Milford sound
Hoy es un día chulo, hoy vamos al Milford sound. Nos levantamos pronto y hacia las ocho ya estamos empezando los 100km de carretera que te llevan al Milford sound. No hace muy buen día aunque esta es la zona en la que más se cumple lo de "4 seasons in one day".
Empezamos el camino y la primera parada que hacemos es en Cascade creek... Inocentes de nosotros hemos estado diez minutos buscando la cascada hasta que nos hemos dado cuenta que era el nombre del riachuelo, ¡que risa!
Hemos hecho el Bund track, un circuito circular de casi una hora que nos ha gustado mucho. Hemos atravesado un bosque lleno de arboles que se sabe que existen desde hace más de cien millones de años

y hemos llegado hasta el lago Bund y después hemos vuelto. Yo seguía con la intención de encontrar a un kiwi por el camino... Ningún kiwi, pero muchísimos pajaritos sin vergüenza ni miedo alguno.
Después hemos hecho algunas de las típicas paradas que hace todo el mundo: mirror lakes, the chasm...

Y lo digo así porque hasta ahora a duras penas recordamos habernos cruzado con otros turistas (es que vamos, ni uno ni en los baños de los campings) y ahora esto empieza a ser distinto. En cada posible parada o mirador hay alguna van con japos o algún autocar de turistas. ¡Esto se anima! Pero ya no mola tanto lo de hacer fotos... Siempre hay alguno por medio.
Finalmente, llegamos al túnel de único sentido que atraviesa una super montaña y te abre las puertas al Milford Sound (Homer tunel). Suerte que no éramos los primeros y veíamos las luces del de delante que sino no se si nos metemos, hace mucha bajada y los primeros metros de túnel ¡casi no tienen luz!
Por fin llegamos al parking de Milford Sound, se ha arreglado el día y ahora hace un día espléndido, esperamos que aguante. Faltan dos horas aun para que zarpe nuestro crucero (3.30h), así que decidimos comer y echarnos una siesta hasta que sea la hora de embarcar, ¡que ganas!

Ya es la hora y zarpamos. El barco tiene muchos pisos, a nosotros nos toca el camarote número dos en el piso de abajo. Es muy chulo una cama de matrimonio, una mesita de noche y un baño con ducha, pica y wc. Tenemos una ventanita en el cabezal de la cama por el que vemos de vez en cuando alguna ola de lo abajo que estamos.

Nos reúnen a todos en el comedor, nos dan la bienvenida y nos explican todo lo que podremos hacer, comer, horarios...

Lo primero que haremos será navegar hacia el mar para ver la inmensidad y la profundidad del fiordo. Es impresionante, es todo enorme e inmenso y el barco que nos parecía tremendamente grande de cuatro pisos, se convierte en una hormiguita en medio de una gran inmensidad de montañas, cascadas y agua. Agua que tiene un color precioso aun ser tan profunda (300metros nos dicen).
El capitán nos acerca a las cascadas que alucinamos, se queda a pocos metros de la montaña controlando el oleaje y el movimiento de su barco al milímetro, permitiéndonos a todos poder ver las cascadas casi casi desde abajo, como si estuviésemos en su centro. Con el agua que salpica de rebotar en el barco y en la zona rocosa inferior y los rayos del sol que aún nos calientan, se van formando arco iris a los pies de las cascadas preciosos.

Se respira mucha paz. Es todo muy inmenso y el sonido del agua, tanto el de las cascadas, como el de las olas, como el del barco navegar es casi lo único que se escucha. Podríamos llegar a ser 60 pasajeros en el barco; pero debemos ser unos 40, no más.

La siguiente cosa que nos proponen es escoger entre ir a dar una vuelta en barquita o coger un kayak e ir a inspeccionar la zona desde el agua, también nos acercaremos a la costa a ver si vemos algún animalito. Nosotros escogemos kayak.
Mientras la gente se organiza, se cambia y se ponen los chalecos, reparten merienda. A mi me dan una magdalena de chocolate sin gluten. (Ya he ido a hablar con el cocinero y el hombre, de aspecto muy parecido a papa Noel, de unos 60 años y cara sonriente, me ha dicho que puedo comerlo casi todo menos los pasteles de postre; pero que para mi tendrá otras cosas.) Perfecto.
Cogemos el kayak. Somos 11, el resto ha decidido ir en barquita. Nosotros nos lo pasamos pipa, otra vez, sintiéndonos superpequeños en medio de esa inmensidad y viendo las distancias superlargas e infinitas.


