Cuando preparábamos el viaje nos pareció que ir por nuestra cuenta al castillo, el que teníamos muchas ganas de conocer, resultaría bastante complicado, por lo que teníamos decidido contratar en Estrasburgo una excursión de día entero, que habíamos visto por internet y que iba al castillo, a Obernai, Mont St Odile, Riquewhir y una degustación de vinos. Suponíamos que, como sucede en la Argentina, habría varios locales de agencias de turismo ofreciendo ese recorrido, pero no es así, ni una agencia de turismo para excursiones.
Resultó que la única agencia que hacía esa excursión no tiene oficinas abiertas al público, en la oficina de turismo nos dijeron que había que llamar a un teléfono y contratarla por ese medio. Tratar de que me entendieran, sin la ayuda del idioma de las señas, en lo que ya dije es básico inglés tipo a lo indio, nos pareció super complicado, pero como somos muyyyyyy cabezas duras, averiguamos en una oficina del ferrocarril que había justo enfrente de nuestro hotel, a la que fuimos a comprar el billete para el día que nos íbamos a Alemania. El señor que nos atendió fue amabilísimo con nosotras, nos explicó cómo llegar en tren (lamentablemente no encuentro el papel donde anoté el nombre de la estación en la hay que bajarse) y que podíamos ir a alguno de los pueblos de la zona del castillo en bus. Hicimos exactamente lo que este buen hombre nos explicó, tranvía a la estación, tren hasta “no me acuerdo el nombre” y justo a la salida de la estación un bus que te deja en la misma entrada del castillo. Fácil y económico.
El castillo está impecablemente restaurado, cada estancia que es posible visitar está amueblada con cosas de la época. Un recorrido que realmente nos gustó mucho.
La entrada ya es imponente y el patio al que se pasa también.


El interior también es increíble, pongo sólo dos fotos de las muchas que tengo de los distintos ambientes del castillo, una de un ambiente con muebles y otra de una araña que me llamó mucho la atención


La sala de las armaduras y el cañón con el que defendían el castillo y el patio interno con un antiguo aljibe también merecen la pena un párrafo.

Pero para mi gusto lo mejor de todo fueron las vistas desde el castillo, increíbles, impresionantes, magnificas.

Volvimos a bajar en bus hasta la estación de trenes. Acá tuvimos el otro momento curioso del viaje que demuestra que no todos los franceses son poco amables con el turismo que no habla su idioma. Resulta que le preguntamos al chofer donde y que número de bus teníamos que tomar para ir a Ribeauville, no sólo respondió nuestras consultas, un su también básico inglés, sino que nos acompañó a las oficinas del ferrocarril para que el empleado nos explicara mejor y después se cercioró que esperáramos en la parada correcta. Siguiendo esas indicaciones, esperamos el bus que salía desde el parking de autobuses de uno de los laterales de la estación de tren, el mismo lugar desde donde sale y a donde llega el que va al castillo, y nos fuimos al pueblo de Ribeauville.