A las seis en punto sonó el despertador. Tal como había anunciado el pronóstico, no llovía. Ya había amanecido, aunque la luz era lechosa y el cielo seguía completamente encapotado. Aprovechamos aquella pequeña tregua para recoger la tienda y guardar todo en las mochilas. Después nos las cargamos a la espalda y bajamos los cien metros que nos separaban del lugar donde habíamos dejado el Ursack y el bear canister. Allí mismo desayunamos lo de siempre: avena.
Poco antes de las ocho echamos a andar. No queríamos desperdiciar aquella ventana sin lluvia, que, según la previsión del Garmin inReach, debía durar apenas un par de horas.
Regresamos hasta el poste que señalizaba el kilómetro 27, en Dalton Pass, y desde allí retomamos la antigua pista minera. Era ancha y avanzaba entre laderas que todavía podían distinguirse a ambos lados, bajo un cielo de plomo. Durante los primeros kilómetros pudimos disfrutar del paisaje alpino, pero la tregua duró poco. A los dos o tres kilómetros empezaron a caer las primeras gotas, justo cuando estaba previsto.
La lluvia fue aumentando mientras atravesábamos la zona de alta montaña. Aquel paisaje alpino se prolongaba durante otros cinco o seis kilómetros, y el camino seguía el flanco occidental del Dalton Creek, cruzando multitud de pequeños arroyos. Poco a poco, las nubes fueron descendiendo hasta envolvernos y ocultar las montañas que aún teníamos a la vista.
Poco antes de las ocho echamos a andar. No queríamos desperdiciar aquella ventana sin lluvia, que, según la previsión del Garmin inReach, debía durar apenas un par de horas.
Regresamos hasta el poste que señalizaba el kilómetro 27, en Dalton Pass, y desde allí retomamos la antigua pista minera. Era ancha y avanzaba entre laderas que todavía podían distinguirse a ambos lados, bajo un cielo de plomo. Durante los primeros kilómetros pudimos disfrutar del paisaje alpino, pero la tregua duró poco. A los dos o tres kilómetros empezaron a caer las primeras gotas, justo cuando estaba previsto.
La lluvia fue aumentando mientras atravesábamos la zona de alta montaña. Aquel paisaje alpino se prolongaba durante otros cinco o seis kilómetros, y el camino seguía el flanco occidental del Dalton Creek, cruzando multitud de pequeños arroyos. Poco a poco, las nubes fueron descendiendo hasta envolvernos y ocultar las montañas que aún teníamos a la vista.


Al final de la zona alpina se encontraba el prado donde estuvo el antiguo Dalton Camp, un campamento abandonado hace tiempo y que hoy utilizan los osos como zona de paso. No vimos ninguno, por supuesto. A esas alturas ya empezábamos a sospechar que nuestra especialidad durante aquel backpacking iba a ser encontrar las huellas de los animales, pero nunca a los animales mismos.
Los únicos que se dejaron ver fueron unos ptarmigan, aves de la familia de los lagópodos, parecidas a perdices y perfectamente adaptadas a los ambientes fríos. Nos salieron al paso varias veces, tanto por la izquierda como por la derecha. Caminábamos tranquilamente y, de pronto, una de aquellas aves levantaba el vuelo justo delante de nuestros pies. El susto era considerable. A pesar de que el paisaje estaba lleno de señales de vida, no vimos ningún otro animal. Curiosamente, tampoco encontramos tantos excrementos de oso o de alce como en las jornadas anteriores.
Los únicos que se dejaron ver fueron unos ptarmigan, aves de la familia de los lagópodos, parecidas a perdices y perfectamente adaptadas a los ambientes fríos. Nos salieron al paso varias veces, tanto por la izquierda como por la derecha. Caminábamos tranquilamente y, de pronto, una de aquellas aves levantaba el vuelo justo delante de nuestros pies. El susto era considerable. A pesar de que el paisaje estaba lleno de señales de vida, no vimos ningún otro animal. Curiosamente, tampoco encontramos tantos excrementos de oso o de alce como en las jornadas anteriores.

Yo había salido con los pantalones impermeables puestos, convencido de que acabaríamos pasando el día bajo la lluvia. Fue una buena decisión: al menos las piernas estuvieron relativamente protegidas. El chubasquero, en cambio, empezó a fallar. Había dejado de repeler el agua y esta se filtraba por la parte inferior. Con las nubes cada vez más bajas y la lluvia arreciando, el panorama se volvía progresivamente más gris.
