Antes de empezar las visitas con nuestro guía local, salí a dar una vuelta por los alrededores, en los que no había gran cosa, excepto el cinturón de murallas exteriores y algunas casas vetustas donde no se veía a nadie.




El hotel estaba a cien metros escasos andando del casco histórico, adonde me acerqué tras cruzar la Puerta Sur para tomar unas fotos, si bien no me adentré demasiado en las callejuelas no fuera a ser que luego no acertase a salir. Como aperitivo, descubrí un precioso minarete de colores sobre unas casas de ladrillo que no parecían muy antiguas.







Sin embargo, en el exterior, a solas frente a aquellas murallas de barro, de pronto, me sentí más cerca de la Edad Media, una sensación que no había tenido ni en Samarcanda ni en Bujara.

Jiva (Khiva).
Capital de la histórica Corasmia hasta principios del siglo XX, Jiva (Khiva) se ubica en un oasis al norte del desierto de Kyzylkum, en el extremo occidental de Uzbekistán, relativamente cerca de la frontera del actual Turkmenistán y a unos mil kilómetros de la capital, Taskhent. Aunque estaba situada en un camino secundario de la Ruta de la Seda, la mayor parte de las caravanas paraban allí antes de afrontar el desierto iraní. Hoy en día cuenta con unos 90.000 habitantes.

Itchan Kala.
Es el nombre que recibe el casco histórico de la ciudad de Jiva, uno de los mejor conservados de la Ruta de la Seda tras su reconstrucción en los años 70 del pasado siglo. Con 400 metros de ancho y 720 de largo, está formado por estrechas callejuelas en las que se erigen madrazas, mezquitas, mausoleos, caravasares y minaretes, cuyas cúpulas y torres sobresalen por encima de unas imponentes murallas de barro que cuentan con bastiones y cuatro hermosas puertas. Supone un gran ejemplo de la arquitectura islámica de Asia Central, con 50 monumentos históricos y 250 casas antiguas, datadas en su mayoría entre los siglos XVII y XIX. De todas formas, pese a que no hay muchas construcciones anteriores a esa fecha, en su interior parece que el tiempo se ha detenido. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1990.


Las murallas de Jiva.
Sus muros de barro, de unos diez metros de altura y color ocre arenoso como el resto de la ciudadela, cuentan con cuatro puertas (en uzbeco, puerta es “darvoza”), una en cada punto cardinal: Bogcha Darvoza (norte), Polvon Darvoza (este), Tosh Darvoza (sur) y Ota Darvoza (oeste).


En nuestra primera visita, en vez de ir por la sur -la que yo ya había visto y que está en las fotos de arriba-, rodeamos la muralla y nos dirigimos a la del oeste, Ota Darvoza, por donde suelen entrar los turistas. Antes de llegar, vimos un bonito conjunto escultórico que evoca las antiguas caravanas, con un camellero y sus camellos enfilando la puerta de la ciudad.

En esta puerta hay instaladas unas oficinas para la venta de tickets y tornos para controlar a los visitantes, ya que se paga entrada por ver los monumentos. Creo la entrada conjunta costaba 120.000 soms, pero no lo sé con certeza, pues lo llevábamos incluido; ni tampoco si se cobra algún suplemento por hacer fotos, ya que no nos pidieron justificante en ningún momento. Los tornos estaban bajados y también se puede entrar por otras puertas que no los tienen, así que no se paga por acceder al casco histórico. Esto es importante porque lo pregunta mucha gente.


Nada más traspasar esta puerta se me escapó un suspiro al ver lo que hay dentro, aunque la mirada me la robó sin remedio la increíble torre inacabada de Kalta Minor. Y el súbito ensueño de las mil y una noches no me lo estropearon ni los tenderetes, ni los vendedores de gorros de astracán, ni el enjambre de curiosos que deambulan por las callejuelas con mochilas, pantalones cortos y el teléfono móvil en la mano.


Aquí hay un mosaico de azulejos que dibujan el mapa de Itchan Kala y sus monumentos. Aparte de que queda chulo como recuerdo, viene bien hacerle una foto porque resulta muy útil para moverse por el laberinto interior. Lo consulté más de una vez y lo sigo haciendo ahora para redactar este diario.

