Día 29/08/2026
La noche transcurrió tal como prometía el cielo cuando nos acostamos: entre lloviznas, pequeñas treguas y una cubierta de nubes que no llegó a levantarse en ningún momento. Parecía que el tiempo también sabía que aquella era nuestra última noche en Haines. A la mañana siguiente nos esperaba la despedida del pueblo y, prácticamente, del viaje entero.
Repetimos el ritual de siempre: desayunamos bajo un cielo gris, desmontamos la tienda y fuimos guardándolo todo en el coche. Whitehorse nos esperaba a unas cinco horas de carretera, pero antes de marcharnos quisimos volver a Lutak Road. Nos quedaba una última oportunidad de despedirnos de nuestra familia de osos.
Y pudimos hacerlo.
A las nueve y media, allí estaba la osa con sus cuatro crías. Nos quedamos otra media hora observándolas, mientras iban y venían por el río, remontando la corriente y dejándose llevar de nuevo. A su alrededor, varios pescadores permanecían dentro del agua, ocupados en sus faenas. Hombres y osos compartían el cauce con una naturalidad sorprendente, como vecinos de toda la vida que han aprendido a convivir sin prestarse demasiada atención.
Al final, la osa y sus crías cruzaron la carretera por delante de nosotros y se quedaron a menos de veinte metros. Fue una despedida extraordinaria, de esas que uno no se atreve a pedir por miedo a tentar a la suerte. Después de tantos días observándolas, nos regalaban una última escena de proximidad, sin que tuviéramos que hacer otra cosa que quedarnos quietos y mirar.
Repetimos el ritual de siempre: desayunamos bajo un cielo gris, desmontamos la tienda y fuimos guardándolo todo en el coche. Whitehorse nos esperaba a unas cinco horas de carretera, pero antes de marcharnos quisimos volver a Lutak Road. Nos quedaba una última oportunidad de despedirnos de nuestra familia de osos.
Y pudimos hacerlo.
A las nueve y media, allí estaba la osa con sus cuatro crías. Nos quedamos otra media hora observándolas, mientras iban y venían por el río, remontando la corriente y dejándose llevar de nuevo. A su alrededor, varios pescadores permanecían dentro del agua, ocupados en sus faenas. Hombres y osos compartían el cauce con una naturalidad sorprendente, como vecinos de toda la vida que han aprendido a convivir sin prestarse demasiada atención.
Al final, la osa y sus crías cruzaron la carretera por delante de nosotros y se quedaron a menos de veinte metros. Fue una despedida extraordinaria, de esas que uno no se atreve a pedir por miedo a tentar a la suerte. Después de tantos días observándolas, nos regalaban una última escena de proximidad, sin que tuviéramos que hacer otra cosa que quedarnos quietos y mirar.
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Nos subimos al coche y empezamos a devorar kilómetros.
A unos sesenta y cinco kilómetros de Haines volvimos a entrar en Canadá por el puesto fronterizo de Pleasant Camp. Los agentes canadienses nos hicieron las preguntas habituales y pasamos el control sin el menor problema. Habíamos cruzado de nuevo la frontera y nos encontrábamos en el extremo noroccidental de la Columbia Británica.
Durante unos setenta y cinco kilómetros, la carretera atraviesa esta esquina de la provincia junto al Tatshenshini-Alsek Provincial Park, creado en 1993. El territorio es inmenso, y la carretera apenas una línea estrecha que permite asomarse a él.
La ruta asciende hasta el paso de Chilkat, a 1.070 metros, y desde allí continúa entre montañas cubiertas de tundra alpina. Las nubes se apoyaban sobre las laderas, ocultando las cumbres, y el paisaje volvía a tener aquella apariencia de fin del mundo que tanto nos había acompañado durante el viaje. No hacía falta que apareciera un animal para que el trayecto mereciera la pena. Bastaba mirar alrededor.
En el cruce de Chuck Creek paramos para consultar el plano del trailhead y aprovechar la letrina. Allí comienza el sendero hacia el Samuel Glacier, precisamente la ruta de backpacking que habíamos considerado al principio del viaje y que, finalmente, decidimos descartar.
