Otro día estupendo. Hoy nos vamos hacia el oeste, primero al pueblo de Betty’s Bay. Al entrar en el pueblo me fijo que hay carteles indicando peligro por haber babuinos sueltos y no tardamos en verlos cruzando la carretera, una familia entera.
Nuestra primera parada es en los Harold Porter Botanical Gardens (entrada 20 rands por persona). Tienen en la entrada todo tipo de flores y plantas con sus carteles y en parterres todo muy bonito colocado, pero luego se camina por los montes anexos entre el fynbos y demás flora. El paisaje desde allá arriba merece la pena, incluso se accede a una cascada.

Luego nos vamos a la pingüinera de Stony Point (entrada 10 rands p.p). Están los pingüinos criando, así que por todos lados hay bebés todavía con el plumón. Se camina por unas pasarelas pero los pingüinos se ven muy cerca. Hay muchísimos.


También hay muchas aves marinas, mas damanes y los bichos que son mi otra fijación (además de los faros): lagartos

Nos comemos un bocadillo en una playa y luego nos vamos a Hermanus. No tenemos confianza en ver ballenas ni al personaje que las llama, así que aparcamos en cualquier sitio y decidimos dar un paseo por el camino del acantilado. En ese momento oímos el resonar de la “trompeta” que utilizan para llamar a las ballenas, así que nos vamos hacia allí y sin esperarlo encontramos al “whale whisperer”.

La trompeta está hecha con una de las algas enormes que se encuentran en todas las playas. Supongo que la retuercen y la dejan secar hasta que coge la forma que les interesa. Y allí están las ballenas, pegadas a la costa, enormes, preciosas. Y un poco más lejos otro par de ellas. Cuando el llamador hace sonar la trompeta parece que las ballenas le escuchan y se ponen a saltar y a jugar. Todo el mundo haciendo fotos como locos y gritando ahhhhhh y ohhhhhhhhhh.


De vuelta a casa nos paramos en De Kelders con la intención de visitar las Klipgat Caves, pero cuando llegamos ya han cerrado. Quizá en temporada alta tengan un horario mas amplio, pero por esta vez nos quedamos con las ganas. Entonces nos vamos otra vez a caminar por el acantilado y volvemos a ver ballenas y el atardecer.
El atardecer sobre el mar es precioso y de pronto me doy cuenta de que estoy mirando hacia el sur. Ya no hay nada más que mar hasta llegar a la Antártida.

Cenamos otra vez en Lighthouse Tavern, otra cena estupenda: pescado del día y calamares, mas las 4 pintas de rigor por 270 rands. Y esta vez los perros ya no me ladran sino que vienen a que los acaricie.