La zona alpina terminó por desaparecer y comenzamos un largo descenso, de unos quinientos metros de desnivel repartidos en cinco o seis kilómetros. El camino era fácil de seguir y no presentaba grandes dificultades. Lo único que no daba tregua era la lluvia.
La zona alpina terminó por desaparecer y comenzamos un largo descenso, de unos quinientos metros de desnivel repartidos en cinco o seis kilómetros. El camino era fácil de seguir y no presentaba grandes dificultades. Lo único que no daba tregua era la lluvia.

Finalmente llegamos al cruce con Mush Lake Road. Lo primero que hicimos fue atravesar el Dalton Creek. Ya estábamos completamente empapados, así que tampoco nos preocupamos demasiado por mojarnos un poco más.

Mush Lake Road es una pista que conduce hasta el lago y que, en principio, solo deberían recorrer vehículos todoterreno. Y cuando digo todoterreno, me refiero a un 4x4 de verdad, de los que no se asustan ante cualquier irregularidad del terreno. Había hoyos enormes y, con toda la lluvia acumulada, el barro se había convertido en una auténtica pista de patinaje. Las zapatillas resbalaban continuamente y había que andar con mucho cuidado.
Puede parecer exagerado, pero diría que aquel fue uno de los tramos más peligrosos del día. No porque hubiera grandes precipicios ni obstáculos espectaculares, sino porque el suelo era traicionero y resultaba fácil perder el equilibrio. Si caíamos, al menos lo haríamos sobre una pista por la que apenas cabía un coche, pero no teníamos ninguna gana de comprobarlo.
Nos esperaban diecisiete kilómetros por Mush Lake Road hasta alcanzar la Haines Highway. Fueron, sin demasiadas vueltas, diecisiete kilómetros de rollazo absoluto. Una pista interminable, embarrada, sin grandes alicientes y bajo una lluvia que no cesaba ni un instante. Hicimos un par de paradas bajo los árboles para descansar y recuperar algo de fuerzas.
Puede parecer exagerado, pero diría que aquel fue uno de los tramos más peligrosos del día. No porque hubiera grandes precipicios ni obstáculos espectaculares, sino porque el suelo era traicionero y resultaba fácil perder el equilibrio. Si caíamos, al menos lo haríamos sobre una pista por la que apenas cabía un coche, pero no teníamos ninguna gana de comprobarlo.
Nos esperaban diecisiete kilómetros por Mush Lake Road hasta alcanzar la Haines Highway. Fueron, sin demasiadas vueltas, diecisiete kilómetros de rollazo absoluto. Una pista interminable, embarrada, sin grandes alicientes y bajo una lluvia que no cesaba ni un instante. Hicimos un par de paradas bajo los árboles para descansar y recuperar algo de fuerzas.

A mi sobrino se le notaba ya el peso de cuatro días cargando con una mochila enorme. Los hombros tenían que estar pasándole factura y el cansancio acumulado empezaba a hacerse evidente. Después de tantos kilómetros, el cuerpo ya no responde igual que al comienzo de una travesía.
En el camino encontramos el Alder Creek, un arroyo que se dispersa en decenas de brazos a lo largo de unos trescientos metros de cauce de gravas. Podía habernos obligado a mojarnos los pies, pero lo atravesamos sin problemas. Además, a aquellas alturas, con las zapatillas empapadas desde hacía horas, tampoco habría supuesto ninguna diferencia. Los últimos kilómetros fueron llanos y relativamente sencillos, aunque la monotonía de la pista hacía que cada paso pareciera durar más de la cuenta.
En el camino encontramos el Alder Creek, un arroyo que se dispersa en decenas de brazos a lo largo de unos trescientos metros de cauce de gravas. Podía habernos obligado a mojarnos los pies, pero lo atravesamos sin problemas. Además, a aquellas alturas, con las zapatillas empapadas desde hacía horas, tampoco habría supuesto ninguna diferencia. Los últimos kilómetros fueron llanos y relativamente sencillos, aunque la monotonía de la pista hacía que cada paso pareciera durar más de la cuenta.


