Desde la plaza, fuimos caminando a hacer el registro en nuestro hotel, el Asia Samarkanda, situado a unos cinco minutos a pie de Registan, donde nos estaban esperando las maletas, que habían llegado previamente con el autobús. Muy cómodo, con piscina, ascensor y aire acondicionado. Y, claro, había cigüeñas -de mentira- en los jardines, igual que en muchos otros sitios. Ya lo contaré. Al cabo de un rato, fuimos a cenar a un restaurante algo alejado del hotel, donde coincidimos con un numeroso grupo familiar que celebraba un cumpleaños. De ascendencia rusa, estuvieron bailando buena parte de la noche lo que debían ser “hits parade” locales, aunque me recordaron vagamente al reguetón, agradable al principio, pero cuyo soniquete acabó volviéndose insufrible porque, una tras otra, las canciones sonaban todas igual. Para cenar sopa, verduras, carne y un trozo de tarta bastante contundente. No hice fotos de todos los platos. Por cierto, un apunte de nuestro guía uzbeco para evitar problemas gastrointestinales: no beber nada de agua después de tomar fruta en el postre. Mejor, una taza de té, que nos pusieron siempre.

Plaza de Registan de noche. Espectáculo de luz y sonido.
Después de cenar, el autobús nos dejó en la plaza para que pudiésemos ver el espectáculo de luz y sonido y, luego, que cada cual volviese al hotel cuando quisiera, tras hacer lo que le apeteciese.


Con las luces, la plaza se vuelve distinta. Desde los miradores se ve muy bien cómo cambian los edificios según el juego de colores que se proyectaba en sus fachadas. Hubo combinaciones para todos los gustos, unas más afortunadas que otras, pues a mí esas mezclas de colores tan chillones me parecen más propias de una discoteca que de monumentos, pero reconozco que a esas fantásticas fachadas todo les sienta bien, y a veces parecían volverse mágicas, como en los cuentos.


Sin embargo, mi montaje preferido fue el blanco, que hacía relucir las madrazas como si fueran de mármol sin enmascarar los dibujos geométricos de las fachadas. También me gustó mucho otro de tonos crema y verdes. En fin, hay para todos los gustos.

Un espectáculo muy bonito, que se agiganta en semejante escenario. Es gratuito y se repite cada cierto periodo de tiempo –no recuerdo los minutos exactos- a partir del anochecer; ignoro hasta qué hora lo tienen en funcionamiento. Si coincide, no hay que perdérselo. Merece la pena.



Dando una vuelta por los alrededores, llegamos al parque donde está la escultura de Islam Karimov, primer presidente de Uzbekistán. Figura muy controvertida, fue acusado de reprimir duramente a sus opositores, pero se mantuvo en el cargo desde 1991 hasta su fallecimiento en 2016.

Serían como las once de la noche y estaba todo muy animado, pero volvimos directamente al hotel, pasando por delante de la Galería de Arte Chorsu. Llevábamos casi cuarenta horas sin acostarnos y ya tocaba
. Al día siguiente, había que madrugar.
. Al día siguiente, había que madrugar.