Me desperté una hora antes que mi sobrino y salí a aprovechar la mañana en el único rincón del camping donde llegaba el wifi: la zona de los servicios. Allí, con el móvil en la mano y el campamento todavía en silencio, me puse al día de los mensajes y acabé entreteniéndome bastante más de lo necesario. Cuando regresé, desperté a mi sobrino y desayunamos las consabidas Chips Ahoy, acompañadas del café de siempre. La avena había quedado oficialmente desterrada.
Pasadas las ocho y media ya estábamos de nuevo en marcha hacia el Chilkoot River. Volvíamos a por los osos.
El escenario seguía prácticamente igual que la tarde anterior. Los mismos personajes ocupaban los mismos puestos, con sus cámaras y aquellos teleobjetivos descomunales que parecían cañones. Y, en el centro de la función, la protagonista indiscutible: la osa grizzly con sus cuatro crías, instalada otra vez sobre la estructura metálica donde se contabilizan los salmones.
Nos ofreció un buen recital. En un momento dado, la osa se puso a caminar por la carretera, justo por donde nos apiñábamos todos los que habíamos ido a observarla. La prudencia se impuso de golpe y tuvimos que apartarnos a toda prisa, porque venía directamente hacia nosotros. Llegó a pasar tan cerca que podía distinguirle las garras una por una.
Las crías, mientras tanto, andaban a lo suyo: jugaban, se perseguían y se peleaban entre ellas, revolcándose de un lado a otro. De vez en cuando, entre el movimiento de los cuerpos, se oían sus gruñidos, un sonido grave y ronco que parecía venir de un bosque mucho más antiguo que cualquiera de nosotros. Era otro espectáculo de los buenos. De esos que hacen que uno se olvide de mirar el reloj y se quede allí, pegado a la cámara, esperando qué ocurrirá a continuación.
Pasadas las ocho y media ya estábamos de nuevo en marcha hacia el Chilkoot River. Volvíamos a por los osos.
El escenario seguía prácticamente igual que la tarde anterior. Los mismos personajes ocupaban los mismos puestos, con sus cámaras y aquellos teleobjetivos descomunales que parecían cañones. Y, en el centro de la función, la protagonista indiscutible: la osa grizzly con sus cuatro crías, instalada otra vez sobre la estructura metálica donde se contabilizan los salmones.
Nos ofreció un buen recital. En un momento dado, la osa se puso a caminar por la carretera, justo por donde nos apiñábamos todos los que habíamos ido a observarla. La prudencia se impuso de golpe y tuvimos que apartarnos a toda prisa, porque venía directamente hacia nosotros. Llegó a pasar tan cerca que podía distinguirle las garras una por una.
Las crías, mientras tanto, andaban a lo suyo: jugaban, se perseguían y se peleaban entre ellas, revolcándose de un lado a otro. De vez en cuando, entre el movimiento de los cuerpos, se oían sus gruñidos, un sonido grave y ronco que parecía venir de un bosque mucho más antiguo que cualquiera de nosotros. Era otro espectáculo de los buenos. De esos que hacen que uno se olvide de mirar el reloj y se quede allí, pegado a la cámara, esperando qué ocurrirá a continuación.






Pero el día también tenía reservada una excursión. Y no una cualquiera: nos habíamos propuesto subir al Mount Ripinski.
La montaña se alza sobre Haines como una larga cresta de las Takshanuk Mountains, la cordillera que separa el valle del Chilkat del valle del Chilkoot: el río de las águilas y el río de los osos. Hay tres accesos principales. El de Piedad es el más directo, pero también el más vertical; el de 7 Mile Saddle conduce hacia el Peak 3920; y el de Skyline, el más cercano al pueblo, ofrece una subida algo más llevadera.
Elegimos, naturalmente, el más suave. Después del backpacking de los días anteriores, no estábamos para heroicidades innecesarias.
Dejamos el coche al final de Skyline Road y comenzamos a caminar a las diez y media. Los primeros quinientos metros fueron una promesa magnífica: un sendero ancho, metido en el bosque, casi sin desnivel y muy fácil de seguir. Parecía que, por una vez, la montaña iba a ponérnoslo fácil.
La ilusión duró poco.
El terreno empezó a empinarse y el sendero se lanzó ladera arriba. Al principio lo hizo con cierta cortesía: encontramos tramos de tablones de madera y hasta pequeñas escaleras, que imaginé colocadas para evitar que los caminantes pisaran el musgo. Aquellas atenciones duraron poco. Pronto desaparecieron las facilidades y comenzó la subida de verdad.
La montaña se alza sobre Haines como una larga cresta de las Takshanuk Mountains, la cordillera que separa el valle del Chilkat del valle del Chilkoot: el río de las águilas y el río de los osos. Hay tres accesos principales. El de Piedad es el más directo, pero también el más vertical; el de 7 Mile Saddle conduce hacia el Peak 3920; y el de Skyline, el más cercano al pueblo, ofrece una subida algo más llevadera.
Elegimos, naturalmente, el más suave. Después del backpacking de los días anteriores, no estábamos para heroicidades innecesarias.
Dejamos el coche al final de Skyline Road y comenzamos a caminar a las diez y media. Los primeros quinientos metros fueron una promesa magnífica: un sendero ancho, metido en el bosque, casi sin desnivel y muy fácil de seguir. Parecía que, por una vez, la montaña iba a ponérnoslo fácil.
La ilusión duró poco.
El terreno empezó a empinarse y el sendero se lanzó ladera arriba. Al principio lo hizo con cierta cortesía: encontramos tramos de tablones de madera y hasta pequeñas escaleras, que imaginé colocadas para evitar que los caminantes pisaran el musgo. Aquellas atenciones duraron poco. Pronto desaparecieron las facilidades y comenzó la subida de verdad.
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El camino estaba bien marcado, así que no había problemas de orientación, pero la pendiente se endurecía a cada paso. Nosotros sudábamos la gota gorda y aprovechábamos cualquier lugar razonable para detenernos unos minutos. De vez en cuando aparecían cruces con otros senderos que subían a la misma montaña desde los accesos alternativos. Seguíamos ganando altura como podíamos y, en algunos tramos, tuvimos que ayudarnos con las manos.
Menuda subida.
Menuda subida.

Por fin, gracias a Dios, el bosque empezó a clarear. Entrábamos en la zona subalpina, donde los árboles escasean y el horizonte comienza a abrirse. Aparecieron las primeras vistas del inlet y de Haines, y aquello sí que fue una recompensa. Después de tanto rato mirando al suelo y concentrados en poner un pie delante del otro, poder levantar la cabeza y contemplar el paisaje era casi un regalo.
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A lo lejos distinguimos un pico al que ascendía un sendero empinado. Convencidos de que era la cima, apretamos los dientes y seguimos subiendo, clavando los bastones de trekking en el terreno. Menos mal que los habíamos traído. Cuando alcanzamos aquella elevación, descubrimos que no era la cumbre, sino apenas un peldaño más en la montaña.
Todavía quedaba muchísimo.
Todavía quedaba muchísimo.

Atravesamos pequeñas praderas y seguimos ascendiendo. Volvimos a creer que veíamos la cima y volvimos a equivocarnos. Cada vez quedaban menos árboles y el viento empezaba a adueñarse de la montaña. Aunque el cielo tenía algunos claros y el sol brillaba, el aire era tan frío que tuvimos que ponernos los chubasqueros.
Hubo un tramo en el que mirar hacia abajo me producía vértigo. La ladera caía con bastante brusquedad y nosotros seguíamos ganando altura, buscando el mejor lugar para apoyar los pies. Al llegar a aquella segunda falsa cima, comprobamos que tampoco era la buena.
A esas alturas, las montañas empezaban a parecerse a esas escaleras que nunca terminan: cada vez que uno cree haber llegado al último escalón, descubre otro por encima.
Hubo un tramo en el que mirar hacia abajo me producía vértigo. La ladera caía con bastante brusquedad y nosotros seguíamos ganando altura, buscando el mejor lugar para apoyar los pies. Al llegar a aquella segunda falsa cima, comprobamos que tampoco era la buena.
A esas alturas, las montañas empezaban a parecerse a esas escaleras que nunca terminan: cada vez que uno cree haber llegado al último escalón, descubre otro por encima.

Nos acomodamos en un tramo de ladera algo más resguardado y descansamos mientras contemplábamos el panorama. Abajo, la península de Chilkat se extendía como una cuña de tierra entre dos brazos de mar: el Chilkoot y el Chilkat. A un lado aparecía el río Chilkat; al otro, el inlet. Y alrededor, montañas, neveros y glaciares que se perdían en la distancia.


Era un paisaje tan grande que resultaba difícil encontrar palabras para describirlo. Desde allí vimos cómo el sendero descendía ligeramente y volvía a ganar altura hacia una cumbre que parecía más elevada que las anteriores. Esta vez, por fin, parecía la definitiva.
Y lo era.
Alcanzamos el Mount Ripinski, a 1.125 metros de altitud. En la cima había un cartel con el nombre de la montaña y un recipiente metálico, de esos tan habituales en las cumbres estadounidenses, con papel y lápiz para que los excursionistas dejaran constancia de su paso.
Pero lo que más se notaba allí arriba era el viento.
Soplaba con una fuerza tremenda a lo largo de la cresta, como si quisiera llevarse por delante todo lo que encontrara, incluidos nuestros pensamientos. Apenas apetecía quedarse quieto. Aun así, las vistas compensaban el esfuerzo.
Todo quedaba muy lejos y muy abajo. Las montañas parecían inmóviles, ajenas al viento que nos zarandeaba en la cima.
Y lo era.
Alcanzamos el Mount Ripinski, a 1.125 metros de altitud. En la cima había un cartel con el nombre de la montaña y un recipiente metálico, de esos tan habituales en las cumbres estadounidenses, con papel y lápiz para que los excursionistas dejaran constancia de su paso.
Pero lo que más se notaba allí arriba era el viento.
Soplaba con una fuerza tremenda a lo largo de la cresta, como si quisiera llevarse por delante todo lo que encontrara, incluidos nuestros pensamientos. Apenas apetecía quedarse quieto. Aun así, las vistas compensaban el esfuerzo.
Todo quedaba muy lejos y muy abajo. Las montañas parecían inmóviles, ajenas al viento que nos zarandeaba en la cima.



El sendero continuaba por la cresta en dirección a Jones Gap y Peak 3920. Durante un momento nos planteamos seguir adelante. Había leído que la ruta proseguía por otras cumbres, enlazando los picos a lo largo de la cresta, y las vistas invitaban a continuar.
Pero bastó avanzar unos cien metros para asomarnos a un descenso considerable, seguido de otra subida que también prometía lo suyo. Entonces hice cuentas. Ya habíamos acumulado más de mil metros de desnivel positivo en poco más de cinco kilómetros. Para lo que quedaba de día —y de semana—, la montaña ya nos había cobrado una cantidad suficiente de esfuerzo.
Pero bastó avanzar unos cien metros para asomarnos a un descenso considerable, seguido de otra subida que también prometía lo suyo. Entonces hice cuentas. Ya habíamos acumulado más de mil metros de desnivel positivo en poco más de cinco kilómetros. Para lo que quedaba de día —y de semana—, la montaña ya nos había cobrado una cantidad suficiente de esfuerzo.

Decidimos dar media vuelta.
Al regresar a una zona con algunos árboles que nos protegían del viento, paramos a comer. Nuestro menú fue el de dos excursionistas que no tienen ninguna necesidad de impresionar a nadie: sobres de atún y Pringles. Con el cansancio que llevábamos, nos supieron estupendamente.
Al regresar a una zona con algunos árboles que nos protegían del viento, paramos a comer. Nuestro menú fue el de dos excursionistas que no tienen ninguna necesidad de impresionar a nadie: sobres de atún y Pringles. Con el cansancio que llevábamos, nos supieron estupendamente.


Después retomamos el descenso y, en uno de los cruces, nos desviamos por el Ridge Trail, que conduce hasta las torres de radio instaladas en la cresta. Fue una buena decisión. El sendero era mucho más salvaje, menos evidente y, en algunos puntos, parecía desaparecer para reaparecer un poco más adelante. Precisamente por eso nos gustó: resultaba más interesante que regresar simplemente por el camino que habíamos utilizado para subir.
Eso sí, la bajada no tenía nada de amable. Si la subida nos había hecho sudar, el descenso nos pasó la factura en las rodillas y los muslos. Hay pendientes que uno disfruta mientras las sube y que, al bajar, parecen empeñadas en recordarle que todavía tiene mucho que aprender sobre la montaña.
Llegamos a las torres y, poco después, enlazamos de nuevo con el sendero principal. Desde allí continuamos hasta el coche, al que llegamos hacia las cuatro y media de la tarde.
En total, habíamos recorrido doce kilómetros y medio, con 1.275 metros de desnivel positivo. Para una jornada que había empezado con la intención de dar un paseo después de observar osos, la cosa se había convertido en una excursión bastante seria.
Eso sí, la bajada no tenía nada de amable. Si la subida nos había hecho sudar, el descenso nos pasó la factura en las rodillas y los muslos. Hay pendientes que uno disfruta mientras las sube y que, al bajar, parecen empeñadas en recordarle que todavía tiene mucho que aprender sobre la montaña.
Llegamos a las torres y, poco después, enlazamos de nuevo con el sendero principal. Desde allí continuamos hasta el coche, al que llegamos hacia las cuatro y media de la tarde.
En total, habíamos recorrido doce kilómetros y medio, con 1.275 metros de desnivel positivo. Para una jornada que había empezado con la intención de dar un paseo después de observar osos, la cosa se había convertido en una excursión bastante seria.
Mount Ripinski Trail


Durante todo el recorrido solo nos cruzamos con tres o cuatro grupos pequeños. Entre ellos había una mujer que practicaba trail running acompañada de dos perros. Uno de ellos tenía la mandíbula rota y llevaba la lengua colgando, lo que le daba un aspecto bastante triste. Nosotros bajábamos mientras ella subía, y terminamos llegando al inicio del sendero prácticamente al mismo tiempo.
Había tenido tiempo de subir y bajar la montaña corriendo. Nos pareció increíble. Y, por si fuera poco, una vez en el punto de partida siguió corriendo hacia el pueblo, como si aquella ascensión no hubiera sido más que un calentamiento.
Nosotros, en cambio, teníamos el coche justo enfrente y no nos quedaba un solo músculo con ganas de hacer nada.
Regresamos al camping, nos duchamos y nos cambiamos de ropa. Después de la subida al Mount Ripinski, agradecimos especialmente el agua caliente y la posibilidad de sentarnos un rato sin tener que mirar hacia ninguna cumbre.
Pero todavía no había terminado el día. Volvimos a Lutak Road, nos instalamos otra vez junto al tótem y nos preparamos para pasar la tarde observando osos.
Y, una vez más, la espera mereció la pena.
Nada más llegar vimos un oso joven que se alejaba. Poco después apareció una osa con su cría. Esta era mucho más pequeña que las cuatro que habíamos estado observando los días anteriores, y parecía tener una energía inagotable. Corría de un lado a otro, se metía en el agua, se zambullía y volvía a salir, como si el río fuera un parque de juegos hecho a su medida.
Había tenido tiempo de subir y bajar la montaña corriendo. Nos pareció increíble. Y, por si fuera poco, una vez en el punto de partida siguió corriendo hacia el pueblo, como si aquella ascensión no hubiera sido más que un calentamiento.
Nosotros, en cambio, teníamos el coche justo enfrente y no nos quedaba un solo músculo con ganas de hacer nada.
Regresamos al camping, nos duchamos y nos cambiamos de ropa. Después de la subida al Mount Ripinski, agradecimos especialmente el agua caliente y la posibilidad de sentarnos un rato sin tener que mirar hacia ninguna cumbre.
Pero todavía no había terminado el día. Volvimos a Lutak Road, nos instalamos otra vez junto al tótem y nos preparamos para pasar la tarde observando osos.
Y, una vez más, la espera mereció la pena.
Nada más llegar vimos un oso joven que se alejaba. Poco después apareció una osa con su cría. Esta era mucho más pequeña que las cuatro que habíamos estado observando los días anteriores, y parecía tener una energía inagotable. Corría de un lado a otro, se metía en el agua, se zambullía y volvía a salir, como si el río fuera un parque de juegos hecho a su medida.


Su madre, en cambio, era una auténtica máquina de pescar. Cada vez que metía la pata en el agua, parecía tener muchas posibilidades de salir con un salmón. Se movía con una eficacia impresionante, como alguien que lleva toda la vida haciendo exactamente lo mismo.
Después apareció otra osa, algo más joven, acompañada de otra cría. La diferencia entre ambas madres era llamativa. Esta segunda no conseguía pescar ni un salmón, por más que lo intentara. Su cría tampoco parecía tener mucho que aprender de ella en aquel momento. Los osos, igual que las personas, tampoco nacen sabiendo.
Después apareció otra osa, algo más joven, acompañada de otra cría. La diferencia entre ambas madres era llamativa. Esta segunda no conseguía pescar ni un salmón, por más que lo intentara. Su cría tampoco parecía tener mucho que aprender de ella en aquel momento. Los osos, igual que las personas, tampoco nacen sabiendo.

Nos quedamos allí durante toda la tarde, contemplando las idas y venidas de los animales, sus intentos de pesca y los juegos de las crías. El Chilkoot River se había convertido en nuestro lugar favorito de Haines. Después de varios días recorriendo montañas, nos resultaba fascinante poder observar fauna desde un mismo sitio, sin cargar con la mochila ni tener que caminar kilómetros para encontrar alguna señal de vida.
A las ocho y media decidimos marcharnos. Empezaba a refrescar, sobre todo por el viento, y el cielo se estaba cubriendo de nuevo. Nos esperaba la cena en el camping y, después de una jornada tan larga, no nos apetecía quedarnos mucho más tiempo al aire libre.
La leña no nos sobraba. Solo troncos gruesos y los restos quemados de la fogata de ayer. Esta vez mi sobrino logró encender el fuego a la primera, sin apenas esfuerzo. No sé qué hizo de diferente, pero donde la víspera habíamos tenido que luchar durante un buen rato para conseguir una llama decente, aquella noche todo funcionó a la perfección.
Habíamos venido a Alaska con la esperanza de ver una aurora boreal y llevábamos una aplicación que nos avisaba de cuándo podían darse las condiciones para observarla. Hasta entonces, las previsiones no nos habían dado demasiadas esperanzas, pero aquella noche, por fin, la aplicación señalaba que sí había posibilidades. Era la única ocasión del viaje en que nos había anunciado una oportunidad real, y nos hacía cierta ilusión pensar que quizá, después de tantos días, podríamos ver una.
Pero tuvimos mala suerte. El cielo estaba completamente encapotado, sin un solo claro por el que pudiera asomar la aurora. Y, para terminar de rematarlo, empezaron a caer unas gotas de lluvia. No era mucha agua, apenas unas gotas que en su mayoría quedaban atrapadas en las ramas de los árboles, pero bastaban para confirmar que las nubes no pensaban marcharse. La aplicación decía que podía haber aurora; el cielo, en cambio, se empeñaba en ocultárnosla.
Nos quedamos cenando junto a la fogata, disfrutando del calor de las llamas y escuchando la lluvia tenue sobre el bosque. No podíamos hacer nada más que esperar, aunque en el fondo sabíamos que aquella noche tenía pocas posibilidades de acabar como habíamos imaginado. Lo que daba más rabia era precisamente eso: la única noche en que la aplicación nos había dado una oportunidad de verdad, las nubes nos dejaban sin ninguna posibilidad de verla.
Apagamos el fuego, recogimos lo necesario y nos metimos en la tienda a descansar. Mañana sería otro día.
A las ocho y media decidimos marcharnos. Empezaba a refrescar, sobre todo por el viento, y el cielo se estaba cubriendo de nuevo. Nos esperaba la cena en el camping y, después de una jornada tan larga, no nos apetecía quedarnos mucho más tiempo al aire libre.
La leña no nos sobraba. Solo troncos gruesos y los restos quemados de la fogata de ayer. Esta vez mi sobrino logró encender el fuego a la primera, sin apenas esfuerzo. No sé qué hizo de diferente, pero donde la víspera habíamos tenido que luchar durante un buen rato para conseguir una llama decente, aquella noche todo funcionó a la perfección.
Habíamos venido a Alaska con la esperanza de ver una aurora boreal y llevábamos una aplicación que nos avisaba de cuándo podían darse las condiciones para observarla. Hasta entonces, las previsiones no nos habían dado demasiadas esperanzas, pero aquella noche, por fin, la aplicación señalaba que sí había posibilidades. Era la única ocasión del viaje en que nos había anunciado una oportunidad real, y nos hacía cierta ilusión pensar que quizá, después de tantos días, podríamos ver una.
Pero tuvimos mala suerte. El cielo estaba completamente encapotado, sin un solo claro por el que pudiera asomar la aurora. Y, para terminar de rematarlo, empezaron a caer unas gotas de lluvia. No era mucha agua, apenas unas gotas que en su mayoría quedaban atrapadas en las ramas de los árboles, pero bastaban para confirmar que las nubes no pensaban marcharse. La aplicación decía que podía haber aurora; el cielo, en cambio, se empeñaba en ocultárnosla.
Nos quedamos cenando junto a la fogata, disfrutando del calor de las llamas y escuchando la lluvia tenue sobre el bosque. No podíamos hacer nada más que esperar, aunque en el fondo sabíamos que aquella noche tenía pocas posibilidades de acabar como habíamos imaginado. Lo que daba más rabia era precisamente eso: la única noche en que la aplicación nos había dado una oportunidad de verdad, las nubes nos dejaban sin ninguna posibilidad de verla.
Apagamos el fuego, recogimos lo necesario y nos metimos en la tienda a descansar. Mañana sería otro día.