Por fin, pasadas las dos y media de la tarde, alcanzamos la Haines Highway. Habíamos recorrido más de 27 kilómetros aquel día. Si sumábamos las cuatro jornadas, superábamos los 82 kilómetros de caminata. Cuatro días de montaña, lluvias, barro, arroyos, praderas y pistas mineras. Habíamos completado aquella especie de bucle incompleto que comenzaba junto a un lago y terminaba al borde de una carretera.
Y, lo más importante, lo habíamos conseguido.
Cuando iniciamos la travesía, yo no tenía nada claro que fuera a poder terminarla. Los problemas de espalda me hacían dudar y mi idea inicial era probar el primer día y dar media vuelta si no me encontraba bien. Sin embargo, ahí estábamos, cuatro jornadas después, empapados hasta los huesos, pero de vuelta en la civilización. El cuerpo había resistido. La ampolla, el peso de las mochilas y el cansancio no habían conseguido sacarnos de la ruta.
Ahora tocaba resolver otra cuestión: recuperar el coche, que habíamos dejado cuatro días antes en Kathleen Lake. No teníamos más opción que hacer autostop.
Nos preocupaba un poco la situación. Por aquella carretera pasaban muy pocos vehículos y nosotros no ofrecíamos precisamente nuestro mejor aspecto. Estábamos completamente chorreando, con las mochilas a cuestas y una pinta que no invitaba demasiado a recoger a nadie. Aun así, habíamos llegado antes de las tres, así que disponíamos de tiempo suficiente para esperar.
Cottonwood Trail
Y, lo más importante, lo habíamos conseguido.
Cuando iniciamos la travesía, yo no tenía nada claro que fuera a poder terminarla. Los problemas de espalda me hacían dudar y mi idea inicial era probar el primer día y dar media vuelta si no me encontraba bien. Sin embargo, ahí estábamos, cuatro jornadas después, empapados hasta los huesos, pero de vuelta en la civilización. El cuerpo había resistido. La ampolla, el peso de las mochilas y el cansancio no habían conseguido sacarnos de la ruta.
Ahora tocaba resolver otra cuestión: recuperar el coche, que habíamos dejado cuatro días antes en Kathleen Lake. No teníamos más opción que hacer autostop.
Nos preocupaba un poco la situación. Por aquella carretera pasaban muy pocos vehículos y nosotros no ofrecíamos precisamente nuestro mejor aspecto. Estábamos completamente chorreando, con las mochilas a cuestas y una pinta que no invitaba demasiado a recoger a nadie. Aun así, habíamos llegado antes de las tres, así que disponíamos de tiempo suficiente para esperar.
Cottonwood Trail

Cincuenta minutos después, se detuvo una camioneta. Dentro viajaban una madre y su hijo, de Alemania, que estaban realizando un viaje de cuatro meses alrededor del mundo y en aquel momento recorrían el Yukon.
Nos llevaron amablemente hasta Kathleen Lake. Durante el trayecto siguió lloviendo, como si el cielo se hubiera propuesto acompañarnos hasta el último minuto. Cuando llegamos, nos despedimos de nuestros salvadores y buscamos el coche. Allí seguía, en el aparcamiento, y además era el único vehículo que había quedado estacionado.
Recuperarlo fue una alegría. Después de cuatro días caminando por lugares remotos, bajo la lluvia y cargados con todo el equipo, volver a sentarse en el coche representaba una comodidad difícil de explicar. De repente, ya no había que caminar para llegar a ninguna parte ni cargar con la mochila para trasladar nuestras pertenencias.
Desde Kathleen Lake nos dirigimos al Visitor Centre de Haines Junction. Teníamos que comunicar que habíamos terminado la travesía y devolver el bear canister que nos habían prestado. Aquello nos había preocupado durante la última parte del recorrido: si llegábamos tarde y el centro cerraba a las seis, ¿qué haríamos con el recipiente?
Una vez allí comprobamos que fuera había una especie de buzón habilitado para depositar los contenedores prestados. Así que, incluso si nos hubiéramos retrasado más, no habría habido ningún problema. Lo dejamos, comunicamos que habíamos completado la ruta y dimos por zanjados los últimos trámites del backpacking.
