El décimo día de nuestro periplo nos levantamos en el magnífico camping del parque de Skaftafell (el mejor de todos los que vimos, sin duda), nos pegamos una ducha que nos supo a gloria (increíble que solo haya dos o tres casetas para ducharse con lo inmenso que es el camping, o si hay más no las supimos encontrar, aunque por suerte no nos tocó hacer cola) y nos dispusimos a salir de caminata hacia la cascada de Svartifoss.
Para llegar hay que hacer un trekking de una media hora o cuarenta y cinco minutos que es totalmente cuesta arriba excepto en su parte final, por lo que, dependiendo del ritmo al que se haga, puede cansar un poco. Cuando llegamos a Svartifoss no había gente alrededor y pudimos fotografiarla a placer, dentro de los límites permitidos (hay un mirador delimitado con cuerdas, por otras fotos que he visto no sé si antes esto era así), a pesar de que el día era, nuevamente, bastante plomizo y soso:

Decidimos continuar haciendo algo de ruta más allá de la cascada y después de un rato paramos a comer los bocadillos en una explanada con buenas vistas:

Para nuestra sorpresa, de pronto todos esos nubarrones se esfumaron y lució el cielo más azul que habíamos visto hasta entonces. Ejem, perdón, permitidme matizar: el único cielo azul que habíamos visto hasta entonces. De hecho, si no llega a ser por esta mañana, el cielo de Islandia podría haber sido rosa y no nos habríamos enterado.
Decidimos volver a la cascada y ahí ya nos tocó "hacer cola" para fotografiarla otra vez:


Cuando emprendimos el camino de regreso pudimos constatar cómo se había llenado de gente el trekking. Hubo algunos puntos concretos en que aquello parecía la Quinta Avenida. Menos mal que nosotros habíamos sido un poco más tempraneros y pudimos disfrutar del paseo por la mañana con relativa tranquilidad.
Lo que parecía fuera de todo tipo de dudas es que por fin había llegado el buen tiempo que debía de ser el normal en pleno julio. O eso pensábamos, claro
Una vez llegamos a la autocaravana emprendimos el camino rumbo a Vík. Por el camino paramos a comprar algunas provisiones, entre ellas una bolsa de snacks que eran bolitas de wasabi, y decidimos parar en el cañón cuyo nombre parece ya un chiste: Fjadrárgljúfur.
Primero recorrimos el sendero que hay por el margen derecho, desde el cual hay unas vistas muy chulas. La verdad es que no llegamos muy lejos ya que pronto dimos la vuelta porque queríamos intentar bajar abajo:

Para bajar abajo, cruzamos el río al principio del todo por un puente y vimos unos agujeros en el alambrado por los que podíamos colarnos. Con cuidado buscamos el lugar del terraplén más apropiado para bajar y así conseguimos meternos en el meollo del asunto:

Estar en el meollo del asunto desde luego que tiene su gracia, pero lo que no la tiene tanto es que justo en ese momento las bolitas de wasabi, que picaban como el demonio, te jueguen una mala pasada. Y eso fue lo que precisamente nos ocurrió, con una sincronización milimétrica y de forma fulminante como un rayo. El desenlace de tal situación no merece ser detallado aquí, pero lo que sí puedo compartir es la moraleja: si te vas al monte, mejor deja en casa los snacks picantes
Una vez resuelto el asunto, empezó a lloviznar y decidimos reanudar el camino a Vík, puesto que a lo tonto ya eran las 5 de la tarde.
Por el camino paramos a ver e intentar fotografiar unos grandes campos de rocas de lava cubiertas de musgo, pero llovía cada vez más fuerte y fue inútil.
Cuando llegamos a Vík, seguía lloviendo sin parar. En ese momento leímos en la guía que esa era precisamente la zona más lluviosa de Islandia. ¡Qué bien! Como habíamos tenido tan poca agua en todo el viaje...
Nuestra idea era ir a la playa a ver los "sea stacks", pero llovía tanto que decidimos parar a tomar algo en el restaurante que hay en la gasolinera N1. "Igual luego abre", nos dijimos, en lo que ya venía siendo el "leitmotiv" del viaje, igual que en Hawaii lo había sido el "la vuelta se hará más corta".
Pero no abrió, ni siquiera paró de llover, por lo que, para hacer más tiempo, decidimos echar un vistazo en la tienda contigua de IceWear.
Y después resultó que tampoco había parado aún, sino que llovía además más fuerte. Decidimos ir a un hotel que había al otro lado de la carretera y esperar tranquilamente a que dejara de llover con una botella de vino, después de preguntar y conocer que en Islandia solo venden alcohol en licorerías que tienen un horario de apertura muy reducido.
Mientras tanto, salí afuera a hacer este vídeo donde se puede observar el estado de la autocaravana:
La cosa se fue poniendo peor, y al final ya eran las diez u once de la noche y seguía lloviendo y, lo que era mucho peor, se había levantado un viento terrible. Convenimos, por tanto, dar por finalizado el día, después de haber esperado sin hacer nada unas cuatro horas en Vik a que dejara de llover, sin resultado alguno, y fuimos a echar un vistazo al camping.
Este nos pareció, a primera vista, de los más cutres. Lo recorrimos con cuidado y vimos que estaba todo lleno excepto algunos sitios que se veían inundados por el agua, y después de lo que habíamos pasado con la autocaravana el tercer día por la mañana (hacía algo así como un millón de años), no queríamos arriesgarnos lo más mínimo. Así que decidimos que ahí no podíamos quedarnos a dormir. La idea inmediata fue entonces quedarnos en el parking de enfrente del hotel, que era bien grande, y donde ya había una autocaravana aparcada de algunos que habían tenido la misma idea.
Ya estábamos en el parking cuando tuve lo que luego se desveló como la idea menos brillante de todo el viaje: ¿y por qué no íbamos a dormir a la playa, y así, a lo mejor, si al despertarnos bien temprano por la mañana no llovía, podríamos ver los "sea stacks" a primera hora, sin gente y pudiendo continuar el viaje bien temprano?
La playa a la que yo me refería era la de Reynisdrangar, a unos 6 o 7 kilómetros. Lo que no sabía es que los "sea stacks" ya son visibles desde una playa anterior en el propio Vik. (De hecho, los veíamos perfectamente desde donde estábamos, pero no sabíamos que ahí también había una playa. Desde Reynisdrangar se ven desde el lado contrario, pero, por la información de la que disponía, no tenía esto muy claro.)
Conseguí que mi idea fuera aceptada muy a regañadientes y conduje, ya con una oscuridad considerable (nada que ver con las "noches" tan claras que habíamos vivido en el norte de la isla), hacia la playa de Reynisdrangar. Seguía lloviendo como si fuera el fin del mundo y el viento se hacía cada vez peor, tomando tintes huracanados que daban miedo.
Al llegar a la playa vimos un parking grande y totalmente vacío. "Bien", me dije, "vamos a aparcar correctamente la autocaravana para pasar la noche aquí". Ya ves tú qué necesidad había de aparcar milimétricamente, cuando podía haberla parado en el puñetero medio de aquel solar y habría servido perfectamente. Pues no, como si se tratara de plazas de parking, la coloqué para aparcarla marcha atrás y arrimé lo más que pude al límite, demarcado por una cuerda sujeta por postes. Yo mismo me di cuenta de que quizá me estaba pasando arrimando la caravana hacia atrás, pero, en el peor de los casos, "lo máximo que puede pasar es que dé a la cuerda con la parte de atrás", me dije. Y una cuerda no podía hacer ningún daño.
