Cinco y media de la mañana. Bahía Drake, café, piti y salida del sol. Impagable. La playa estaba desierta y los primeros rayos de sol dejaban entrever todo el colorido de la selva que la rodea. El sonido de los pájaros ponía una perfecta banda sonora al espectáculo. Sí, Bahía Drake me había enganchado.
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Amanecer en Bahía Drake.
Javier llegó a la playa con el resto del grupo hacia las seis. Una pareja de alemanes, una alemana solitaria, un grupo de Ibiza, Melanie y el menda. Meterse en la barca con el oleaje que había no iba a ser tarea fácil. Había que esperar a que la ola rompiera contra la proa de la barca para saltar rápidamente sino el trompazo contra la barca podía ser monumental. Iniciamos la salida de Bahía Drake. La barca atacaba las últimas olas antes de entrar en mar abierto. El sol ascendía lentamente anunciando otro día de calor sofocante y la explosión de colores del mar y la vegetación de Drake iba en aumento mientras la barca maniobraba a babor para encarar los primeros tramos de costa hacia Corcovado.
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Salida de Bahía Drake.
Poco a poco aparecían pequeñas playas desiertas prácticamente engullidas por la selva. Llevábamos media hora de viaje cuando Javier señaló hacia la costa. “Ahí está la estación de San Pedrillo”, sólo se veía selva y más selva.
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Hacia Corcovado.
Estábamos en la entrada de Corcovado tras haber recorrido 16 kilómetros. La barca continuaba avanzando mientras el majestuoso Corcovado aparecía frente a nosotros. Kilómetros y kilómetros de selva inacabable que sólo el mar podía frenar. Quedaban otros 16 kilómetros y media hora más hasta la estación Sirena, el corazón del Parque.
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Corcovado desde el mar.
La playa de la estación Sirena tampoco es lo que consideramos una playa paradisíaca. Agua turbia, olas de campeonato (donde habré dejado mi tabla de surf...) y guijarros en vez de arena blanca y fina. Pero tenía el encanto del cuelgue de aquellas zonas recónditas a salvo de la masificación turística. Una delicia.
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Corcovado. Playa Estación Sirena.
La estación Sirena está a un kilómetro hacia el interior del Parque pero iniciamos la caminata por la playa de Corcovado. La arena estaba plagada de cangrejos ermitaños, no sabías donde pisar para no chafarlos. Chanclas fuera, botas y repelente de mosquitos y demás bichejos. Empezamos a ver gavilanes cangrejeros, pavones, colibríes y más pajarillos de los que no me acuerdo el nombre. Javier era un buen guía. Iba delante y se paraba al escuchar algún canto familiar. Plantaba sus prismáticos y ahí donde tú sólo veías verde, aparecía un pájaro. Estaban por todos lados. De repente se paró en seco frente a unas huellas de tapir que había en la playa. “No debe hacer más de media hora que ha pasado por aquí”, dijo en voz baja. Dimos dos pasos y de repente salió el tapir de la selva y se empezó a pasear por la playa con la calma. Nunca había visto un bicho de éstos y me los imaginaba más pequeños. Era un macho grandote y se paseó frente a nosotros sin inmutarse, a su bola. Cruzamos el río Sirena y nos adentramos en la selva.
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"algo" viene por ahí....
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Tapir.
Meterse en la selva de Corcovado es toda una experiencia. Estás en la playa y tan sólo oyes el ruido de las olas del mar, das unos pasos, te metes en la selva y sólo oyes eso, la selva. Es un ruido ensordecedor pero soportable y difícil de explicar. Como sin un millón de grillos se hubieran puesto de acuerdo para cantar a la vez. Sales a la playa, olas, entras en la selva, grillos. El calor es soportable pero la humedad es brutal, vas sudado desde el primer minuto. Por suerte, no había mosquitos ni bichejos que te tocaran las bolas.
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Entrada en la selva de Corcovado.
El sendero que estábamos siguiendo me recordó que la decisión de pasear Corcovado con guía había sido acertada. Sólo vi una indicación durante los cinco kilómetros que llevábamos (y estaba a punto de caerse de lo podrida que estaba por la humedad) y del sendero principal partían numerosos senderillos en todas direcciones. Perderse por ahí no parecía muy difícil y una vez te sales del sendero y te metes en la selva…..chungo.
Hicimos unos cinco kilómetros por bosque secundario (bosque que se ha cortado o quemado en el pasado). Era muy frondoso y bastante desorganizado. Aparecieron ardillas de cola roja, agutíes, mariposas Morpho (gigantes), basiliscos (te transportaban al Parque Jurásico), garrobos (una especie de iguana). Le pregunté a Javier por el Jaguar y me comentó que quedan unos 50 diseminados por el parque. La probabilidad de verlos era casi nula. Había más probabilidad de ver ocelotes si hiciéramos una caminata nocturna. De repente pasamos al bosque primario (bosque que nunca se ha cortado o quemado), una auténtica maravilla. Me lo imaginaba como algo exuberante y completamente frondoso, algo explosivo, y era todo lo contrario. Muy organizado, árboles gigantescos y altísimos y un estrato secundario de árboles más bajos, palmeras y arbustos tropicales. Una delicia para pasear imposible de meter en una cámara de fotos.