Es el único sendero mantenido del parque y sigue una antigua pista minera por un valle subalpino amplio y abierto. Las montañas lo rodean por todas partes y, al fondo, se asoma el glaciar. Desde el punto donde estábamos ya se intuía un recorrido magnífico. En el aparcamiento había seis o siete coches, así que algunos excursionistas habían decidido internarse por allí pese al frío, la lluvia intermitente y el cielo completamente cubierto. La temperatura no debía de superar los siete u ocho grados.
Nos quedamos un rato mirando el acceso. Habíamos pasado varios días pensando en esa excursión y, aunque al final elegimos otra ruta, siempre queda la curiosidad por saber cómo habría sido la alternativa. Pero no todos los planes salen adelante, y tampoco hacía falta lamentarse. Kluane nos había regalado unas cuántas jornadas que difícilmente habríamos cambiado por otras.
Poco después llegamos al límite del Yukón. Nos detuvimos para hacernos la fotografía de rigor junto al cartel de bienvenida y descubrimos que alguien había colocado en él un par de pegatinas. Una era del Real Betis Balompié.
No pude evitar sonreír. Entre las montañas remotas del norte de Canadá, a miles de kilómetros de casa, aparecía el Betis. Andaluces por el mundo, que decimos.
Antes de llegar a Haines Junction nos desviamos por una pequeña carretera de tierra hacia Klukshu, un asentamiento estacional de pesca perteneciente a las Champagne and Aishihik First Nations. Había leído que por allí existían posibilidades de observar animales, así que decidimos probar suerte.
Klukshu, Łu Ghą en el idioma tutchone del sur, significa «lugar de pesca». Se encuentra a la salida del lago del mismo nombre, por donde el salmón remonta el río para desovar. Las familias de la zona llevan miles de años secando allí el pescado, y las trampas tradicionales de pesca continúan utilizándose.
El poblado estaba habitado. Había casas antiguas y otras más nuevas junto a un río poco profundo que, en aquel momento, estaba atestado de salmones. Resultaba curioso encontrarnos tierra adentro con una escena que nos recordaba tanto a Haines: un río convertido en fuente de alimento, con los peces remontando la corriente y las personas aprovechando un ciclo natural que conocen desde hace generaciones.
En cierto modo, era la misma historia que habíamos visto junto al Chilkoot River, aunque allí los protagonistas habían sido los osos y aquí eran las comunidades que llevan siglos viviendo de aquellos recursos. No vimos ningún animal especial, pero la parada mereció la pena por el lugar y por lo que representaba.
Al llegar a Haines Junction buscamos una pequeña tienda de recuerdos. De esas que tienen cuatro cosas contadas, pero en las que siempre termina cayendo algo. Mi sobrino se compró una gorra y yo salí con un libro: Yukon Hiking, de unas 180 páginas y con ochenta rutas descritas por la pareja responsable de la web del mismo nombre.
Era un libro de gran formato, bastante incómodo para transportar durante un viaje como aquel. Además, casi todo su contenido podía consultarse gratuitamente por internet. Pero aquella página había sido nuestra principal guía para organizar las excursiones, y me parecía justo contribuir de algún modo al trabajo de quienes habían preparado tanta información útil. Hay trabajos que merecen una pequeña recompensa, aunque uno ya tenga a mano buena parte de su contenido.
Después fuimos al Visitor Centre de Haines Junction. Allí nos esperaba una noticia relacionada con una de las rutas que habíamos tenido que descartar unos días antes: la zona del Slims River volvía a estar abierta.
Como comenté, el cierre se había decretado a mediados de agosto en el valle de Ä’äy Chù, conocido como Slims River, después de que una loba joven y solitaria comenzara a seguir y acercarse a los excursionistas. Uno de ellos había recibido una mordedura, decían.
Los lobos de Kluane suelen ser animales esquivos y, según los registros del parque, no constaban ataques anteriores de ese tipo. Parks Canada mantuvo cerrada la zona durante unas dos semanas mientras investigaba lo sucedido. Finalmente, decidió abatir a la loba y reabrir los senderos.
