Llovió durante toda la noche, con la constancia de quien tiene algo que demostrar. El agua golpeaba la tela de la tienda sin descanso, siempre al mismo ritmo, hasta que aquel repiqueteo terminó convirtiéndose en una especie de silencio. Cuando nos levantamos, hacia las nueve, había dejado de llover, pero el cielo seguía cerrado. Las nubes bajas cubrían las montañas como una manta echada sobre sus hombros.
Nos tomamos la mañana con calma. Disfrutamos un rato del paisaje encapotado, desayunamos y desmontamos la tienda. No había ninguna razón para correr. A las once, con todo recogido y las mochilas a la espalda, reanudamos la marcha.
Lo primero era cruzar Lower Victoria Creek, el vadeo que más respeto nos imponía de toda la ruta. Habíamos acampado a unos treinta metros de aquel entramado de brazos de agua y gravas, conscientes de que por la mañana nos esperaba el paso más delicado de la jornada. Sin embargo, cuando llegamos al cauce, comprobamos que el agua nos llegaba entre la espinilla y la rodilla, sin alcanzar esta última. Lo cruzamos sin ninguna dificultad.
A veces, el obstáculo más grande es la idea que uno se ha hecho de él.
Nos tomamos la mañana con calma. Disfrutamos un rato del paisaje encapotado, desayunamos y desmontamos la tienda. No había ninguna razón para correr. A las once, con todo recogido y las mochilas a la espalda, reanudamos la marcha.
Lo primero era cruzar Lower Victoria Creek, el vadeo que más respeto nos imponía de toda la ruta. Habíamos acampado a unos treinta metros de aquel entramado de brazos de agua y gravas, conscientes de que por la mañana nos esperaba el paso más delicado de la jornada. Sin embargo, cuando llegamos al cauce, comprobamos que el agua nos llegaba entre la espinilla y la rodilla, sin alcanzar esta última. Lo cruzamos sin ninguna dificultad.
A veces, el obstáculo más grande es la idea que uno se ha hecho de él.

Al otro lado, el sendero se adentró en el bosque por una antigua pista minera abandonada. El paisaje cambió por completo. Si el día anterior habíamos tenido que avanzar por laderas empinadas, sorteando piedras sueltas y vegetación que nos arañaba las piernas, ahora tocaba caminar por el fondo del valle. La pista era amplia, pero ofrecía pocas vistas. Durante unos diez kilómetros discurriría junto a Louise Lake, aunque el bosque apenas nos dejaba entrever el agua.
El principal inconveniente eran los pequeños arroyos que cruzaban el camino. Algunos se habían desbordado y habían inundado la pista, de modo que teníamos que buscar un paso alternativo entre los árboles. Si el día anterior el enemigo había sido la pendiente, aquel iba a ser el agua, en todas sus formas y presentaciones.
De vez en cuando caía una llovizna fina. La lluvia de la noche seguía prendida de las hojas y de las ramas, y cada vez que rozábamos la vegetación nos llevábamos parte de aquella humedad encima. Los pantalones se nos fueron empapando desde las perneras, las zapatillas se llenaron de agua enseguida y los bajos de la ropa empezaron a pesar más de la cuenta. Pronto dejamos de intentar mantenernos secos. No había forma.
El bosque permaneció cerrado durante buena parte del recorrido. En algún momento las nubes se abrieron y dejaron pasar unos rayos de sol, pero aquello fue apenas un espejismo. Seguimos caminando entre árboles hasta que, hacia el kilómetro diez, el paisaje empezó a concedernos algo de tregua.
El principal inconveniente eran los pequeños arroyos que cruzaban el camino. Algunos se habían desbordado y habían inundado la pista, de modo que teníamos que buscar un paso alternativo entre los árboles. Si el día anterior el enemigo había sido la pendiente, aquel iba a ser el agua, en todas sus formas y presentaciones.
De vez en cuando caía una llovizna fina. La lluvia de la noche seguía prendida de las hojas y de las ramas, y cada vez que rozábamos la vegetación nos llevábamos parte de aquella humedad encima. Los pantalones se nos fueron empapando desde las perneras, las zapatillas se llenaron de agua enseguida y los bajos de la ropa empezaron a pesar más de la cuenta. Pronto dejamos de intentar mantenernos secos. No había forma.
El bosque permaneció cerrado durante buena parte del recorrido. En algún momento las nubes se abrieron y dejaron pasar unos rayos de sol, pero aquello fue apenas un espejismo. Seguimos caminando entre árboles hasta que, hacia el kilómetro diez, el paisaje empezó a concedernos algo de tregua.


