuentros que convierten una excursión corriente en algo que recuerdas durante años.
La jornada también tuvo su parte amarga. Llevaba unos Hollyland Lark M2, en su versión USB-C, para grabar vídeos destinados a la familia. El receptor se conectaba al móvil, y mi sobrino y yo llevábamos cada uno un micrófono para poder hablar mientras grabábamos. Pero guardé mal el teléfono, el receptor se soltó y lo perdí en mitad del camino. Me quedé sin él prácticamente desde el primer día del viaje, y los micrófonos dejaron de servirnos.
Fue una pérdida pequeña en comparación con todo lo que teníamos por delante, pero fastidió bastante. Habíamos llevado el equipo precisamente para conservar mejor aquellos momentos y, de golpe, nos quedábamos sin una parte de la idea. Aun así, no había manera de recuperarlo, así que seguimos adelante.
Regresamos al inicio del sendero, recogimos el coche y volvimos a Wolf Creek. Llegamos pasadas las nueve, casi a las diez de la noche. El camping tenía una zona donde los huéspedes podían coger toda la leña que quisieran, aunque los troncos eran enormes y nosotros no teníamos hacha. Nos apañamos con ramillas recogidas entre los árboles caídos, algunos pedazos de tronco y un poco de papel. Al final, conseguimos prender una fogata.
A su calor preparamos unos buenos bocadillos de bacon con queso fundido. Y el queso tenía su gracia: era castellano, español, comprado en Whitehorse, en pleno Yukon. Estaba buenísimo.
Así terminó nuestro primer día completo en el territorio. Habíamos empezado con el jet lag y un paseo de apenas dos kilómetros; habíamos resuelto el alquiler del coche, comprado provisiones, reservado una excursión en canoa y recorrido dos senderos. La espalda seguía siendo una incógnita, y el receptor de los micrófonos había desaparecido, pero también habíamos visto una liebre, un zorro y varios castores, incluido uno que caminaba tranquilamente por el sendero como si aquel bosque le perteneciera. Entre las brasas, el bacon y el queso derretido, nos fuimos a dormir con la sensación de haber aprovechado el día hasta el último minuto.
A las 7:15 estábamos en pie. Había dormido bien y aquella mañana probamos por primera vez la leche en polvo que habíamos comprado mi sobrino y yo. Salió bastante mejor de lo esperado: no estaba nada mal, sobre todo con unas galletas Chips Ahoy. A veces, en mitad de un viaje, uno descubre que las pequeñas cosas funcionan mucho mejor de lo que imaginaba.
El plato fuerte del día nos esperaba a la una de la tarde: una excursión en canoa por el río Yukon. Pero todavía teníamos toda la mañana por delante, así que cogimos el coche y nos dirigimos hacia el sur por la South Klondike Highway, en dirección a Carcross. Hacía solo tres grados, aunque el cielo estaba despejado. Un frío bastante serio para empezar el día, pero con buena visibilidad y ganas de aprovecharlo.
La primera parada fue Emerald Lake, uno de esos lugares que aparecen en todas las fotografías de la zona por sus colores extraordinarios. El problema es que, sin sol, el lago pierde buena parte de su magia. Sus famosas tonalidades no se apreciaban como esperábamos. Además, los alrededores estaban cada vez más urbanizados y, para rematar la escena, una línea eléctrica se colaba en cada una de las fotografías. La naturaleza ofrece espectáculos magníficos, pero a veces el ser humano se empeña en dejar su firma.
El color tan particular de Emerald Lake se debe a la luz del sol reflejada en la marga blanca, un sedimento arcilloso rico en carbonato cálcico. La zona quedó cubierta por depósitos de grava calcárea cuando los glaciares comenzaron a retirarse, hace unos 14.000 años. Una explicación geológica bastante menos vistosa que el lago, pero que ayuda a entender por qué tiene esos colores cuando las condiciones acompañan.
Continuamos hasta el Carcross Desert. El nombre promete un desierto en toda regla, pero lo que hay allí son dunas. Aun así, el lugar tiene su encanto. Nos bajamos del coche y pasamos alrededor de media hora caminando solos, entre la arena y el paisaje que se abría a nuestro alrededor.
Estas dunas se formaron a partir de los antiguos lagos glaciares, hace unos 10.000 años. El río Watson transporta arena y limo hasta el lago Bennett, y el viento se encarga después de desplazar la arena hacia la orilla. El resultado es este pequeño paisaje de dunas que, en medio del Yukon, parece fuera de lugar. O quizá sea precisamente eso lo que lo hace interesante.
Seguimos por la carretera hacia la frontera. Cerca de allí encontramos las ruinas de la mina Venus, vestigios de otra época en la que la búsqueda de minerales llevaba a la gente a instalarse en lugares remotos y poco acogedores. En un momento dado, vimos un animal cruzando la carretera a lo lejos. Podría haber sido algún tipo de cánido, pero estaba demasiado lejos para asegurarlo. En estos parajes conviene no convertir una sospecha en una certeza solo porque uno tenga ganas de haber visto algo especial.
