El día para abandonar L.A. había llegado porque el viaje debía seguir hacia el Norte y aún nos quedaban algunas aventuras por delante. Pero antes de partir, teníamos una última sorpresa por parte de Miguel y era la visita a The Getty Museum, un museo de arte que alberga varias colecciones de pintura y fotografía entre otras cosas en un lugar idílico que bien podía asemejarse a una mansión.
Situado a las afueras de la ciudad y en dirección a lo que sería nuestro camino para el resto de día de viaje, pusimos a punto el Sonata con todo nuestro equipaje y nos las arreglamos para salir de la gran ciudad con las autopistas de 7 carriles por sentido.
Aquí veis la ubicación privilegiada del museo sobre una colina con preciosas vistas sobre la meca del cine a la que se puede acceder andando o con tren cremallera.

Por lo visto, J. Paul Getty fundó dos museos: uno fue el Getty Centre (el que visitamos) y el otro el Getty Villa, ambos en Los Angeles, y sólo por lo que constituyen los edificios en sí, junto con los jardines y estatuas, merecen una visita rápida si disponéis de tiempo para ello.
Como la descripción de los museos de arte no es lo mío, os dejo una serie de fotos con algunos de los puntos clave de la visita para que podáis valorarlo por vosotros mismos.
El jardín de la parte baja donde se coge el tren cremallera ya tiene algunas esculturas:

Una vez arriba, se suben estas escaleras para llegar a la entrada principal:

Uno de los edificios principales del conjunto del museo, visto desde los jardines:

Nos sorprendió la cantidad de gente que trabajaba sólo en la conservación de los jardines y la vegetación, y lo bien que está todo cuidado:

Una de las características del museo es el color blanco de los edificios, que junto a toda la luz del día crea un ambiente que invita a la relajación:

Y ya una vez empapados de esa luz y tanta paz, volvimos a nuestro incansable buga para hacer algo de carretera y manta.
El objetivo del día era llegar al Yosemite National Park para pasar allí la noche en una cabaña en mitad del parque, que ya teníamos contratada desde Madrid. De esa forma, al día siguiente amaneceríamos en pleno corazón del parque para dedicar allí todo el tiempo y a última hora viajar a San Francisco, la última parada del viaje.
Pero no todo podría ser coche durante el día, porque habíamos decidido que nos desviaríamos ligeramente del camino adentrándonos en el Sequoia National Park, del que tanto habíamos oído hablar en internet y que mucha gente aconsejaba fervientemente (y con razón).
Así que pusimos rumbo al Norte y disfrutamos una vez más de los paisajes americanos y las grandes autopistas a las que ya teníamos cogido bien el tranquillo. Hicimos una parada para comer ya cerca de la entrada del parque y ya empezábamos a ver cómo volvía a cambiar el paisaje y retomábamos los grandes bosques y macizos montañosos que por unos días habíamos perdido de vista.
Ya podéis ver en la siguiente foto el entorno característico de esta zona boscosa:

Y de nuevo, cómo no, la foto con el letrero de la entrada al parque nacional, aunque no pertenece al conjunto de parques del Gobierno americano vigilado por los rangers:

Para llegar al bosque de las secuoyas hay que subir un pequeño puerto que cuando pasamos tenía la carretera en obras, y nos tocó nuevamente esperar algo más de una hora, lo cual nos retrasó aún más la llegada a Yosemite por la noche.
Aquí veis algunas de las grandes rocas de la montaña del puerto para llegar al bosque de secuoyas gigantes:

En esa espera nos dimos cuenta que habíamos ido a caer en un nido de tarántulas, ya que al rato una de ellas salió para darnos la bienvenida al mundo salvaje e invitarnos a pasar a su madriguera, una de las cientas que había por la zona.
Ya una vez superada la dificultad, conseguimos llegar a la cima donde ya todo queda bien señalizado para que no os perdáis en la búsqueda de los grandes colosos.
Con el nombre de Giant Forest, nos adentramos en una tupida masa de las secuoyas más voluminosas del mundo, todas ellas con nombres de antiguos generales de la Guerra de Secesión americana, de los que destaca el General Sherman. En internet podéis leer esto:
“Este ejemplar está considerado como el ser vivo con mayor cantidad de biomasa de la Tierra. Aún con 83,8 metros de altura dista de ser el más alto (puesto que ocupa el ejemplar de sequoia llamado Hyperión con 115,5 m de altura), sin embargo, es el árbol que mayor volumen neto posee debido a su perímetro de tronco de unos 31 m, es decir, unos 11 m de diámetro en la base, lo que arroja un volumen estimado (según estándares de medición) de 1486,6 metros cúbicos y un peso de 1256 toneladas. Su edad se calcula en alrededor de 2200 años.”
La carretera para acceder al Giant Forest ya es todo un espectáculo:

Y una vez allí, encontrareis un parking desde donde da comienzo el trail:

Estas fotos muestran el grosor y tamaño de estos gigantes comparados con nosotros:


No éramos capaces de abarcar ni la mitad del tronco entre los tres con los brazos bien extendidos:

Sobre uno de ellos caído y si sois expertos, podéis echar un cálculo de su edad aproximada:

Y aquí veis el General Sherman en todo su esplendor (casi no cabía en la foto):

En nuestro camino de vuelta hacia el coche y ya con la luz cayendo, sacamos bonitas fotos del Sol entrando por los pocos resquicios que quedaban entre árbol y árbol:

Ya saliendo del parque prácticamente de noche, bajamos el puerto hacia el otro lado en dirección Fresno, viendo una bonita puesta de Sol:

El día se nos había vuelto a ir de las manos y ya conducíamos sin descanso hacia el interior del Yosemite National Park hasta el Camp Curry, donde teníamos la reserva del lodge ya hecha.
Hay que decir que entramos al parque como a las 23:00 de la noche y volvimos a encontrar tramos de obras y caminos algo mal señalizados, con el peligro inminente de la salida de un oso a mitad de la carretera, tan vistos por la zona.
A pesar de todo, llegar hasta allí a pasar la noche en una cabaña de lona en pleno corazón del bosque y completamente a oscuras fue una experiencia irrepetible porque el despertar del día siguiente sería indescriptible. Si bien nos dieron una especie de kit de supervivencia para la noche y un armario a prueba de osos, es vital no dejar nada de comida o bebida en el coche (aunque esté perfectamente cerrada) porque ha habido multitud de casos de ataques de osos con coches destrozados y cuantiosas multas.
Entre la desorientación con tan poca luz, el frío que empezaba a hacer (uf, luego vaya levantada por la mañana) y el cansancio acumulado por el viaje, más las ganas de estirar al máximo las horas del día siguiente en Yosemite, leímos brevemente las normas del campamento y cubriéndonos con las mantas y todo lo que pudimos pillar, nos acurrucamos dentro de nuestras camas en la tienda de campaña y deseamos que los osos aguantaran al menos una noche más a salir a recibirnos…