Poco antes de las dos llegamos a un arroyo sin nombre. Decidimos parar allí para comer. Sacamos las sillas plegables, extendimos la tienda, que estaba chorreando, y aprovechamos aquella débil aparición del sol para intentar secarla un poco. Nos quedamos casi una hora, agradeciendo la pausa y disfrutando de no tener que avanzar con el agua cayéndonos encima.
Poco después de reanudar la marcha apareció la mina de Johobo. En la ladera izquierda se distinguía la entrada de una antigua galería, abandonada desde que cerró la explotación, a principios de los años sesenta. De sus pequeñas vetas, encajadas en roca volcánica, se extraía bornita, un mineral de cobre de tonalidades púrpuras.
Los mineros habían dejado claros y espacios abiertos en el bosque que hoy sirven para otra cosa: permiten observar mejor el terreno y descubrir las huellas de los animales que pasan por allí. Aunque, a aquellas alturas, no necesitábamos claros para darnos cuenta de que estábamos atravesando un territorio frecuentado por ellos.
Porque aquel día vi más excrementos de oso y de alce que en toda mi vida.
El camino estaba sembrado de ellos. La mayoría de los de alce estaban secos, pero la cantidad era considerable. De los de oso contamos, como mínimo, setenta u ochenta. Algunos parecían recientes; otros llevaban tiempo allí. Había tantos que dejaron de ser una curiosidad para convertirse en una presencia constante a lo largo del recorrido.
Y, sin embargo, no vimos ni un solo animal.
En aquellos valles, los grizzlies se desplazan con las estaciones entre los prados alpinos y las zonas más bajas, donde al final del verano encuentran abundantes bayas de soapberry. También pasan por allí lobos y alces, estos últimos entre los animales más grandes de Norteamérica. El bosque estaba lleno de señales de vida, aunque sus habitantes preferían mantenerse fuera de nuestra vista.
Poco después de reanudar la marcha apareció la mina de Johobo. En la ladera izquierda se distinguía la entrada de una antigua galería, abandonada desde que cerró la explotación, a principios de los años sesenta. De sus pequeñas vetas, encajadas en roca volcánica, se extraía bornita, un mineral de cobre de tonalidades púrpuras.
Los mineros habían dejado claros y espacios abiertos en el bosque que hoy sirven para otra cosa: permiten observar mejor el terreno y descubrir las huellas de los animales que pasan por allí. Aunque, a aquellas alturas, no necesitábamos claros para darnos cuenta de que estábamos atravesando un territorio frecuentado por ellos.
Porque aquel día vi más excrementos de oso y de alce que en toda mi vida.
El camino estaba sembrado de ellos. La mayoría de los de alce estaban secos, pero la cantidad era considerable. De los de oso contamos, como mínimo, setenta u ochenta. Algunos parecían recientes; otros llevaban tiempo allí. Había tantos que dejaron de ser una curiosidad para convertirse en una presencia constante a lo largo del recorrido.
Y, sin embargo, no vimos ni un solo animal.
En aquellos valles, los grizzlies se desplazan con las estaciones entre los prados alpinos y las zonas más bajas, donde al final del verano encuentran abundantes bayas de soapberry. También pasan por allí lobos y alces, estos últimos entre los animales más grandes de Norteamérica. El bosque estaba lleno de señales de vida, aunque sus habitantes preferían mantenerse fuera de nuestra vista.

En una zona pantanosa encontramos algo todavía más llamativo. En menos de diez metros, el barro seco había conservado tres huellas enormes: una de lobo, otra de grizzly y una tercera de alce. Las contemplamos un rato. Aquello parecía el libro de visitas de quienes de verdad mandaban en aquel valle. Nosotros solo éramos dos excursionistas de paso, con las zapatillas empapadas y unas mochilas que empezaban a pesar más de lo razonable.
Continuamos por la antigua pista minera, que en algunos tramos se estrechaba hasta dejar espacio para una sola persona. La vegetación, todavía mojada, se encargaba de rematarnos los pantalones cada vez que pasábamos. También encontramos varios sectores con árboles caídos que tuvimos que sortear como pudimos.
Más adelante encontramos otro arroyo que apenas llevaba agua, pero cuyo antiguo desbordamiento había dejado una huella profunda en el terreno y había interrumpido el camino. No sabíamos cuándo había ocurrido: quizá durante algún invierno, quizá años atrás. Lo cierto es que la cicatriz seguía allí, aunque ahora el agua apenas corriese. Tuvimos que desviarnos hacia la derecha para encontrar un punto por donde cruzar. Después, el bosque volvió a cerrarse y reaparecieron los troncos caídos, que fuimos sorteando por encima o por debajo, según nos permitía el terreno.
Continuamos por la antigua pista minera, que en algunos tramos se estrechaba hasta dejar espacio para una sola persona. La vegetación, todavía mojada, se encargaba de rematarnos los pantalones cada vez que pasábamos. También encontramos varios sectores con árboles caídos que tuvimos que sortear como pudimos.
Más adelante encontramos otro arroyo que apenas llevaba agua, pero cuyo antiguo desbordamiento había dejado una huella profunda en el terreno y había interrumpido el camino. No sabíamos cuándo había ocurrido: quizá durante algún invierno, quizá años atrás. Lo cierto es que la cicatriz seguía allí, aunque ahora el agua apenas corriese. Tuvimos que desviarnos hacia la derecha para encontrar un punto por donde cruzar. Después, el bosque volvió a cerrarse y reaparecieron los troncos caídos, que fuimos sorteando por encima o por debajo, según nos permitía el terreno.