Al llegar a la frontera entre el Yukon y la Columbia Británica, nos hicimos la fotografía de rigor junto al cartel de bienvenida al Yukon. Después saqué los prismáticos y el teleobjetivo para examinar las laderas del Dail Peak. Buscábamos dall sheep, las ovejas de Dall, que habitan estas montañas. No hubo suerte. No vimos ninguna, aunque sí conseguimos localizar una mountain goat bastante lejos. No era exactamente lo que buscábamos, pero tampoco estaba mal.
Emprendimos el regreso por la misma carretera. A ambos lados se sucedían lagos enormes, algunos de ellos pegados prácticamente a la calzada. Paramos en el mirador de Bove Island con la esperanza de encontrar algún animal cerca de la carretera, pero no apareció ninguno.
Carcross estaba tranquilo, casi vacío, y no nos pareció que tuviera demasiado que ofrecer en ese momento. Probamos después una pista de tierra que, según el mapa, debía llevarnos hasta un lago. La pista terminó conduciendo a unas casas aisladas y poco más. Eso sí, junto a la entrada de una de ellas vimos un zorro. Al menos la excursión tuvo una pequeña recompensa.
También nos acercamos a Kookatsoon Lake, un lago grande con una zona recreativa. El lugar parecía agradable, pero el sol nos daba directamente en los ojos evitando la fotografía de costumbre y no pudimos disfrutarlo demasiado. Además, empezaron a caer las primeras gotas de lluvia. Era hora de volver a Whitehorse.
Llegamos a Up North Adventures a las 12:30, con una lluvia ligera. Allí nos dieron los chalecos salvavidas y unas instrucciones básicas para la excursión. Después tuvimos que cargar la canoa hasta el río, que estaba muy cerca del establecimiento. La canoa pesaba una barbaridad y, para variar, mi espalda empezó a protestar. No era la mejor manera de comenzar una actividad que exigía varias horas de remar y maniobrar en el agua.
Al llegar a la orilla, nos encontramos con otra pareja que iba en kayaks individuales y con dos canoas que llevaban guía. Nosotros íbamos por nuestra cuenta. Mi sobrino tenía experiencia con la canoa; yo, ninguna. Y, para añadir un poco de emoción al asunto, la corriente parecía bastante fuerte y el nivel del río estaba alto. No puedo decir que me sintiera del todo tranquilo.
Nos esperaban casi tres horas de navegación y cerca de veinte kilómetros por el río Yukon. La corriente era especialmente “intensa” al principio, así que enseguida comprendí que aquello no consistía simplemente en sentarse, remar y dejarse llevar. Había que aprender a controlar la canoa, corregir la dirección y coordinarse con la otra persona. Tres cosas que, al menos en mi caso, no salieron de forma especialmente natural.
El río, eso sí, era precioso. Avanzábamos entre paredes rocosas y acantilados, con decenas de águilas calvas posadas en las alturas o sobrevolando el agua. El recorrido iba desde el centro de Whitehorse hasta la confluencia con el río Takhini. Los altos paredones de roca proporcionan buenos lugares de anidamiento y descanso para estas águilas, y no tardamos en entender por qué había tantas.
La ruta sigue, además, parte del corredor que utilizaron los buscadores de oro durante la fiebre del Klondike. Resultaba curioso pensar que, mucho antes de que nosotros llegáramos con nuestros chalecos salvavidas y nuestra canoa, otras personas habían recorrido estas aguas con la esperanza de encontrar fortuna. Ellos debían de tener preocupaciones bastante distintas de las nuestras, aunque probablemente también hubo más de uno que se preguntó cómo demonios iba a mantener la embarcación en la dirección correcta.
Yo tenía bastantes problemas para gobernar la canoa. Mi sobrino se reía cada vez que confundía la izquierda con la derecha o intentaba corregir una maniobra y conseguía justo lo contrario. En teoría, todo parecía sencillo cuando nos lo explicaron en tierra. Una vez en el agua, la teoría y la práctica demostraron llevarse regular.
También me preocupaba la posibilidad de volcar. La corriente imponía respeto y yo no tenía ninguna experiencia con la que tranquilizarme. Por suerte, el agua era bastante clara y, a simple vista, no parecía demasiado profunda. No es que eso garantizara nada, pero al menos ayudaba a mantener la calma.
Durante el recorrido pasaron junto a nosotros seis lanchas motoras que llevaban el emblema oficial del Yukon. No supimos si eran guardas, policías u otro tipo de personal oficial. Lo que sí comprobamos fue que levantaban unas olas considerables al pasar. Cada vez que se acercaba una, tocaba prepararse para el movimiento de la canoa y procurar no hacer ninguna tontería.
La lluvia nos acompañó durante buena parte de la travesía, aunque nunca llegó a ser intensa. De vez en cuando aprovechábamos para comer algo sin dejar de navegar: unos paquetes de atún y unas Pringles. No era precisamente un almuerzo de restaurante, pero cumplía su función. En una canoa, con lluvia fina y el río empujando por debajo, uno no necesita grandes refinamientos.
A las cuatro de la tarde llegamos al punto de recogida, en la confluencia con el Takhini. Allí nos esperaba una furgoneta gigantesca que nos llevó de vuelta a Whitehorse. Después de casi veinte kilómetros remando, agradecí no tener que cargar con nada más.
