Volvimos a madrugar y, después de desayunar en el bufet del hotel, nos dispusimos a disfrutar de un día muy intenso en Jiva. El cielo estaba nublado: peor para las fotos, pero nos evitaba el calor del sol. Incluso llovió unas pocas gotas. Abrimos el paraguas un par de minutos, otra anécdota del viaje, sin más. Al igual que la tarde anterior, traspasamos la puerta oeste y enseguida nos topamos con la que sería nuestra primera visita. Unos bailarines con trajes típicos estaban en las escaleras de acceso, tocando y bailando.

Madraza de Muhammad Amin Khan.
Construida entre 1851 y 1854 por orden del Khan de Jiva, es una de las más grandes de Asia Central y podía albergar hasta 260 estudiantes en sus 125 celdas, repartidas en dos niveles; las de la planta baja cuentan con dos habitaciones y las del piso superior tienen balcones, algo inédito hasta entonces. Cuenta con torres de esquina y cinco cúpulas. Todo el edificio está ricamente decorado con ladrillos esmaltados, mayólica y las puertas están talladas al estilo tradicional. Con Kalta Minor forma un conjunto espectacular.



En la actualidad está ocupado por un hotel de lujo. Accedimos al patio para contemplar el interior.

Kalta Minor.
El khan Muhammad Amin tenía intención de demostrar su poderío personal y del kanato de Jiva, que había logrado mantener su independencia durante siglos, pese al acoso de sus enemigos. Y para complementar la madraza más grande y rica de Asia Central se propuso dotar al complejo de un minarete excepcional, el más alto jamás erigido.


En principio, debía medir 80 metros de altura, superando los 78 de Qutub Minar, en Delhi. Sin embargo, el alminar se quedó “solo” en 29 metros, al quedar interrumpido el proyecto por la muerte del khan. Pese a ello, el minarete eclipsó la fama de la madraza, con sus 14,5 metros de diámetro en la base y su decoración única. Totalmente cubierto de mayólicas y azulejos de varios colores, se ha convertido en un símbolo de Jiva y atrae todas las miradas cuando se vislumbra en cualquier punto de la ciudad. Hay una leyenda que asegura que el emir de Bujará tuvo envidia del proyecto del khan de Jiva y decidió hacer uno igual, o incluso más alto, en su ciudad, para lo cual contrató a su arquitecto, pero el khan se enteró, le acusó de traición y le arrojó al vacío desde lo alto del propio minarete. ¡Caramba, cómo se las gastaba…!


Madraza Mohammed Rahim Khan II.
Situada frente al Ark, al otro lado de una gran plaza, esta madraza se terminó en 1876. Consta de dos edificios y 76 celdas, con aulas, biblioteca y mezquitas de verano e invierno. Tiene unas bonitas decoraciones con mayólica en la puerta de entrada.



En el interior hay un museo dedicado a su creador, conocido como el khan poeta, ya que escribía versos bajo el seudónimo de Feruz. Si no hubiese sido por las explicaciones del guía, me hubiese enterado de poco. Me pareció prescindible. Más interesante por fuera que por dentro, sobre todo iluminada, por la noche.

Mezquita Juma (Viernes).
Sus orígenes se remontan al siglo X, aunque sus ruinas se construyeron a finales del XVIII. Carece de portal, cúpulas y patio, así que lo mejor está en el interior, en la sala de oración, de paredes enyesadas y que cuenta con 213 columnas de madera de diferentes periodos, apoyadas en bases de piedra. Aunque la mayoría son del siglo XVIII, algunas se remontan a los siglos X y XI. Igualmente, destacan las puertas. En el techo, hay pequeñas ventanas para que pase la luz y circule el aire.




Lo más destacado es sin duda el fantástico tallado a mano de las columnas, con temática diferente según la época en que se realizaron. Se combinan elementos caligráficos con grabados geométricos y de plantas. En mi opinión, es uno de los lugares imprescindibles en Jiva. Merece mucho la pena contemplar esas bellas columnas de madera que semejan un sorprendente bosque. También cuenta con un pequeño jardín.



Junto a la mezquita, hay un estilizado minarete de ladrillo de 52 metros de altura que se construyó al mismo tiempo que la mezquita, por lo que llevan el mismo nombre.

Frente a esta mezquita, hay un espacio amplio en el que suele instalarse un hombre con su camello, ambos aguardando pacientemente a que algún turista se decida a montarlo. Creo que es la primera vez que he visto un camello para estos menesteres, ya que normalmente, al menos en otros lugares, suelen emplearse dromedarios.


De camino hacia la zona este, atravesamos calles y callejuelas -algunas atestadas de gente y otras increiblemente solitarias- hacia la zona este, entre muros de adobe, al final de los cuales se adivinan construcciones con cupulas de color azul o turquesa. El empedrado de una de las calles tiene adoquines milenarios y se pueden ver marcados los rasgos de los carros y los "pasos de cebra" de la época, como sucede en algunas antiguas ciudades romanas.



El muro de esta calle pertenece al Palacio Tash Hauli, cuya visita hicimos a continuación y cuyo relato queda para la siguiente etapa.