Durante nuestro paso por el bosque primario los monos empezaron a aparecer. Monos aulladores apalancados en las ramas de los árboles más altos, monos araña saltando de rama en rama, monos cariblancos mirándote con careto de curiosidad y alguna meadilla que soltó alguno desde diez metros de altura. Todo un espectáculo para la vista y un suplicio para las cervicales.
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Mono Aullador o Congo.
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Mono Araña.
Al final del trayecto, cuando ya parecía que estaba todo el pescado vendido y ya íbamos bastante cansados, Javier frenó en seco y plantó sus binoculares apuntando hacia lo alto. Un perezoso cachondo estaba estirado en una rama a 15 metros de altura con la cara sonriente y la típica pose de “!A la buena vida!”. Mirándolo detenidamente podías apreciar que era el vivo ejemplo de la felicidad. Sólo le faltaba decir, “Pura Vida, Mae!”.
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Perezoso.
Caminar por la selva es muy diferente a caminar por la montaña. Te cansas el doble. La humedad alta y los senderos, llenos de raíces, ríos que cruzar y pendientes enfangadas hacen que vayas más lento.
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Corcovado. Raices.
Llegamos a la estación Sirena cuatro horas después de haber entrado en la selva, sudados de arriba a abajo. La edificación era bastante rudimentaria, básica, pero suficiente. Podías quedarte a pasar noche sin ningún tipo de lujos. Estaba completamente rodeada por la selva excepto por el oeste, donde se abría al mar a través de la Playa Sirena. Tras la comida, paseo de una hora más y vuelta a la barca para emprender el viaje hacia Bahía Drake. Esperaba ver más animales pero lo cierto es que, a pesar de ello, Corcovado había merecido la pena.
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Estación Sirena.
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Estación Sirena
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Corcovado. En formación.
Llegamos a Drake sobre las dos de la tarde. La ducha con agua fría en cabinas Manolo me sentó de maravilla (aunque a los cinco minutos vuelvas a estar sudando, no hay na que hacer). Una Imperial helada mientras hablaba con Albert sobre las mujeres ticas. Me comentaba que la mujer costarricense, por lo general, huye de los turistas. Prefiere a los locales. Le pregunté el porqué y no lo sabía, pero así era. Curioso si se compara con otros países donde, por lo general, las mujeres locales son auténticas “cazagringos”. Albert cambió rápidamente de tema y pasó a ofrecerme una parcela de tierra en la zona de Dominical, una playa de la costa del Pacífico. No tenía escritura notarial pero sí que tenía “escritura personal”….Como?. Me la ofrecía por $40.000 y al ver que no estaba muy interesado la bajo a $30.000 de inmediato. “Si encuentro a alguien interesado, ya te enviare un mail, Albert”.
Pasear por Agujitas en dirección a Bahía Drake es una gozada para quien le guste lo local, aunque sea “cutre”. Una panadería pequeñita, una soda, una pulpería, una agencia de tours por Corcovado e Isla del Caño, una iglesia y poca cosa más. Todas las edificaciones son de madera con techo de aluminio acanalado bastante oxidado. La “calle” es el camino de tierra que lleva a la bahía. Por la puerta de la iglesia se escuchaban cantos del tipo “Alaba al Señor, El es tu Dios, no te abandona”, sonaban bien. Algunos locales que había visto el día anterior ya empezaban a saludar cuando pasaba a su lado, me encontraba a gusto. Tras dejar atrás Agujitas empiezas a bajar una pendiente y aparece Bahía Drake. El calor era insoportable y me fui directo al agua, no estaba muy caliente. La playa estaba vacía. Algunos locales realizaban sus tareas diarias (cortar un árbol a machetazos, ordenar las estanterías de la pulpería, cortar arbustos, transportar unos paquetes), a pocos metros de donde estaba. Se respiraba una calma deliciosa. Me empané mirando el bosque tropical que rodeaba la bahía, las olas como llegaban mansamente a la orilla, las pequeñas playas que aparecían en la distancia. Me desperté con el ruido de una barca que estaba peleándose con las olas intentando llegar a la orilla y me fui a buscar el único punto de conexión a internet que había en la zona.
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Calma en Bahía Drake.
Melanie, Javier y yo estábamos cenando cuando aparecieron Carmito y Karina por cabinas Manolo. El era de Haití y tenia un nombre gracioso. Karina era canadiense y ecologista activista. Hacían una pareja curiosa pero se les veía con muy buena sintonía. Se unieron a nosotros para cenar y tras una corta sobremesa nos fuimos todos a dormir sobre las nueve de la noche. El cansancio de Corcovado era importante pero sarna con gusto no pica. Un gran día.