Llegamos hasta el valle de Sapa con las primeras luces del día, tras un largo camino desde Cat Ba, haciendo parada en Hanoi para cambiar de autobuses. Hacía mucho frío y el gran lago que se encuentra en el centro del pueblo estaba totalmente cubierto por la niebla. Tras calentarnos durante un rato en la pequeña recepción de nuestra pensión, salimos a dar un paseo por los alrededores.
Así llegamos hasta la aldea turística de Cat Cat, un poblado creado para el turista en el que nos encontramos algunas estampas curiosas aunque no nos pareció nada del otro mundo, había más tiendas de artesanía enfocadas al turismo que otra cosa. Nos gustó mucho un teatrillo en el que unos jóvenes del lugar realizaban danzas típicas.
La tarde la pasamos recorriendo las calles de Sapa, que de momento se nos asemeja mucho a cualquier pueblo de montaña europeo, de no ser por el punto exótico que aportan las etnias del lugar con sus coloridos trajes y esas caras llenas de arrugas que muestran lo dura que es la vida en este valle.
Pero a Sapa veníamos con ganas de hacer un trekking entre las impresionantes montañas esculpidas por el hombre que encierran el valle. Tuvimos muchas dudas sobre cómo organizarlo y cambiamos mil veces de opinión debido a la lluvia y al mal tiempo. Por un lado nos llamaba mucho la atención el vivir la experiencia de quedarnos en un homestay pero por otro nos planteábamos hasta que punto a estos lugares les queda algo de verdad. Finalmente y sin saber muy bien por qué, nos decidimos por ir a nuestro aire, en solitario y sin ruta fija.
La experiencia resultó ser toda una aventura, a veces teníamos varios caminos para elegir por donde seguir y otras veces no encontrábamos ninguna senda por la que continuar.
Al poco de salir del pueblo, al comienzo de la carretera, nos encontramos con una caseta en la que los turistas tenían que pagar para seguir caminando por la carretera. A nosotros nos pareció demasiado tener que pagar para ir andando por una carretera, así que tomamos un camino que salía a la derecha, el cual pronto desapareció. Seguimos caminando intentando ir en paralelo a la carretera hasta que a unos 600 metros más adelante conseguimos volver al asfalto de nuevo y de esta manera nos ahorramos el dinero de esos tickets.
Hicimos la ida por la carretera que va por encima del valle, para después continuar por un amplio camino que bajaba hacia el río, hasta llegar a un enorme puente de hormigón en lo más profundo del valle. La mayor parte del tiempo nos acompañaban unas vistas tremendas de las terrazas de arroz que aunque no están en la mejor época del año no dejan de ser impresionantes.
Durante el camino de ida nos encontrábamos con muchas mujeres ataviadas con los trajes típicos esperando a los turistas para venderles sus pulseras o guiarlos hasta sus aldeas. Para ello utilizaban en gran medida a los niños, niños de apenas 5 o 6 años que viven en unas condiciones durísimas y a los que no les queda ni rastro de la inocencia que se les presupone a esas edades. Gran culpa de que esto ocurra es de los propios turistas que le compran pulseras a los niños. Si los más pequeños no fueran capaces de generar ingresos para sus padres, estoy convencido que en lugar de estar trabajando tendrían la oportunidad de ir a la escuela o jugar un rato con sus amigos. Pero de momento así es el día a día en el valle de Muong Hoa, en el que la vorágine del turismo se ha tragado la infancia de estos pequeños.
De regreso a Sapa decidimos volver por el interior del valle en lugar de regresar por el mismo camino de ida. Durante todo el camino de vuelta no nos cruzamos con nadie. Los caminos hasta Sapa que van entre los arrozales no son nada fáciles de seguir, a veces hay muchos y otras veces ninguno.
A ratos tuvimos que andar por los filos de las terrazas de arroz, haciendo equilibrio, algo que puede hacer que al más mínimo despiste pegues un resbalón y termines de fango hasta la rodilla. Fueron varias las ocasiones en las que tuvimos que desandar las veredas que tomábamos porque nos dábamos cuenta que no íbamos en el camino correcto, o simplemente no podíamos continuar por esa senda, fue toda una aventura encontrar el camino correcto.
De vez en cuando nos cruzábamos con algún campesino de las aldeas cercanas que nos miraban con cara extrañada al ver que íbamos haciendo el camino en sentido contrario y solos, muchos nos preguntaban directamente que a donde queríamos llegar y ellos rápidamente nos indicaban que sendero tomar, antes de marchar siempre nos regalaban una sonrisa en la que faltaban algunos dientes.
Tuvimos una gran suerte con la meteorología porque esta misma mañana estaba diluviando y no sabíamos si comenzar la ruta o no, por suerte paró sobre las 10:30 y finalmente el día se arregló.
Al terminar la ruta, tras ducharnos, nos fuimos a ver atardecer y encontramos una terraza con las mejores vistas, Sapa quiso regalarnos un espectáculo de la naturaleza que nunca antes había visto, un precioso mar de nubes se colaba por el valle de Muong Hoa mientras se ponía el sol.
Las nubes escalaban las crestas de las montañas y se precipitaban como cascadas por sus barrancos, como si de agua misma se tratase. Fue algo precioso.
Si alguna vez vuelvo a Sapa tengo que alquilar una moto y tomar la carretera que va hasta Lao Cai, los paisajes son aún más impresionantes y se ven muchos caminos en los que te puedes meter con la moto.
Ya sólo nos quedan unos días para terminar nuestro viaje y estas montañas han sido la guinda perfecta para terminar con una gran sonrisa de oreja a oreja nuestra aventura por Vietnam, aunque todavía nos falta por visitar su capital, Hanoi.