Después tocaba una ducha. Nuestra primera opción fue el Alcan Motor Inn, donde nos habíamos duchado unos días antes, pero aquella vez las duchas no estaban disponibles. Tuvimos que buscar otro hotel cercano y allí, por fin, conseguimos lavarnos y aprovechar también la lavandería, con lavadora y secadora.
Entre las duchas, la colada y la comida nos pasamos casi dos horas. Mientras tanto, seguía lloviendo a cántaros. La ropa que llevábamos puesta necesitaba un buen lavado y nosotros necesitábamos recuperar una apariencia más o menos humana. Después de cuatro días de humedad, barro y sudor, salir de allí limpios y con ropa seca era casi como empezar un viaje nuevo.
Y, en cierto modo, eso era exactamente lo que íbamos a hacer.
La siguiente etapa nos llevaba a Haines, en Alaska.
Salimos de Haines Junction y nos internamos de nuevo en la carretera, esta vez disfrutando especialmente del tramo que atraviesa la Columbia Británica. La ruta bordea el Tatshenshini-Alsek Provincial Park, creado en 1993 para proteger los ríos Tatshenshini y Alsek. Este último ya nos había aparecido en nuestra historia unos días antes, cuando hablamos del kokanee de Kathleen Lake, el salmón rojo que quedó aislado en agua dulce.
El río Alsek nace en la región de Kluane y recorre unos 290 kilómetros hasta alcanzar el Pacífico. El parque forma parte, junto con Kluane, Wrangell–St. Elias y Glacier Bay, de un conjunto natural reconocido como Patrimonio de la Humanidad. Todo aquello lo convierte en una de las zonas más extraordinarias de Norteamérica, aunque desde la carretera apenas se puede abarcar la magnitud del territorio.
A medida que nos acercábamos al puerto de montaña, el paisaje se transformó en tundra alpina. No había prácticamente nada: laderas desnudas, vegetación baja y montañas que se perdían bajo las nubes. La lluvia, el frío y el cielo gris componían una imagen de fin del mundo que tenía algo de desoladora, pero también de fascinante. Era uno de esos paisajes que parecen pertenecer a latitudes todavía más altas, a un territorio en el que la presencia humana es casi una anécdota.
Apenas circulaban coches. No vimos ningún animal, para variar, aunque sí encontramos varios excrementos de oso junto al arcén. Incluso allí, en una carretera por la que apenas pasaba nadie, el rastro de los animales volvía a recordarnos quién habitaba realmente aquellos lugares.
La propia carretera tiene una historia interesante. En buena parte sigue el trazado de una antigua ruta comercial utilizada por los tlingit de la costa para relacionarse con los pueblos del interior. Jack Dalton convirtió aquella ruta en un camino de peaje, y por allí transitaron también buscadores de oro durante la fiebre del Klondike, entre 1897 y 1899. La carretera moderna fue construida por el ejército estadounidense en 1943.
Resultaba curioso recorrerla después de haber pasado cuatro días siguiendo antiguas pistas mineras en las montañas de Kluane. En aquel territorio, las rutas actuales se superponen una y otra vez a los caminos que abrieron comerciantes, mineros y exploradores en busca de recursos, oportunidades o, sencillamente, una forma de atravesar una región inmensa y difícil.
Sin grandes contratiempos, llegamos a la frontera con Alaska. Allí tuvimos que detenernos en la aduana para que los agentes comprobaran nuestra documentación. Fue entonces cuando me llevé una sorpresa desagradable: nos cobraron 60 dólares por el formulario I-94, el registro de entrada en Estados Unidos. En las fronteras terrestres se paga aparte y, en nuestro caso, fueron 30 dólares por persona, pese a que ya llevábamos el ESTA.
No era una cantidad que fuera a arruinarnos el viaje, pero el sablazo nos cogió por sorpresa. Pagamos, pasamos el control y seguimos hacia Haines.
La carretera discurre junto al Chilkat River, cuyas aguas tienen una tonalidad blanquecina impresionante. El río atraviesa el Alaska Chilkat Bald Eagle Preserve, una reserva de unas veinte mil hectáreas de vega protegida desde 1982. Cada octubre y noviembre, entre tres mil y cuatro mil águilas calvas se reúnen allí para alimentarse del salmón que llega al final de la temporada.
