Y llegó el último día de viaje pero no por ello dejaba de ser importante. Y es que habíamos dejado para entonces la visita a la importante ciudad de Basilea.
Basilea, ubicada en la frontera con Francia y Alemania, es la tercera ciudad más poblada del país.
Su historia se remonta al siglo VI a.C., cuando los celtas se asentaron a orillas del río Rin. Posteriormente los romanos fundaron un asentamiento a 10 km. de distancia y construyeron una fortificación donde hoy está la catedral.
Tiene la reputación de ser una de las ciudades culturales más importantes de Europa y es la sede de varias importantes orquestas de fama internacional y de multitud de museos. Además se puede destacar su carnaval, el más importante de Suiza.
La estación de Basilea es la mayor estación ferroviaria fronteriza de toda Europa. A la estación central llegan todos los trenes suizos que tienen como destino la ciudad de Basilea (estación suiza). A una estación integrada pero que tiene sus propios salones, la llamada estación francesa, llegan y parten los TGV que van a París y a la Alsacia, en Francia. Basilea tiene además otra estación de la que salen los trenes que van a Alemania. Es la llamada estación alemana.
Frente a la estación parte multitud de autobuses y tranvías que nos llevarán al casco antiguo de la ciudad. Nuestro objetivo era llegar a la Barfüsserplatz, una de las plazas centrales de la ciudad y donde se celebran varios mercados. En la plaza se ve un edificio que parece una iglesia (de hecho lo era, un templo de la orden franciscana fundado en el siglo XIV) y que hoy en día alberga el Museo de Historia. Al parecer vale la pena su visita pero siento decir que no teníamos tiempo (otra vez será). A un lado de la misma plaza se ve el Casino de Basilea, donde se celebró el primer congreso sionista y que sirve como sala de conciertos. La calle que queda a la izquierda es la Steinenberg. Siguiéndola hacia abajo llegamos al teatro y enfrente vemos la famosa fuente de Jean Tinguely. El artista suizo concibió en 1977 una enorme piscina en la que dispuso varias figuras surtidor que se accionan con corrientes de baja densidad. Son nueve personajes/máquina de hierro que están en constante movimiento (menos cuando pasamos por primera vez que, porque estaban limpiando el estanque donde están, no funcionaban) y se ha convertido en uno de los símbolos de Basilea. Conviene no confundir la iglesia enorme que se ve por allí detrás con la catedral aunque por sus dimensiones pueda parecerlo. Creo recordar que era la iglesia de santa Isabel.

Muy cerca encontramos muchos museos, principalmente el de arte antiguo y el de Bellas artes. Muy cerca, siguiendo por la calle Rittergasse y pasando por varias casas históricas, llegamos a la plaza donde se alza la catedral. Cuando fuimos estaba en obras y lleno de asientos frente a una pantalla que lo afeaban. Además, la misma catedral también estaba en obras.
Como abren a las diez de la mañana, aprovechamos para ver el claustro, que estaba completamente abierto, gótico y lleno de epitafios (al parecer hay unos 200).
Hasta que la abrieran decidimos dar una vuelta por el barrio, porque está bastante elevado y bajar para volver a subir es durillo. Dejamos atrás el café teatro Zum Issak, en la plaza, y algunos museos y bajamos por la Agustinergasse. En esa calle encontramos dos museos, el de Historia natural y el Etnológico, y en el número 11 el edificio donde se fundó la Universidad en 1460 por el Papa Pío II.
Basilea alberga la más antigua universidad de Suiza. Algunos de sus principales profesores han sido Erasmo de Rotterdam, Paracelso (alquimista, médico y astrólogo suizo, conocido por creer que había logrado convertir el plomo en oro, por introducir el uso del láudano en medicina y por haber dado su nombre al elemento químico zinc) o Friedrich Nietzsche (uno de los pensadores más influyentes del siglo XIX). Hoy en día la Universidad es famosa por su enorme desarrollo en medicinas tropicales. Actualmente se ubica en un complejo de edificios modernos.
Nos desviamos ligeramente para llegar a la Iglesia de san Martín que, según dicen, es la más antigua de la ciudad (ya se menciona en documentos del siglo XIII). Se restauró en la segunda mitad del siglo XIV, después del terremoto de 1356. Vale la pena dar un paseo por los alrededores para descubrir algunas casas interesantes (si las obras lo permiten).
Retrocedimos lo andado para volver a la plaza. Decidimos entrar en lo que se suponía que era el Museo suizo de arte popular y nos encontramos de repente dentro de uno sobre otras culturas, con algunas piezas interesantes pero en remodelación. Después de un ratito allí dentro salimos y nos dirigimos a la catedral para ver si ya estaba abierta.

