Último día en Tokio y, al menos, el clima nos acompañó esta vez. Eso significa que, si el día no era lluvioso, el calor empezaba a hacer efecto y se notaba ya la entrada del verano. Nos dirigimos, de buena mañana como siempre, hasta la estación de Harajuku pasando por nuestro típico itinerario de coger la línea Chuo/Sobu para cambiar a la Yamanote en Akihabara. No nos arrepentimos de haber cogido el JR Pass de 14 días porque bien que lo rentabilizamos también en los trenes de la capital nipona.
Pocos metros después de la salida del tren encontrábamos la entrada a una de las calles más famosas, la Takeshita Dori, aunque pensábamos pasarnos después pues, a estas horas de la mañana, apenas había gente y la gran mayoría de establecimientos estaban cerrados. Nuestro primer objetivo del día era el santuario Meiji y hacia allí nos encaminamos, pasando uno de sus primeros toriis enormes que daban acceso al parque donde se sitúa el santuario. Lo cierto es que la frondosa vegetación y los numerosos árboles ayudaban a que la sombra hiciera más agradable el día minimizando el calor, pero aún así el bochorno típico del verano japonés era bastante notorio pese a lo acostumbrados que podamos estar en España.
Después de un agradable paseo en un muy bien cuidado camino (trabajadores limpiando las hojas caídas dentro del camino para que quedara siempre perfecto), atravesamos un par de toriis más y llegamos al santuario. Un lugar muy tranquilo y donde el silencio era sepulcral, en parte gracias a que de buena mañana todavía no habían llegado los grupos de turistas que más tarde veríamos que iban apareciendo por el camino. De ahí que siempre buscáramos buenos madrugones para ir a ver esa clase de sitios que siempre se llenan, aunque no puedes ir a todos, pero sí que lo agradecimos mucho.
Quizá esperaba un santuario más grande, pero lo que vimos no estuvo mal, con sus enormes árboles unidos en el gran patio central, las numerosas tablillas llenas de caracteres japoneses y un pequeño número de personas haciendo sus oraciones. Apenas se escuchaba nada, sólo el sonido de los numerosos cuervos que habitaban en el parque. Dentro del mismo santuario, una pequeña zona para sentarse en donde estaba escrito en una pared la historia del periodo Meiji (en japonés e inglés) nos sirvió para tener un rato aún más de tranquilidad antes de seguir avanzando. Estábamos cerca del ecuador del viaje pero llevábamos ya muchísimos kilómetros a cuestas.
Tiempo ahora de volver hasta la Takeshita Dori, cuando empezaban a abrir las tiendas. Cierto es que, al ser martes y a primera hora, no había una gran afluencia de gente, pero poco a poco se notaba que iba viniendo más y más gente y aunque nunca se hizo agobiante, en fin de semana debe estar llenísimo, pues la calle no es muy ancha. Con un agradable crep de helado que nos compramos, dimos una vuelta por toda la calle, que tampoco es tan larga y entramos a curiosear en varias tiendas, comprando algunos regalos que nos faltaban para la familia y algún utensilio que nos llamó la atención y pudiera sernos útil. Lo cierto es que había tiendas de todo tipo, tamaño y color, y muchas veces es difícil saber qué comprar si es que vas específicamente buscando algo, porque te lo encuentras de mil maneras. Como decíamos, siendo martes y sin tanta afluencia de gente, no vimos las típicas imágenes que salen en los reportajes de japoneses o japonesas con disfraces o con atuendos muy extraños. Habría que venir en fin de semana para verlo.

Por último, nos acercamos a ver un poco del parque Yoyogi, dando una vuelta simplemente y sin pararnos a buscar los detalles que pudieran haber. El Sol apretaba y llevábamos una mañana sin parar de aquí para allí tanto en el santuario como en la Takeshita, así que en el parque estuvimos algo más relajados observando a muchos grupos de gente haciendo yoga, algunos reunidos que parecían comunidades de extranjeros principalmente e incluso alguna excursión de niños pequeños que iban dando vueltas por el parque, muy ordenados ellos. Vimos por fuera algunas de las instalaciones que se usaron en los Juegos Olímpicos del 1964 y nos imaginábamos cómo serían los del 2020, sobre todo dónde podría estar el Estadio Olímpico. Decidimos ir a comer y proseguir luego con nuestra visita, ya que sólo nos quedaba ver Shinjuku ese día.

Pese a que una semana antes ya pasamos por Shinjuku, en aquella ocasión sólo fue para entrar en el VR Zone. Cierto es que, como llegamos con tiempo, pudimos dar una buena vuelta por los alrededores, pero el día que teníamos previsto ver más detenidamente Shinjuku era en este día. Buscamos ir por algún otro camino distinto al del día anterior y así fuimos recorriendo toda la zona, entrando en aquellos sitios que más nos llamaban la atención (bueno, nos llamaban mucho la atención pero a todos no se podía entrar). Nuestro primer objetivo era el edificio del Gobierno Metropolitano y hacia allí que nos fuimos, comprobando además que estaba bastante más lejos de lo que pensábamos, pues estuvimos un buen rato de caminata hasta llegar a la zona. Lleno de altos edificios alrededor, contrastaba con la zona más comercial de Shinjuku con sus neones. En esta zona, hoteles de lujo, grandes edificios de oficinas y el edificio del Gobierno Metropolitano que coronaba la zona.

Subimos al mirador después de una pequeña cola para acceder a los ascensores y en donde se leían unas pequeñas normas. Una operaria japonesa nos daba acceso al ascensor y finalizaba con una enorme reverencia mientras se cerraban las puertas mientras nos la imaginábamos todo el día haciendo aquello y si sufriría de dolores en la espalda con reverencias tan pronunciadas. Durante todo el viaje, en especial en Tokio, vimos mucha gente (especialmente chicas) con andares raros, piernas algo encorvadas o casi deformadas y no sabíamos si era por una mala postura en la típica forma que tienen los japoneses de sentarse o cuál sería la razón. Llegado arriba, había bastante gente en una zona con varias pequeñas tiendas de souvenirs y juguetes, y también una zona de restaurante que nos pareció bastante caro. Las vistas no eran tan impresionantes como en la Skytree ya que no estábamos tan altos ni tampoco había una cristalera de 360 grados, pero al llegar ya nueve días en Tokio pudimos detectar y apreciar sitios donde habíamos estado desde allí arriba. No, tampoco vimos el Fuji y, además, empezaba a anochecer.
Volvimos con intención de ver la zona comercial y de neones de Shinjuku toda iluminada y allí que nos fuimos. Se notaba la hora que era, sobre las 19:00, pues en la vuelta nos cruzamos con una grandísima cantidad de gente con traje que se encaminaba hacia las estaciones de metro y tren, suponemos que porque era el fin del día de trabajo para la mayoría y allá que iban. El tren estaría lleno. Llegamos adonde días atrás habíamos estado paseando, aunque ahora con mucha más gente, ya de noche cerrada y una alta actividad pese a haber anochecido completamente. Son zonas que suponemos nunca duermen. En uno de los famosos cruces de Shinjuku, donde se encuentran tres o cuatro pantallas enormes al lado de la carretera y el tramo elevado de tren, se estaba proyectando un concierto del fin de semana anterior de un grupo de “idols” japoneses, todos varones. Justo en la acera de enfrente y delimitado por una zona de vallas, había un enorme grupo de japonesas, todas ellas viendo con atención el concierto y muchas de ellas con auriculares (¿podrían conectarse a esas pantallas y escucharlo directamente en el auricular?). Pese a todo, no se las veía dar saltos de locura o bailar, sino mirar muy atentamente la actuación.

Dimos más vueltas por Shinjuku por calles a las que no habíamos ido la vez anterior, encontrando nuevas experiencias y situaciones aunque es imposible de ver todo. Seguíamos alucinando con la perfección de los platos de plástico que se veían en los escaparates de los restaurantes. Ya no sólo los platos, sino cualquier detalle como la bebida o líquidos que, vistos luego en las fotos, parece que sean totalmente reales. En un escaparate de una sencilla tienda vimos a una violinista tocar dentro del escaparate y gente allí reunida, junto a otros que iban repartiendo folletos. Se trataba de la violinista Ayasa, que parece ser es bastante conocida por allí y que estaba promocionando su próximo concierto. Curioso era que tocara en ese escaparate, pero lo cierto es que la música sonaba muy muy bien. Quisimos subir adonde estaba la cabeza de Godzilla, pero sólo conseguimos subir hasta la entrada de los enormes cines que allí se encontraban, por lo que no supimos si no se podía subir arriba del todo o sólo podían subir los que se alojaran en el hotel que allí había.
Desistimos y decidimos volver al hotel para acabar de preparar la maleta y proceder a su envío. Llegados al hotel y con todo listo, metimos la muda de tres días en la mochila de viaje y gestionamos con la recepción del hotel el envío de maletas. No hubo ningún problema, pues ellos nos rellenaron los papeles, nos midieron las maletas y se encargaron de todo, aunque les facilitó mucho el que lleváramos la dirección del siguiente hotel apuntada en japonés.
Con el tema de las maletas solucionamos, fuimos a cenar y a prepararnos para el día siguiente. El viaje a Takayama nos esperaba y, con él, nos despediríamos de Tokio.