Domingo 20 Enero 2013
El vuelo a Lisboa salía a las 11:05 de la mañana, así que no teníamos que madrugar en exceso, pero yo la noche no la había pasado del todo bien. El día anterior, mi móvil se había quedado sin cobertura (es lo que tiene vivir en un pueblo), y cuando regresó, tenía 7 llamadas perdidas de un número de teléfono americano
Cuando llegamos al avión para embarcar, casi nos da un ataque de risa a los dos. Ese debía de ser el tamaño mínimo exigido para no tener que llamarse avioneta. No tenía ni 20 plazas repartidas en dos hileras con un pasillo central y sólo íbamos 6 pasajeros a bordo. El vuelo duró una hora y media, y fue bastante más tranquilo de lo que nos habíamos imaginado e incluso me atrevería a decir que cómodo, si obviamos que el ruido de los motores de hélice era mucho más intenso de lo normal.

Una vez en tierra, salimos hacia la estación de metro y compramos unos billetes por 6 euros cada uno que son válidos para bus, metro y tranvía durante 24 horas, lo que a nosotros nos venía de maravilla. Tuvimos que hacer un trasbordo para llegar al hotel, pero fuimos bastante cómodos. Habíamos reservado el 3K Barcelona, porque estaba más o menos cerca del aeropuerto (55 euros con desayuno), y la impresión fue buena. El día nos había recibido lloviendo, y la entrada del hotel estaba llena de hojas, pero el interior era cómodo y estaba todo muy limpio.

Siguiendo las indicaciones del recepcionista, tomamos el autobús 736 hasta llegar al Barrio de Rossio, y desde allí callejeamos un poco. Como no había parado de llover, Asun paró en una tienda de souvenirs a comprar un paraguas, y exactamente le duró 150 metros hasta que una ráfaga traicionera de viento rompió un par de varillas y lo dejó prácticamente inutilizable. Acabamos teniendo que comprar unos sombreros impermeables y ella, que llevaba una gabardina, parecía el Inspector Gadget (mejor no digo que parecía yo). Hacía bastante frío, y seguimos el recorrido en el tranvía 12, que se mete por muchas callejuelas y habría sido un buen sitio para hacer fotos, pero habíamos dejado la cámara grande en la habitación (por el agua), y con el móvil tampoco se podía hacer gran cosa.


Allí fue cuando tomamos una de las mejores decisiones en Lisboa. Acercarnos hasta Belem para probar uno de sus afamados pasteles, y fue todo un acierto. ¡Qué cosa más rica! Casi por casualidad, llegamos a la puerta de una pastelería y preguntamos si allí servían también café. La chica nos dijo que teníamos que sentarnos en una mesa, pero las 5 o 6 que había estaban todas ocupadas. Caminamos por una puerta del fondo, y de repente comenzamos a ver salas y más salas con muchas más mesas. Era una especie de laberinto que parecía no tener fin, pero al final nos pusimos en una cola y en apenas cinco minutos estábamos sentados en una mesa con nuestros cafés y los pasteles.

Desde allí, regresamos de nuevo al hotel para hacer tiempo hasta la hora de la cena. La habíamos reservado desde España a través de la página de Groupon en Lisboa y nos salió por 29.90 euros y no fuimos capaces de comernos toda aquella comida.

Caminamos después de la cena hasta el hotel, y no tardamos mucho en irnos a dormir para coger energías para el día siguiente
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