Whakaari o White Island es un volcán activo que tiene la peculiaridad de estar en una isla, o más bien, de ser una isla. Está en la Bay of Plenty, a unos 50 km frente a la costa de Whakatane. Como os imaginaréis, la única forma de visitarla es con un tour organizado, ya sea en helicóptero o en barco. Sólo hay una empresa que organiza las excursiones en barco, así que no hay mucho donde elegir, y como no tienen competencia es bastante caro: $200 por barba. Aun así, teníamos muy buenas referencias de esta excursión y decidimos hacerla, porque nos llamaba mucho la atención. Las excursiones salen de Whakatane, pero ofrecen traslados desde Rotorua. Nosotros decidimos conducir nosotros mismos y tardamos algo más de una hora. Estaba lloviendo bastante y hacía un día horrible, así que según nos íbamos acercando a Whakatane nos echábamos las manos a la cabeza.
Cuando llegamos, aparcamos en la puerta de la oficina y de ahí al barco. El viaje hasta la isla es bastante largo, casi hora y media, y en la isla se pasan aproximadamente dos horas, con lo que si sumáis esto a lo que tardéis en llegar desde Rotorua o donde estéis veréis que se os va el día entero. Uno de las ventajas de un viaje tan largo en barco por la zona es que es casi casi seguro que veréis delfines. Nosotros nos cruzamos con un grupo a la ida y otro (o el mismo?) a la vuelta. El barco para y te dejan observarlos y hacerles foto durante un rato.
No hacía sol pero por lo menos no llovía, así que nos conformamos con eso. Al llegar a la isla hay que desembarcar en grupos pequeños con una zodiac, así que pasó todavía otro rato hasta que nos pusimos en marcha de verdad. Te dividen en grupos pequeños y cada grupo tiene dos guías que te van explicando las cosas. Te dan un casco y una máscara. Lo del casco es porque es un volcán explosivo, más que de lava, y puede entrar en erupción en cualquier momento y ponerse a escupir rocas. Y lo de la máscara es porque la isla está plagada de fumarolas y vapores ácidos, por no hablar del olor a huevos…
White Island se usó como mina de azufre durante unos años, pero en 1914 una erupción mató a los 10 trabajadores que había en la isla, y solo sobrevivió un gato, al que encontraron 10 días más tarde en el otro extremo de la isla. Y unos años más tarde se volvió a intentar, pero al final la calidad del mineral que extraían era bastante pobre y aquello se abandonó. Ahora se pueden ver los restos de maquinaria corroídos por el ácido:
Los guías nos fueron llevando por el caminito que tienen marcado, y ojo con salirse del camino porque hay zonas donde el suelo es bastante fino y se podría romper con el peso de alguien, y acabarías dándote un buen baño calentito en una auténtica hot pool. Por el camino nos enseñaron trozos de lava y de azufre, incluso nos dejaron probar el azufre para convencernos de que no olía ni sabía a nada (a mí eso de chupar un trozo de azufre no me atraía mucho así que decliné la oferta…). Por todo el recorrido vas esquivando fumarolas y sorteando pedrolos amarillos, de hecho el recuerdo que me dejó la isla es de vapor y rocas amarillas:
Te llevan hasta el cráter principal, aunque no te puedes asomar demasiado, y ves el agua en el fondo que casi (casi) invita a darse un bañito. Si no fuera por el olor…
Tengo que decir que lo de la máscara a mí me parecía una chorrada, porque al cabo de un rato se te satura la pituitaria y dejas de notar el olor. Pero la gracia de White Island es que no sólo lo hueles, sino que también lo sientes: los vapores son tan ácidos que al inhalarlos notas la irritación en la garganta, y ahí es cuando la máscara se agradece. Yo sólo me la tuve que poner en un par de puntos del recorrido, pero os aseguro que me vino muy bien. De hecho, te dan mogollón de caramelos porque si estás generando saliva por lo visto el efecto de los gases es menor, así que ahí íbamos todos con nuestros caramelos en la boca! Como os imaginaréis, también vienen muy bien las gafas de sol porque los vapores ácido también irritan mucho los ojos. Los guías nos contaron que el ambiente es tan inhóspito que el material suyo (ropa, mochilas) no les dura más de 3 meses, porque el ácido se lo come todo.

La actividad volcánica de la isla está monitorizada por el GNS (el centro geocientífico de NZ), y tienen varias webcams en puntos estratégicos que podéis ver en su web. Hace unos años, a algún lumbreras se le ocurrió la feliz idea de poner un muñequito de un dinosaurio de plástico rosa enfrente de una de las cámaras. Aquello se divulgó más de lo que esperaban y llegó al New York Times, y la web del GNS tuvo tantas visitas de repente que se colapsó y estuvieron offline una semana (lo cual no me sorprende, conociendo cómo va aquí internet…).
Antes de terminar la visita, nos enseñaron los dos arroyos de agua dulce que hay en la isla, que eran la única fuente de agua que tenían los mineros en su día. Se puede probar, y esta vez sí me animé. Nos animaron a identificar el sabor de cada una, porque tienen sabores a cosas comunes y conocidas. La primera sabía muy muy salada y como a hierro oxidado, y la segunda era muy ácida y sabía a limón. Fue una experiencia curiosa, pero no me veo yo sobreviviendo con esa agua… No sé cómo el gato lo consiguió!
Ya de vuelta en el barco pudimos apreciar la isla al alejarnos mientras nos comíamos el sándwich que nos habían preparado:
Parecía que el día quería levantar un poco, y nuestro segundo encuentro con los delfines fue un poco más fructífero:
Después de otra hora y media de viaje llegamos a Whakatane. Teníamos un bono de la revista Arrival para que nos dieran un jabón de azufre gratis, así que nos acercamos a la tienda de souvenirs que tienen montada en la oficina para recogerlo. Tienen cosas curiosas y merece la pena asomarse. Después ya pusimos rumbo a Rotorua, pasamos por Countdown para comprar algo para la barbacoa, y al camping. Había sido un día intenso. Nos gustó mucho la isla, no sólo verla y olerla sino también sentir la actividad volcánica. Otro de esos sitios donde las fotos no hacen justicia, porque fue una experiencia mucho más allá de lo puramente visual. Muy recomendable.