Hoy retomamos el camino ya andado y bajamos un poco hasta Sinaia. Habiendo vivido ya la experiencia de las caravanas, no nos pilló de sorpresa la cola entre Azuga y Bucegui y lo caótico de la propia ciudad.
El Palacio Peles, nuestro objetivo, lo encontramos sin problemas gracias a las indicaciones sacadas de Internet. A ver, os cuento: cuando se llega a la ciudad hay que seguir dirección centro, y hay que aparcar en el segundo parking para ahorrarse una buena subida. Desde luego para ser uno de los monumentos más visitados de Rumanía no está lo que se dice bien anunciado.
Este palacio es realmente maravilloso. Al subir la boscosa colina se empieza a divisar el imponente edificio, tipo palacio de Baviera (¡qué manía de compararlo con Versalles, no tiene nada que ver!), rodeado de otras edificaciones menores con estructura similar.
El Palacio Peles, nuestro objetivo, lo encontramos sin problemas gracias a las indicaciones sacadas de Internet. A ver, os cuento: cuando se llega a la ciudad hay que seguir dirección centro, y hay que aparcar en el segundo parking para ahorrarse una buena subida. Desde luego para ser uno de los monumentos más visitados de Rumanía no está lo que se dice bien anunciado.
Este palacio es realmente maravilloso. Al subir la boscosa colina se empieza a divisar el imponente edificio, tipo palacio de Baviera (¡qué manía de compararlo con Versalles, no tiene nada que ver!), rodeado de otras edificaciones menores con estructura similar.

A los niños les hizo una gracia tremenda entrar en el palacio que llevaban un año viendo en la pantalla de mi ordenador y ya, sólo con esto, se animaron a subir. En alguno de los árboles se veían carteles avisando de que se tenga cuidado con los osos, que no son animales domésticos ¡qué pena! ¡por mucho que avisan por aquí no hay ni señal! habrá que volver en invierno.

En el patio del palacio donde se compran las entradas los grupos de visitantes formaban un buen barullo, pero casi ni nos dimos cuenta porque la belleza del sitio nos trasladó a otro tiempo. Teníamos a la vista miles de detalles en los que fijarnos: los trampantojos en las paredes, los repujados en las maderas, las esculturas, muchas de emperadores romanos (están Trajano y Augusto)… Decidimos comprar las entradas con tour completo y tasa de fotos, y nos alegramos un montón, merece la pena al cien por cien, a pesar de que el precio es bastante alto.

Al intentar acceder nos hicimos un lío. Sigue la desorganización rumana y no conseguíamos averiguar por dónde se entraba. Decidimos preguntar a un muchacho español y, mira por donde, formaba parte de un grupo de touroperador que nos animaron a que entrásemos con ellos sin más: ¡son nuestros primos! ¡son nuestros vecinos! les decían los más lanzados a la guía; algunos nos miraron un poco de reojo, la guía se encogió de hombros, y cómo la verdad es que tampoco sabíamos muy bien qué hacer, terminamos pasando y así, por pura suerte, vimos el Castillo Peles con guía española y en un grupo reducido. Y nada, nos calzamos los obligatorios patucos y pasamos.
El edificio por dentro es tremendamente lujoso, no exactamente un lujo de dorados y marmolados, sino auténtico. Cuando en Rumanía decidieron poner la monarquía, a principios del siglo XX, y les hicieron el palacio, lo construyeron con lo mejor de lo mejor: maderas nobles, tallas bellísimas, tapices, mármoles de la mayor calidad, reproducciones de cuadros famosos, muchas curiosidades (el techo móvil de la entrada, la escalera secreta desde la estantería de la biblioteca, la fuente de las lágrimas del salón árabe, el servicio de aspiración…). La guía lo contaba muy bien, permitiéndonos además recrearnos en cada detalle habitación tras habitación, cada una tan diferente y exquisita.
El edificio por dentro es tremendamente lujoso, no exactamente un lujo de dorados y marmolados, sino auténtico. Cuando en Rumanía decidieron poner la monarquía, a principios del siglo XX, y les hicieron el palacio, lo construyeron con lo mejor de lo mejor: maderas nobles, tallas bellísimas, tapices, mármoles de la mayor calidad, reproducciones de cuadros famosos, muchas curiosidades (el techo móvil de la entrada, la escalera secreta desde la estantería de la biblioteca, la fuente de las lágrimas del salón árabe, el servicio de aspiración…). La guía lo contaba muy bien, permitiéndonos además recrearnos en cada detalle habitación tras habitación, cada una tan diferente y exquisita.