La noticia nos produjo una mezcla de curiosidad y pesar. Por un lado, era interesante saber que la ruta volvía a estar disponible; por otro, resultaba triste que la historia hubiera terminado así. No habíamos podido recorrer Sheep Creek ni Slims River West y ya no íbamos a hacerlo en aquel viaje, pero al menos entendíamos por qué había permanecido cerrado.
Comimos en Haines Junction y después continuamos hacia Whitehorse.
En los kilómetros de carretera que separan ambas localidades se supone que habita una manada de elks. Durante el viaje de ida tampoco habíamos conseguido verlos, y a la vuelta volvimos a tener la misma suerte: ni un solo ejemplar. Tampoco apareció ningún otro animal. Después de tantos encuentros con osos en Haines, parecía que la fauna había decidido darnos una tregua.
Llegamos a Whitehorse sobre las seis de la tarde y nos dedicamos a buscar algún recuerdo que llevarnos a casa. Recorrimos las calles principales, entramos en varias tiendas y curioseamos entre camisetas, sudaderas y otros artículos turísticos.
Al final volví a comprar un libro: Mountain Footsteps, de Janice Strong. Reunía rutas del East Kootenay, en el sureste de la Columbia Británica, entre las Montañas Rocosas y las Purcell, al otro lado del Rocky Mountain Trench. Lo había añadido tiempo atrás a mi lista de deseos de Amazon porque quería conocer mejor aquella región y valorar si podía convertirse en un futuro destino para nuestras excursiones de senderismo y trekking.
Encontrarlo allí fue una pequeña suerte. Además de evitar tener que pedirlo y pagar los gastos de envío, me ahorraba los posibles trámites aduaneros y los impuestos asociados a traerlo a España. Pero, sobre todo, me llevaba una nueva colección de rutas para seguir soñando con las montañas.
A las siete y pico de la tarde nos dirigimos al aeropuerto para devolver el coche. Justo al entrar vimos un zorro, otro más para la colección, y conseguimos hacerle un par de fotografías. Parecía que el Yukón quería despedirnos con un último guiño.
En la oficina de Budget no había nadie. Dejamos las llaves en el cajetín habilitado para ello, cogimos las maletas y nos fuimos al Airport Chalet, el mismo hotel en el que habíamos pasado la primera noche del viaje.
Hicimos el check-in y nos dieron una habitación muy parecida a la de entonces. Resultaba curioso estar de vuelta en el mismo sitio, después de tantas carreteras, lagos, senderos, campamentos y noches en la tienda. Al comenzar el viaje, aquel hotel había sido una simple parada antes de salir hacia el norte. Ahora era el punto final de nuestra aventura por el Yukón y Alaska.
Bajamos a cenar al restaurante del hotel. Y, esta vez, la cena estuvo fantástica.
Mi sobrino pidió una hamburguesa que estaba muy rica y yo elegí unos filetes hechos al carbón, acompañados de una cerveza. Disfrutamos del momento sin ninguna prisa, saboreando la comida y la comodidad de estar sentados en una mesa después de tantos días cocinando en plena naturaleza. Fue nuestra manera de despedirnos del gran viaje.
No necesitábamos mucho más.
A unos sesenta y cinco kilómetros de Haines volvimos a entrar en Canadá por el puesto fronterizo de Pleasant Camp. Los agentes canadienses nos hicieron las preguntas habituales y pasamos el control sin el menor problema. Habíamos cruzado de nuevo la frontera y nos encontrábamos en el extremo noroccidental de la Columbia Británica.
Durante unos setenta y cinco kilómetros, la carretera atraviesa esta esquina de la provincia junto al Tatshenshini-Alsek Provincial Park, creado en 1993. El territorio es inmenso, y la carretera apenas una línea estrecha que permite asomarse a él.
La ruta asciende hasta el paso de Chilkat, a 1.070 metros, y desde allí continúa entre montañas cubiertas de tundra alpina. Las nubes se apoyaban sobre las laderas, ocultando las cumbres, y el paisaje volvía a tener aquella apariencia de fin del mundo que tanto nos había acompañado durante el viaje. No hacía falta que apareciera un animal para que el trayecto mereciera la pena. Bastaba mirar alrededor.