Así llegamos hasta la aldea turística de Cat Cat, un poblado creado para el turista en el que nos encontramos algunas estampas curiosas aunque no nos pareció nada del otro mundo, había más tiendas de artesanía enfocadas al turismo que otra cosa. Nos gustó mucho un teatrillo en el que unos jóvenes del lugar realizaban danzas típicas.
La tarde la pasamos recorriendo las calles de Sapa, que de momento se nos asemeja mucho a cualquier pueblo de montaña europeo, de no ser por el punto exótico que aportan las etnias del lugar con sus coloridos trajes y esas caras llenas de arrugas que muestran lo dura que es la vida en este valle.

Pero a Sapa veníamos con ganas de hacer un trekking entre las impresionantes montañas esculpidas por el hombre que encierran el valle. Tuvimos muchas dudas sobre cómo organizarlo y cambiamos mil veces de opinión debido a la lluvia y al mal tiempo. Por un lado nos llamaba mucho la atención el vivir la experiencia de quedarnos en un homestay pero por otro nos planteábamos hasta que punto a estos lugares les queda algo de verdad. Finalmente y sin saber muy bien por qué, nos decidimos por ir a nuestro aire, en solitario y sin ruta fija.

La experiencia resultó ser toda una aventura, a veces teníamos varios caminos para elegir por donde seguir y otras veces no encontrábamos ninguna senda por la que continuar.
Al poco de salir del pueblo, al comienzo de la carretera, nos encontramos con una caseta en la que los turistas tenían que pagar para seguir caminando por la carretera. A nosotros nos pareció demasiado tener que pagar para ir andando por una carretera, así que tomamos un camino que salía a la derecha, el cual pronto desapareció. Seguimos caminando intentando ir en paralelo a la carretera hasta que a unos 600 metros más adelante conseguimos volver al asfalto de nuevo y de esta manera nos ahorramos el dinero de esos tickets.

Hicimos la ida por la carretera que va por encima del valle, para después continuar por un amplio camino que bajaba hacia el río, hasta llegar a un enorme puente de hormigón en lo más profundo del valle. La mayor parte del tiempo nos acompañaban unas vistas tremendas de las terrazas de arroz que aunque no están en la mejor época del año no dejan de ser impresionantes.

Durante el camino de ida nos encontrábamos con muchas mujeres ataviadas con los trajes típicos esperando a los turistas para venderles sus pulseras o guiarlos hasta sus aldeas. Para ello utilizaban en gran medida a los niños, niños de apenas 5 o 6 años que viven en unas condiciones durísimas y a los que no les queda ni rastro de la inocencia que se les presupone a esas edades. Gran culpa de que esto ocurra es de los propios turistas que le compran pulseras a los niños. Si los más pequeños no fueran capaces de generar ingresos para sus padres, estoy convencido que en lugar de estar trabajando tendrían la oportunidad de ir a la escuela o jugar un rato con sus amigos. Pero de momento así es el día a día en el valle de Muong Hoa, en el que la vorágine del turismo se ha tragado la infancia de estos pequeños.

De regreso a Sapa decidimos volver por el interior del valle en lugar de regresar por el mismo camino de ida. Durante todo el camino de vuelta no nos cruzamos con nadie. Los caminos hasta Sapa que van entre los arrozales no son nada fáciles de seguir, a veces hay muchos y otras veces ninguno.


A ratos tuvimos que andar por los filos de las terrazas de arroz, haciendo equilibrio, algo que puede hacer que al más mínimo despiste pegues un resbalón y termines de fango hasta la rodilla. Fueron varias las ocasiones en las que tuvimos que desandar las veredas que tomábamos porque nos dábamos cuenta que no íbamos en el camino correcto, o simplemente no podíamos continuar por esa senda, fue toda una aventura encontrar el camino correcto.


De vez en cuando nos cruzábamos con algún campesino de las aldeas cercanas que nos miraban con cara extrañada al ver que íbamos haciendo el camino en sentido contrario y solos, muchos nos preguntaban directamente que a donde queríamos llegar y ellos rápidamente nos indicaban que sendero tomar, antes de marchar siempre nos regalaban una sonrisa en la que faltaban algunos dientes.

Tuvimos una gran suerte con la meteorología porque esta misma mañana estaba diluviando y no sabíamos si comenzar la ruta o no, por suerte paró sobre las 10:30 y finalmente el día se arregló.

Al terminar la ruta, tras ducharnos, nos fuimos a ver atardecer y encontramos una terraza con las mejores vistas, Sapa quiso regalarnos un espectáculo de la naturaleza que nunca antes había visto, un precioso mar de nubes se colaba por el valle de Muong Hoa mientras se ponía el sol.
Las nubes escalaban las crestas de las montañas y se precipitaban como cascadas por sus barrancos, como si de agua misma se tratase. Fue algo precioso.
Si alguna vez vuelvo a Sapa tengo que alquilar una moto y tomar la carretera que va hasta Lao Cai, los paisajes son aún más impresionantes y se ven muchos caminos en los que te puedes meter con la moto.
Ya sólo nos quedan unos días para terminar nuestro viaje y estas montañas han sido la guinda perfecta para terminar con una gran sonrisa de oreja a oreja nuestra aventura por Vietnam, aunque todavía nos falta por visitar su capital, Hanoi.