Al salir, una persona del grupo nos felicitó por lo increíblemente bien que se han portado los niños (más de uno debió pensar que vaya cara y encima con niños latosos).
Bajamos hasta el pequeño palacio Peliçor, una joyita art decó capricho del segundo rey, pero al ser martes está cerrado. Vimos que hay una pensiunea al lado del palacio, no tiene que estar mal pasar aquí una noche, no.
Dimos un pequeño paseo por los jardines, son bonitos pero pequeños, con más bosque que otra cosa. El río tiene bastante basura, una pena, pero esa también es otra constante en el país, qué le vamos a hacer. Continuamos paseando un poco más entre puestos, vendedoras de dulces, fruta del bosque y mazorcas de maíz, picamos un poco y nos fuimos hasta el siguiente destino.
Como a lo largo del viaje tenemos previsto ver bastantes monasterios no nos acercamos al de Sinaia, y empezamos a subir hasta Busteni, con la idea de coger el teleférico y hacer un pequeño recorrido por el Macizo Bucegui. Lo encontramos de nuevo gracias a las indicaciones de Internet (dirección hotel Silva).
A esas horas la cola era bastante grande. Alguna gente incluso empezaba a irse a pesar de llevar esperando un rato (eso debería habernos hecho sospechar), pero entretenemos el tiempo con unos bocadillos, jugando con los niños y decidimos mantenernos.
Después de una hora y pico, subimos. Al parecer sólo había una cabina y el recorrido era largo, de cualquier modo, sólo la experiencia de la subida nos reconfortó del tiempo de espera. Me volvía a sorprender la enorme belleza de los Cárpatos. No son montañas muy altas, pero sí muy agrestes, y eso hace que se alternen vegetación y rocas creando unos paisajes inigualables.
El funicular sube entre cañones, a veces pegado a la pared (lo que nos permite ver las cabras montesas) y a veces colgado a bastante altura en un abismo de muchos, muchos metros. Es la cara más salvaje del Caraiman. Al pasar por las torretas que sostienen el cable, todo se bamboleaba, lo que provocaba exclamaciones en idiomas diversos. La verdad es que daba un poco de miedo.
Bajamos hasta el pequeño palacio Peliçor, una joyita art decó capricho del segundo rey, pero al ser martes está cerrado. Vimos que hay una pensiunea al lado del palacio, no tiene que estar mal pasar aquí una noche, no.
Dimos un pequeño paseo por los jardines, son bonitos pero pequeños, con más bosque que otra cosa. El río tiene bastante basura, una pena, pero esa también es otra constante en el país, qué le vamos a hacer. Continuamos paseando un poco más entre puestos, vendedoras de dulces, fruta del bosque y mazorcas de maíz, picamos un poco y nos fuimos hasta el siguiente destino.
Como a lo largo del viaje tenemos previsto ver bastantes monasterios no nos acercamos al de Sinaia, y empezamos a subir hasta Busteni, con la idea de coger el teleférico y hacer un pequeño recorrido por el Macizo Bucegui. Lo encontramos de nuevo gracias a las indicaciones de Internet (dirección hotel Silva).
A esas horas la cola era bastante grande. Alguna gente incluso empezaba a irse a pesar de llevar esperando un rato (eso debería habernos hecho sospechar), pero entretenemos el tiempo con unos bocadillos, jugando con los niños y decidimos mantenernos.
Después de una hora y pico, subimos. Al parecer sólo había una cabina y el recorrido era largo, de cualquier modo, sólo la experiencia de la subida nos reconfortó del tiempo de espera. Me volvía a sorprender la enorme belleza de los Cárpatos. No son montañas muy altas, pero sí muy agrestes, y eso hace que se alternen vegetación y rocas creando unos paisajes inigualables.
El funicular sube entre cañones, a veces pegado a la pared (lo que nos permite ver las cabras montesas) y a veces colgado a bastante altura en un abismo de muchos, muchos metros. Es la cara más salvaje del Caraiman. Al pasar por las torretas que sostienen el cable, todo se bamboleaba, lo que provocaba exclamaciones en idiomas diversos. La verdad es que daba un poco de miedo.

Al subir del todo, de nuevo, otra sorpresa: una enorme meseta, toda verde, se extendía arriba, salpicada de extrañas formaciones rocosas que eran la gran atracción del paisaje.
Cuando llegamos ya habían dado las tres y a las cinco bajaba el último funicular. Esto hizo que no disfrutásemos del todo del paseo arriba, teniendo luego que tragar horas de cola. Encima, ya en la cola vimos que teniendo el billete de bajada no había problema, el funicular seguía funcionando hasta permitir bajar a todos los que estuvieran en la estación. En fin…
Las formaciones arriba eran muy curiosas: las babele y sobre todo la esfinge parecían obra del hombre, no de la naturaleza. Había una cabaña (suponemos que con sitio para quedarse a pecnotar) y entre las familias que subían para echar el ratito como nosotros, había excursionistas bastante preparados. Una opción que tomaremos alguna vez (seguro, seguro, seguro) será subir a primera hora con una mochila, hacer una ruta (hasta las cascadas por ejemplo) quedarnos arriba y luego bajar andando, disfrutando del todo de los Cárpatos.
Cuando llegamos ya habían dado las tres y a las cinco bajaba el último funicular. Esto hizo que no disfrutásemos del todo del paseo arriba, teniendo luego que tragar horas de cola. Encima, ya en la cola vimos que teniendo el billete de bajada no había problema, el funicular seguía funcionando hasta permitir bajar a todos los que estuvieran en la estación. En fin…
Las formaciones arriba eran muy curiosas: las babele y sobre todo la esfinge parecían obra del hombre, no de la naturaleza. Había una cabaña (suponemos que con sitio para quedarse a pecnotar) y entre las familias que subían para echar el ratito como nosotros, había excursionistas bastante preparados. Una opción que tomaremos alguna vez (seguro, seguro, seguro) será subir a primera hora con una mochila, hacer una ruta (hasta las cascadas por ejemplo) quedarnos arriba y luego bajar andando, disfrutando del todo de los Cárpatos.


Y para volver, nada, lo dicho, tres horas de cola. La verdad es que los niños se portaron tremendamente bien para tanto tiempo de espera, y nosotros entretuvimos el tiempo observando la extraña fauna que formamos: familia con niños sobre todo rumanas, viejecitas, gente con tacones, excursionistas preparados, gitanillos vendiendo maíz, una chica con su perro san bernardo que vende fotos con él (negocio que no falte), todoterrenos y quads allá arriba (¿por dónde han subido?).

La vuelta volvió a ser emocionante, imposible acostumbrarse a lo salvaje del paisaje y a los movimientos de la cabina. La luz del atardecer hizo el paisaje más bello aún.

De camino al hotel, fotos de puesta de sol y, muy cansados, nos fuimos a dormir.