Es también territorio de los tlingit chilkat, cuyos vínculos con esta región se remontan mucho más atrás que las carreteras y los campamentos que ahora utilizan los viajeros. Nosotros recorríamos el valle bajo la lluvia, sin ver águilas ni salmones, pero el paisaje tenía una belleza imponente. El río pálido, las montañas y el verde intenso de las orillas componían una escena que habría merecido detenerse muchas más veces de las que nos permitía el tiempo.
Nos llevaron amablemente hasta Kathleen Lake. Durante el trayecto siguió lloviendo, como si el cielo se hubiera propuesto acompañarnos hasta el último minuto. Cuando llegamos, nos despedimos de nuestros salvadores y buscamos el coche. Allí seguía, en el aparcamiento, y además era el único vehículo que había quedado estacionado.
Recuperarlo fue una alegría. Después de cuatro días caminando por lugares remotos, bajo la lluvia y cargados con todo el equipo, volver a sentarse en el coche representaba una comodidad difícil de explicar. De repente, ya no había que caminar para llegar a ninguna parte ni cargar con la mochila para trasladar nuestras pertenencias.
Desde Kathleen Lake nos dirigimos al Visitor Centre de Haines Junction. Teníamos que comunicar que habíamos terminado la travesía y devolver el bear canister que nos habían prestado. Aquello nos había preocupado durante la última parte del recorrido: si llegábamos tarde y el centro cerraba a las seis, ¿qué haríamos con el recipiente?
Una vez allí comprobamos que fuera había una especie de buzón habilitado para depositar los contenedores prestados. Así que, incluso si nos hubiéramos retrasado más, no habría habido ningún problema. Lo dejamos, comunicamos que habíamos completado la ruta y dimos por zanjados los últimos trámites del backpacking.
Después tocaba una ducha. Nuestra primera opción fue el Alcan Motor Inn, donde nos habíamos duchado unos días antes, pero aquella vez las duchas no estaban disponibles. Tuvimos que buscar otro hotel cercano y allí, por fin, conseguimos lavarnos y aprovechar también la lavandería, con lavadora y secadora.
Entre las duchas, la colada y la comida nos pasamos casi dos horas. Mientras tanto, seguía lloviendo a cántaros. La ropa que llevábamos puesta necesitaba un buen lavado y nosotros necesitábamos recuperar una apariencia más o menos humana. Después de cuatro días de humedad, barro y sudor, salir de allí limpios y con ropa seca era casi como empezar un viaje nuevo.
Y, en cierto modo, eso era exactamente lo que íbamos a hacer.
La siguiente etapa nos llevaba a Haines, en Alaska.
Salimos de Haines Junction y nos internamos de nuevo en la carretera, esta vez disfrutando especialmente del tramo que atraviesa la Columbia Británica. La ruta bordea el Tatshenshini-Alsek Provincial Park, creado en 1993 para proteger los ríos Tatshenshini y Alsek. Este último ya nos había aparecido en nuestra historia unos días antes, cuando hablamos del kokanee de Kathleen Lake, el salmón rojo que quedó aislado en agua dulce.
El río Alsek nace en la región de Kluane y recorre unos 290 kilómetros hasta alcanzar el Pacífico. El parque forma parte, junto con Kluane, Wrangell–St. Elias y Glacier Bay, de un conjunto natural reconocido como Patrimonio de la Humanidad. Todo aquello lo convierte en una de las zonas más extraordinarias de Norteamérica, aunque desde la carretera apenas se puede abarcar la magnitud del territorio.
A medida que nos acercábamos al puerto de montaña, el paisaje se transformó en tundra alpina. No había prácticamente nada: laderas desnudas, vegetación baja y montañas que se perdían bajo las nubes. La lluvia, el frío y el cielo gris componían una imagen de fin del mundo que tenía algo de desoladora, pero también de fascinante. Era uno de esos paisajes que parecen pertenecer a latitudes todavía más altas, a un territorio en el que la presencia humana es casi una anécdota.
Apenas circulaban coches. No vimos ningún animal, para variar, aunque sí encontramos varios excrementos de oso junto al arcén. Incluso allí, en una carretera por la que apenas pasaba nadie, el rastro de los animales volvía a recordarnos quién habitaba realmente aquellos lugares.