Fuimos al Airport Chalet, donde pagamos por ducharnos. Una ducha caliente después de varias horas en el agua, con frío, humedad y la espalda cargada, puede convertirse en uno de los grandes lujos de un viaje. A veces no hace falta mucho más.
Hacia las seis de la tarde volvimos a coger el coche. Esta vez nos dirigimos por Chadburn Lake Road hasta el comienzo del sendero Log Trail, que habíamos localizado en AllTrails. Habíamos leído que el mes anterior alguien había visto un oso por la zona. Además, al final de la carretera había carteles que advertían de la presencia de una osa negra con su cría. No era una garantía de que fuéramos a verlos, por supuesto, pero sí un recordatorio de que estábamos entrando en territorio de osos.
Aparcamos. No había nadie alrededor. Nos preparamos para empezar a caminar y, justo entonces, nos dimos cuenta de que nos habíamos olvidado el espray antiosos en el coche.
No tuvimos más remedio que volver a por él. Los primeros quinientos metros del sendero eran una subida bastante pronunciada, así que hicimos el trayecto dos veces: primero para llegar al punto en el que descubrimos el olvido, después para bajar al coche y, finalmente, para volver a subir. Una forma poco elegante de calentar las piernas después de la excursión en canoa.
El sendero tenía alrededor de metro y medio de anchura y estaba en buenas condiciones. El bosque, húmedo por la lluvia, era precioso. El musgo cubría buena parte del suelo y de los troncos, y las gotas de agua hacían que todo brillara. Reinaba un silencio agradable, de esos que invitan a caminar despacio y a prestar atención a lo que ocurre alrededor.
Superada la primera subida, el camino se suavizaba, con pequeños desniveles que no suponían demasiada dificultad. Poco a poco, el paisaje se abrió y la vegetación fue cambiando. Al principio me pareció que predominaban los abetos, aunque más adelante los árboles parecían distintos, quizá álamos o álamos temblones. No estoy seguro de haberlos identificado correctamente, pero el cambio era evidente.
Llegamos a un mirador desde el que se veía una parte del lago Chadburn. El agua tenía tonalidades verdes muy bonitas, acentuadas por la luz apagada y el cielo cubierto. Después de la lluvia y de las horas pasadas en el río, el lugar transmitía una calma especial. Nos quedamos un rato contemplando el paisaje antes de continuar.
El tramo de vuelta, que formaba parte del circuito, se internaba en un bosque más cerrado. El sendero se estrechaba y los árboles parecían juntarse sobre nuestras cabezas. Fue allí donde encontramos el primer excremento de oso. Estaba bastante seco, de modo que no parecía reciente. Aun así, encontrarse con una señal tan clara de que un animal de ese tamaño había pasado por allí no deja de producir cierta impresión. Seguimos caminando, atentos a nuestro alrededor, aunque sin llegar a ver ningún oso.
Cuando regresamos al aparcamiento, el panorama había cambiado por completo. Donde antes no había nadie, ahora había entre diez y doce coches. Supusimos que serían recolectores de setas: vimos libros sobre hongos en algunos vehículos y, por la época y el tipo de bosque, la explicación parecía bastante razonable.
Volvimos finalmente al Wolf Creek Campground. Encendimos una hoguera y nos sentamos a descansar después de un día largo, variado y bastante más exigente de lo que podía parecer por la mañana. Habíamos recorrido carreteras, visitado lagos, buscado animales, navegado casi veinte kilómetros por el Yukon y terminado caminando por un bosque húmedo con osos en los alrededores.
No habíamos visto las ovejas de Dall ni los osos que, al parecer, frecuentaban la zona. Pero sí un zorro, una lejana mountain goat y un buen número de águilas calvas. Y, sobre todo, habíamos pasado varias horas en el río Yukon, entre acantilados, lluvia fina y recuerdos de la fiebre del oro. Para un solo día, no estaba nada mal.
Canadá este: ¿agua o sirope de arce?Un paseo por la costa este del segundo país más extenso del mundo. Mucha agua dulce...⭐ Puntos 4.33 (6 Votos) 👁️ Visitas mes actual: 542
Canadá de costa a costaDescripción de un viaje de 25 días a Canadá, empezando por la costa este y terminando en la costa oeste.⭐ Puntos 5.00 (4 Votos) 👁️ Visitas mes actual: 479
Justo ahora estoy subiendo el diario de nuestro a Terranova (incluida escapada a Labrador e Isla de Fogo). Como no me va a dar tiempo a subirlo antes de que te vayas, te dejo también el enlace a otro de nuestros diarios donde además de Terranova (5 días) estuvimos en las provicias del este (Atlantic Canada).
Sobre el tiempo, nosotros a principio de junio, hemos estado casi todo el tiempo por debajo de los 10°C (incluso nevó en St. John´s el día que llegamos).
El Banco de Canadá presentó recientemente el nuevo billete de 20 dólares de polímero con orientación vertical que muestra al rey Carlos III, el cual está previsto que entre en circulación a principios de 2027