Al hacer el check out del hotel pedimos que nos mandaran la maleta a nuestro hotel de Kyoto, al que llegaríamos al día siguiente, a través de la agencia tan comentada en el foro, Yamato Transport. Debe ser la más importante porque todos los hoteles trabajan con ellos y se ven furgonetas suyas por todas partes, e incluso muchas tiendas (de souvenirs, de comida…) tienen el logo con lo que yo entiendo que también puedes autoenviarte tus souvenirs si eres turista japonés. Tuvimos suerte porque nuestra maleta era una samsonite de estas enormes, que yo creo que se pasaba de la medida máxima (160 cm totales), pero la chica de recepción casi ni la miró y en el papelito apuntó 120 cm, con lo cual nos salió más barato de lo que pensábamos (¥1370 que pagaríamos al recogerla en Kyoto).
Nuestro primer shinkansen no fue especialmente madrugador, una de las cosas buenas de la reestructuración del viaje era que podíamos pasar todo un día en Miyajima e ir sin prisas. Ya habría tiempo de madrugar después… Así que un poco antes de las 9 estábamos comprando el desayuno en una de las muchas panaderías/pastelerías de Hakata (¥985) para desayunar en el tren. Nuestra primera experiencia con el shinkansen fue tan buena como esperábamos, pero creo que viniendo de un país que también tiene trenes de alta velocidad impresiona menos. Eso sí, la organización (con el número de cada vagón pintadito en el andén para que sepas dónde colocarte) y la puntualidad no son comparables. En una hora estábamos en Hiroshima, y de ahí teníamos que coger un tren local hasta Miyajimaguchi para coger el ferry a la isla. Sin problemas. En el tren hacia Miyajimaguchi conocimos a un chico americano casado con japonesa que hablaba español y nos preguntó dónde íbamos en una mezcla de inglés-español-japonés muy curiosa, y nos recomendó que probáramos las galletas rellenas en forma de hoja de arce típicas de la isla. Cuando llegamos a Miyajimaguchi nos fuimos directos al ferry de JR que entra en el JRP y en 10 minutillos más estábamos en la isla. Desde el ferry ya pudimos ver el famoso torii:
Por cierto, si queréis planificar vuestro viaje en función de las mareas, podéis verlas aquí. Lo mejor es verlo con marea alta, pero hay gente que le gusta poder acercarse andando y pasar por debajo, lo cual obviamente ocurre en marea baja.
Al llegar, lo primero que llama la atención, aunque lo hayas leído en cientos de diarios y hayas visto millones de fotos, son los ciervos sueltos y tan panchos. Están tan acostumbrados a la gente que directamente te ignoran, a no ser que lleves galletitas. Me parecieron más interactivos los de Nara… pero estos también son bonitos de ver. La teoría es que son mensajeros divinos y de ahí su carácter sagrado. De hecho, la isla también es sagrada, y no se podía ni nacer ni morir en ella (no sé si esa norma sigue vigente…).
Desde donde te deja el ferry puedes ir andando hacia el torii y el templo que tiene detrás por la calle de tiendas y restaurantes o por el paseo marítimo. Nosotros fuimos por el segundo, ya recorreríamos la calle más tarde para comer allí. Esta es la vista según te vas acercando:

Como veis, ya había bastante gente. Entre el sakura, el buen tiempo y que era domingo…Decidimos ir lo primero al ryokan para avisar de que ya habíamos llegado y deshacernos de la mochila, y luego iríamos a comer, a ver Itsukushima y el monte Misen. De camino no pudimos evitar parar y desenfundar la cámara cuando vimos a una chica vestida con kimono haciéndose fotos profesionales con los cerezos de fondo, o al ver la impresionante pagoda de 5 pisos:
En el ryokan nos dijeron que el check in era más tarde, pero contábamos con eso y sólo queríamos dejar la mochila. El Watanabe Inn está justo en la entrada del Daisho-in, el otro gran templo de la isla, que intentaríamos ver esa tarde al bajar del Misen, o si no a la mañana siguiente.
Vuelta otra vez hacia la calle principal (la zona es pequeña, no se tarda nada) y ya con ganas de comer. El plan era comer okonomiyaki, pero cuando vimos la cantidad de cositas que tenían en los puestos callejeros (os he comentado ya cuánto me gusta comer en la calle??) no pudimos resistirnos y dejamos el okonomiyaki para Hiroshima. Vimos varios restaurantes con ostras, que son muy típicas de allí, y decidimos probarlas. Para nuestras sorpresa, vimos que las hacían a la barbacoa, y eso sí que era algo nuevo que nos apetecía probar. También comimos una especie de pastel de pescado en varias formas distintas (incluso con la flor de arce que nos había comentado nuestro amigo americano) y con sabores variados. Tengo que deciros que las ostas a la barbacoa están de muerte, y pienso intentar hacerlas en casa este verano, pero a ver dónde consigo ostras de ese tamaño, porque eran inmensas!!!! En total, comimos por ¥2400.

Con el estómago lleno, y después de probar unas galletitas de esas tan famosas (muy ricas, por cierto) y de hacer nuestras primeras compras (Miyajima es uno de los mejores sitios para comprar souvenirs y artesanía), fuimos a ver el Itsukushima-jinja (¥300 cada uno). La marea no estaba alta del todo y el centro del templo no estaba tan inundado como me hubiera gustado, pero aún así estaba bonito. Aquí tengo que decir que creo que lo mejor es hacer lo que cuenta jbsiena en su diario: dejarlo para el día siguiente a primera hora, con menos gente y un ambiente mucho más místico, seguro. A mí se me ocurrió después… una pena.