En el cruce de Chuck Creek paramos para consultar el plano del trailhead y aprovechar la letrina. Allí comienza el sendero hacia el Samuel Glacier, precisamente la ruta de backpacking que habíamos considerado al principio del viaje y que, finalmente, decidimos descartar.
Es el único sendero mantenido del parque y sigue una antigua pista minera por un valle subalpino amplio y abierto. Las montañas lo rodean por todas partes y, al fondo, se asoma el glaciar. Desde el punto donde estábamos ya se intuía un recorrido magnífico. En el aparcamiento había seis o siete coches, así que algunos excursionistas habían decidido internarse por allí pese al frío, la lluvia intermitente y el cielo completamente cubierto. La temperatura no debía de superar los siete u ocho grados.
Nos quedamos un rato mirando el acceso. Habíamos pasado varios días pensando en esa excursión y, aunque al final elegimos otra ruta, siempre queda la curiosidad por saber cómo habría sido la alternativa. Pero no todos los planes salen adelante, y tampoco hacía falta lamentarse. Kluane nos había regalado unas cuántas jornadas que difícilmente habríamos cambiado por otras.
Poco después llegamos al límite del Yukón. Nos detuvimos para hacernos la fotografía de rigor junto al cartel de bienvenida y descubrimos que alguien había colocado en él un par de pegatinas. Una era del Real Betis Balompié.
No pude evitar sonreír. Entre las montañas remotas del norte de Canadá, a miles de kilómetros de casa, aparecía el Betis. Andaluces por el mundo, que decimos.
Antes de llegar a Haines Junction nos desviamos por una pequeña carretera de tierra hacia Klukshu, un asentamiento estacional de pesca perteneciente a las Champagne and Aishihik First Nations. Había leído que por allí existían posibilidades de observar animales, así que decidimos probar suerte.
Klukshu, Łu Ghą en el idioma tutchone del sur, significa «lugar de pesca». Se encuentra a la salida del lago del mismo nombre, por donde el salmón remonta el río para desovar. Las familias de la zona llevan miles de años secando allí el pescado, y las trampas tradicionales de pesca continúan utilizándose.
El poblado estaba habitado. Había casas antiguas y otras más nuevas junto a un río poco profundo que, en aquel momento, estaba atestado de salmones. Resultaba curioso encontrarnos tierra adentro con una escena que nos recordaba tanto a Haines: un río convertido en fuente de alimento, con los peces remontando la corriente y las personas aprovechando un ciclo natural que conocen desde hace generaciones.
En cierto modo, era la misma historia que habíamos visto junto al Chilkoot River, aunque allí los protagonistas habían sido los osos y aquí eran las comunidades que llevan siglos viviendo de aquellos recursos. No vimos ningún animal especial, pero la parada mereció la pena por el lugar y por lo que representaba.
Al llegar a Haines Junction buscamos una pequeña tienda de recuerdos. De esas que tienen cuatro cosas contadas, pero en las que siempre termina cayendo algo. Mi sobrino se compró una gorra y yo salí con un libro: Yukon Hiking, de unas 180 páginas y con ochenta rutas descritas por la pareja responsable de la web del mismo nombre.
Era un libro de gran formato, bastante incómodo para transportar durante un viaje como aquel. Además, casi todo su contenido podía consultarse gratuitamente por internet. Pero aquella página había sido nuestra principal guía para organizar las excursiones, y me parecía justo contribuir de algún modo al trabajo de quienes habían preparado tanta información útil. Hay trabajos que merecen una pequeña recompensa, aunque uno ya tenga a mano buena parte de su contenido.
Después fuimos al Visitor Centre de Haines Junction. Allí nos esperaba una noticia relacionada con una de las rutas que habíamos tenido que descartar unos días antes: la zona del Slims River volvía a estar abierta.
Como comenté, el cierre se había decretado a mediados de agosto en el valle de Ä’äy Chù, conocido como Slims River, después de que una loba joven y solitaria comenzara a seguir y acercarse a los excursionistas. Uno de ellos había recibido una mordedura, decían.
Los lobos de Kluane suelen ser animales esquivos y, según los registros del parque, no constaban ataques anteriores de ese tipo. Parks Canada mantuvo cerrada la zona durante unas dos semanas mientras investigaba lo sucedido. Finalmente, decidió abatir a la loba y reabrir los senderos.
La noticia nos produjo una mezcla de curiosidad y pesar. Por un lado, era interesante saber que la ruta volvía a estar disponible; por otro, resultaba triste que la historia hubiera terminado así. No habíamos podido recorrer Sheep Creek ni Slims River West y ya no íbamos a hacerlo en aquel viaje, pero al menos entendíamos por qué había permanecido cerrado.
Comimos en Haines Junction y después continuamos hacia Whitehorse.
En los kilómetros de carretera que separan ambas localidades se supone que habita una manada de elks. Durante el viaje de ida tampoco habíamos conseguido verlos, y a la vuelta volvimos a tener la misma suerte: ni un solo ejemplar. Tampoco apareció ningún otro animal. Después de tantos encuentros con osos en Haines, parecía que la fauna había decidido darnos una tregua.
Llegamos a Whitehorse sobre las seis de la tarde y nos dedicamos a buscar algún recuerdo que llevarnos a casa. Recorrimos las calles principales, entramos en varias tiendas y curioseamos entre camisetas, sudaderas y otros artículos turísticos.
Al final volví a comprar un libro: Mountain Footsteps, de Janice Strong. Reunía rutas del East Kootenay, en el sureste de la Columbia Británica, entre las Montañas Rocosas y las Purcell, al otro lado del Rocky Mountain Trench. Lo había añadido tiempo atrás a mi lista de deseos de Amazon porque quería conocer mejor aquella región y valorar si podía convertirse en un futuro destino para nuestras excursiones de senderismo y trekking.
Encontrarlo allí fue una pequeña suerte. Además de evitar tener que pedirlo y pagar los gastos de envío, me ahorraba los posibles trámites aduaneros y los impuestos asociados a traerlo a España. Pero, sobre todo, me llevaba una nueva colección de rutas para seguir soñando con las montañas.
A las siete y pico de la tarde nos dirigimos al aeropuerto para devolver el coche. Justo al entrar vimos un zorro, otro más para la colección, y conseguimos hacerle un par de fotografías. Parecía que el Yukón quería despedirnos con un último guiño.
En la oficina de Budget no había nadie. Dejamos las llaves en el cajetín habilitado para ello, cogimos las maletas y nos fuimos al Airport Chalet, el mismo hotel en el que habíamos pasado la primera noche del viaje.
Hicimos el check-in y nos dieron una habitación muy parecida a la de entonces. Resultaba curioso estar de vuelta en el mismo sitio, después de tantas carreteras, lagos, senderos, campamentos y noches en la tienda. Al comenzar el viaje, aquel hotel había sido una simple parada antes de salir hacia el norte. Ahora era el punto final de nuestra aventura por el Yukón y Alaska.
Bajamos a cenar al restaurante del hotel. Y, esta vez, la cena estuvo fantástica.
Mi sobrino pidió una hamburguesa que estaba muy rica y yo elegí unos filetes hechos al carbón, acompañados de una cerveza. Disfrutamos del momento sin ninguna prisa, saboreando la comida y la comodidad de estar sentados en una mesa después de tantos días cocinando en plena naturaleza. Fue nuestra manera de despedirnos del gran viaje.
No necesitábamos mucho más.

Nos retiramos pronto a la habitación. El avión salía a las cinco de la madrugada, así que tocaba levantarse a las tres. La última noche en Canadá iba a ser corta, pero al menos dormiríamos bajo techo, con una cama de verdad y sin tener que preocuparnos por el viento, los osos o la lluvia.
Días 30 y 31/08/2026
A las tres de la madrugada sonó el despertador. Recogimos nuestras cosas deprisa, dejamos las llaves y cruzamos hacia el aeropuerto bajo una lluvia intensa. Llegamos algo empapados, una última concesión del tiempo canadiense, que parecía empeñado en acompañarnos hasta el final.