Konya Ark.
Esta fortaleza se empezó a construir en 1686 para residencia real y su nombre quiere decir “fortaleza en la fortaleza”. Un siglo después, se convirtió en ciudadela, separada de Itchan Kala por una muralla interna con su correspondiente puerta; en fin, una ciudad dentro de otra ciudad.

Esa tarde solo entramos para contemplar la puesta de sol desde la torre del homenaje, la azotea superior y las almenas, pues volveríamos al día siguiente para hacer la visita completa. Sin embargo, para no dispersar la información, haré todo el relato ahora. Así que la luz de las fotos no es la misma.



Del complejo primitivo, se conservan algunas estancias que fueron restauradas en el siglo XIX, como la puerta este con su sala de vigilancia, la celda de Ak-Sheikh-Bobo, un cuarto para la recepción y registro de las personas, las mezquitas de verano e invierno, la ceca y el harem.


Tras cruzar la puerta, con dos torres a cada lado, coronadas con sendas cúpulas de color turquesa, subimos unas empinadas escaleras que nos dejaron en el patio exterior, que se utilizaba para desfiles y donde también esperaban las personas llamadas a las audiencias. Unos actores vestidos con ropa de la época colaboraron en la ambientación.


Una estrecha puerta da paso a unas escaleras que suben a las almenas, un observatorio privilegiado desde el que se divisa toda la ciudad y los campos adyacentes. De camino, surcamos pasadizos y corredores que parecían propios de una película de las mil y una noches. Se me vino a la memoria aquel juego de ordenador tan famoso de los años 90, “El príncipe”. ¿Os acordáis? Los mayores, seguro que sí.


La Torre del Homenaje es la parte más antigua y ofrece unas vistas fantásticas, sobre todo al atardecer. Merece la pena subir los escalones, muy altos y desgastados, para contemplar las diversas perspectivas en 360 grados, los minaretes de colores y las cúpulas turquesas, así como el interior de la propia fortaleza desde lo alto. Impresionante.



También se contempla buena parte de la ciudad extramuros, donde no faltan las mezquitas y los minaretes. Sin embargo, se nota claramente que no es lo mismo. Muy recomendable visitar esta azotea, sobre todo al atardecer. Me gustó mucho.


Después, vimos a unos novios que estaban haciéndose la correspondiente sesión de fotos con trajes típicos. Vienen muchas parejas a posar aquí, y no es de extrañar, con semejante escenario. La chica iba guapísima y el vestido era precioso. Les pedimos permiso para hacer una foto. No tuvieron ningún inconveniente, incluso se fotografiaron con varios de nosotros.

Aparte de las panorámicas, hay que visitar la mezquita de verano, cuyas estancias están al aire libre. Sus paredes se decoraron con azulejos azules y blancos, mientras que en el centro se erigen seis columnas de madera sobre bases de piedra.


La antesala del salón del trono tiene dos columnas de madera tallada sobre pilares de piedra y está decorada con azulejos y el techo policromado. Enfrente, hay una plataforma circular elevada que servía para instalar las yurtas, lo que prueba la importancia que se les concedía a las tiendas utilizadas por los pastores nómadas, dado que todas las casas les solían reservar un espacio en sus patios.


También me fijé en varias puertas, bellamente elaboradas, unas mejor conservadas que otras. Y, desde luego, no faltan los puestos de los vendedores que ofrecen de todo a los turistas en el propio interior.

Pegado al Ark, está el Zindan, la cárcel, una estancia no muy grande con dos cúpulas. En su interior hay una exposición sobre los espeluznantes castigos que recibían los criminales, los infractores del Islam y las mujeres infieles. En la gran plaza frente a la que se ubica, tenían lugar las ejecuciones.

Regresamos para cenar en el hotel un bufet sin mucha historia (bueno, sí, los pasteles estaban muy ricos), pero que nos quitó el hambre. Después, mi amiga y yo retornamos al casco antiguo para verlo de noche e iluminado. El asunto prometía y mucho. De momento, recordábamos el atardecer en las almenas del Ark.