No vemos a ningún animalito y volvemos al Milford Mariner. Nos duchamos y pronto se hace la hora de la cena.
Nos han distribuido en las mesas, como si de una boda se tratase. Estamos con los más jóvenes, no sabemos si es casualidad, pero en todo caso nos alegramos. Estamos con una pareja de Tasmania y otra pareja, ella embarazada y con un tono de voz dulce, y su pareja, también un bonachón. Hablamos los seis durante la cena, de viajes, de nueva Zelanda, de Barcelona y de lo típico. Ameno.
La cena consta de unos aperitivos que acaban siendo pan de diferentes tipos y dippers distintos (a mi me traen mi pan sin gluten tostadito y un aceite con balsámico para dipear), una sopa a escoger (todos la escogimos de calabaza) y un buffet libre que constaba de ensaladas, verde, tomate, olivas, salmon, gambas, mayonesa..., pollo frito (a mi mi cocinero me hizo pollo plancha ;)) y habían otras carnes, patatas, brócoli.... De postre hubo un sin fin de postres y tartas, y unos quesos con frutos secos. Un festín de boda.

Pusieron un video en una de las salas, al que no fuimos. Nosotros optamos por hacernos un te caliente y subir a proa a ver las estrellas. ¡Vaya cielo! Cuanto más se acostumbraban tus ojos a la oscuridad, más estrellas veías. Fue una pasada. Al rato, nos retiramos, nos apetecía mucho ir al camarote y dormir en una cama.
A la mañana siguiente desayunamos (contiental breakfast en plan bufet: huevos, bacon, salchichas, etc.) e hicimos un recorrido en barco por toooodo el fiordo con la luz de la primera hora de la mañana. En ese momento, si que unos pingüinos vinieron a jugar con el barco y nos acercamos a unas piedras ya famosas por ser el solárium preferido de algunas focas.
A las nueve nos dejaba el Milford Mariner de nuevo a puerto, había sido estupendo.
Queenstown
Cogimos carretera y dirección Queenstown. Ibamos bien de tiempo, así que nos planteamos cambiar el salto de Marc y probar a ver si podía saltar cuando llegásemos. Así fue. Sin problema alguno nos cambiaron la hora y fuimos dirección al AJ Hackett Bungy de Queenstown y concretamente a las 14.30h estaba tirándose desde 400 metros de altura realizando su Ledge Bungy Jump!
Disfrutó como un niño pequeño, primero estaba nervioso, todo hay que decirlo, pero una vez soltada toda la adrenalina, se desató. ¡Que guay! Fuimos al lago a hacer el aperitivo y a comer algo, mientras él miraba sus videos, se ponía la camiseta que le habían regalado o miraba su diploma.
Después fuimos a dar una vuelta por Queenstown. A mi, particularmente, me ha enamorado. Es la cuidad con la que me quedo de nueva Zelanda, sin duda alguna. Es chiquitina, pero tiene encanto. Es tirando a pueblo de montaña cerca de pistas de ski pero con mucha opción tanto gastronómica, como lúdica, como de shopping...


Además la zona de barcas del lago, tocando a las montañas con las cimas nevadas, me ha parecido precioso. Nos ha gustado a los dos y hemos decidido que mañana nos quedaremos por aquí y comeremos por el centro y que ya por la tarde haremos ruta hacia Wanaka.
A pesar de las mil maravillas que he contado por el momento de Queenstown tengo que reconocer que mis gustos deben ser parecidos a los de la gran mayoría:
1. En Queenstown hemos oído hablar español varias veces
2. Hemos visto apartamentos turísticos
3. Está lleno de turistas
4. Hemos dejado de estar solos. De hecho hemos ido al camping Q Motor de las afueras, y nos hemos ido ya que parecía Salou en agosto. Al final hemos ido al Queenstown top 10 Holiday Park (en Arthurs, aun mas a las afueras), que también estaba lleno de gente, pero lo hemos visto mejor.
Así que no todo es tan bonito, pero me ha podido su belleza: nos quedamos un día más.