En el aeropuerto había una cola larguísima para facturar las maletas. Todo se retrasó un poco, aunque sin mayores consecuencias. Finalmente, el avión despegó poco después de las cinco.
En Vancouver teníamos prevista una escala de una hora, pero el retraso del vuelo convirtió aquel margen en prácticamente nada. Bajamos del avión y salimos corriendo hacia la puerta de embarque del siguiente. Esta vez volábamos directamente a Toronto, no a Montreal, como había ocurrido durante el viaje de ida.
Cuando llegamos al avión, pensamos que ya estaba todo resuelto. Pero todavía nos aguardaba otra espera. Nos quedamos sentados dentro durante una hora y media, más o menos, sin despegar porque la puerta no cerraba correctamente.
Empezamos a preocuparnos por la conexión entre Toronto y Madrid. Por suerte, teníamos algo más de tres horas de margen, y aquel dato me ayudaba a mantener la calma. Aun así, estar atrapado en un avión que no termina de salir, después de una escala ya de por sí ajustada, no es precisamente la mejor manera de comenzar el regreso.
El vuelo hasta Toronto fue largo y pesado, como suelen ser estos trayectos, y curiosamente no nos dieron comida. Cuando aterrizamos, apenas tuvimos tiempo para bajar del avión y dirigirnos directamente a la puerta del siguiente vuelo. No debimos de descansar más de cuarenta o cuarenta y cinco minutos antes de volver a embarcar.
Nos esperaba el último tramo de la vuelta: Toronto-Madrid, el resto de la noche en el aire.
Durante el viaje tuve tiempo de pensar en algo que me había preocupado antes de salir de casa. Había comenzado la aventura con bastante miedo a que la espalda me impidiera hacer las excursiones que tenía en mente. Llevaba tiempo con molestias y no sabía cómo respondería después de varias jornadas consecutivas caminando con una mochila pesada.
La realidad fue bastante mejor de lo que había temido. Durante las excursiones, la espalda se comportó razonablemente bien. Al empezar a caminar solía notar cierto dolor, pero a medida que avanzaba se me iba pasando. Había tenido días duros, pendientes exigentes y más de una jornada de muchos kilómetros, pero la espalda había aguantado.
Donde sí sufrí fue en los aviones. Tantas horas sentado, con pocas oportunidades de moverme y siendo alto como soy, terminaban pasándome factura. El último vuelo, de Toronto a Madrid, fue especialmente pesado. Al final, la espalda se resintió más por permanecer inmóvil durante horas que por las caminatas en plena montaña.
Llegamos a Madrid durante la mañana del día 31. Esperamos las maletas y, por suerte, aparecieron sin problemas. Después fuimos al aparcamiento a recoger el coche y pusimos rumbo a Jaén.
Allí dejé a mi sobrino. Llegamos a mediodía, justo a tiempo para comer con mis hermanos. Fue una parada agradable para poner el punto final al viaje juntos antes de continuar cada uno hacia su casa.
Después volví a coger el coche y emprendí el camino hacia Almería. Llegué por la tarde, completamente fundido después de tantas horas de vuelos, aeropuertos, esperas y carretera. El viaje había terminado de verdad.
Del Yukón y Alaska me traje muchas cosas: fotografías, recuerdos de montañas y glaciares, imágenes de osos pescando en el Chilkoot River, la experiencia de completar más de ochenta kilómetros de backpacking y la satisfacción de haber conseguido mucho más de lo que esperaba cuando salí de casa, con tantas dudas sobre mi espalda.
También me traje dos libros de rutas.
Puede parecer poca cosa después de recorrer miles de kilómetros, cruzar fronteras y pasar tantos días en la naturaleza. Pero no lo es. Un libro de rutas guarda caminos que todavía no hemos recorrido, montañas que aún no hemos visto y lugares que, de momento, solo existen en nuestra imaginación.
Un libro de rutas es una manera de seguir caminando sentado.
Días 30 y 31/08/2026
A las tres de la madrugada sonó el despertador. Recogimos nuestras cosas deprisa, dejamos las llaves y cruzamos hacia el aeropuerto bajo una lluvia intensa. Llegamos algo empapados, una última concesión del tiempo canadiense, que parecía empeñado en acompañarnos hasta el final.
