20-03-15
Obviamente no vamos a madrugar, después de acostarnos pasadas las 4 de la madrugada, pero nos levantamos con la ayuda del despertador para intentar ver algo del eclipse total de sol que tiene lugar esta mañana, y que aquí en Tromso se ve en más de un 90% según las informaciones que hemos recibido.
Desde la ventana misma de la habitación aprovechamos para sacar unas fotos tras improvisar unos filtros oscuros para la cámara con unos calcetines negros y los filtros UV y polarizador que solemos llevar. El instituto que hay al lado del hotel ha parado las clases y la mayoría de los alumnos están en la salida, mirando al cielo. Decidimos unirnos al espectáculo. Aprovechamos para desayunar y tomar una bebida caliente antes de salir, estar un rato viendo los artilugios que ha inventado la gente para disfrutar del espectáculo, y seguir visitando la ciudad, sin morir en el intento (por las caídas…).
Hemos visto en la propaganda del hotel que en la parte de tierra firme, al otro lado del puente, está la “Catedral del Ártico”, la que está situada más al norte en el globo terráqueo. Allí nos queremos dirigir, pero viendo lo complicado que es mantener la verticalidad, decidimos coger un autobús para llegar hasta allí, el problema es saber qué línea y dónde esperarlo. Nos dirigimos al centro de información y turismo (Visit Tromso: Kirkegata, 2).
Después de un rato de cola (está a rebosar), obtenemos la información que queríamos, y de paso nos hacen una reserva para mañana tras consultar varias opciones y su disponibilidad: una excursión en trineo de perros, en la que incluso podremos conducir nosotros mismos el trineo! La compañía es local, y tiene su centro de operaciones a menos de media hora del centro de la ciudad (villmarkssenter.no/ ).
Mientras andamos por la calle como si fuéramos descalzos entre clavos, huevos y cristales, vemos como la gente anda tranquilamente y muy decididos. Intentamos coger un poco de confianza, pero a los pocos segundos acabo con el culo en el suelo helado… Vuelta a empezar. Otros no tan valientes se ponen en el calzado una especie de crampones de quita y pon que ayudan a mantener el agarre sobre el hielo. Entramos en una tienda y los vemos, pero decidimos que son demasiado caros para el uso que les vamos a dar y continuamos con este nuevo deporte de riesgo. Por fin podemos coger el autobús, y hacemos el corto trayecto (10 minutos) hasta el otro lado del puente, pero no bajamos en la Catedral, sino que tiramos un poco más, hasta la taquilla del teleférico que nos subirá hasta la cima de la montaña que domina el paisaje sobre Tromso, el monte Storsteinen (www.fjellheisen.no ).
Por cierto, los billetes de bus hay que comprarlos en sitios indicados para ello, no los venden en el mismo bus. Durante todo el trayecto hemos ido charlando con uno de los huéspedes del hotel que sigue nuestra misma ruta de momento. Ya por la mañana, durante el café habíamos comentado la aventura de ayer por la noche (ellos no tuvieron tanta suerte como nosotros…)
El trayecto hasta la cima dura unos 4 minutos y es de vértigo, pero las vistas una vez arriba son merecedoras del viaje. Desde el mirador hay una vista completa de la isla de Tromso y los fiordos circundantes. Por suerte luce el sol y no hace mucho frío, aunque el grosor de nieve aquí arriba supera el metro de altura. Desde la cima parten varios senderos y rutas, pero evidentemente nos conformamos con las vistas espectaculares de la isla, y con tomar diversas fotos. A la llegada del teleférico a la cima, hay un pequeño café donde tomar una bebida caliente, por si llegáis congelados o estáis mucho rato admirando las vistas.

Bajamos de nuevo y esta vez sí nos dirigimos andando hacia la “Catedral del Ártico”, a menos de medio kilómetro del teleférico (www.ishavskatedralen.no/en/ ). Está cerrada, y nos contentamos con verla de fuera. Cruzamos el puente andando y sin incidentes, y nos encontramos de nuevo en el centro de la ciudad, por dónde deambulamos, habituándonos a caminar sobre hielo y acabamos comiendo pasadas las dos del mediodía en el mismo restaurante de ayer, que nos gustó mucho.
Tras la comida, notamos el efecto de las pocas horas dormidas y nos vamos a hacer una corta siesta al hotel. Nos levantamos cuando aún no ha empezado a oscurecer, con hambre, y bajamos al pueblo otra vez, para tomarnos un hotdog en un chiringuito callejero situado permanentemente en la Erling Bangsunds Plass.
Paseamos un rato más, entrando en algunas tiendas, haciendo alguna compra, en definitiva, matando el tiempo. Tampoco es que haya mucho que hacer aquí, nos quedan por visitar un par de museos, o podemos hacer otras actividades típicas, como excursión en trineo de renos, en raquetas de nieve, en motos de nieve… Todo se nos sale de presupuesto, y nos tenemos que conformar con dar vueltas y hacer algunas compras.
De tanto andar se nos ha vuelto a despertar el hambre y decidimos ir a cenar pronto para poder acostarnos temprano, pues a pesar de la siesta, nos notamos cansados. Para no repetir otra vez en el Egon, nos metemos en un Sports Bar típicamente irlandés, el O’Learys (olearys.no/tromsosentrum ), en el que nos ponemos las botas, rodeados de ambiente futbolístico total, saboreando unas cervezas para hacernos venir más sueño aún.
Al salir, vamos dando tumbos (de cansados, no de borrachos) hasta el hotel. La subida por el parque helado se nos hace eterna, pero por fin podemos descansar…
