Nos levantamos hacia las siete y cuarto y repetimos la rutina de cada mañana en el campamento: desayunar, recogerlo todo, enrollar la tienda y encajarla en el fondo de la mochila. La mañana había amanecido despejada, aunque algunas nubes bajas seguían agarradas a las laderas. A medida que el sol fue ganando altura, se deshicieron poco a poco. A las nueve y media estábamos en marcha.
El primer tramo fue, con diferencia, el más bonito. El sendero avanzaba junto a la cordillera y ofrecía unas vistas que invitaban a caminar mirando hacia atrás. Lo hice durante buena parte del recorrido, intentando retener aquel paisaje antes de que desapareciera. El camino era cómodo y casi todo cuesta abajo.
El primer tramo fue, con diferencia, el más bonito. El sendero avanzaba junto a la cordillera y ofrecía unas vistas que invitaban a caminar mirando hacia atrás. Lo hice durante buena parte del recorrido, intentando retener aquel paisaje antes de que desapareciera. El camino era cómodo y casi todo cuesta abajo.


Pero la montaña no tardó en esconderse. A unos dos kilómetros nos tragó el bosque y el horizonte se cerró de golpe. Estábamos recorriendo el ramal derecho del circuito del Auriol Trail, el más corto, aunque también el que presenta más desniveles y pendientes más pronunciadas.
A mitad de la bajada encontramos un desvío señalizado hacia un mirador. Nos acercamos y, de pronto, el valle volvió a abrirse ante nosotros. Al otro lado se levantaban las montañas y, justo enfrente, en la zona del Mount Martha Black, distinguimos varios glaciares pequeños. La propia cumbre estaba coronada por un casquete de hielo. Si nos dábamos la vuelta, estaba el valle por donde transcurre la Haines Highway, mucho menos interesante. Nos quedamos un rato contemplando las vistas antes de retomar el descenso.
A mitad de la bajada encontramos un desvío señalizado hacia un mirador. Nos acercamos y, de pronto, el valle volvió a abrirse ante nosotros. Al otro lado se levantaban las montañas y, justo enfrente, en la zona del Mount Martha Black, distinguimos varios glaciares pequeños. La propia cumbre estaba coronada por un casquete de hielo. Si nos dábamos la vuelta, estaba el valle por donde transcurre la Haines Highway, mucho menos interesante. Nos quedamos un rato contemplando las vistas antes de retomar el descenso.

El resto de la caminata transcurrió sin grandes novedades. Nos cruzamos con un par de excursionistas que subían en dirección contraria y poco después alcanzamos el trailhead, el punto de partida del sendero. Entre la ida del día anterior y el regreso de aquella mañana, habíamos completado los dieciocho kilómetros previstos. Para ser nuestra primera experiencia de backpacking, no estaba nada mal.
Backpacking Auriol Trail
Desde allí nos dirigimos al Visitor Centre de Haines Junction. Tocaba organizar la siguiente aventura: el Cottonwood Trail, para el que teníamos que pagar por las noches que pensáramos pasar haciéndolo, al estar dentro del parque nacional.
No tenía muy claro cómo respondería mi cuerpo. El plan era una travesía de cuatro días y tres noches, pero con una condición: probar primero. Si el primer día, con sus dieciocho kilómetros, me encontraba mal, daríamos media vuelta y regresaríamos por el mismo camino. Si me veía capaz de continuar, seguiríamos adelante. Con los problemas de espalda que arrastraba, no tenía sentido hacerme el valiente. En la montaña, más vale reconocer las propias limitaciones antes de que sea demasiado tarde.
El Cottonwood es una ruta de unos 85 kilómetros que, según Parks Canada, puede iniciarse en Kathleen Lake o en Mush Lake Road. La temporada habitual va de junio a principios de septiembre. Buena parte del recorrido sigue antiguas pistas mineras, con tramos en los que las vistas escasean, pero los lagos, los prados abiertos y los dos pasos alpinos —Cottonwood Pass y Dalton Pass— compensan esa monotonía.
