Domingo 13 Noviembre 2011
Primer día en Miami y mi reloj corporal dijo que a las 05:00 de la mañana ya era suficiente, así que no pude volver a dormirme. Habíamos quedado con Manu y Bea a las 09:00 h. para ir a desayunar y sabía que se iba a hacer largo, pero como Asun no tardó mucho en despertarse, salimos a dar un paseíto por la calle y nos entretuvimos un rato viendo en el estado en el que algunos regresaban de fiesta casi casi sin poder mantenerse en pie. Dimos una vuelta por la playa, paramos a tomar un cafe para entrar en calor y volvimos a la habitación a esperar.


Queríamos parar a hacer unas últimas compras antes del crucero y como no llevábamos apenas equipaje pensamos en ir allí directamente de camino al barco. Paramos en un mini centro comercial en Alton Road con la 5ª y aunque no fueron muy productivas, sirvieron para que por lo menos los que habían perdido su equipaje al completo encontrasen algo más de ropa para el viaje.
A las doce llegamos al puerto donde ya había una considerable cola, y allí estábamos los cuatro con una maleta de mano y unas cuantas bolsas de plástico esperando para embarcar.

Primero pasamos por un control de seguridad al estilo de los aeropuertos cuya principal función era evitar la entrada de alcohol a bordo y luego pasamos por unos mostradores para hacer el check in como en un hotel. Nos hicieron una foto a cada uno, y nos dieron la llave de la habitación y que también valdría para subir y bajar del barco.
Lo primero que hicimos nada más entrar fue algo que se convertiría en rutina habitual durante todo el crucero: lavarnos las manos con gel sanitizante al ritmo de ¡Happy, happy, washy, washy!!”.
En nuestro caso se trataba de nuestro primer crucero, por lo que cuando llegamos nos quedamos embobados con las dimensiones de aquello. Muy bien decorado y todo muy limpio. Los camarotes ya estaban listos, así que fuimos a dejar nuestras escasas pertenencias y quedamos un poco más tarde en recepción para dar un paseo por el barco e ir conociendo todos sus rincones.

Nuestra habitación era pequeña, aunque no tanto como nos esperábamos. Estaba en la novena planta y era interior, por lo que no había ninguna ventana. Tenía una cama de matrimonio con escaso espacio por los lados, un baño bastante cómodo y un armario muy funcional y que aprovechaba cada pequeño hueco.

Como íbamos de luna de miel, nos encontramos a la llegada una nota de felicitación, así como una serie de invitaciones para el crucero, que incluían una cena en un restaurante francés, unos canapés, una botella de champán y un cóctel uno de los últimos días.
La habitación de Manu y Bea era igual que la nuestra, con la única diferencia de que la suya era un poco más grande, tenía un ojo de buey con vista exterior y estaban en la cuarta planta.
Una de las primeras cosas que hicimos antes de zarpar, fue una especie de simulacro de emergencia algo cutre, porque básicamente consistió en dividirnos por zonas (cada uno tenía la suya apuntada en la llave de la hb) y ver como un miembro de la tripulación se ponía el chaleco salvavidas. Duró apenas 5 minutos.
Comimos en el Garden Café, el restaurante más grande del crucero situado en la cubierta 12 junto a la piscina y de tipo buffet donde había una amplia selección de platos, y salimos al exterior a ver zarpar el barco del puerto de Miami. Poco a poco fuimos dejando atrás la silueta de la ciudad y adentrándonos en el océano. Por megafonía el capitán nos informó de que quizás los días de navegación serían algo bruscos porque estábamos en el atlántico, pero una vez que llegásemos a las islas, la cosa se relajaría un poco.
Nosotros apenas notábamos el movimiento y eso no cambió durante el resto del día. Esa tarde hubo algo de música en la zona de la piscina a modo de fiesta de bienvenida pero no estuvo demasiado animado ya que la edad media del pasaje era bastante elevada, y era de lo más común ver sillas de ruedas, bastones y andadores. Fue en ese momento donde conocimos a Paul Scally, director del crucero y encargado de prácticamente todos los shows y actividades a bordo.

Fiesta de bienvenida con Paul
En cuanto se fue el sol, el fresquito no animaba mucho a estar en el exterior, así que nos dimos otro paseo por las instalaciones del barco, cenamos en el Blue Lagoon, otro de sus restaurantes (este estaba abierto las 24h.). Esta vez era a la carta, aunque el menú era básicamente de hamburguesas, perritos y alitas de pollo. Terminamos de ver los últimos minutos de un show de comedia en el teatro, antes de acabar en la discoteca donde apenas estuvimos un rato.
Al día siguiente tocaba navegación por lo que tendríamos tiempo más que suficiente para hacernos un poco más con la distribución del barco, algo que hasta ese momento nos tenía un poco perdidos. Quedamos para desayunar a las 09:30 y las dos parejas nos fuimos a nuestros camarotes.