A lo largo de los siglos ha habido varias iglesias en este lugar pero en el siglo XI, cuando el obispo empezó a ganar poder, empezó a planificar una catedral que reflejara la importancia de la ciudad. Empezó a construirse entre el año 1008 y 1019, en estilo románico, con piedra arenisca rosa. A finales del siglo XIII se le añadieron las dos torres góticas y la entrada principal. Con el terremoto acontecido en 1356 la catedral sufrió serios daños. Los trabajos de restauración duraron hasta el 1500 y cuando la Reforma llegó a Basilea en 1529 se convirtió en un lugar de culto protestante. En los siglos XIX y XX se restauró nuevamente.
Dentro de la catedral se pueden destacar los fragmentos de un fresco del siglo XIII cerca de la entrada. Muy cerca están las tumbas de la reina Ana de Hohenheim, esposa de Rodolfo de Habsburgo, y de su hijo Karl. Según parece los sepulcros están vacíos porque sus cuerpos fueron trasladados. También en la catedral de Basilea está la tumba de Erasmo de Rotterdam, célebre humanista, filósofo y teólogo holandés, aunque cuesta un poco encontrarla. Cuando murió en 1536 fue enterrado en la nave central pero con el tiempo sus restos se trasladaron a uno de los lados (entrando a la izquierda, detrás de una columna, se alza su epitafio en mármol rojo). Creo que la gran mayoría de gente no lo ve (nosotros sí porque lo buscamos expresamente).
El tejado de la catedral está decorado con tejas de formas romboidales de colores. Desde el promontorio que hay detrás de la catedral es posible ver el río Rin e incluso la Selva Negra.
Un corto paseo nos llevó a la otra de las plazas importantes de Basilea, la Markplatz (Plaza del mercado), que, como su nombre indica, estaba llena de puestecillos en los que vendían frutas o queso. El motivo de venir hasta aquí no era comprar sino ver el precioso edificio que la preside. El ayuntamiento, que llama la atención por su color rojizo, es uno de los edificios más hermosos de la ciudad. ocupa ese lugar desde 1501, momento en que el poder se separó de la sede del antiguo señor de la ciudad, el príncipe obispo, que residía en la colina de la catedral, y Basilea entra a formar parte de la Confederación. Ese cambio simboliza el ansia de los ciudadanos de conseguir económica y socialmente la independencia del obispo.