Nuestra idea inicial era comenzar en Kathleen Lake y terminar en Mush Lake Road. Para ello, dejaríamos el coche en el punto final y por la mañana intentaríamos hacer autostop para que alguien nos acercara al inicio del sendero. Sin embargo, mis dudas sobre la espalda pesaron más que la comodidad del plan. Decidimos dejar el coche en Kathleen Lake, de manera que, si las cosas se torcían, pudiéramos regresar por el mismo camino sin depender de nadie.
Aprovechamos también para recoger, gratuitamente, uno de los contenedores rígidos para comida que presta Parks Canada. Ya teníamos nuestro Ursack, la bolsa resistente a los osos que habíamos utilizado en el Auriol, pero no sabía si encontraríamos árboles adecuados para colgarlo o atarlo a un tronco durante la tercera noche, cuando pensábamos dormir en Dalton Pass. Preferí no arriesgarme y llevar el contenedor rígido. Tenía sus inconvenientes: ocupaba bastante espacio, pesaba lo suyo y, para colmo, no cabía toda la comida. Pero al menos nos daba otra opción para almacenar lo que pudiera atraer a los animales.
Con los preparativos resueltos, fuimos al Alcan Motor Inn, en Haines Junction. El hotel ofrecía duchas y decidimos aprovecharlas. Pagamos, nos dieron unas toallas y pude afeitarme después de varios días. Salí de allí como un hombre nuevo. Hay placeres que en casa pasan inadvertidos y que, después de dormir en una tienda y caminar por la montaña, adquieren una categoría muy distinta.
Comimos cerca del Visitor Centre y dedicamos parte de la tarde a descansar. Antes habíamos comprobado que Sheep Mountain y el valle del Slims River seguían cerrados al público por la presencia del joven lobo.
Con las rutas cerradas, decidimos aprovechar la tarde para recorrer en coche la Alaska Highway en dirección a Sheep Mountain. Nuestra esperanza era ver algún animal junto a la carretera o cruzando de un lado a otro. No tuvimos demasiada suerte: apenas vimos un par de conejos. Pero el paisaje compensaba la falta de fauna.
A lo lejos se alzaba el Mount Cairnes, de 2.798 metros, visible desde la carretera aproximadamente a medio camino entre Haines Junction y el lago Kluane. En sus laderas se distinguían pequeños glaciares colgados, cuyo deshielo alimenta algunos afluentes del río Kaskawulsh. La montaña lleva el nombre de DeLorme Donaldson Cairnes, un geólogo que estudió la región. Desde la carretera, aquel conjunto de cumbres y hielo ofrecía una imagen magnífica.
Backpacking Auriol Trail
Desde allí nos dirigimos al Visitor Centre de Haines Junction. Tocaba organizar la siguiente aventura: el Cottonwood Trail, para el que teníamos que pagar por las noches que pensáramos pasar haciéndolo, al estar dentro del parque nacional.
No tenía muy claro cómo respondería mi cuerpo. El plan era una travesía de cuatro días y tres noches, pero con una condición: probar primero. Si el primer día, con sus dieciocho kilómetros, me encontraba mal, daríamos media vuelta y regresaríamos por el mismo camino. Si me veía capaz de continuar, seguiríamos adelante. Con los problemas de espalda que arrastraba, no tenía sentido hacerme el valiente. En la montaña, más vale reconocer las propias limitaciones antes de que sea demasiado tarde.
El Cottonwood es una ruta de unos 85 kilómetros que, según Parks Canada, puede iniciarse en Kathleen Lake o en Mush Lake Road. La temporada habitual va de junio a principios de septiembre. Buena parte del recorrido sigue antiguas pistas mineras, con tramos en los que las vistas escasean, pero los lagos, los prados abiertos y los dos pasos alpinos —Cottonwood Pass y Dalton Pass— compensan esa monotonía.
Nuestra idea inicial era comenzar en Kathleen Lake y terminar en Mush Lake Road. Para ello, dejaríamos el coche en el punto final y por la mañana intentaríamos hacer autostop para que alguien nos acercara al inicio del sendero. Sin embargo, mis dudas sobre la espalda pesaron más que la comodidad del plan. Decidimos dejar el coche en Kathleen Lake, de manera que, si las cosas se torcían, pudiéramos regresar por el mismo camino sin depender de nadie.