Vimos el Senjokaku sólo por fuera y nos fuimos hacia el teleférico que te sube al monte Misen. Subir son ¥1000 y si coges ida y vuelta son ¥1800. Nosotros queríamos bajar andando, así que sólo ida (esto casi me cuesta el divorcio…). Habíamos leído que en la cima se pueden ver monos, pero nosotros sólo vimos más ciervos. Desde donde te deja el cacharro hay como 30 minutos de subida andando hasta la cima, y en el camino se pasan un par de templos. En uno de ellos, el Reikado Hall, se protege el fuego sagrado que encendió hace 1200 años el monje que fundó todo aquello, y dicen que el agua que hierve en el caldero sobre ese fuego cura todo tipo de enfermedades. Y la gente bebía, así que debe ser que se lo creen.
Poco después de los templos llegas a la cima. Allí nos esperaban más ciervos hambrientos, un mirador y una máquinas de bebidas a precios exagerados. Las vistas eran bonitas (por cierto, justo en el centro de la foto se intuye un edificio blanco, esa es la estación del teleférico, y desde ahí hasta la cima es lo que se hace andando, aunque en la foto parece más de lo que es en realidad):
Y ahora tocaba bajar. Hay varios caminos, creo que son 3, nosotros habíamos elegido el que termina en el Daisho-in para estar ya junto al ryokan, que la cena era a las 6. El señor que nos había vendido los tickets del teleférico nos había dicho que la bajada era “no biutiful”, me imagino que para vendernos ida y vuelta. No voy a darle la razón, pero es verdad que quizás no merezca la pena, no porque sea “no biutiful” sino por que estuvimos los 3 siguientes días con unas agujetas en el culo que no podíamos ni sentarnos, y bajar escalones era una tortura china. Pero en fin, queríamos hacer algo de ejercicio y nos pusimos en marcha. Se tardan unos 40 minutos en bajar hasta el templo, y lo bueno es que por el camino tienes un mirador que da hacia el torii y vimos que había bajado la marea y la gente se estaba acercando:
Cuando llegamos al Daisho-in todavía teníamos un poco de tiempo, así que entramos, pero a la mañana siguiente volveríamos para verlo con mejor luz. Después de bebernos una merecida cocacola en el templo (eso de que hasta los templos tengan unos banquitos junto a las máquinas de bebida es la pera) volvimos al ryokan para la cena. Como por la mañana no habíamos hecho el check in oficial, nos sentaron en una mesita y nos trajeron té y una galletita de arce. Es un matrimonio muy agradable. A las 6 estábamos cenando, y la cena consistía en varios platos (hasta 7 más el postre), con poquita cantidad pero al ser tantos te llenas bien. Estaba deliciosa. Nos iban diciendo qué era cada cosa, y la verdad es que nos gustó mucho todo. En Japón la comida es un arte, y ellos disfrutan tanto de la comida en sí como de la preparación, así que como veis estaba todo cuidado al detalle:

Después de cenar nos fuimos a dar un paseo por la isla para verla, por fin, tranquila y sin turistas. El torii, los templos y las pagodas están iluminadas, así que es una maravilla. La pena es que había marea baja y no pudimos ver el torii reflejado en el agua, que es como más llama la atención, pero aún así nos encantó. La isla de noche tiene un ambiente especial que hace que merezca mucho la pena quedarse a dormir a pesar del precio, y de hecho no éramos los únicos.: había gente paseando en sus yukatas, como lo más normal del mundo. Nosotros nos los pondríamos después, en la intimidad de la habitación...
Y ya de vuelta en el ryokan, por fin pudimos probar la principal razón por la que habíamos elegido el Watanabe: la bañera de madera de ciprés en la habitación que hace que tengas tu propio onsen particular. Los comentarios para mayores que nos dejó jmambroa en su diario influyeron mucho en nuestra decisión… y no nos equivocamos. Como nota curiosa os diré que la bañera no se llenaba abriendo el grifo como una bañera normal, no… en la pared había un panel de control donde elegías la temperatura del agua y dabas a un botón, y zas! la bañera se llenaba sola, y ella solita cortaba el agua. Estos japoneses son de un apañado…
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A la mañana siguiente probamos el famoso desayuno japonés que no termina de convencer por el foro… es verdad que eso de desayunar pescado, arroz y sopa suena un poco raro, pero a todo se acostumbra uno, y no estaba malo:
Como era prontito aprovecharmos para acercarnos al Daisho-in otra vez, que lo teníamos al lado, para rematar la faena. Este templo (gratuito) nos gustó mucho, tiene tantas cosas por ver y tantos detalles… Es el paraíso de cualquier loco de las fotos. Lo primero que ves, al pasar la puerta de entrada y empezar a subir, es un camino lateral bordeado por decenas de estatuas, todas distintas, y la típica campana budista.
Cuando llegas arriba, enseguida ves que no es un templo más: tiene tantos detalles, dentro y fuera de los subtemplos, que te puedes pasar una mañana entera descubriéndolo.

Me gustó mucho la vegetación que tiene, y sobre todo la colección de pequeñas estatuas repartidas por todo el templo que bautizamos como pequeños cabezones:


Cuando vimos que teníamos que irnos porque se estaba haciendo demasiado tarde, volvimos al ryokan a por la mochila y a despedirnos de los amables dueños, y de camino hacia el ferry nos desviamos un poco para ver la otra pagoda de la isla, mucho más pequeña que la primera:
Desde aquí se tiene una buena vista también de la pagoda grande, llamada Taho-to:
Ahora sí, ya hacia el ferry y a despedirnos de Miyajima, que tanto nos ha gustado. En el camino, nos llevamos nuestro último recuerdo, muy curioso: los barrenderos deben ser muy amigos de los ciervos, porque mirad cómo les rascan y la cara de placer que tiene el bicho: