Bien, adelanto que esta es la etapa con menos fotos de todo el viaje... de hecho, fue el día que "me tomé libre" de hacer fotos.
Repasando los acontecimientos del día, casi se puede decir que también fue el día que "nos tomamos libre" de ¡comer!, y que sin embargo los imprevistos iban a seguir apareciendo independientemente del día y el lugar.
El día 9 pusimos la alarma para despertarnos, por primera vez en todo el viaje (aunque tampoco es que hubiéramos estado durmiendo hasta el mediodía cada día, precisamente). ¿La razón? Habíamos contratado una excursión para ir a caminar sobre el glaciar y luego dar una vuelta en lancha entre los icebergs que salía bastante temprano del parque de Skaftafell, y con el cambio de planes al haber dormido en Jökulsárlón y no en el propio camping de Skaftafell, teníamos una hora extra de carretera.
El tiempo nos dio, por segundo día consecutivo, tregua. Es decir, al despertar pudimos comprobar, con una mezcla a partes iguales de asombro, estupor y júbilo, que ¡no llovía! Hummmm... ¡A ver si iba a ser verdad que lo del temporal duraría solo una semana!
Empezábamos a tener claro que esta segunda semana iba a ser ya más parecida a lo que era el viaje tal y como habíamos imaginado inicialmente: tiempo aceptable, paisajes increíbles, ningún contratiempo... O al menos eso pensábamos. La esperanza es lo último que se pierde, ya sabéis.
Los hechos se encargaron rápidamente de devolvernos a la realidad. Resulta que el tema de las carreteras en Islandia y de las distancias es bastante particular. No se tarda lo mismo en hacer 100 km aquí que allí, digan lo que digan las matemáticas. Y no es lo mismo conducir por una autopista con dos calzadas y dos carriles por calzada, que por una carretera con un solo carril por calzada... y sin arcén.
Viene esto a cuento de que, cuando menos lo esperábamos, una especie de tanque negro que avanzaba a aproximadamente la velocidad de la luz, kilómetro arriba o abajo, nos pegó tal golpe en el retrovisor con el suyo al cruzarnos que lo único que acerté a ver fue nuestro espejo de abajo rebotando por el asfalto en la carretera hasta perderse. El retrovisor de la autocaravana tenía una carcasa de plástico y luego dos espejos propiamente dichos: uno grande en la parte de arriba y otro más pequeño y apuntando hacia abajo en la parte inferior. Detuve la autocaravana y comprobé que el todoterreno nos había dado tal golpe que: a) la esquina de abajo de la carcasa tenía un boquete a través del cual podías introducir una flauta travesera, y b) el espejo de abajo ya no era más que un recuerdo.
El tipo del todoterreno no paró, claro. Lo inquietante es pensar que un golpe así había tenido lugar a ¿veinte, treinta centímetros? de la estructura de la caravana.
Una vez recuperados del susto, intentamos evaluar la situación. Era evidente que la caravana tenía un daño irreparable. ¿Había sido culpa nuestra?, ¡no! ¿Tendríamos que responer por ello...? Sí
Este es el típico momento en el que sale la pregunta de: "¿Cogimos el seguro?" Y recuerdas que no...
Total, que calculé que en la broma se nos iban a ir unos 200 euros (todo el retrovisor era de plástico y ni estaba motorizado ni nada de nada), y decidimos que por ese dinero no íbamos a amargarnos lo que quedaba de viaje.
Finalmente, a la hora convenida estábamos en el parking del camping de Skaftafell preparándonos para el trekking por el hielo. Nos dieron unos crampones (con los cuales te sientes un poco idiota hasta que te acostumbras a caminar con ellos), un piolet (que aparte de para hacerte la foto guay empuñándolo y para clavarlo en el hielo en plan Conan, para poco más sirvió), unos arneses (cuya utilidad preferimos no tener que descubrir) y un casco (como los de las obras, pero además naranja, para terminar de asegurar la ridiculez de las pintas). Y con estas nos fuimos a una caminata que duró unas cuatro horas, dos glaciar arriba y otras tantas de vuelta hacia abajo.
En el viaje a Hawaii hicimos el canelo en el viaje en catamarán a la costa de Na Pali llevando kilos de comida y bebida cuando luego resultó que en el barco había catering y barra libre (ver diario de Hawaii). En este caso nos dijimos que ya estaba bien de hacer el primo, y que para qué matarse en hacer bocatas de mierda cuando, pagando lo que habíamos pagado, seguro que nos iban a sacar allí hasta cognac Luis Felipe Gran Reserva.
Bueno, pues nuestra cara fue de foto cuando, a mitad de excursión y en la parte más alta del glaciar a la que llegamos, nos dicen que hacemos un alto en el camino para comer y cada uno empieza a sacarse sus bocadillos, fiambreras,... y nosotros sin nada
Para disimular el hambre que estábamos pasando y lo pardillos que éramos de no haber ido con comida, uno se pone a hacer fotos supuestamente artísticas a cosas tan raras como un cacho de hielo y demás... Pero la verdad era innegable: la habíamos cagado.
Después de las dos horas de bajada, y siendo algo así como las dos de la tarde cuando no habíamos comido desde las siete de la mañana y nos habíamos metido cuatro horas de caminata, el hambre comenzó a hacer estragos de verdad. Separaron el grupo entre los que íbamos a ir en lancha entre icebergs (pocos) y los que no (la mayoría), y a los que íbamos a ir en la lancha nos mandaron entrar en otra furgoneta.
Cuando preguntamos si no íbamos a comer algo en algún momento y nos dijeron que no (el paseo en lancha era por la laguna de Fjallsarlon, donde no hay donde comprar nada para comer en absoluto), casi nos da mal. Por suerte, en este momento apareció lo que como recurso literario se denomina "Deus ex machina"
Para hacer el paseo en lancha nos hicieron ponernos unos trajes de lo más ridículo. Para imaginarlos no se me ocurre descripción mejor que intentar pensar en una mezcla entre un astronauta de la NASA y un espantapájaros. Es algo que notas como cinco tallas mayor de lo que necesitas, pesado y, cómo no, de color chillón hortera. Claro que en términos de seguridad todo esto tiene su razón, por supuesto.
El paseo tuvo su punto de gracia, pero, sinceramente, es una turistada algo prescindible. En todo caso, suponemos que alrededor de la laguna de Jökulsárlón debe ser bastante más espectacular. En Fjallsarlon la verdad es que en cinco minutos tienes ya la sensación de haber recorrido y visto todo. Nosotros no sabíamos que era en esta otra laguna más pequeña; de haberlo sabido, no lo habríamos hecho, porque encarecía bastante toda la "excursión" y porque además las cuatro horas de pateada por el hielo habían hecho tanta mella que estábamos ya deseando poder ir a descansar...
El pobre guía que teníamos en nuestra lancha era lo menos carismático del mundo, y el tipo se pasó todo el rato casi suplicando que le hiciéramos preguntas, pero creo que estábamos todos tan cansados que no fuimos capaces de preguntar nada ni aunque fuera por hacerse sentir al hombre un poco menos mal.
En Fjallsarlon se ve bastante más cerca el Vatnajokull y esta es una muestra:
Una vez terminado el paseo en lancha entre los icebergs, nos llevaron de vuelta a Skaftafell. He de reconocer que en ese momento "casqué" con todas las de la ley y me quedé dormido en la furgoneta
Nos quedaban por delante bastantes de los puntos más icónicos y deseados (cascadas de Svartifoss, Skogafoss, Seljalandsfoss) y aún una auténtica aventura (la búsqueda del DC estrellado a pie).
Lo que no sabíamos es que los tres días que quedaban iban a ser también los que marcaran para siempre el recuerdo del viaje debido a más circunstancias varias inesperadas y, por qué no decirlo, los que nos permitirían ver e inmortalizar en fotografías algunos de los sitios más memorables.
Es decir, resumiendo: que la "traca final" del viaje estaba por llegar. En todos los sentidos.
Pero contarla es algo ya que corresponde a la siguiente etapa...
Kilómetros de la etapa: 89.
Kilómetros acumulados: 2254.