Aprovechamos también para recoger, gratuitamente, uno de los contenedores rígidos para comida que presta Parks Canada. Ya teníamos nuestro Ursack, la bolsa resistente a los osos que habíamos utilizado en el Auriol, pero no sabía si encontraríamos árboles adecuados para colgarlo o atarlo a un tronco durante la tercera noche, cuando pensábamos dormir en Dalton Pass. Preferí no arriesgarme y llevar el contenedor rígido. Tenía sus inconvenientes: ocupaba bastante espacio, pesaba lo suyo y, para colmo, no cabía toda la comida. Pero al menos nos daba otra opción para almacenar lo que pudiera atraer a los animales.
Con los preparativos resueltos, fuimos al Alcan Motor Inn, en Haines Junction. El hotel ofrecía duchas y decidimos aprovecharlas. Pagamos, nos dieron unas toallas y pude afeitarme después de varios días. Salí de allí como un hombre nuevo. Hay placeres que en casa pasan inadvertidos y que, después de dormir en una tienda y caminar por la montaña, adquieren una categoría muy distinta.
Comimos cerca del Visitor Centre y dedicamos parte de la tarde a descansar. Antes habíamos comprobado que Sheep Mountain y el valle del Slims River seguían cerrados al público por la presencia del joven lobo.
Con las rutas cerradas, decidimos aprovechar la tarde para recorrer en coche la Alaska Highway en dirección a Sheep Mountain. Nuestra esperanza era ver algún animal junto a la carretera o cruzando de un lado a otro. No tuvimos demasiada suerte: apenas vimos un par de conejos. Pero el paisaje compensaba la falta de fauna.
A lo lejos se alzaba el Mount Cairnes, de 2.798 metros, visible desde la carretera aproximadamente a medio camino entre Haines Junction y el lago Kluane. En sus laderas se distinguían pequeños glaciares colgados, cuyo deshielo alimenta algunos afluentes del río Kaskawulsh. La montaña lleva el nombre de DeLorme Donaldson Cairnes, un geólogo que estudió la región. Desde la carretera, aquel conjunto de cumbres y hielo ofrecía una imagen magnífica.


Continuamos hasta el lago Kluane, llamado Lhù’ààn Män por la Kluane First Nation. Allí nos recibió una enorme nube de polvo levantada por los vientos que descienden desde el valle del río Slims. El espectáculo era llamativo, aunque no precisamente agradable: el viento arrastraba el polvo del lecho seco y lo extendía por los alrededores.
El fenómeno tiene una explicación que va más allá del tiempo atmosférico. Durante siglos, el río Slims había alimentado el lago con el agua procedente del deshielo del glaciar Kaskawulsh. Pero en 2016 el glaciar desvió sus aguas hacia el sur, alterando el curso que hasta entonces había seguido el río. Desde aquel cambio, el antiguo lecho seco se ha convertido en una fuente de polvo que el viento levanta con facilidad, mientras el nivel del lago ha descendido más de un metro en su máximo estival.
A mí me dio la impresión de que el lago tenía menos agua que la última vez que lo había visitado con mi mujer. No podía asegurarlo, pero la diferencia me pareció evidente. Resulta extraño contemplar un paisaje tan inmenso y comprobar que incluso un lugar así puede cambiar de forma apreciable en apenas unos años.
Nuestra siguiente parada fue el Soldier's Summit Trail, un recorrido de aproximadamente un kilómetro entre ida y vuelta. El sendero asciende hasta una plataforma donde ondean las banderas de Canadá y Estados Unidos y donde hay una de las famosas sillas rojas de Parks Canada, colocada para invitar a sentarse y contemplar el paisaje.
El fenómeno tiene una explicación que va más allá del tiempo atmosférico. Durante siglos, el río Slims había alimentado el lago con el agua procedente del deshielo del glaciar Kaskawulsh. Pero en 2016 el glaciar desvió sus aguas hacia el sur, alterando el curso que hasta entonces había seguido el río. Desde aquel cambio, el antiguo lecho seco se ha convertido en una fuente de polvo que el viento levanta con facilidad, mientras el nivel del lago ha descendido más de un metro en su máximo estival.