Llevábamos algo más de quince kilómetros cuando, a lo lejos, empezamos a distinguir Cottonwood Flats.


Justo antes de llegar atravesamos una zona pantanosa. Fue entonces cuando el cielo terminó de venirse abajo y nos cayó encima una auténtica manta de agua. Llevábamos los impermeables puestos, pero a esas alturas los pantalones y las zapatillas estaban tan empapados que ya no había nada que salvar. Poco importaba que lloviera más: hacía tiempo que habíamos perdido la batalla contra el agua.
Entramos en Cottonwood Flats completamente calados.
Entramos en Cottonwood Flats completamente calados.

Y entonces apareció otro mundo.
La planicie se extendía ante nosotros, casi desnuda de vegetación alta, cubierta de pasto seco y salpicada de abetos muy espaciados. Por primera vez en muchas horas, el bosque dejó de cerrarnos el horizonte. Había montañas por todas partes: a izquierda, derecha, delante y detrás. Hacia el noroeste, las cumbres de la cordillera Kluane se levantaban a lo lejos, con Mount Archibald y Mount Cairnes destacando sobre el resto.
La planicie se extendía ante nosotros, casi desnuda de vegetación alta, cubierta de pasto seco y salpicada de abetos muy espaciados. Por primera vez en muchas horas, el bosque dejó de cerrarnos el horizonte. Había montañas por todas partes: a izquierda, derecha, delante y detrás. Hacia el noroeste, las cumbres de la cordillera Kluane se levantaban a lo lejos, con Mount Archibald y Mount Cairnes destacando sobre el resto.

El nombre del valle puede llevar a engaño. Los cottonwoods que le dieron nombre son en realidad álamos balsámicos, parientes de los cottonwoods que crecen más al sur. En esta zona se agrupan río arriba. Nosotros cruzamos buena parte de aquel prado abierto, avanzando hacia el extremo donde volvían a aparecer los árboles.
Hacia las seis y pico de la tarde decidimos montar allí la tienda.
Elegimos un lugar junto a un arbusto y nos pusimos manos a la obra. Nada más terminar, descubrimos que justo detrás había una caca de oso de tamaño considerable. Nos dio exactamente igual. Llevábamos todo el día esquivando excrementos, también a lo largo de la planicie, y a aquellas alturas el hallazgo no era precisamente una novedad.
Lo importante era que habíamos llegado.
Entonces ocurrió algo que parecía preparado para compensarnos por las horas de lluvia. El cielo empezó a abrirse. Primero apareció una pequeña mancha azul entre las nubes y, poco después, salió el sol.
Sacamos las sillas plegables, cogimos unos frutos secos y nos sentamos a contemplar las laderas de enfrente. Después de un día entero de humedad, barro y ropa empapada, por fin podíamos quedarnos quietos, disfrutar del paisaje y observar el terreno por si aparecía algún animal. Permanecimos allí un buen rato, sin más obligación que descansar y dejar que el cuerpo se recuperara.
Hacia las seis y pico de la tarde decidimos montar allí la tienda.
Elegimos un lugar junto a un arbusto y nos pusimos manos a la obra. Nada más terminar, descubrimos que justo detrás había una caca de oso de tamaño considerable. Nos dio exactamente igual. Llevábamos todo el día esquivando excrementos, también a lo largo de la planicie, y a aquellas alturas el hallazgo no era precisamente una novedad.
Lo importante era que habíamos llegado.
Entonces ocurrió algo que parecía preparado para compensarnos por las horas de lluvia. El cielo empezó a abrirse. Primero apareció una pequeña mancha azul entre las nubes y, poco después, salió el sol.
Sacamos las sillas plegables, cogimos unos frutos secos y nos sentamos a contemplar las laderas de enfrente. Después de un día entero de humedad, barro y ropa empapada, por fin podíamos quedarnos quietos, disfrutar del paisaje y observar el terreno por si aparecía algún animal. Permanecimos allí un buen rato, sin más obligación que descansar y dejar que el cuerpo se recuperara.