Su estructura principal tiene tres arcos al frente y es la parte más antigua (aunque no la original ya que fue modificada a principios del siglo XVI para darle mayor prestigio al edificio). Sobre las almenas se reflejan los colores de los escudos de los 15 cantones que en aquel tiempo formaban parte de la Confederación. A principios del siglo XVII el Ayuntamiento se amplió y se adornó la fachada con motivos de falsa arquitectura. A finales del siglo XIX se añadió la parte izquierda y la torre de la derecha, en estilo historicista, cosa que hizo que se perdieran unos valiosos frescos de Hans Holbein. En cambio se conservaron los murales del patio interior del siglo XVII e incluso una estatua del siglo XVI del fundador de la ciudad, Munatius Plancus.
En la fachada también pueden destacarse el imponente reloj así como las estatuas de la Virgen, el emperador Enrique II y su esposa, Cunegunda.
En el interior pueden verse algunos salones como la sala del consejo cantonal, con su magnífica decoración con tallas de madera, vitrales y mobiliario antiguo.
En un extremo de la plaza del Mercado encontramos una calle que nos conduce a la Plaza de la Lonja del pescado, donde se puede ver una estatua de la Virgen María y de los santos Pedro y Pablo. La estatua original es del siglo XIV y hoy está en el Museo de Historia (la que se ve es una copia).
Cerca está el Museo de la Historia de la Farmacia ya que Basilea es un centro internacional de la industria farmacéutica. Próxima encontramos la iglesia de san Pedro. Esta iglesia era ya un lugar de culto en el siglo IX. Sin embargo, las partes más antiguas que pueden verse hoy datan del siglo XIII y están construidas con piedra arenisca rosa. La nave principal se terminó a finales del siglo XIV y la torre en el siglo XV.
En el interior de la iglesia vemos frescos muy bien conservados del siglo XIV que describen la vida y la muerte de Jesucristo.
Otro de los puntos importantes de la visita a Basilea es la Spalentor. Esta puerta es la más bella de la ciudad y uno de los símbolos de Basilea. Se construyó, junto con otras fortificaciones, en el siglo XV. Por la puerta cruza la calle que lleva a Alsacia y por allí llegaban en la Edad Media productos y personas que provenían de allí.
Tiene dos torres almenadas y una torreta central puntiaguda recubierta de azulejos en el tejado (francamente bonita). Se restauró en el siglo XIX. La cara exterior de la puerta está ornamentada con tres figuras que datan de principios del siglo XV: una virgen y dos profetas.

Bajamos caminando (y pasando cerca de los edificios de la Universidad) hasta llegar al río Rin y el puente más famoso de la ciudad. El Mittlere Rheinbrüke es el puente de madera más antiguo que atravesaba el río Rin. Se construyó en 1226 y fue reconstruido en piedra a principios del siglo XX aunque conservando la pequeña capilla situada en el centro y que data del siglo XV.
En uno de los extremos podemos encontrar también el Café Spitz, fundado en 1383 y restaurado en la década de los sesenta del siglo XX. Frente al café están las escaleras que conducen a un paseo por la ribera del río con vistas al casco antiguo.

Un tranvía nos llevó hasta la Puerta de Albán, construida originalmente, en el siglo XIII, como parte de la muralla. En el siglo XIX casi todas las fortificaciones de destruyeron y se remplazaron por un parque.
Los monjes cluniacenses construyeron un monasterio en este lugar en 1083, el de san Albán, fuera de los muros de lo que en aquellos tiempos era la ciudad. En 1480 el edificio se amplió y se añadió la iglesia pero después de la Reforma se abandonó. La actividad religiosa se reanudó en el siglo XIX.
Como curiosidad de Basilea cabe decir que muy cerca de allí se fabrican las famosas pastillas Ricola. Y eso es una suerte porque tos es precisamente lo que tenía por aquellos días por lo que me vinieron muy bien.

Volvimos a coger un tranvía muy cerca de san Albán para volver al centro y aprovechamos para acercarnos a un Coop cercano a la Markplatz porque vimos que tenía restaurante (de los que ya he hablado). Después de comer, cogimos de nuevo un tranvía hasta la estación y cogimos uno de los numerosos trenes a Zurich.
Ya de regreso en la ciudad financiera de Suiza aprovechamos para visitar el Museo nacional suizo, edificio neorrománico de finales del siglo XIX que se alza en el lugar donde se desarrolló la Exposición Universal de 1883. Fue inaugurado en 1898 y fue diseñado por el arquitecto suizo Gustav Gull aunque ha sido ampliado varias veces con posterioridad.
El interior del museo está formado por salas históricas con decoraciones originales y techos hechos de madera.
Se trata de la más importante exposición de la historia de Suiza desde el Paleolítico hasta la actualidad. Destacan las colecciones de numismática, filatelia, mobiliario, tapices, telas, etc. así como los restos prehistóricos y romanos. Tiene una de las exposiciones de arte gótico más importantes de Suiza. Es muy recomendable.