Comenzamos el día en nuestro hotel con un rico desayuno, pero tampoco para tirar cohetes, y más teniendo en cuenta que el precio del hotel era elevado, digamos 6.5/10, sin embargo, el trato del personal sigue siendo excepcional, están todo el rato atentos por si necesitas algo y preparan platos calientes, en este aspecto, un 10.
Aprovechamos para lavar ropa, en esta primera parte del viaje usamos más ropa de la cuenta y ya tenemos bastante acumulada (parece que no nos acordabamos ya de lo que era sudar todo el rato en el sudeste asiático :P), el servicio de lavandería del hotel funciona muy bien y el kg de ropa no llegaba al euro.
El hotel ofrece el alquiler de bicicletas gratuito y aprovechamos para coger una y hacer una ruta hacía la plata de An Bang, aproximadamente a 45 minutos. El camino es agradable, pese al calor y el solazo, recorres una carretera con arrozales a los lados, dónde vemos algunos bufalos, una grata experiencia, hacía años que no cogiamos bicicletas.
La playa no tenía nada destacable, al menos para nosotros, realmente Vietnam no nos cautivó por sus playas, eso era algo que ya imaginabamos mientras planeabamos el viaje, el único día que nos acercamos a una playa fue este.
Aprovechamos para tomar un café con hielo y una botella de agua helada, después damos un paseo por la zona y ya cogemos las bicis para volver a la ciudad.


Tras dejar las bicis en el hotel caminamos hacia un restraurante thai que vimos el dia anterior caminando, ojeamos el menú y decidimos entrar, ¡y qué gran decisión!
El restaurante se llama Thai Kitchen Hoi An (no fueron muy originales, pero no queda duda de lo que vas a encontrarte
)Probamos 4 platos y nos recordó bastante a nuestro viaje a Tailandia, estaba todo muy rico, costó unos 20€, algo más caro de lo habitual.


Tras la comida, caminamos por zonas que no habíamos visto aún y más tarde tomamos un par de cafés de coco junto al puente japonés y fuimos a ducharnos al hotel antes de encarar nuestra segunda y última noche en Hoi An
Ya duchados, salimos a pasear y pasear por el night market, repetimos pancakes dónde la primera noche, la mujer del puestecito y su marido se pusieron muy contentos de vernos, y ya nos trataban como si fuesemos conocidos de toda la vida, muy simpáticos.
Tras esto, tomamos un par de cervezas y para la habitación (esta vez más pronto que el día anterior y sin ratas a la vista)