Cottonwood Flats era un lugar magnífico. Tras tantas horas caminando por un bosque cerrado, aquella apertura del paisaje nos permitió apreciar la inmensidad de la montaña. La lluvia había transformado el día, pero también había dejado una atmósfera especial: las nubes se retiraban poco a poco, las montañas comenzaban a distinguirse con más claridad y la luz cambiaba a cada minuto.
Eso sí, los mosquitos seguían allí. Había una cantidad considerable, a pesar de que estábamos a finales de agosto. No quería ni imaginar cómo debía de ser aquel prado a principios de julio, cuando los insectos están en plena temporada. El paraíso, al parecer, también tiene sus inconvenientes.
A las ocho empezamos a preparar la cena. Mi sobrino probó el gulash y yo volví al chili con carne, acompañado, como ya se estaba convirtiendo en costumbre, de los correspondientes sobres de atún. No eran comidas de las que uno presume cuando vuelve a casa, pero después de caminar durante horas y llegar empapado a un campamento remoto, sabían francamente bien.
Cenamos sin prisa, disfrutando de la tregua que nos había concedido el tiempo. Nos quedamos allí hasta pasadas las nueve, cuando apareció un arcoíris sobre el paisaje y nos regaló una última imagen del día. Lo contemplamos mientras la luz empezaba a cambiar, como si la montaña hubiera decidido despedirnos después de habernos puesto a prueba durante toda la jornada.
Había sido un día de agua, barro y pies empapados. De arroyos desbordados, árboles caídos y decenas de rastros de animales que nunca llegamos a ver. Un día en el que avanzamos durante kilómetros sin apenas vistas y en el que, cuando ya parecía que la lluvia iba a acompañarnos hasta la noche, el cielo terminó abriéndose justo cuando más lo necesitábamos.
Y, sin embargo, la jornada acabó siendo muy buena. Quizá porque Cottonwood Flats compensó con creces las horas difíciles. Quizá porque, después de pasar tanto tiempo bajo la lluvia, sentarse bajo el sol, contemplar las montañas y cenar tranquilamente en mitad de aquel valle resultaba un lujo extraordinario.
O quizá porque, en una travesía como esta, uno acaba aprendiendo que no todos los días tienen que ser fáciles para merecer la pena.
Eso sí, los mosquitos seguían allí. Había una cantidad considerable, a pesar de que estábamos a finales de agosto. No quería ni imaginar cómo debía de ser aquel prado a principios de julio, cuando los insectos están en plena temporada. El paraíso, al parecer, también tiene sus inconvenientes.
A las ocho empezamos a preparar la cena. Mi sobrino probó el gulash y yo volví al chili con carne, acompañado, como ya se estaba convirtiendo en costumbre, de los correspondientes sobres de atún. No eran comidas de las que uno presume cuando vuelve a casa, pero después de caminar durante horas y llegar empapado a un campamento remoto, sabían francamente bien.
Cenamos sin prisa, disfrutando de la tregua que nos había concedido el tiempo. Nos quedamos allí hasta pasadas las nueve, cuando apareció un arcoíris sobre el paisaje y nos regaló una última imagen del día. Lo contemplamos mientras la luz empezaba a cambiar, como si la montaña hubiera decidido despedirnos después de habernos puesto a prueba durante toda la jornada.
Había sido un día de agua, barro y pies empapados. De arroyos desbordados, árboles caídos y decenas de rastros de animales que nunca llegamos a ver. Un día en el que avanzamos durante kilómetros sin apenas vistas y en el que, cuando ya parecía que la lluvia iba a acompañarnos hasta la noche, el cielo terminó abriéndose justo cuando más lo necesitábamos.
Y, sin embargo, la jornada acabó siendo muy buena. Quizá porque Cottonwood Flats compensó con creces las horas difíciles. Quizá porque, después de pasar tanto tiempo bajo la lluvia, sentarse bajo el sol, contemplar las montañas y cenar tranquilamente en mitad de aquel valle resultaba un lujo extraordinario.
O quizá porque, en una travesía como esta, uno acaba aprendiendo que no todos los días tienen que ser fáciles para merecer la pena.

