Era la mañana del 12 de marzo y el vuelo hacia NY salía a las 13:30, así que madrugamos para estar allí tres horas antes, tal como nos había recomendado Iberia en un mail, por el tema de controles y demás. Menos mal que fuimos con tiempo porque primero pasamos el control de seguridad normal, el de siempre, las maletas (equipaje de mano) por un scaner y nosotros por el arco; después, pasamos el control de pasaportes y le preguntamos a la chica (policía) que si teníamos que pasar algún control más y nos dijo que no, muy informada sí señor. Nos fuimos a tomar algo relajadamente pensando que nos quedaban casi tres horas por delante antes de embarcar, pero una hora antes del embarque decidimos mejor ir hasta la puerta que nos tocaba (los nervios, menos mal) y nos quedamos a cuadros cuando llegamos y vemos unas colas enormes para pasar a la zona de las puertas de embarque de los vuelos que van a USA. Esto era el control adicional que han puesto hace poco sólo para USA: te cachean, tienes que sacar lo que tengas en los bolsillos y te registran todo, absolutamente todo, el equipaje de mano. Nosotros que sólo llevábamos equipaje de mano estuvimos un buen rato viendo como nos desordenaban las maletas que tanto nos había costado cerrar.
Pasado este último trámite, nos compramos unas revistas para el vuelo, esperamos un poco más y ya nos tocó… ¡rumbo a la city!

El vuelo muy bien, a pesar de la duración creo que ha sido uno de los vuelos más amenos de mi vida. Primero leímos un rato y enseguida nos trajeron la comida: fideuá o albóndigas, pedimos una cosa cada uno para compartir y así comíamos primero y segundo. Venía también un poco de ensaladilla rusa y un trozo de tarta, todo bastante bueno la verdad para ser comida de avión.


Después de la comida una película y al rato la merienda: un bocadillo de jamón cocido, una palmerita, un kit-kat…

Luego pusieron otra peli y cuando terminó leímos otro rato y ya enseguida llegamos.
Al bajar del avión nos dirigimos a la cola de inmigración, que no era precisamente pequeña… estaríamos como media hora o más, nos tocó una tía bastante borde y seca pero pasamos sin problemas. A la salida, nos dirigimos hacia el Airtrain siguiendo las indicaciones. Aquí tuvimos un poco de caos porque teníamos que llamar al casero del apartamento en el que nos íbamos a quedar y no nos cogía el teléfono así que tuvimos que dejarle un mensaje en el contestador que con nuestro inglés, las prisas y demás os podéis imaginar…
El Airtrain nos dejó en Jamaica, allí hay que sacar el billete para poder salir. Hay unas máquinas pero había personas de la MTA para indicarte y nos dijeron que lo comprásemos en un quiosco así que lo compramos allí junto con la Metrocard de 7 días y una tarjeta para llamar por teléfono a casa (llamamos allí mismo desde una cabina).
En Jamaica teníamos que coger la línea E hasta Lexington Avenue y allí la 6 hasta la calle 28 (nuestro apartamento estaba en la calle 29 entre las avenidas 2ª y 3ª). Primer despiste con la orientación, sales del metro en la 28 y te diriges a la 29 pero luego ¿hacia donde está el número al que vas, hacia el este o hacia el oeste? Lo encontramos relativamente rápido y allí estaba el casero, esperándonos.
La opción del apartamento la verdad es que nos resultó muy muy bien. Lo alquilamos por urbanliving, elegimos ése por la ubicación y por el precio (unos 100€ la noche, igual que un hotel de los normalitos). La ventaja respecto a un hotel es que tienes mucho más espacio y que, como tienes cocina, puedes hacer los desayunos allí (por muy caros que sean los supermercados te ahorras dinero) y algunas cenas. Teníamos un supermercado Gristedes cerca. El casero resultó ser un chico muy joven y súper agradable que nos dio un montón de consejos y nos recomendó bastantes sitios para ir.
Esa noche la idea era ir a cenar algo al Ellen Stardust Dinner y luego a tomar una copa al 230 fifth pero, tras ver la cara que puso el casero cuando le dijimos que iríamos a cenar allí, decidimos cambiarlo por uno que él nos recomendó cerca del apartamento que no estuvo mal, nada del otro mundo.
Después de cenar dimos un paseo por la 5ª pero decidimos dejar el 230 para otro día porque llovía a ratos y todavía quedaban muchos días… Lo más gracioso fue cuando vimos el Empire y nos quedamos “¿ése es el Empire? No creo es muy pequeño ¿no? No puede ser, si el Empire sobresale muchísimo más de lo edificios que lo rodean ¿además no está unas calles más arriba?” Pues no. Miramos la guía y por situación estaba claro que era el Empire, lo que pasa es que cuando uno se imagina NY se cree que los edificios van a llegar casi al cielo y claro, no es así, una vez allí todo parece más pequeño de lo que habías imaginado…