Una vez apagado el motor y las luces fue cuando nos dimos realmente cuenta del temporal que había afuera. Las rachas de viento eran tan fuertes que parecía que podían volcar la caravana. Seguía lloviendo y aquello daba la sensación de que se estaba acabando el mundo. Habíamos sufrido viento muy fuerte en Husavik, pero esto no tenía nada que ver. La manera en que golpeaba el vehículo era tan violenta que llegaba a dar miedo.
Nos quedamos cinco minutos sin movernos del asiento, yo creo que dilucidando si aquello podía llegar a denominarse técnicamente tifón o no. Lo que estaba claro es que iba a ser una nochecita muy movida...
Fue a los cinco minutos cuando llegó la frase inevitable: "Deberíamos habernos quedado en el parking del hotel". La verdad es que yo reconocía que esa era una gran verdad, pero era inmensa la pereza que me daba ponerme de nuevo en marcha de vuelta a Vik. Sin embargo, tras un pequeño tira y afloja de un par de minutos, no me quedó más remedio que ceder y, de mala gana, olvidar mi brillante idea de dormir en la playa y volver a un sitio donde estuviéramos más resguardados del viento.
"¡Pues venga, vamos!", dije, un poco a regañadientes, y arranqué y salí hacia adelante.
No duró mucho mi recorrido, apenas unos diez metros, porque un estruendo procedente de la parte trasera me hizo detenerme de inmediato y los dos preguntamos al unísono: "¿Qué coño es eso?"
Mirando por el retrovisor derecho yo veía algo raro, pero entre la lluvia y la oscuridad tampoco conseguía entender nada. Mi mujer se bajó y fue a mirar la parte de atrás. Su cara al volver era un poema que lo decía todo.
Había arrimado tanto la autocaravana al borde del parking que, efectivamente, había tocado la cuerda. Bueno, "tocar" quizá no es el verbo más apropiado, teniendo en cuenta que había tirado tres de los postes de madera que la sostenían a lo largo de todo el perímetro del parking. Pero ese no había sido el problema. La parte de atrás se había metido justo encima de una roca que había al borde del parking y, al salir hacia adelante, había arrancado todo el paragolpes trasero, de manera que ahora estaba completamente roto de izquierda a derecha y colgaba en el aire como la sonrisa macabra de un payaso, con el conjunto de luces de la parte derecha yaciendo en el suelo, sujeto solo por los cables de las bombillas cual guirnaldas absurdas de un árbol de Navidad.
"La hemos cagado", fue lo único que acerté a decir. Y fue una reflexión muy acertada.
En un momento así, uno empieza a analizar alternativas pero sin ser capaz de pensar con mucha claridad. La primera opción obvia era ir así igualmente a Vík, pero siendo de noche, con aquella lluvia y aquel viento, no parecía la mejor de las opciones circular en ese estado, con un paragolpes colgando. Había un par de kilómetros de "camino de cabras" hasta la carretera, y lo más normal sería acabar perdiendo todo el paragolpes y las luces por completo.
De hecho, todo lo que significara mover la autocaravana, hacia adelante o hacia atrás, comportaba un grave riesgo de empeorar aún más una situación que era ya de por sí complicada, por no decir dantesca: la lluvia, el frío, el viento, la oscuridad y el maldito paragolpes de la autocaravana colgando, con las luces pendiendo de sus cables.
¿Podíamos pedir ayuda a alguien en algún momento? No, era de noche, no se veía una luz ni un alma alrededor y no podíamos ir a ningún sitio, ni andando ni mucho menos conduciendo. Al final del parking, pegado a la playa, se veía lo que nos parecía que podía ser un hotel, pero estaba todo cerrado y a oscuras. La autocaravana estaba ahora parada, por no decir atravesada, en el medio del parking, azotada por el viento que seguía pareciendo que era capaz de tumbarla.
Cinco minutos antes habíamos llegado a la conclusión de que sería una tortura dormir ahí. Pues ahora parecía que no quedaba más remedio que hacerlo y encima sabiendo que había una situación de muy difícil arreglo. Después de pasar por el momento "yo me quiero ir a mi casa", que supuso el punto más crítico, patético y bajo de todo el viaje, nos dispusimos a dormir allí mismo tal cual estábamos, con la caravana en mitad del parking con su horrible desperfecto en la parte de atrás y el viento recordándonos que aquella iba a ser una noche muy larga y muy dura.
Pero no se nos ocurría ningún remedio mejor: dormir y, a la luz de la mañana y sin viento ni lluvia (porque seguro que abriría, claro), pensar una solución para el lío en el que nos habíamos metido.
Todo pintaba a que no íbamos a pegar ojo en toda la noche, pero debió ser el agotamiento ante la angustia lo que hizo que nos durmiéramos enseguida y pasáramos la noche entera sin despertarnos ni una vez.
Kilómetros de la etapa: 176.
Kilómetros totales: 2430.
