[align=justify]Nuestro chófer nos tenía preocupados: durante toda la semana las avispas estaban picando a los turistas en Sigiriya. Llegó incluso a aconsejarnos que no subiéramos, porque, según parece, las picaduras son peligrosas y te pueden llevar directo al hospital.
Afortunadamente, las ganas de ver las doncellas pudieron más. Por suerte, porque los frescos están bastante más abajo que las avispas, con lo cual no hubo problemas.
Primero, pagar la entrada. Carísima, más todavía que Anuradhapura y Polonnaruwa. 30 dólares, que no son una tontería. Pero, digo yo que si he venido desde tan lejos y pagando casi 1000 € por un billete de avión no me voy a quedar sin ver lo que había estado deseando ver durante más de 1 año por 30 miserables dólares, ¿no? Pues eso, que pagamos la entrada, echamos un vistazo al museo (que está bastante bien, con algunas piezas interesantes y dibujos de niños de la Roca y las doncellas, algunos muy divertidos
Mientras te aproximas a la roca vas viendo el palacio inferior. ¡Mira que me llegan a gustar las piedras rotas! Cuando visito un sitio así, que incluso en ruinas se ve tan majestuoso, me maravilla pensar como debió de ser en su momento, lleno de gente. Las rocas se aprovechan para crear paredes, muros, pasillos…
Después de subir, subir y subir, llegas a la escalera de caracol que te lleva a la estrecha hondonada en la roca donde están las doncellas. Apenas quedan 15 (creo recordar) de las casi 500 que había inicialmente. Aunque todo el mundo se fija en lo mismo (cinturas imposibles, pechos turgentes más imposibles todavía), tienen detalles delicadísimos: algunas manos, flores, labios…
Estuvimos alrededor de 1 hora embobados, haciendo fotos y embobados otra vez.
Finalmente, nos decidimos a acabar el ascenso. Una larga escalinata lleva hasta las garras del león, entre las que nace la última escalera, la que sube hasta la cima de la roca. Y ahí nos quedamos. La mayoría de turistas se estaban poniendo un mono (cuerpo entero, desde la cabeza a los pies) para evitar las picadas de avispas en la ascensión, Los que bajaban, parecían más muertos que vivos. Eso sí, sin picadas de avispa. Total, que teníamos dos posibilidades: arriesgarnos a una picada venenosa o la muerte segura que significaba ponerse el mono. Ganó la sensatez: no subimos. Lo que realmente nos interesaba de Sigiriya eran los frescos, así que tampoco era un sacrificio tan grande.
La bajada se hace por un camino diferente, que lleva al aparcamiento de los coches y acaba en un chiringuito donde hacen unos zumos deliciosos. Por lo menos, el de lima.
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Afortunadamente, las ganas de ver las doncellas pudieron más. Por suerte, porque los frescos están bastante más abajo que las avispas, con lo cual no hubo problemas.
Primero, pagar la entrada. Carísima, más todavía que Anuradhapura y Polonnaruwa. 30 dólares, que no son una tontería. Pero, digo yo que si he venido desde tan lejos y pagando casi 1000 € por un billete de avión no me voy a quedar sin ver lo que había estado deseando ver durante más de 1 año por 30 miserables dólares, ¿no? Pues eso, que pagamos la entrada, echamos un vistazo al museo (que está bastante bien, con algunas piezas interesantes y dibujos de niños de la Roca y las doncellas, algunos muy divertidos
Mientras te aproximas a la roca vas viendo el palacio inferior. ¡Mira que me llegan a gustar las piedras rotas! Cuando visito un sitio así, que incluso en ruinas se ve tan majestuoso, me maravilla pensar como debió de ser en su momento, lleno de gente. Las rocas se aprovechan para crear paredes, muros, pasillos…



Después de subir, subir y subir, llegas a la escalera de caracol que te lleva a la estrecha hondonada en la roca donde están las doncellas. Apenas quedan 15 (creo recordar) de las casi 500 que había inicialmente. Aunque todo el mundo se fija en lo mismo (cinturas imposibles, pechos turgentes más imposibles todavía), tienen detalles delicadísimos: algunas manos, flores, labios…
Estuvimos alrededor de 1 hora embobados, haciendo fotos y embobados otra vez.




Finalmente, nos decidimos a acabar el ascenso. Una larga escalinata lleva hasta las garras del león, entre las que nace la última escalera, la que sube hasta la cima de la roca. Y ahí nos quedamos. La mayoría de turistas se estaban poniendo un mono (cuerpo entero, desde la cabeza a los pies) para evitar las picadas de avispas en la ascensión, Los que bajaban, parecían más muertos que vivos. Eso sí, sin picadas de avispa. Total, que teníamos dos posibilidades: arriesgarnos a una picada venenosa o la muerte segura que significaba ponerse el mono. Ganó la sensatez: no subimos. Lo que realmente nos interesaba de Sigiriya eran los frescos, así que tampoco era un sacrificio tan grande.



La bajada se hace por un camino diferente, que lleva al aparcamiento de los coches y acaba en un chiringuito donde hacen unos zumos deliciosos. Por lo menos, el de lima.

