En esta ocasión, entramos por la puerta sur. Había bastante menos gente que por la tarde y la mayor parte de los vendedores estaban recogiendo sus puestos. Así, la ambientación medieval fue ganando enteros paulatinamente hasta volverse fascinante cuando los monumentos se empezaron a iluminar y cada puerta parecía querer invitarnos a asomarnos al interior.




Por la tarde, solo habíamos visto lo que había cerca de la puerta Ota, el Kalta Minor y sus alrededores, visitando el Ark únicamente para contemplar la puesta de sol, de modo que recorrimos el interior de la ciudadela con los ojos bien abiertos para no perdernos nada, pero sin saber ni dónde nos hallábamos ni qué estábamos viendo. Y así lo voy a contar ahora.




Ibamos sin rumbo fijo, donde nos llevaban los pies. Casi fue mejor así por la sorpresa que nos supuso. Disfrutamos muchísimo de un paseo que duró casi dos horas, pese a una… “pequeña incidencia” que contaré después.


No faltaron las madrazas y las mezquitas, cuyas fachadas recibían luces de colores que iban cambiando, otorgándoles espectaculares reflejos a sus fachadas, aunque algunos de los juegos de luces me parecieron un poco recargados, como de discoteca, muiy similares a los que tanto se estilan en Europa últimamente. Pero eran una minoría.






Y es que incluso muchas de las luces de colores emitían tonos suave y elegantes, realzando la estructura del monumento o las filigranas de sus portadas y azulejos. ¡Qué bonitos!






De todas formas, nos gustaron mucho más los edificios iluminados con luz amarilla, más natural, lo que resaltaba su belleza sin estridencias, convirtiendo el ensueño casi en real, mientras surcábamos unas callejuelas oscuras y casi solitarias, pues la poca gente que aún seguía allí se concentraba en las plazas en torno a los escasos restaurantes y cafés que aún permanecían abiertos. Y es que Jiva no tiene nada que ver de noche y de día. Y, la verdad, no sabría por cual versión decidirme.




Tardamos un buen rato en salir al exterior de la muralla, y es que tras dar mil vueltas en el laberinto de callejas siempre terminábamos en el mismo sitio, junto al minarete de colorines, sin encontrar el paso hasta la puerta sur, por donde habíamos entrado. Resultaba desesperante. Y sin Google Maps. No es la primera vez que me pierdo en una medina, aunque la de Jiva, en principio, no parecía muy enrevesada y no terminaba de explicarme el motivo de tanta complicación. Sin embargo, vuelvo a lo de que de noche todos los gatos son pardos.

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Decidimos salir por la puerta oeste, aunque nos supusiera dar un buen rodeo por el exterior hasta nuestro hotel. Solo lo logramos tras varios intentos fallidos, cuando al fin nos dimos cuenta de que la puerta cerrada por la que pretendíamos salir no era Ota Darvoza sino la puerta del Ark







Al final, “escapamos” cruzando una verja abierta junto a Ota Darvoza, que, al parecer, también está cerrada por la noche, ya que no fuimos capaces de encontrar la salida de la puerta con los tornos, por la que habíamos entrado por la tarde. En fin, más tarde, “sanas y salvas” en el hotel, nos echamos unas risas a cuenta de todo aquello. En cualquier caso, en ningún momento sentimos la menor inseguridad personal pese a ser ya las tantas de la noche.


Así que, por favor, que nadie se pierda dar un paseo por Jiva de noche. Es mágico
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