
Mientras tomo una cerveza, viendo el croquis del mapa de Venecia, visualizo los 6 sestiere como las piezas de un tangram. Castello es la muñeca, San Marco el dedo gordo y Cannaregio el dorso de una mano que agarra por el hocico a la cabeza de una serpiente que forman San Polo, Dorsoduro, y Santa Croce. Dorsoduro es la mandíbula inferior del ofidio imaginado.

Desde nuestro hotel en la Fondamenta de San Simeon Picolo, frente a la Ferrovía de Santa Lucía, se baja en perpendicular al sestiere de Dorsoduro, cuyos confines incluyen como principales reclamos artísticos, si es que ya no es todo el sestiere en sí mismo arte, la “Chiesa di Santa María della Salute”, la Gallerie dell'Accademia y el Peggy Guggenheim.

Con el fin de mantener un equilibrio y no sufrir un empacho pictórico, dejamos para otra ocasión la colección en la que invirtió Peggy Guggenheim, la fortuna que heredó de su padre, al morir ahogado el magnate en el hundimiento del Titanic, y la iglesia que levantaron los venecianos supervivientes a la peste de 1630, en ofrenda a Nuestra Señora de la Salvación, por no haberla palmado.

Depués de tomar un café por 1 euro, evidentemente en la barra, puesto que como en todas las demás cafeterías, te soplan 1’50 euros más por sentarte, nos cobramos nuestra cuota de arte, pagando sólo una (6’50 euros) de las dos entradas, por ser San Valentín (día que por primera vez me alegro que sirva para algo), a la Galeria de l'Accademia, en el Campo della Caritá, cuyas puertas abren todos los días de 8’15 a 19’15, excepto los lunes que está cerrado por la tarde.

La Gallerie de l’Accademia, para un analfabeto artístico como yo, pero con primitiva sensibilidad ante el arte, aplaca adecuadamente con los lienzos que contiene, representativos de la historia de la colorida escuela veneciana, mi síndrome de abstinencia.

La escuela con regusto bizantino, que sobrevivió en el tiempo a las de Florencia y Roma, con pintores como Tiépolo, Guardi o el paisajista Canaleto, marca diferencias con los estilos y tendencias preponderantes de la época. Yo, simplemente me dejo seducir por el color y la luz, el paisajismo y la perspectiva, que atrapan y se fugan, en cuadros del maestro Giovanni Bellini; su discípulo Vittore Carpaccio; su influenciado Tiziano, preferido del poder y la burguesía; el alumno, que no amigo, de éste, por el cual siento debilidad, “Il furioso” Tintoretto, que pintaba sin descanso en la semioscuridad de un entresuelo húmedo sin ventana, encargos mal pagados de pescadores y tenderos para poder subsistir;

el prebarroco y arquitectónico veronés que aprendió de todos ellos, Paolo Veronese; y los más contemporáneos, Tiepolo el italo-español, que influenció a Goya; y el paisajista urbanita Canaleto que retrató su ciudad. Tras tres horas relajantes de ensimismamiento, abandonamos l’Accademia para retomar el perezoso vaporetto del capítulo anterior.

Quizás, el centro neurálgico de Dorsoduro, sea el Campo de Santa Margherita, que se extiende en forma de calcetín a la sombra de su iglesia, y que sufre de un acentuado trastorno bipolar, exhibiendo sus varias personalidades según la hora del día. Nuestra habitual ruta desde el sestiere de Santa Croce, es bajar a esta alargada plaza por la Fondamenta dei Tolentini, cruzando el campo del mismo nombre,

localización de la pequeña tasca del Bacareto da Lele, que ofrece paninos y una copa de vino a unos precios inusuales, doblar en el río Malcanton por la Fondamenta Minotto, continuando por la salizada de San Pantalón, calles Vinanti i dei Preti crosera y regatear a la derecha, debajo de la Scuola Grande di San Rocco.

Durante el día, el Campo de Santa Margherita, patrona de las embarazadas, con sus arbolado central y las terrazas de los bares, cobija a lectores y jubilados mirones sentados en los bancos, a madres con niños o a niños con madres, a transeuntes con bolsas de la compra, a cafeinómanos en las varias terrazas de los laterales ... Mientras los pescateros de las paradas del sur de la plaza, extraen y limpian las piezas que van colocando en el puesto.

Grupos de turistas, aparecen por el callejón de la iglesia en la parte norte y, van haciendo paradas para investigar la calle del Forno, tomarse un respiro o fotografiar las escenas o las fachadas de las nobles casas de la plaza, y derivan en diagonal hacia Rio Terà Canal al fondo izquierdo, para dirigirse a las inmediaciones de Ca'Rezzónico en el Gran Canal.

Cuidadosamente, durante el transcurrir del día, Santa Margherita va vertiendo sus otras caras, para suministrar animación y actividad. Trabajadores, turistas, comerciantes, parejas, ociosos, toman de pie en las puertas o dentro de los bares, un aperitivo antes de comer, un capuccino, un machiato o un helado en la "Gelateria Doge" después, antes de dar paso a la tarde noche, a los corrillos de gente más joven, riendo, charlando, divirtiéndose, o flirteando, mientras sostienen vasos rojos de spritz o de cerveza, a las puertas color sangre del "Caffé" u otros, muerden un taglio de pizza al funghi en "Pizza al Volo" o una entera en "Ai Sportivi", o simplemente, discurren.

Hablando como en un folleto turístico, en Dorsoduro, para que no falte de nada, también oferta para los días soleados, las vistas a la laguna desde el muelle del Zattere que, antiguamente, eran balsas cargadas de madera procedentes de los bosques de los Dolomitas, destinada a la construcción de los palazzos o a la de navíos en los astilleros navales. En este muelle, donde antes atracaban embarcaciones de mástiles y remos, se puede utilizar la imaginación mientras se pasea, para retroceder a aquella época y recomponer la escena.
