Empezamos con un buen desayuno (incluído) en el hotel, donde la mayoría de los trabajadores hablan español. Recoger, chek out y listos para otra jornada. Dudamos si subir al parque con nuestro coche o dejarlo aparacado en el hotel y movernos en los buses gratis como habíamos estado haciendo hasta ahora. Al final decidimos hacerlo así. Ahorraríamos gasolina y tiempo. La parada más cercana del bus lila (es la que nos sube al parque desde Tusayán) está al otro lado de la calle, en la puerta del Grand Hotel. Enseñamos el anual pass a la conductora y en marcha. Primera parada Visitor Center para coger un mapa.
Nos vamos directos al Mather Point y alucinamos con las vistas. Inmensidad, así como resumen. Aunque había mucha gente se podía estar bien. Fuimos caminando hacia la izquierda bordeando el acantilado y no tuvimos problemas para sacar fotos chulísimas. Cada rincón, cada roca era un escenario perfecto para sentarse unos minutos a disfrutar de ese espectáculo y asimilar la grandeza de la naturaleza y lo pequeños que somos nosotros.
Sin darnos cuenta llegamos hasta el Yavapai Point. Qué disparate de paisajes.
En este punto teníamos dos opciones: coger los buses y seguir viendo el parque, o continuar haciendo algún trail.
En el Gran Canyon hay cuatro líneas de buses. El lila, que es el que sube desde los hoteles de Tusayán al parque y viceversa. El naranja que se mueve por los miradores más cercanos al Visitor Center. El azul que une el Visitor Center y el Village, pasando por el Market Plaza (prácticamente la zona central). Y el rojo que te lleva hasta el punto más al oeste del parque, el Hermits Rest y vuelve hasta el Village.
Estábamos en el Yavapai Point y decidimos de momento pasar de los buses y seguir haciendo el Rim trail hasta el Village, que nos quedaba a algo más de dos kilómetros.
Nos encantó. Fuimos bordeando todo el rato el cañón. Este trail se llama también el Trail of Time. Muy curioso las indicaciones del suelo y las rocas que están expuestas a lo largo del camino. Recomendadísimo. Además con muchos tramos con sombra.
En el Village había mucho ambiente. Entramos al Tovar Hotel a echar una ojeada. Me pareció una buena opción para alojarse, teniendo en cuenta que es un lugar con mucho trasiego de personas, alojadas o no, que entran y salen a curiosear, a la tienda de regalos, al restaurante, etc... Era el típico hotel de montaña, con su madera y sus cabezas de renos disecadas colgando en las paredes. Nos tomamos un helado en un puesto que tenían en la puerta, descansamos en los columpios de una de sus terrazas y como el que no quiere la cosa y engañando un poco a los chavales estiramos un poco más la ruta hacia el Bright Angel Lodge. La verdad es que quedarse en alguno de estos alojamientos que hay en el Village tiene que ser un lujo, sobre todo si la habitación da al cañón, menuda vistazas.
Los chavales empezaron con las quejas, para ellos las vistas se estaban volviendo repetitivas y llegados a este punto, y anteponiendo la armonía y el disfrute familiar general optamos por irnos a comer. Me daba mucha pena despegarme de esos precipicios pero había llegado la hora de la despedida.
Fuimos a la parada del bus azul y nos bajamos en el Market Plaza. Otro de los puntos situados en la zona central de esta parte del parque. Aquí también hay mucho movimiento pues tiene muchos servicios. Comimos en un bar que tenía terraza con mesas y sombrillas fuera. Pizza, sopa, burguers y postre fue nuestro menú. Todo muy rico y en medio de aquella privilegiada ubicación. Cuando nos íbamos llegaba un señor con una guitarra, supongo que tocaría pues también había otras personas como preparando cables y parafernalia para una actuación. Otra vez me agarró la pena por tener que irme de allí, pero era el momento de decir adios al Gran Canyon del Colorado.
Cogimos bus azul otra vez hasta el Visitor Center y allí el bus lila, que nos bajaría hasta la parada del hotel donde habíamos dejado el coche por la mañana. De Tusayán hasta Williams hay unos 50 kilómetros. Siendo consciente de que nos habíamos dejado mucho por ver y disfrutar en el Gran Cañón, nos hubiese dado tiempo a hacer más rutas a pie por ejemplo, enfilamos carretera en dirección al siguiente hotel: el Comfort Inn de Williams.
WILLIAMS. A las seis de la tarde salíamos del hotel, ya descansados y duchados para recorrer este pueblo que tanta fama tiene en plena ruta 66. Enseguida llegamos al centro y sus calles más típicas llenas de tiendas curiosas. Entramos a varias, siendo la que más nos sorprendió la de una señora que tenía en la entrada una mesa con varios indios jugando a las cartas. No voy a criticar nada, me limitaré a decir que la tienda era muy peculiar y la señora muy agradable jjj. Además de las muchas tiendas de souvenirs y los restaurantes, vimos los trenes que nos dieron mucho juego para hacer alguna foto chula.
Los chavales y nosotros mismos subimos a una tirolina que había al lado de las vías. Una tontuna que tuvimos que hacer, ea. También estuvimos hablando con personas del pueblo que nos parecieron la mar de simpáticas y amables. Hicimos las primeras fotos con los rótulos y señales de la ruta 66 y las primeras gasolineras típicas de ella.
Mientras hacíamos fotos nos asaltaron unos vaqueros barbudos para invitarnos a un espectáculo que iban a hacer esa tarde. Allá que fuimos. En mitad de la calle, en un cruce hicieron su show de tiros y gritos que no entendimos muy bien pero nos echamos unas risas como toda la gente que allí se congregó. Después nos fuimos a cenar al Cruiser Route 66 Bar and Grill, que está chulísimo, tanto por dentro como por fuera.
Lo encontraréis rápido por el coche rojo que tienen en el tejado.
Cenamos bien, en plan barbacoa, unos costillares y unos filetes de ternera muy ricos.
Había camareras que hablaban español. El local estaba lleno y el ambiente molaba. Nosotros nos sentamos fuera, debajo de una de sus típicas sombrillas rojas. Mientras cenábamos se oía música en directo del bar de al lado. La verdad es que se estaba bien allí.
Williams nos gustó. Era nuestra primera toma de contacto con la ruta 66 y el pueblo tenía ese ambiente y mucha vidilla nocturna. Vimos un bar con una decoración muy épica que además era karaoke. Ver a las personas que estaban dentro, en la barra y eso era como estar viendo una película. El bar que había al lado del sitio donde cenamos también tenía mucho ambiente pero no entramos al ir con los chavales. Hubiera molado tomarse una copa escuchando al grupo que estaba tocando en directo. Peeeero, los chavales no podían entrar, eso sí, vimos muchos teenagers conduciendo como pavos dando acelerones y con la música bien alta en sus rancheras. Y seguro que con algún arma en la guantera. En fin, nosotros en vez de la última copa nos tomamos un último mega batido y nos fuimos a dormir.
El hotel de Williams estaba bien. Se notaba que ya era más del estilo americano de carretera pero bueno, aprobaba. Además el chico de recepción fue super simpático a la hora del chek in. Me tuvo más de diez minutos charrando de mi nombre, del suyo, de su madre, de la mía, en fin... muy gracioso el chaval. Esta vez nos tocó segundo piso y las vistas desde la ventana daban a una iglesia. También tenía piscina interior pero no tuvimos tiempo de probarla. El desayuno estaba incluído. A parte de los pancakes, lo demás era bastante justito. Enseguida tendríamos que parar para un tentempié, pero eso ya lo cuento en la siguiente etapa.