La propia carretera tiene una historia interesante. En buena parte sigue el trazado de una antigua ruta comercial utilizada por los tlingit de la costa para relacionarse con los pueblos del interior. Jack Dalton convirtió aquella ruta en un camino de peaje, y por allí transitaron también buscadores de oro durante la fiebre del Klondike, entre 1897 y 1899. La carretera moderna fue construida por el ejército estadounidense en 1943.
Resultaba curioso recorrerla después de haber pasado cuatro días siguiendo antiguas pistas mineras en las montañas de Kluane. En aquel territorio, las rutas actuales se superponen una y otra vez a los caminos que abrieron comerciantes, mineros y exploradores en busca de recursos, oportunidades o, sencillamente, una forma de atravesar una región inmensa y difícil.
Sin grandes contratiempos, llegamos a la frontera con Alaska. Allí tuvimos que detenernos en la aduana para que los agentes comprobaran nuestra documentación. Fue entonces cuando me llevé una sorpresa desagradable: nos cobraron 60 dólares por el formulario I-94, el registro de entrada en Estados Unidos. En las fronteras terrestres se paga aparte y, en nuestro caso, fueron 30 dólares por persona, pese a que ya llevábamos el ESTA.
No era una cantidad que fuera a arruinarnos el viaje, pero el sablazo nos cogió por sorpresa. Pagamos, pasamos el control y seguimos hacia Haines.
La carretera discurre junto al Chilkat River, cuyas aguas tienen una tonalidad blanquecina impresionante. El río atraviesa el Alaska Chilkat Bald Eagle Preserve, una reserva de unas veinte mil hectáreas de vega protegida desde 1982. Cada octubre y noviembre, entre tres mil y cuatro mil águilas calvas se reúnen allí para alimentarse del salmón que llega al final de la temporada.
Es también territorio de los tlingit chilkat, cuyos vínculos con esta región se remontan mucho más atrás que las carreteras y los campamentos que ahora utilizan los viajeros. Nosotros recorríamos el valle bajo la lluvia, sin ver águilas ni salmones, pero el paisaje tenía una belleza imponente. El río pálido, las montañas y el verde intenso de las orillas componían una escena que habría merecido detenerse muchas más veces de las que nos permitía el tiempo.

Cuando finalmente llegamos a Haines, ya era muy tarde y se había hecho de noche.
Nuestro alojamiento para las siguientes tres noches iba a ser el Salmon River Campground. Hicimos el check-in en un ordenador instalado en el exterior y buscamos nuestra parcela en plena oscuridad. El camping estaba metido en el bosque y, después de tantos días de montaña, lluvia y caminatas, no teníamos muchas ganas de andar dando vueltas bajo los árboles.
Encontramos el sitio, montamos la tienda con la luz que teníamos a mano y preparamos algo de cenar. No quedaban energías para mucho más. Tras cuatro días de travesía y una larga jornada de carretera, lo único que deseábamos era dormir.
Nos metimos en la tienda y nos acostamos directamente.
Habíamos dejado atrás la Cottonwood Trail, completado más de 82 kilómetros con las mochilas a la espalda y cruzado de nuevo la frontera para entrar en Alaska. La montaña quedaba atrás por unos días. Ahora empezaba otra parte del viaje, con Haines como base y un territorio nuevo por explorar.
Y, al menos aquella noche, no había que caminar ni un solo kilómetro más.
Nuestro alojamiento para las siguientes tres noches iba a ser el Salmon River Campground. Hicimos el check-in en un ordenador instalado en el exterior y buscamos nuestra parcela en plena oscuridad. El camping estaba metido en el bosque y, después de tantos días de montaña, lluvia y caminatas, no teníamos muchas ganas de andar dando vueltas bajo los árboles.
Encontramos el sitio, montamos la tienda con la luz que teníamos a mano y preparamos algo de cenar. No quedaban energías para mucho más. Tras cuatro días de travesía y una larga jornada de carretera, lo único que deseábamos era dormir.
Nos metimos en la tienda y nos acostamos directamente.
Habíamos dejado atrás la Cottonwood Trail, completado más de 82 kilómetros con las mochilas a la espalda y cruzado de nuevo la frontera para entrar en Alaska. La montaña quedaba atrás por unos días. Ahora empezaba otra parte del viaje, con Haines como base y un territorio nuevo por explorar.
Y, al menos aquella noche, no había que caminar ni un solo kilómetro más.