A mí me dio la impresión de que el lago tenía menos agua que la última vez que lo había visitado con mi mujer. No podía asegurarlo, pero la diferencia me pareció evidente. Resulta extraño contemplar un paisaje tan inmenso y comprobar que incluso un lugar así puede cambiar de forma apreciable en apenas unos años.
Nuestra siguiente parada fue el Soldier's Summit Trail, un recorrido de aproximadamente un kilómetro entre ida y vuelta. El sendero asciende hasta una plataforma donde ondean las banderas de Canadá y Estados Unidos y donde hay una de las famosas sillas rojas de Parks Canada, colocada para invitar a sentarse y contemplar el paisaje.

Aquel mirador tiene también un significado histórico. Allí se celebró, el 20 de noviembre de 1942, la ceremonia de inauguración oficial de la Alaska Highway, la carretera que conecta esta remota región con el resto del continente. Nos sentamos un rato y dirigimos la mirada hacia Sheep Mountain, esperando distinguir alguna oveja de Dall o una cabra montés entre las laderas. Miramos una y otra vez, pero no apareció absolutamente nada. Ni una oveja, ni una cabra, ni siquiera algo que nos permitiera mantener la esperanza unos minutos más.
Regresamos al coche y pusimos rumbo al Kathleen Lake Campground, donde teníamos reserva. La carretera tampoco nos regaló ningún encuentro con animales. El camping se encuentra junto al lago Kathleen, a unos veintiséis kilómetros al sur de Haines Junction, y dispone de 38 parcelas.
Llegamos con un viento considerable. Encontramos nuestra parcela y empezamos a montar la tienda. Había troncos preparados para hacer fuego, pero eran enormes, como los que habíamos encontrado en Wolf Creek. Para nosotros, aquello era como intentar encender una hoguera con postes de teléfono. Así que nos internamos un poco en el bosque para recoger ramas y madera caída, por si el viento amainaba y podíamos encender el fuego en el anillo habilitado para ello.
Y, por suerte, el viento acabó calmándose.
Encendimos la fogata y preparamos la cena junto a ella. Después nos sentamos a disfrutar del calor, sin demasiadas ganas de hacer nada más. Había sido un día de preparativos, carretera y paisajes, una jornada de transición antes de la gran travesía que nos esperaba.
Nos acostamos con el viento zarandeando la tienda. La tela se movía y crujía, y el ruido acompañó buena parte de la noche. Pero habíamos conseguido encender el fuego y disfrutar de un rato agradable al aire libre. Al día siguiente comenzaba el backpacking más importante del viaje: cuatro días por delante, tres noches en la montaña y la incertidumbre de saber hasta dónde me permitiría llegar la espalda.
Regresamos al coche y pusimos rumbo al Kathleen Lake Campground, donde teníamos reserva. La carretera tampoco nos regaló ningún encuentro con animales. El camping se encuentra junto al lago Kathleen, a unos veintiséis kilómetros al sur de Haines Junction, y dispone de 38 parcelas.
Llegamos con un viento considerable. Encontramos nuestra parcela y empezamos a montar la tienda. Había troncos preparados para hacer fuego, pero eran enormes, como los que habíamos encontrado en Wolf Creek. Para nosotros, aquello era como intentar encender una hoguera con postes de teléfono. Así que nos internamos un poco en el bosque para recoger ramas y madera caída, por si el viento amainaba y podíamos encender el fuego en el anillo habilitado para ello.
Y, por suerte, el viento acabó calmándose.
Encendimos la fogata y preparamos la cena junto a ella. Después nos sentamos a disfrutar del calor, sin demasiadas ganas de hacer nada más. Había sido un día de preparativos, carretera y paisajes, una jornada de transición antes de la gran travesía que nos esperaba.
Nos acostamos con el viento zarandeando la tienda. La tela se movía y crujía, y el ruido acompañó buena parte de la noche. Pero habíamos conseguido encender el fuego y disfrutar de un rato agradable al aire libre. Al día siguiente comenzaba el backpacking más importante del viaje: cuatro días por delante, tres noches en la montaña y la incertidumbre de saber hasta dónde me permitiría llegar la espalda.