En el aeropuerto había una cola larguísima para facturar las maletas. Todo se retrasó un poco, aunque sin mayores consecuencias. Finalmente, el avión despegó poco después de las cinco.
En Vancouver teníamos prevista una escala de una hora, pero el retraso del vuelo convirtió aquel margen en prácticamente nada. Bajamos del avión y salimos corriendo hacia la puerta de embarque del siguiente. Esta vez volábamos directamente a Toronto, no a Montreal, como había ocurrido durante el viaje de ida.
Cuando llegamos al avión, pensamos que ya estaba todo resuelto. Pero todavía nos aguardaba otra espera. Nos quedamos sentados dentro durante una hora y media, más o menos, sin despegar porque la puerta no cerraba correctamente.
Empezamos a preocuparnos por la conexión entre Toronto y Madrid. Por suerte, teníamos algo más de tres horas de margen, y aquel dato me ayudaba a mantener la calma. Aun así, estar atrapado en un avión que no termina de salir, después de una escala ya de por sí ajustada, no es precisamente la mejor manera de comenzar el regreso.
El vuelo hasta Toronto fue largo y pesado, como suelen ser estos trayectos, y curiosamente no nos dieron comida. Cuando aterrizamos, apenas tuvimos tiempo para bajar del avión y dirigirnos directamente a la puerta del siguiente vuelo. No debimos de descansar más de cuarenta o cuarenta y cinco minutos antes de volver a embarcar.
Nos esperaba el último tramo de la vuelta: Toronto-Madrid, el resto de la noche en el aire.
Durante el viaje tuve tiempo de pensar en algo que me había preocupado antes de salir de casa. Había comenzado la aventura con bastante miedo a que la espalda me impidiera hacer las excursiones que tenía en mente. Llevaba tiempo con molestias y no sabía cómo respondería después de varias jornadas consecutivas caminando con una mochila pesada.
La realidad fue bastante mejor de lo que había temido. Durante las excursiones, la espalda se comportó razonablemente bien. Al empezar a caminar solía notar cierto dolor, pero a medida que avanzaba se me iba pasando. Había tenido días duros, pendientes exigentes y más de una jornada de muchos kilómetros, pero la espalda había aguantado.
Donde sí sufrí fue en los aviones. Tantas horas sentado, con pocas oportunidades de moverme y siendo alto como soy, terminaban pasándome factura. El último vuelo, de Toronto a Madrid, fue especialmente pesado. Al final, la espalda se resintió más por permanecer inmóvil durante horas que por las caminatas en plena montaña.
Llegamos a Madrid durante la mañana del día 31. Esperamos las maletas y, por suerte, aparecieron sin problemas. Después fuimos al aparcamiento a recoger el coche y pusimos rumbo a Jaén.
Allí dejé a mi sobrino. Llegamos a mediodía, justo a tiempo para comer con mis hermanos. Fue una parada agradable para poner el punto final al viaje juntos antes de continuar cada uno hacia su casa.
Después volví a coger el coche y emprendí el camino hacia Almería. Llegué por la tarde, completamente fundido después de tantas horas de vuelos, aeropuertos, esperas y carretera. El viaje había terminado de verdad.
Del Yukón y Alaska me traje muchas cosas: fotografías, recuerdos de montañas y glaciares, imágenes de osos pescando en el Chilkoot River, la experiencia de completar más de ochenta kilómetros de backpacking y la satisfacción de haber conseguido mucho más de lo que esperaba cuando salí de casa, con tantas dudas sobre mi espalda.
También me traje dos libros de rutas.
Puede parecer poca cosa después de recorrer miles de kilómetros, cruzar fronteras y pasar tantos días en la naturaleza. Pero no lo es. Un libro de rutas guarda caminos que todavía no hemos recorrido, montañas que aún no hemos visto y lugares que, de momento, solo existen en nuestra imaginación.
Un libro de rutas es una manera de seguir caminando sentado.
FIN
Finalmente, os dejo un video de todo el viaje, sin ninguna pretensión.
