Lunes 14 Noviembre 2011
Dormimos casi de un tirón hasta las ocho y subimos a desayunar al Garden Café. En la puerta había una chica filipina repartiendo gel a todos los que iban entrando que parecía que se había caído en un bol de chocotripis. Estaba bailando al ritmo de su propia música. El resto del personal tanto de los restaurantes como de las habitaciones era también en su mayoría filipinos, y todos eran muy simpáticos.
Menudo ritmillo por las mañanas. Toda una estrella
Aquí es donde empezaban todos nuestros días
La fruta era excelente, sobre todo la piña y la sandía, y aparte de huevos, bacon, salchichas, etc, había una amplia variedad de productos, aunque a excepción de la mencionada fruta, no muy saludables que digamos. En el restaurante nos encontramos con Manu y Bea que se unieron a nuestra mesa y comimos todos juntos.
Teníamos que estrenar tanto la piscina como los jacuzzis, así que nada más acabar de desayunar nos fuimos todos a darnos nuestro primer baño del crucero. Todo un lujazo.
Si esos jacuzzis hablasen...
A eso de la hora de comer, mientras íbamos al restaurante, comenzaron en la piscina con la elección del Mister NCL. Manu y yo nos quedamos en una de las mesas viendo el espectáculo desde la distancia, pero Asun y Bea se sentaron en el bordillo de la piscina para vivirlo en primera fila. Por mucho que nos insistieron, no consiguieron que nos presentásemos.
Poco a poco algunos se fueron animando, y al final salieron unos 10 totalmente desinhibidos a hacer el chorra para ver quien conseguía más aplausos. Estuvo entretenido y pasamos un rato gracioso viendo aquel panorama.
Después de comer, tuvimos un momento relax – siesta en la habitación, y regresamos a por más piscina y jacuzzi.
Yo tenía ganas de echar unas monedillas en el casino (más que nada para llevarme una ficha de recuerdo), así que después de cambiarnos para el show de por la noche, nos acercamos un momento, y digo un momento, porque eso fue exactamente lo que me duraron los 20 dólares en la ruleta.
La banca siempre gana
Me guardé la ficha en el bolsillo, y cuando nos disponíamos a irnos, el crupier me preguntó si estaba seguro de haberlas usado todas. Al principio me hice el despistado, pero éramos los únicos que estamos en esa mesa y a él le faltaba una ficha en los montones. El fallo fue mío, porque tenía que haber cambiado esa ficha por una de un dólar (que fue lo que acabó pasando), pero me hizo gracia comprobar el control que tienen.
Esa noche el espectáculo fue a cargo de Ivan Pecel, un malabarista que nos tuvo durante una hora con la boca abierta. Quedamos totalmente impresionados con todos los números. Además, el hombre tuvo muchos toques de humor, lo que animó todavía más aquello. Parecía que la calidad de los espectáculos estaba a la altura.